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viernes, 26 de abril de 2013

Camelias contra el frío

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En una de las entradas del barrio, la más cercana al río, viven dos pequeños camelios, ese arbolillo que nos trajera el misionero y botánico Kamel de Filipinas. Los plantaron hace apenas cuatro años, cuando remodelaron la zona de Punta Brava. Derribaron las viejas casas, construyeron otras de mayor altura, con cubos miradores invadiendo las calles, ahuyentando las estrellas, que hacen de paraguas en días de lluvia, y acotaron las aceras. En un pequeño triángulo sin utilidad aparente, pusieron un par de bancos, dos camelios y, hace no mucho, una estatua de tamaño humano simulando la lechera con su pareja de cántaras y sus dos cuartillos, a la que se acercan quienes caminan la ruta de Santiago para hacerse fotografías.

Desde hace unos días sus ramas están cubiertas de flores. Cada mañana, en el rápido camino hacia el trabajo, iluminan mi mirada, espabilando mi atención de los pesares que restan de la somnolienta noche. Mi cuerpo recibe la luz de esos pétalos ‒unos rosados y otros blancos‒ y los envuelve al pasar con una sonrisa de complicidad y asombro. Seguramente por no ser la entrada natural desde el centro de la ciudad, estos pequeños árboles han resistido los vandálicos desahogos de las cuadrillas que regresan al barrio de madrugada los fines de semana.


Durante meses, soy lluvia y sol vivificando sus ramas, tronco y raíces, todo por que suceda el fugaz roce mañanero de unos días de abril.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

As, rey, dama

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El mes pasado leíamos Orlando, de Virginia Woolf, en La Recolectora. Es un libro que, al comentarlo, nos sentimos reflejados con meridiana claridad. No puedes escapar a la invisible tela de araña que va tejiendo en torno a nuestros pensamientos, sentimientos y valores. Nos sentamos a la mesa de juego y la autora, dueña de la banca, reparte las cartas, que vamos descubriendo con un pálpito, deseando la escalera de color –as, rey, dama…

Ahora, paseando por la vega que se extiende al noroeste del Moncayo, se me aparecen los paisajes londinenses de la Gran Helada, en la que los gestos se paralizaron por unos días. Al tiempo que baja corriendo un muchacho con pasamontañas, con la cartera escolar debajo del brazo y sabañones en los dedos de las manos. El tiempo a nuestro antojo en las páginas de un libro o en la memoria. Y aquí, en el barbecho coloreado del mediodía, junto al incipiente verde del trigo temprano, releo los versos de Leopold Staff (incluidos en Ébano, de Kapuscinski):

Con el sol de la mañana centellea el prado
y las hojas susurran melodías soberbias,
el silencio acaricia la esbeltez de cada árbol,
suaves soplos de aire mecen briznas de hierba.

Y todo es tan dulce, silencioso, desvaído,
y hoy es tan extraño el mundo circundante,
como si pasases por aquí hace un instante,
rozando la hierba con el borde de tu vestido.

Que los días sean propicios.