Atravesamos días de deseos: personales, públicos, silenciosos, estruendosos, superficiales, vitales… La mayoría de ellos, más que deseos profundos, son expresión del ambiente; chorreras que nos caen de la copa y vivifican nuestro vestido por unos instantes. Ilusiones, si acaso, nublándonos la mente y liberándonos la lengua. A poco que los destapemos, descubrimos la inconsistencia de desear bienestar a quienes habitan este mundo, si, cuando en la primera oportunidad que se nos presenta, especulamos encareciendo la vivienda y haciéndola inasequible para una buena parte. Y no hablemos de esas felicitaciones con deseos de paz, cuando se invierte el dinero en armamento.Pero dejémoslo. Hoy estamos aquí para hablar, no del deseo cínico ni del inconsistente, sino del deseo que vive dentro de nuestro ser y, en buena medida, nos hace vibrar. Sugawara na Michizane (845-903, Japón), hombre ligado a la palabra (pues era funcionario, para lo cual debía dominar el arte de la poesía, y escritor) y a los documentos (pues sus expedientes personales fueron reiteradamente destruidos, restituyéndose su memoria casi cien años después de su muerte), sufrió los vaivenes de las administraciones públicas a las que servía. Dos años antes de su muerte, fue exiliado por última vez. Todos los amaneceres salía al jardín de Chikuzen, recordaba el blanco cerezo de su casa y deseaba ardientemente estar junto a él. Una mañana, el árbol florecido salió de la tierra, se elevó y voló hasta donde estaba Michizane.
Y aquí dejamos una canción, navegando al otro extremo del planeta:Felices días.
[El cuadro de mujer con laúd es de Ana Gladys Falcón]