Al leer el libro Madre
e hija (2016) de Jenn Díaz (1988), se me ha ocurrido buscar en internet comentarios
a la obra. Los hay variados, desde aquellos que afirman sentirse algo
decepcionados, después de haber leído con gusto la producción anterior de la
autora, puesto que es una repetición sin pretensiones de intentar dar más
profundidad a los personajes, los cuales, con mínimas diferencias, ya han
aparecido antes, hasta los que se congratulan que haber encontrado una forma de
escribir que les llena, con lo que han disfrutado en la lectura de la misma.
Al tiempo, están quienes dicen que dibuja unos personajes
femeninos anticuados, dependientes de los hombres; que la mujer moderna ya no
se sustenta en el apoyo que le supone el tener una figura masculina en la
cercanía. Argumentan que no les resulta un texto adecuado para los tiempos que
corren y se extrañan de que sea una mujer joven ‒tenía 27 años cuando publicó
la novela‒ la que la ha escrito.
Por mi parte, estoy disfrutando la lectura de estos personajes (salidos de La tía Tula, Niebla o Entre visillos), por la gracilidad
que tiene al narrar las situaciones, las cuales van poniendo sobre la página
las múltiples versiones que hay de nuestras vidas. Con la facilidad que le da
esa tercera persona para desparramarse -que ya lo dice el título-. ¡Tantas maneras diferentes de vivirla! No hay personajes
importantes que desempeñen papeles relevantes en la sociedad, pero están esas casas
algo oscuras ‒tal vez húmedas‒ con las habitaciones para sus habitantes y las
casas con jardín. ¡Hasta una iglesia!
Eso sí, lo que no queda muy claro es lo de la traducción,
pues la obra se editó un año antes en catalán. ¿La escribió en español?
Y, parece que después de esto, llegó Mefistóteles.
Y, parece que después de esto, llegó Mefistóteles.

