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lunes, 22 de octubre de 2018

Historias de Chimamanda Ngozi, ideas de Marina Garcés

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La filósofa Marina Garcés (1973) elabora el epílogo de la pequeña obra El peligro de la historia única (2018), de Chimamanda Ngozi Adichie. No es que sea novedoso, hoy en día, lo que dicen, pero merece la pena abundar en ello. Expone Garcés que la Filosofía es la historia única por excelencia, en la que se canoniza a unos señores capaces de pensar, cuyo pensamiento lineal ha sido heredado por las sociedades “desarrolladas” que han luchado por conseguir sociedades modernas. Frente a ello, pone en valor las ideas de la gente corriente, acostumbradas a los “cuentos chinos” ‒asimilados, en notable medida, con mujeres y niños‒, pues estos aportan una gran variedad de conocimientos, desalojados de los manuales académicos, que, incluso leídos en el encierro del lavabo, sirven «para escapar, en definitiva, como el pintor chino a través de su cuadro y poder ir al encuentro de lo que aún no sabemos de nosotras mismas».
Chimamanda Ngozi Adichie (1977) es de sobra conocida por su literatura y su feminismo. Nacida en Nigeria en una familia acomodada, fue a Estados Unidos a estudiar en la universidad. Fue su discurso Todos deberíamos ser feministas el que la introdujo en la viralidad y convirtió sus palabras en fuente para mucha gente. Al tiempo, obras como Americanah muestran la estética, cotidianidad y poder en que basa su obra. El pelo se convierte en símbolo que muestra la historia y política subyacente a sus formas. La otra gran manifestación de sus personajes es el amor, o la forma de vivir la sexualidad.
Su propósito es crear una red de bibliotecas para escuelas, y talleres de escritura para quienes deseen narrar las numerosas historias de la vida cotidiana. «Cuando rechazamos el relato único, cuando comprendemos que nunca existe una única historia sobre ningún lugar, recuperamos una especie de paraíso».

miércoles, 4 de mayo de 2016

Materiales de dios (filosofar en las calles)

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Las golondrinas alegran nuestros cielos y las vincas nuestros suelos. El retorno de la espiral de los meses trae la expresión que nos ocupa, extendida en los ámbitos científicos hace unos años, especialmente cuando se habló del grafeno. Ahora parece que se ha conseguido en la producción industrial tradicional mezclarlo con plásticos, dotándolos de propiedades de conducción eléctrica y térmica, lo cual ‒dicen‒ llevará a cambios significativos en las aplicaciones de productos, que, combinados con la impresión 3D, variarían los procesos de producción y, en consecuencia, los costes. Es el mundo de los nanoaditivos, que dan paso a materiales que cambian de forma, absorben los rayos X, evitan la formación de hielo o iluminan fachadas enteras; sin pararse en otros campos a los que llegan, tal el de la salud, pudiendo activar la cicatrización de heridas o la localización de caries.
Material(es) de dios. Y aquí estamos, con los planes de estudio que lanzan la filosofía por las ventanas de las aulas. Es decir, retorna a la calle, lugar donde nació (en Grecia), con la discusión, con los enfrentamientos de las guerras entre ciudades y de la rivalidad entre concepciones diferentes del mundo. Así lo sostiene Marina Garcés (1973), filósofa en la Universidad de Zaragoza, autora de varios libros, entre ellos el que ahora leo ‒Filosofía inacabada (2015)‒, en el que hace suya la pregunta de Lyotard en 1964, ¿cómo no filosofar?, con la que nos está cayendo. Concibe la filosofía como una amplia experimentación con las ideas, el aprendizaje y las formas de intervención en nuestro mundo actual.

