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lunes, 21 de enero de 2019

Teatro en Escena Abierta (Arma de construcción masiva)

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Hace unos días releí varios artículos de cuando Ishiguro fue premiado con el Nobel. Una de ellas se felicitaba por la variedad literaria de que goza la novela inglesa, al tiempo que se lamentaba de la esterilidad a que está llevando el realismo a la española. Yo no soy tan determinante; creo que hay piezas valiosas en la creación patria actual. El teatro (experimental) es otro cantar; bebe mucho de cotidianidad. Es lo que sucede al presenciar la obra de teatro Arma de construcción masiva, interpretada por el grupo barcelonés José y sus hermanas, dentro del Festival Escena Abierta.
Una amiga, a la salida, mostraba la indignación que le habían provocado ciertas referencias a la actualidad catalana. Yo le quité hierro, por aquello de no desperdiciar la noche del viernes en estados de ánimo vacuos e inútiles. La obra, centrada en la educación a la que estamos sometidos en diferentes ámbitos del desarrollo personal, tiene sus reflexiones válidas, aunque es cierto que aquí y allá ─no sé si de manera consciente─ suelta afirmaciones que se asemejan a un mandala simple soterrado en su territorio escénico.
Así, es el gobierno central (y no el autonómico u otro) el que manipula los métodos pedagógicos; o resulta que algunos políticos han sido obligados a salir del país; o el referéndum represaliado de octubre deviene en noticia clave de la existencia. Además, es un empresario barcelonés de apellido García el que se ha lucrado, en connivencia con las autoridades franquistas, en la construcción de material escolar durante la época en que a Cataluña se la llamaba la novena provincia andaluza. (Por no hablar de que a Ferrer y Guardia se le ha sacado del anarquismo y lo han convertido en socialista y republicano).
En fin, el este teatro es asunto de proximidad y se construye en cada calle. Es lo que hay.
[La fotografía es el Grupo José y sus hermanas].

jueves, 9 de noviembre de 2017

Elogio del teatro (y de su posible fracaso)

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Continúo atravesando con gusto El Parral camino del trabajo; el suelo persiste en extender el otoño, si bien cada vez va tomando más color de barbecho. Desde el cambio de hora reciente, con el resplandor de la fronda, a la 8 de la mañana se ve lo suficiente como para leer las primeras líneas del día. Llevo en el bolsillo un libro manejable, de tamaño similar al de un teléfono inteligente, con letra de cuerpo 4 (más o menos), perfectamente legible. Es de la editorial Continta metienes, asentada en Carabanchel, interesada en una mezcla curiosa: feminismo, artes escénicas y conocimiento. Se titula Elogio del teatro y anuncia que se trata de un diálogo –o conversación desenfadada a orillas del Ródano– de Alan Badiou con Nicolas Truong, surgida del encuentro público habido entre filósofo y periodista en el Festival de Aviñón en 212. (Aunque más bien sea un requerimiento del segundo al primero).
Lleva un adecuado prólogo de María Folguera (1984) con el título de «El pan, la luz y la pena», ya que considera que el teatro tiene esa inmanencia, ese apego en lo cotidiano que lo hace pan; al tiempo que tiende a iluminar aspectos incomprendidos o agresivos de nuestro hacer; y –qué decir– el día a día nos muestra el obstinado fracaso del diálogo entre el pan y la luz. También en los teatros, en los que se tiende a escarmentar el mensaje en sus mensajeros.
«Si eres de los que aman el teatro no llegarás a preguntarte [por qué necesita un elogio]: a los teatreros nos encanta situar en él el origen del mundo, de lo humano y de la invención de Dios, y por ello lo consideramos una víctima de la incomprensión de los mortales, que rara vez se sientan en una butaca del mismo», escribe la prologuista. (Ya Platón criticó en profundidad lo equivocado de su vibración y prefirió la filosofía; aunque –¡oh, ironías!– la escribió en forma de diálogos, que terminaron teatralizados).
No me siento capaz de condensar aquí las opiniones y propuestas del filósofo, dramaturgo y novelista Alain Badiou (1937), iniciado en la adolescencia en las tablas, él mismo actor en Los enredos de Scapin (de donde surgirá su Ahmed el sutil), con lo que comprendió que es un arte más de posibilidades que de ejecuciones (cerradas); es ese arte de hipótesis, ese temblor del pensamiento ante lo inexplicable, que, por muy vanguardista que se considere (y que tienda a la inmanencia-cuerpo-danza), no puede olvidar que cada obra en un pequeño velero en el mar de la inmensa producción mundial desde Esquilo a Castellucci, pasando por El alcalde de Zalamea, Rosas rojas para mí o El zapato de raso.

