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domingo, 14 de enero de 2018

Imágenes en palabras. Correspondencia

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Apenas dispongo de tiempo para iniciar el viaje al mundo de las artes y de las imágenes que nos propone Marc Fumaroli (1932) en París – Nueva York – París (2010), periplo que él realizó durante 18 meses, tomando notas, con las que elabora este extenso volumen (de más de 900 páginas). A pesar de ello, procuro leerlo con detenimiento, pues es una prosa inteligente, plena de hipertextualidad, enriquecida con reflexiones. En el fondo plantea aquella observación de Cioran en Ejercicios de admiración: «Toda conquista objetiva supone un retroceso interior. Cuando el hombre haya alcanzado el objetivo que se ha propuesto, someter a la Creación, estará completamente vacío, dios y fantasma».
Lo primero que sorprende del libro es que no tiene ni una sola ilustración, a pesar de que recorre (desde París) las artes de la Vieja Europa y llega (en Nueva York) a la capital de las imágenes contemporáneas. Es, así, un quedarse en el otium clásico, actividad cultural liberadora de las energías del corazón, huyendo ‒¿inútilmente?‒ del entertaiment, considerado el objetivo de las políticas culturales y del «capitalismo cultural de crecimiento exponencial, el de los medias, de lo audiovisual, de la red mundial, revolución sin precedentes, que mercantiliza íntegramente la cultura, y culturaliza íntegramente la mercancía». Han caído los mitos, las ideologías. ¡Genial! ‒diríamos‒: tenemos libertad para movernos. Pero apenas hay sitio para darse la vuelta entre el individualismo optimista de los barrios (muy) pudientes y los diversos fanatismos de los barrios periféricos.
No vamos a finalizar la entrada con el sabor ácido de aquella Primavera silenciosa a la que nos lleva el delicado libro de Rachel Carson, en la que no hay cantos de pájaros, o con la pesadilla de Baudelaire en la que la estación ha perdido el olor. Nos quedamos, para terminar el día, y leer bajo la luz tenue de la lámpara en la mesilla de noche, la Correspondencia (2011) habida entre Chejov y Gorki durante los cinco años de vida del primero (1898-1904). Intercambian frases sublimes de personajes literarios: «La soledad es el comienzo de la sabiduría», dice uno de Herdberg, y otro añade «y de la locura». O «es un consuelo que los demás no sean mejor que nosotros», puesto en boca de quien expresa la bajeza de su alma. Y uno de ellos señala que «el oficio literario es de por sí agotador. Entre fracasos y decepciones, el tiempo pasa deprisa, no percibimos el tiempo presente, y el pasado, el tiempo en que era tan libre, me resulta ya ajeno, como de otro».
[Salud. Cualquiera de los dos libros aprovecharía a quienes gobiernan la res publica].