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sábado, 16 de marzo de 2019

Fruta prohibida (Jeantette Winterson)

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A una chica de 16 años su madre le pregunta “por qué”; ella le contesta “por qué qué”; la madre no tiene ganas de repetir, pero vuelve a decirle “por qué lo haces”; la chica le dice “porque soy feliz”; la madre queda en suspenso un momento, parece que la situación pueda reconducirse, pero al fin sentencia “¿por qué ser feliz cuando puedes ser normal?” y la echa de casa. Es Jeanette Winterson ‒la hija‒, que tiene relaciones sentimentales con una amiga de la misma iglesia. Había sido adoptada a las seis semanas de nacer. La madre es Loui Winterson, volcada en la causa de las Almas Perdidas de la iglesia evangélica en el condado de Lancashire. Son los años setenta del siglo pasado.
Años después, Jeanette (1959) elige la frase Por qué ser feliz cuando puedes ser normal (2011) para título de su autobiografía, una vez ya ha muerto su madre (y su padre) y es lo suficientemente conocida en la literatura como para publicarlas. Por entonces, ha conocido a su madre biológica.
Un cuarto de siglo antes, algo perdida en Londres, escribe su primera novela, Fruta prohibida (1985), en la que recoge muchos rasgos biográficos. A los ocho años era predicadora en su comunidad. Su talento y voluntad la libraron de ser carne de cañón de una educación en la que recibía maltrato en casa y era sometida a los dicterios de la religión familiar.
Sorprende que tan solo tuviera 24 años cuando termina esta obra (que fue premiada y seriada en televisión). En ella incorpora tres tradiciones fundamentales de occidente: la bíblica (incluida en la estructura), la mítica (de cuentos) y la artúrica.
Y sorprende que, después de lo vivido, no manifieste rencor, sino que deje abierta la puerta del perdón.

martes, 10 de mayo de 2016

A la manera del teatro (mitos)

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Hércules visita a Atlas y le pide que realice por él uno de los doce trabajos ‒el de robar tres manzanas de oro en el Jardín de las Hespérides, ese que andaba por el Atlántico‒. Claro, este tiene un pequeño problema: sobre sus hombros está el mundo, y no es cuestión de ir de aquí para allá con él a cuestas; así que Hércules se ofrece a sostenerlo mientras el titán se embarca hacia los confines. Y aquí es donde entra Jeanette Winterson (1959) con La carga (2005) y sorprende a Hércules preguntándose si su amigo volverá. ¿Acaso aprovechará para vagar libremente, incluso sin ocuparse de la promesa de las tres manzanas? ¿Y él, Hércules, cómo se las arreglará entonces con ese peso que ha asumido?
Y la prosa de Wintersson habla del siglo XXI. ¿Qué puedo contaros de las elecciones que hacemos? Que no tienen final ‒se contesta‒, pues no hay respuestas definitivas. Esta es la causa de que escriba ficción: para poder seguir contando la historia.
Margaret Atwood (1939), por su parte, se queda interrogante ante el hecho de que, a la vuelta de Ulises a Ítaca se ahorcara a las doce criadas que habían sido amantes de los doce pretendientes que tuvo Penélope durante parte de los veinte años en que el héroe de Troya estuvo fuera de casa. En Penélope y las doce criadas (2005) se pregunta por las intenciones ocultas de Penélope. Tal vez no fuera la de «irreprochables pensamientos tenía la noble», según cuenta Odisea en su canto XXIV. Atwood también desplaza el mito al siglo XXI, a modo coral de teatro clásico, y se acuerda de ellas.
«Nosotras estamos aquí, la que no tenemos nombre. Las otras sin nombre. Esas sobre las que cayó la vergüenza por culpa de otros. Las señaladas, las marcadas. Las chicas de la limpieza, las mozas de mejillas sonrosadas, las niñas risueñas y picaronas, las muchachas frívolas y descaradas, las jóvenes limpiadoras de sangre. Somos doce. Doce traseros redondos como la luna, doce apetitosas bocas, veinticuatro pechos mullidos como almohadas de plumas, y lo mejor de todo, veinticuatro temblorosos pies».

Esos pies (Odisea, canto XXII) que agitaron un rato, pero no largo tiempo.

lunes, 30 de mayo de 2011

Pasión

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Salimos a pasear hacia el campo en la mañana del último domingo de mayo. La Bibliotecaria se ha puesto un vestido tierra claro, que le deja los hombros al aire, con vuelo, estampado de diminutas rosas que se diluyen al subir hacia el cuello. Yo, desconfiando de mi alergia y con el viento invernal todavía en la memoria, me cubro los brazos.

Los agudos sonidos de los vencejos, el canto de gorriones y estorninos, el lejano vaivén de las golondrinas rehacen, como ningún otro elemento –para mí–, el ambiente cíclico de estos tibios días primaverales. Las amapolas en los húmedos campos, el aciano en las cunetas, las blancas umbelas del hinojo, los racimos de pan y quesito en las dos acacias de la ermita y el delicado azul de esas flores (esparcidas entre el tomillo y orégano) que nunca recuerdo cómo se llaman, nos llevan de la mano en nuestro paso a paso.

He traído un libro: La pasión, de Jeanette Winterson (2007). Tal vez algo primerizo, algo desigual. En todo caso, genial en algunos pasajes. Así, cuando Henri (el muchacho criado por su madre y educado por un cura) se alista en el ejército de Napoleón, y Louise (la niña que le sigue con frecuencia) le habla. Leo en alto la página veinte. La Bibliotecaria mira con descuido las nacientes espigas:

−¿Vas a matar gente, Henri?
Me agaché a su lado.
−Gente no, Louise. Solo al enemigo.
−¿Qué es el enemigo?
−Alguien que no está de nuestra parte.

«En algún lugar entre el miedo y el sexo, está la pasión».