«No tenía el más mínimo sentido del orden y se figuraba que era muy ordenada. Durante una de mis visitas a Marsella, le compré un archivador alfabético, explicándole sus misterios y que las facturas del gas habían de ponerse en la letra G. Me escuchó con sinceridad apasionada y se puso a clasificar con entusiasmo. Unos meses más tarde, en el transcurso de otra visita, me di cuenta de que las facturas del gas estaban en la letra S. “Es que me resulta más cómodo”, me explicó, “así me acuerdo mejor”. Los recibos del alquiler no estaban ya en la A sino que habían emigrado a la Q. “Hijo mío, bien habrá que poner algo en la Q, y además, ¿no lleva una Q la palabra alquiler?” Poco a poco volvió al antiguo método de clasificación: los impresos de impuestos regresaron a la chimenea, los recibos del alquiler bajo el bicarbonato sódico, las facturas de la luz junto a la colonia, los movimientos de cuentas bancarias a un sobre donde aparecía anotado “Seguro contra incendios”, y las recetas del médico al pabellón del viejo gramófono. Cuando aludí a aquella vuelta al desorden, esgrimió una sonrisa de niña culpable. “Con tanto orden”, me dijo, bajando la vista, “me armaba un lío. Pero si quieres, lo clasifico todo otra vez”. [Madre], te mando un beso en la noche a través de las estrellas».