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martes, 7 de enero de 2020

Regalos de enero

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Pues sí, aunque ya han pasado las fechas de los regalos, no vamos a desvelar todavía la identidad de la Mary Poppins envuelta en rojo que tomamos de la biblioteca del barrio. En cambio, lo vamos a hacer con otro de los libros que nos llevamos, una vez que nos volvió a picar la curiosidad. Este decía en su envoltorio: «Leer una novela de esta autora es como salir de excursión en un automóvil impecable, en el que todo ─el motor, la carrocería, el interior─ inspira confianza, hasta que  recorridos unos pocos kilómetros, va uno y tira el volante por la ventana».
Se trata de A la deriva, de Penélope Fitzgerald (1916-), personaje que cuenta con el atractivo de entrada de ser hija del editor de Punch, Edmund Knox, y sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de la Biblia Wilfred Knox. Todo un mundo de conocimientos que parecieran flotar a su alrededor desde la infancia. Para mí, cuenta con el plus de ser una escritora tardía, pues no publica hasta los 58 años. Después, en los setenta, da a la luz unas novelas, con base autobiográfica, entre las que se encuentra A la deriva, tal vez la más conseguida literariamente (que se hizo con el  Booker Prize), si bien es La librería la más conocida.
Narra en la novela el tiempo en que una madre y sus dos hijas viven en una barcaza en el Támesis, junto a otras familias que no tienen recursos para instalarse en tierra firme o que desean una vida sobre el agua. Algo que la autora hizo. Puede tomarse como un homenaje a quienes en los años sesenta comenzaron existencias azarosas, para cumplir sueños o ideales, aunque fueran después arrollados por las condiciones del consumo.
Sin duda, una prosa atractiva, que despierta perplejidad, sin que se sepa en concreto de dónde proviene su encanto.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Te quiero con el corazón

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Estábamos en el banco que hay junto la puerta de la cantina situada a la entrada de la playa, enganchados al celaje del atardecer de noviembre. En ambas bandas de la proa de una de las barcas de remos varadas en la arena, detacaba un nombre pintado en azul: María. El viejo pescador con el que compartíamos el porrón se señaló el centro del pecho y dijo: «Nunca ha habitado aquí nadie, excepto ella».

Inútil decirle que aquellas palabras salían de su cerebro. Para él, María vivía en su corazón.

Si leemos (o escuchamos) con cierta atención las obras de Shakespeare, notaremos que a los sentimientos los hace anidar en este órgano central de nuestro cuerpo, y no metafóricamente sino físicamente. Era creencia popular y culta en aquel siglo; venía de tiempos pasados y no ha sido corregida hasta hace poco más de un siglo. Y ello, a pesar de que Hipócrates había dejado sentado que el centro conductor de nuestra persona no es el corazón sino el cerebro.
Pero era (y es) tentador pensar lo que pensaba el mismo Aristóteles: dar la primacía a un órgano que es caliente, que se mueve, que bombea sangre, que se ubica en el centro del cuerpo. De igual modo, se creía, en la Edad Media, que los músculos son unos conductos huecos por los que viajan una serie de humores (o casi espíritus) que condicionan nuestro estar.

Así que (por si acaso) diremos sólo: te quiero.