[Salud. A la espera de que la Vida deje sin entradas el teatro de quienes se divierten (‘desvían la atención’) en la res publica].

martes, 10 de mayo de 2016

A la manera del teatro (mitos)

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Hércules visita a Atlas y le pide que realice por él uno de los doce trabajos ‒el de robar tres manzanas de oro en el Jardín de las Hespérides, ese que andaba por el Atlántico‒. Claro, este tiene un pequeño problema: sobre sus hombros está el mundo, y no es cuestión de ir de aquí para allá con él a cuestas; así que Hércules se ofrece a sostenerlo mientras el titán se embarca hacia los confines. Y aquí es donde entra Jeanette Winterson (1959) con La carga (2005) y sorprende a Hércules preguntándose si su amigo volverá. ¿Acaso aprovechará para vagar libremente, incluso sin ocuparse de la promesa de las tres manzanas? ¿Y él, Hércules, cómo se las arreglará entonces con ese peso que ha asumido?
Y la prosa de Wintersson habla del siglo XXI. ¿Qué puedo contaros de las elecciones que hacemos? Que no tienen final ‒se contesta‒, pues no hay respuestas definitivas. Esta es la causa de que escriba ficción: para poder seguir contando la historia.
Margaret Atwood (1939), por su parte, se queda interrogante ante el hecho de que, a la vuelta de Ulises a Ítaca se ahorcara a las doce criadas que habían sido amantes de los doce pretendientes que tuvo Penélope durante parte de los veinte años en que el héroe de Troya estuvo fuera de casa. En Penélope y las doce criadas (2005) se pregunta por las intenciones ocultas de Penélope. Tal vez no fuera la de «irreprochables pensamientos tenía la noble», según cuenta Odisea en su canto XXIV. Atwood también desplaza el mito al siglo XXI, a modo coral de teatro clásico, y se acuerda de ellas.
«Nosotras estamos aquí, la que no tenemos nombre. Las otras sin nombre. Esas sobre las que cayó la vergüenza por culpa de otros. Las señaladas, las marcadas. Las chicas de la limpieza, las mozas de mejillas sonrosadas, las niñas risueñas y picaronas, las muchachas frívolas y descaradas, las jóvenes limpiadoras de sangre. Somos doce. Doce traseros redondos como la luna, doce apetitosas bocas, veinticuatro pechos mullidos como almohadas de plumas, y lo mejor de todo, veinticuatro temblorosos pies».

Esos pies (Odisea, canto XXII) que agitaron un rato, pero no largo tiempo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

La mujer que canta. Incendios en el teatro

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No es que lea mucho teatro, pero de vez en cuando me gusta hacerlo. Tal vez por la elipsis que permiten sus textos, tan semejantes a la forma de hacer poética. Y, en la obra que nos ocupa, no decepciona. Cierto que es muy dura, pues nace de una guerra, la del Líbano, que se extendió durante quince años, de 1975 a 1990, pero también tiene otro origen la acción: el empecinamiento en aprender a leer, escribir y pensar para superar, en lo posible, las situaciones trágicas que atraviesa Nawal Marwan, la protagonista.
Incendios esla obra de Wajdi Mouawad, nacido en Líbano en una localidad cristiano maronita rodeada de enclaves drusos. Su familia busca refugio en Beirut y, en 1977, sale a París, de donde es expulsada en 1983, asentándose en Quebec. Es la misma ruta por la que marcha Nawal, aunque después de haber padecido la guerra en carne propia. Primero, cuando es madre a los 14 años y le arrebatan a su hijo. Después, cuando decide ir a buscarlo con los años y, entonces, se está en guerra fratricida con escenas constantes de una crueldad que parece no tener fin.
14, 35 y 60 -cuando muere- son los años en que aparece intermitentemente Nawal en la obra de teatro, entremezclándose con el resto de personajes, otros de los cuales son sus gemela/o Jeanne (Jannaane) y Simon (Sarwane), que enfrentan (de formas distintas) el reto del camino hacia su origen. La búsqueda del padre, al que no conocen y creen muerto, se convierte en objetivo de su presente, apareciendo noticias inquietantes del mismo según llegan los descubrimientos. Su madre ha estado cinco años en silencio y se ha llevado a la tumba sus secretos; para sorpresa de Jeanne y Simon resulta que, cuando nacieron, nadie la conocía como Nawal Marwan, sino como La mujer que canta.