Y no tiene intención de callarse. Procede según lo hacía Thoreau en Walden: «No pretendo escribir una oda al abatimiento, sino jactarme con tanto brío como el gallo encaramado a su palo por la mañana, aunque solo sea para despertar a sus vecinos».

jueves, 16 de abril de 2015

Energías irracionales (Schopenhauer)

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Al salir de casa esta mañana he topado con el panadero que cruzaba la calle con un saco de papel en el que asomaban barras y panes de aceite para cargar la furgoneta de reparto «¡Hola, pana!» le ha dicho un niño desde la ventana de un segundo piso «Buenos días, rufián» le ha contestado y los dos se han sonreído. Seguro que Schopenhauer desconfiaría de estas relaciones amistosas y las atribuiría a una treta de esa energía inconmesurable y subterránea que rige nuestras vidas y la de todo el universo que él denomina Voluntad con el propósito de que la humanidad no se destruya definitivamente en los vaivenes de la Representación.
Se dice que este hombre (1788-1860), junto a Nietzsche, es uno de los filósofos más leídos en la actualidad. Difícil es Contemplar su obra desvinculada de su vida, pues muestra cómo las creaciones intelectuales van separadas de las actividades cotidianas y, al tiempo, van unidas. Es decir, logra (durante cinco años, de los 25 a los 30) elaborar un sistema filosófico original (con su gnoseología, su metafísica, su estética y su ética) y lo hace partiendo de su carácter arrogante y amargo, fruto tal vez de la crianza que tiene, en la que ni su madre ni su padre le dieron cariño. Solo era el heredero que iba a proseguir acumulando riquezas en una fortuna ya muy considerable, cuando descubrió que lo suyo era el estudio, la literatura y la música, pero la Naturaleza no le había dado valor para enfrentarse a los designios paternos.
El azar quiso que su padre muriera cuando él iniciaba la juventud, con lo que quedó liberado de su carrera comercial. Su madre, Heinrich Floris, deseando deshacerse de él (con quién mantenía constantes peleas, tal vez porque ella y él no soportaban hacerse sombra) se fue a Weimar con Goethe. Tanto Heinrich como Arthur pudieron vivir sus vidas de rentistas, cómodas, al socaire de la fortuna paterna y desarrollar una su inclinación literaria publicando novelas, y otro su tendencia filosófica y tocando la flauta.

El filósofo ha legado (además de unas frases bandera de la misoginia) un libro elaborado durante cuarenta años, El mundo como voluntad y representación, pesimista en una primera lectura, pero sabedora (por influencia de los Upanisads, Platón o Kant) de la unidad esencial de lo viviente, que deja al descubierto el engaño del egoísmo y marca el camino hacia la existencia serena y recta.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Sufrimiento

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Escribe Adorno que «dejar hablar al sufrimiento es la condición de toda verdad». Y esta la vamos construyendo con los elementos de que disponemos a nuestros alrededor, según seamos más o menos vulnerables al brillo de los acontecimientos, a la fuerza de quienes exponen opiniones, a la espectacularidad de los argumentos. A la presentación del escaparate. Según seamos más o menos proclives a la reflexión.
El filósofo vallisoletano Reyes Mate, filósofo (ese que nos recuerda con sencillez lo que es la política y lasociedad), impulsor del Instituto de Filosofía del CSIC en los ochenta del pasado siglo, cree que la filosofía contemporánea olvida con demasiada alegría que la sociedad actual está construida sobre el sufrimiento, sobre el siglo más violento de la historia, más devastador, el siglo veinte, sembrado de campos de exterminio, de armas químicas y nucleares. La Filosofía −¡qué paradoja!− construye su edificio desechando una piedra: el sufrimiento.
En su reciente libro La piedra desechada (Trotta editorial, 2013) se interroga sobre cómo pensar hoy la patria y el exilio, la música, el teatro, el tiempo, la política, la religión o la ética. Y de ello concluye que, para vislumbrar un tiempo de esperanza, el tener en cuenta a figuras como la víctima, el olvido, la marginación o el trapero, resulta ser la piedra angular, la imprescindible, la base.
Memoria de la barbarie. Grito de quienes la sufrieron.