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miércoles, 13 de mayo de 2015

Culdbura (sin dinero) en Burgos

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Refresco en esta mañana el conocimiento de los mecanismos por los que se genera el dinero y por los que se acumulan grandes beneficios. Venía con la imagen de un alegre perro que llevaba un palo en la boca (sostenido en uno de sus extremos) cuando paseaba por la orilla del Arlanzón, y la cortés dueña del mismo, que caminaba algo detrás de él, me ha advertido «¡cuidado con el palo, que puede dañarle!», algo desproporcionado, pues es animal se ha apartado amablemente cuando nos hemos cruzado, además de que su tamaño no era para asustar; cuando continuaban caminando, se le oía decir «Mateo, cógelo más del centro y así no ocupas la senda y no molestas».
Y vayamos a saber por qué me ha venido a la mente lo del dinero, ya que mi intención es hablar de la revista digital que ha nacido recientemente en Burgos, de título Culdbura. Tal vez sea porque el codiciado metal (o más bien su falta) ha propiciado el fin de algunas de las revistas que había en la ciudad, entre ellas Caleidoscopio, debido a que las cajas de ahorro fusionadas y sus fundaciones ya no están para gastarse los cuartos en naderías.
Ante el mercantilismo dinerario y su mediocridad se puede reaccionar de diversas maneras. Unas más directas, creando cooperativas integrales en las que el dinero ‒que puede ser faircoin‒ permite puentear los bancos. Otras más laterales, como Culdbura, en la que un intrépido grupo, de esos que cualquier sociedad puede alegrarse de tener en su seno, abren la puerta a un espacio en el que las personas existen. Es fácil que no encuentre alfombras rojas en su desarrollo, pero gran parte de su valor reside en una existencia voluntariosa.
Una amiga a la que he hablado de la revista me dice que no la encuentra en la biblioteca del barrio. Le digo que es digital, pero tal vez puedan llegar a soluciones en las que reproduzcan algunos ejemplares para este fin.
Es la colorida margarita.

viernes, 24 de abril de 2015

África y sus nuestros naufragios

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Viene en el periódico que los hombres mueren menos que las mujeres y las criaturas en alta mar. Se valen de la fuerza física para sobrevivir en circunstancias adversas. Parece que las estrategias de grupo nos son fáciles de aplicar en momentos tan dramáticos como cuando la muerte está en las olas, esperando tranquilamente a que las energías vitales vayan desapareciendo de los cuerpos.
En la impotencia, deseaba esta mañana que los naufragios fueran de ambiciones, ahogadas irremisiblemente, incapaces de reproducir la farsa del mercado, la farsa de la palabrería, la farsa de las patrias. Recordaba aquella voz: «He andado muchos caminos, / he abierto muchas veredas; / he navegado en cien mares / y atracado en cien riberas»
Soñaba esta noche que las criaturas y mujeres sumergidas movían sus aletas azules y nadaban al valle submarino situado detrás de las rocas del fondo, con puertas que solo la carne desanimada puede traspasar. Seguramente, a la hora de este sueño, tenía la influencia de un cuento de Tich Nhat Hanh, ambientado en los naufragios provocados por piratas a quienes huían de Vietnam en los años setenta.
O era ese poema de Carmen Plaza (en su obra Amor en vela, Visor de Poesía, 2009) transformada en Sirena: «Siento crecer mi cola de sirena / cuando buceo a ráfagas // Navego por el mar de lo intangible / y cierro el círculo / para que no escape el universo. // Seduciré al tritón / de radiante cabeza leonada / que cabalga incansable / sobre el mar de los vivos y los muertos. // Perseguiré su sombra en cada ola».
En cualquier caso, desasosiego.

[Ilustraciones: Herida abierta, de John Clang. Y Carlos Lévano].