
Buenos Aires, hace un siglo, era una ciudad de aluvión. Contaba con más de un millón de habitantes, llegados de Rusia, España, Italia… bien directamente o habiendo pasado por Uruguay, Estados Unidos, México o Brasil. Parte de esta inmigración llevaba consigo lo que hemos dado en llamar conciencia social. Sabían dónde residía su dignidad. Habitaban viviendas en alquiler y realquiler, con escasas condiciones higiénicas. Tenían, por lo general, trabajos precarios. Se asociaban para leer, dialogar, educarse en sexualidad, editar periódicos y folletos. Organizaban protestas y huelgas, pidiendo salarios suficientes, seguridad, ocho horas (o seis) de trabajo. Se solidarizaban unos sectores con otros. Y ahí sí que no. Las fuerzas vivas contaban con la policía y el ejército para proteger a los esquiroles, apresar a quienes descollaban y masacrar las manifestaciones en la vía pública.
Manuel Moscoso llega a Buenos Aires en 1911, con el fin de visitar a una pareja amiga conocida de Sao Paulo y Río de Janeiro. Él había nacido en Villa Cuevas de San Marcos (Málaga) y emigrado a Brasil, con su familia, hacia 1890. Allí se formó como linotipista y, siendo una profesión culta, dio en adquirir conciencia social (como anarquista; en casa fueron participando de su pensamiento y al nacer Aurora, su hermana pequeña, su madre ya no la bautizó). Gustaba de escribir en periódicos (A Terra Livre, O Amigo do Pobo, etc.) y leer. Decimos que viajó a Buenos Aires, donde decidió quedarse por un tiempo. Encontró trabajo en su profesión, se unió al grupo del periódico La Protesta y se instaló en casa de un joven matrimonio judío ruso, que tenía una niña. No tardaron en apasionarse Manuel y la mujer. Planearon escapar, pero ella le contó la situación al marido y, ante su reacción y el panorama que vislumbraba, ella se quitó la vida. A los pocos días, el 12 de marzo de 1912, Manuel hizo lo propio. Después de escribir la última carta a su cuñado Neno:

«Meu Caro Neno: Um fato terrível e doloroso impede que eu possa conservar por mais tempo a minha existência.
Não sei como julgarás o meu ato, passado o primeiro momento de dor e de surpresa. Não procedo como um desesperado ou incapaz de encarar a realidade das coisas, não. Estou calmo e sereno e a minha resolução é meditada e filha da convicção profunda de que não pode ser de outra maneira. Amei intensamente e fui correspondido do mesmo modo pela mulher que devia unir-se comigo brevemente e que de fato já era a minha companheira. Morreu em circunstâncias tão dolorosas e trágicas que eu não poderia esquecer [olvidar] nunca e que tornariam eternamente infeliz a minha vida. Disso estou certo. Há 9 dias que ela se matou. Tive, pois, tempo de refletir. Nela estavam todas as aspirações da minha vida. Era-me demasiado cara para poder viver sem ela!
A minha pobre mãe e minhas irmãs só terão d’ora avante o teu apoio. É uma carga demasiado pesada e agora já é definitiva...
Desculpa-me, meu bom irmão!
Adeus! Abraça por mim a Matilde e beija os teus filhinhos!»
[Viene la noticia de nuestra afición a leer libros que no están en los escaparates. Es el caso de Os companheiros (1988), de Edgar Rodrigues. El mural de los amantes es de Jorge Gay].