Pues sí, aunque ya han
pasado las fechas de los regalos, no vamos a desvelar todavía la identidad de
la Mary Poppins envuelta en rojo que tomamos de la biblioteca del barrio. En
cambio, lo vamos a hacer con otro de los libros que nos llevamos, una vez que
nos volvió a picar la curiosidad. Este decía en su envoltorio: «Leer una novela
de esta autora es como salir de excursión en un automóvil impecable, en el que
todo ─el motor, la carrocería, el interior─ inspira confianza, hasta que recorridos unos pocos kilómetros, va uno y
tira el volante por la ventana».
Se trata de A la deriva, de Penélope Fitzgerald (1916-),
personaje que cuenta con el atractivo de entrada de ser hija del editor de Punch, Edmund Knox, y sobrina del
teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de
la Biblia Wilfred Knox. Todo un mundo de conocimientos que parecieran flotar a
su alrededor desde la infancia. Para mí, cuenta con el plus de ser una
escritora tardía, pues no publica hasta los 58 años. Después, en los setenta,
da a la luz unas novelas, con base autobiográfica, entre las que se encuentra A la deriva, tal vez la más conseguida
literariamente (que se hizo con el Booker Prize), si bien es La librería la más conocida.
Narra en la novela el tiempo
en que una madre y sus dos hijas viven en una barcaza en el Támesis, junto a
otras familias que no tienen recursos para instalarse en tierra firme o que
desean una vida sobre el agua. Algo que la autora hizo. Puede tomarse como un
homenaje a quienes en los años sesenta comenzaron existencias azarosas, para
cumplir sueños o ideales, aunque fueran después arrollados por las condiciones
del consumo.
Sin duda, una prosa
atractiva, que despierta perplejidad, sin que se sepa en concreto de dónde proviene
su encanto.



Pero era (y es) tentador pensar lo que pensaba el mismo Aristóteles: dar la primacía a un órgano que es caliente, que se mueve, que bombea sangre, que se ubica en el centro del cuerpo. De igual modo, se creía, en la Edad Media, que los músculos son unos conductos huecos por los que viajan una serie de humores (o casi espíritus) que condicionan nuestro estar.