El correr del tiempo activa y desactiva lo que montamos a nuestro alrededor, en función de los espacios que habitamos. Esto, que sucede en las vidas privadas, se hace patente con fuerza en los entes colectivos. ¡Cuántos objetos quedan en desuso, no por resultar inservibles, sino por el solo hecho de que miramos a otro lado! En nuestro pueblo –Castilruiz (Soria)– existe una biblioteca pública olvidada. Y eso nos produce, cada vez que la vemos, la sensación de abandono en la que puede llegar a caer todo lo que la rodea. Por fortuna se halla bajo llave y no ha sufrido demasiado expolio ni han quedado los libros desparramados.Su origen está en la donación que recibió el pueblo, allá por el año setenta del pasado siglo, de la viuda de Arsenio Gállego Hernández (1886-1969), nacido en esta tierra, profesor de matemáticas en el Instituto de Cáceres. Cuando sucedió el hecho, estaba en funcionamiento el teleclub y se habilitó una sala (en la entrada de lo que era la anterior escuela de niñas) para ubicarla. Venía con estanterías de madera, con algunos cuadros y con la silla y mesa de estudio del donante, tocada con los utensilios de trabajo (tintero, secador, etc.). Todo un lujo para el espíritu, pues –viéndolo- podía imaginarse perfectamente la sala de su hábitat original. La biblioteca llegó a ponerse en funcionamiento: realización de fichas de catalogación, pegado de tejuelos e, incluso, se habilitó el préstamo a domicilio.
En la actualidad se halla en la sede de la Asociación Pueblo de Castilruiz a la espera de que se le pueda dar utilidad. Tal vez este tipo de bibliotecas podrían incorporarse al fondo de los bibliobuses, con el fin de que estuvieran visibles en la red y dieran a los pueblos en donde se ubican una razón para conservarlas y un poco de renombre.