[Incendios está editado, con gusto, por KRK Ediciones, de Oviedo, en la colección A escena. Forma parte de la tetralogía La sangre de las promesas].

lunes, 2 de mayo de 2011

Teatro, mentiras y amistades

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Recientemente, nos hemos encontrado en el paseo del río con Laura, una compañera de estudios en la ciudad de nuestra juventud (lo cual parece unir en cierto sentido). Iba acompañada por cuatro mujeres. Venían ojeando el periódico y hablaban de un colega fallecido, el cual –por lo que supusimos al escuchar sus comentarios– se dedicaba a la enseñanza, al igual que ellas. No llevaban mucha prisa, por lo nos detuvimos a charlar un rato. Después de las consabidas presentaciones, al mencionar la anfitriona que trabajábamos en una biblioteca, la conversación fue derivando hacia afinidades culturales, centrándose por último en la de la lectura.

En determinado momento, una de las acompañantes de Laura, dirigiéndose a nosotros, dijo:
―Estas vacaciones he devorado Entre costuras. ¿Lo habrás leído tú, no?
―Pues no –contestamos–, sin sonrojo. He estado leyendo a Sófocles, teatro … Filoctetes … el modo de saltarse los principios para conseguir los fines.
«¡Oh!», exclamaron varias de ellas ante lo inesperado, «cosas viejas». De entrada, no situaban los nombres. Poco a poco fuimos poniendo algo de luz sobre ello, principalmente al asociar al autor de la tragedia a la obligatoria lectura de Antígona en la adolescencia. Sin dejar de sonreir, miraron con extrañeza a la interlocutora, la cual les devolvió un guiño de complicidad.


Nos despedimos y cayeron sobre la noticia del colega fallecido.

jueves, 9 de julio de 2009

Una representación de La Barraca llega a Burgos

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El Teatro Principal de Burgos acogió el miércoles día 7 la comedia “La hermosa fea”, una adaptación del clásico de Lope de Vega llevada a cabo por actores de la Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.
La obra es muy original porque recrea una situación del siglo XXI –una situación de coqueteo y cortejo de una celebridad- pero todo hablado en verso, como en la época de nuestro Lope, lo que le hace una obra muy interesante. Además combina el texto con sugerentes músicas y una escenografía sobria pero muy efectista.
Otro aspecto a tener en cuenta es que la obra forma parte de Las Rutas de la Barraca que organiza la Sociedad Estatal para las Conmemoraciones Culturales. La Barraca fue un grupo de teatro universitario dirigido por Federico García Lorca. Su nacimiento tuvo lugar al comienzo de la Segunda República y estaba enmarcado dentro del proyecto gubernamental de las Misiones Pedagógicas, pretendiendo llevar el teatro clásico español a zonas con poca actividad cultural de la península ibérica. Esta obra, por tanto, será representada con este espíritu en otras ciudades como Salamanca, Soria, Pamplona… llegando incluso a representarse en localidades más pequeñas como Espinosa de los Monteros.
En una época de iPods, Wii… No debemos olvidar que el teatro también forma parte de nuestra cultura y es siempre un hermoso lugar de reflexión sobre la condición humana.
Fuente: Diario de Burgos