
Quienes habitan en Libia, viven ahora momentos de incertidumbre. Época de procelas más que de bonanzas –diría el escritor de Monóvar−. ¿Acaso ya no saborean los frutos de loto? ¿O es que los toman en demasía? En tiempos de Ulises, cuando su barco llegó a las costas de Tripolitania, sus hospitalarios habitantes ofrecieron a los marineros que llegaron a tierra la planta que les servía de alimento: el loto. Comida ella, olvidaron sus días pasados y –así− desistieron de continuar el viaje. Se necesitó el coraje, la astucia y la fidelidad de Ulises para salir de allí, dirigiéndose a la isla de las Cabras y, posteriormente, a la de los Cíclopes.
Somerset Maughan escribe, en 1945, Los lotófagos. Inspirado en la isla de Capri. Precisamente en el cementerio de esta ciudad, un reloj de arena se ilustra con una leyenda (que pasa, también, por ser cita de Mazzini) que nos recuerda que «no existe la muerte, sino solo el olvido» −there is no death in this world, only forgetfulness−. (¿Será, tal vez, que andamos, ciegos como Homero y como Belisario, según gustaba escribir a Victor Hugo?).

Hay quienes dicen que la literatura sirve para conjurar el ensalmo del loto. Yo no lo sé. Mauricio Wiesenthal –cómo disfruto alguna de sus enciclopédicas obras−, que se declara «hijo del sueño» de Mayo del 68, inicia su Libro de requiens (2004) con la frase a la que aludimos en el párrafo anterior. Y lo termina diciendo «No hagamos preguntas. Pero escribí estás páginas para quitarme el sombrero delante de los condenados y para dejar coronas de flores a los pies de los muertos. Ellos no me necesitan, pero yo a ellos sí. Requien aeternan dona eis».