Claude R. Eatherly (1918-1978) era un joven estadounidense que congeniaba con sus semejantes, en la misma manera que otros muchos lo hacían. Le gustaba el vértigo de los aviones. A los 26 años, la instrucción, la voluntad, las circunstancias… le colocaron en una situación muy especial: pilotar el avión que seleccionaba el objetivo donde lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. No sabía muy bien qué significaba aquello. Erró en los cálculos, pero resultaron 70.000 muertes y 130.000 personas heridas, muchas de las cuales irán muriendo poco a poco. Se ha escrito mucho sobre ello, y sobre su inconveniencia. Se hizo.El piloto, cualquier persona normal –lógicamente– no podía salir indemne de aquello. Eatherly se volvió introvertido, sufría de insomnio. Nadie le liberaría de su angustia. ¿Qué hacer? Después de intentar asentarse, comenzó a realizar actos sin justificación aparente: falsificar cheques, atracar bancos sin llevarse el dinero, enviar el dinero a los huérfanos de Hiroshima. Tal vez así aplacaría algo del dolor que causó la explosión. Tal vez así, restituiría la riqueza. Todo lo hacía de forma burda, como provocando el que lo condenaran. Su vida familiar se deshizo, al igual que su vida social. De él se apartaron mujeres y hombres.
Atrapado fácilmente, fue sometido a épocas de internamiento en internados militares. Al héroe de guerra no se le trataba de vulgar ladrón. Hasta que terminó encerrado permanentemente en Waco (Texas). A partir de 1959, Claude Eatherly establece correspondencia con el filósofo vienés Günther Anders. Con sus 71 cartas nace uno de los libros más asombrosos sobre la culpa y la conciencia. Se titula: El piloto de Hiroshima. Más allá de los límites de la conciencia (Editorial Paidós, 2010).