En el Hospital Virgen del Mirón (vulgo Antiguo) de Soria
cuelga de las paredes de las habitaciones la pequeña figura de un crucificado.
Ignoro si sucede lo mismo en el resto de hospitales de España y si existe
alguna reglamentación o costumbre al respecto. En todo caso, parece que a nadie
le llamaba la atención este hecho, que a mí me resultaba (al menos) anacrónico.
Las circunstancias me han llevado hasta allí la pasada
semana. La segunda noche de esta estancia –la del miércoles–, ingresaron en la
cama de al lado a una mujer de cierta edad, con todos los visos de la demencia.
Mientras daba gritos de significado incoherente, le pusieron las vías de los
sueros y la mascarilla del oxígeno y le encarecieron que no se los tocara. En
las dos siguientes entradas que hicieron a la habitación, ante el escaso éxito de las indicaciones en que le
recalcaban lo dañiño para su salud de esta conducta rebelde al desprenderse de alimento y oxígeno, decidieron atarle las manos a los barras de los costados de la cama.
Así que allí me vi entre dos crucifixiones (pues no cuento
la mía), sin pegar ojo durante las dos siguientes noches en que permanecí allí.

