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jueves, 14 de febrero de 2019

Las aventuras de Nono (Juan Grave)

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Al iniciarse el siglo XX, en 1901, cuando se creía posible la implantación de la justicia social en la tierra, se escribió como libro de lectura para las escuelas racionalistas el cuento Las aventuras de Nono por el zapatero francés Jean Grave. Un año después fue traducido por Anselmo Lorenzo y editado en las Publicaciones de la Escuela Moderna, impulsadas por Ferrer i Guardia, con  las que tuvo una gran difusión en el ámbito del español durante las siguientes décadas. (Aunque en Francia no lo fue tanto, sí dejó algunas huellas, tal el apodo adoptado por Jean Vigo; además de estar profusamente ilustrado por Hermann-Paul, Camille Lefèvre, Luce, Mab, Lucien Pissarro, Rysselberghe, etc.).
Sin que se diera cuenta, un niño de nueve años, que deseaba un cuento ilustrado, es transportado al país de Autonomía. Allí, Solidaridad le da la oportunidad de vivir sus propias aventuras, alimentándole este placer. No pasa demasiado tiempo sin que sucumba a las tentaciones de Monadio, rey de Argirocracia, país en el que Nono despierta a la vida a través de los distintos paisajes sociales que atraviesa, hasta dar con sus huesos en la cárcel. Pinzones o abejas que hablan, carrozas tiradas por cigüeñas, barcas que naufragan, prados floridos, cumbres nevadas, criaturas que sufren, golondrinas que le llevan una lima para seccionar los barrotes… La sociedad se asemeja a la Naturaleza en las diversas gradaciones de la existencia.
Leído hoy, pueden sonarnos sus páginas a ingenuas, pero no deja de ser emocionante saber que hubo un tiempo en que, en las escuelas, se creía que era posible la implantación de la justicia social en la tierra.

lunes, 12 de junio de 2017

Nada (en el despertar)

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Hay unos seis modelos de marcapáginas (que voy renovando según me llegan, principalmente de las bibliotecas municipales) en la mesa donde reposan los libros que llevo a casa en espera de ser leídos. Para algunos, ya lo elijo en el momento de empezarlo, pues me he hecho una cierta idea de cómo es desde que lo cogí en la biblioteca o en la librería. Para otros, necesito leer unas páginas antes de asignarle marcador. Y, en una tercera clase, están los que no tengo muy claro cuál es el adecuado para compartir esos días de lectura y de trasiego. Es lo que me está ocurriendo en este mes con dos obras, una de ellas ya terminada y la otra recién comenzada.
La primera es Nada, de la escritora danesa (afincada en Nueva York) Jane Teller (1964), escrita en el año 2000, una vez que la autora había dejado su trabajo en Naciones Unidas, dedicado a la resolución de conflictos humanitarios en Tanzania o Bangladesh. No solamente a mí me ha sucedido esta desorientación. La trayectoria de la obra es significativa. En la salida dio pie a encendidos debates sobre la idoneidad de su lectura en gente adolescente, debido a los asuntos que plantea. Pero supera este escollo y se convierte en libro obligado en el sistema de enseñanza de Dinamarca, además de resultar exitosa en Francia, Noruega y Alemania.
A veces me parecía estar releyendo El señor de las moscas, el cual me deja un regusto amargo. Pero aquí la crueldad no proviene del liderazgo, sino de la convivencia en la pubertad. Jane Teller asegura que es un «cuento de esperanza y luz», cuya escritura le supuso una reordenación interior, un vaciado de sus demonios, al que da gracias «porque me hizo abrir todas las ventanas del oscuro, precario y tentador desván existencial que llevaba conmigo». El protagonista –Pierre Anthon– puede abrirte los ojos a lo sorprendente de la vida, cuando no la reprimimos con artificiales y autoimpuestas reclusiones.

La segunda obra, El despertar, de la joven vietnamita (residente en Francia) Line Papin (1995), todavía está sin asignarle marcapáginas. Por de pronto, la publicidad que le han puesto (tomada de Livres-Hebdo) me resulta tan sin sustancia como la mayoría de críticas que acompañan a libros, pinturas, esculturas, etc. «seductora polifonía de hierática sensualidad».

jueves, 11 de febrero de 2010

Adivinanza (fácil, fácil)

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Bueno, esta vez sí que es fácil el acertijo:


Debo a la Arabia mi ser
y yo tengo nueve hermanos,
que estando de mí lejanos
me quedo yo sin valer;
pero si a ellos me uno
adquiero tanta importancia,
que, sin que sea jactancia,
yo valgo más que ninguno.


Pero tiene el mismo valor que el anterior que trajimos aquí: está sacado de un cuaderno que lleva por título Folklore burgalés (recogido directamente), elaborado por las criaturas de la escuela de un humilde pueblo de Burgos, en 1936, e impreso en la misma escuela, en una prensa de imprenta que manejaba el maestro, pero cuyas galeradas eran compuestas por niños y niñas. El aprendizaje como fiesta o la fiesta en la enseñanza. (¡Y parece que Bolonia está descubriendo algo!)

¿Qué pueblo? ¿Quién era el maestro? ¿Conocemos algunos nombres de niñas y niños? Seguiremos hablando de ello.