Hace tiempo que deseaba
escribir algo sobre Jesús Lizano y Moncho Alpuente, ambos fallecidos en el año
en curso. Cuando conoces a la gente por haber compartido ideas que son
fundamentales para cada cual y haberlas vivido en momentos reiterados, fruto del
esfuerzo, con la satisfacción de difundir lo comúnmente creído, la aparición de
la muerte tiene algo de irreal. Vivir en lugares diferentes ‒lejos, igualmente,
de la sangre‒ no supone un estorbo para que los lazos permanezcan con gente
afín. De ahí que no terminas de asimilar su desaparición definitiva, teniendo
la impresión de que puedes verte en cualquiera de los siguientes encuentros.
Jesús Lizano (1931-2015) es
un poeta nacido en Barcelona, donde transcurre su vida, que afirma «mi patria es el mundo; mi familia, la humanidad». Comenzó su aventura en 1955 con Poemas de la tierra, la cual culmina con
¡Hola, compañeros! en 2010, teniendo
ediciones recopilatorias hasta el año 2000 en Lizania. Aventura poética (Lumen) y Lizania 2001-2013 (FAL). Escuchar sus recitales era toda una
experiencia ‒«Confusa y sangrienta / no busques la verdad: / busca la inocencia»‒
por la humanidad de sus gestos y palabras, por la lucidez de sus
descubrimientos al dejar desnudos los poderes de las ambiciones
público-privadas. La poesía solo se debe a ella misma, no a la gloria.
Tendrá ahora que
disculparnos Moncho, pues pensaba dedicarle la mitad de la entrada a él, pero,
según avanzan las líneas, me embargan las emociones lizanas y no mezclan bien
esta tarde en las venas con ninguna otra pasión jocosa que no sean las personas
curvas:
Su verbo vertido.
Breve es este homenaje, pero esperemos que cumplido, al tiempo que prosigue su Lizania.net, parada en aquel mayo de su desaparición, en la que están digitalizadas varias de sus obras.
