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lunes, 26 de enero de 2015

Personajes de novela

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Hace un par de años, más o menos, la Camarera nos hizo una observación (o pregunta) desde la barra: «¿Habéis leído alguna vez una novela en la que no se hable de libros? Sea como sea siempre hay un personaje que lee e, incluso, que escribe  o, aún más, que quiere vivir de la escritura, que quiere ser escritora o escritor. No sé a qué es debido. Tal vez a que quienes escriben conciben el mundo desde esa óptica y les resulta difícil entender que pueda hacerse de otro modo».
Desde entonces presto atención cada vez que leo una novela y, en efecto, no me he topado con ninguna en la que no haya libros o lecturas. Hablo, por ejemplo, de Las chicas de campo, de Edna O’Brien, El palacio azul de los ingenieros belgas, de Fulgencio Argüelles, o Pacífico, relato familiar de José Antonio Garriga Vela, en la que su protagonista está totalmente liado con el mundo de las letras, tanto que dice «Mi tristeza era una pose, una forma de llamar la atención, una condición ineludible para convertirme en escritor».
Tal vez piensan como José Fusté, aquel obrero que escribe en Solidaridad Obrera, de Barcelona, un sábado 30 de noviembre de 1918: «Modesto y estimable amigo cual ningún otro es el libro. Siempre está a nuestra disposición, mostrándonos sus deliciosas líneas, entristecedoras a veces, alegres otras, y algunas severas y concienzudas, pero siempre amigo Me es tan grato, que nunca podré deshacerme de él. / En él podemos admirar las bellezas más grandes creadas por los seres humanos. Sobre sus líneas han aguzado su intelecto una porción de hombres de ingenio privilegiado para enseñar a sus semejantes lo que ellos habían aprendido por su experta sabiduría. En sus páginas, Gorki explicó las tristezas del pueblo y las amarguras del vagabundaje; en ellas, con su flagelante látigo de poeta, fustigó al tirano Dicenta. Volney, con su severa crítica, derrumba las religiones; Tolstoi nos predica el amor entre los hombres. / El libro ha sido el principal factor de progreso  de la humanidad. La idea ha sido la palanca y el libro el punto de apoyo que buscaba Arquímedes. La idea, junto con el libro, transforman el mundo».

Puede que con el correr de los años se haya visto que no era para tanto, pero se alegra uno de encontrar a gentes como Fusté.