Hace tiempo que no leía un
libro en el mismo día. Años, seguramente. Por lo general, varío en los
distintos momentos de la jornada. Pero, en esta ocasión, el lunes pasado,
encadené mañana y tarde con la misma novela: en la hora del café (puesto que no
hay periódico en los bares); en el parque; en el paseo de la tarde por el monte
(ya que tanto le cuesta aparecer a la noche). Una escapada al pueblo después de
cuatro meses de confinamiento. Claro que contaba con la ventaja de que no es
extensa la obra en cuestión, La uruguaya
(2018), de Pedro Mairal, 142 páginas, de formato bolsillo (algo generoso);
vamos, una novelita.
Cuando la terminé ─tenía que
ponerme todavía la mano sobre los ojos, pues caminaba hacia el oeste─, caí en
la cuenta de que la había leído mientras lucía ese sol y, curiosamente, de que
la acción transcurre en un solo día, la mayor parte en Montevideo ─«Eres nuestra
y fiestera, como la estrella que duplican las aguas», «Resbalo por tu tarde
como el cansancio por la piedad de un declive»; Borges no puede faltar─,
incluido el viaje de ida y vuelta de su protagonista desde Buenos Aires; además
del cobro de dinero, de un amor que sí que no, de un atraco... Eventos
simbólicos todos ellos si se analizara su construcción en un taller literario.
Dulzura distante la que
vive ese Lucas Pereyra ─poco que ver con aquel Sostiene…─ al lado o frente a Guerra, la Belleza que le manipula.
Las ciudades que tienen sus normas. Me habían hablado mucho de la obra. No
suelo guiarme por los entusiasmos ajenos.

