viernes, 9 de noviembre de 2018
Aliento de Eva (Carmen Plaza)
miércoles, 6 de febrero de 2013
Escritoras por encargo
Por diversos avatares, en los últimos tiempos, he coincidido en el espacio virtual con escritoras por encargo o correctoras de estilo. Es decir, con mujeres que se toman la escritura como oficio. No (solo) una afición o una necesidad (interior) o un divertimento o un desafío. Un quehacer. Conozco, desde hace tiempo, en el espacio de a pie, a mujeres y hombres que, cual Velázquez o Goyas, se dedican a ello, con gran contento, lo que ha provocado que se diluyera en mí ese pensamiento que albergaba en la mocedad sobre la escritura gloriosa. «No somos nada», me dice la Bibliotecaria cuando hablo de esto con ella. Supongo que se refiere a que somos mortales.
Una de ellas es Concha Baeza, la cual se define «escritora por encargo. Domo palabras. Las pongo al servicio de las organizaciones para que marquen estilo, identifiquen servicios, definan contornos». No se limita a corregir un texto, sino que realiza las investigaciones necesarias para elaborarlo. Tiene la suerte de radicar en Valencia (lo digo por estar junto al mar). Y, a mi vez, he tenido la fortuna que me regalara su último trabajo: Muro, libro sobre Juan Pérez del Muro (1895-1949), ilustrador, cartelista, tebeísta, periodista… (editado por la Diputación de Valencia).
Otra es Mónica Alejandra Carrizo, «Redactora, biógrafa, correctora, lectora editorial. Me gustaría compartir contigo un viaje, en el cual tú aportarías recuerdos y yo les daría forma». Vive en una isla de las de verdad, rodeada de agua. A veces, leo historias en una de sus bitácoras: Cuentera personal.
¡Feliz travesía!
jueves, 25 de noviembre de 2010
Sueños en La rima del anciano marinero
Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) participó en la idea de una sociedad igualitaria: la Pantisocracia. Desde Inglaterra, su país de nacimiento, marchó a Pensilvania para ponerla en práctica, en unión de varias mujeres y de los poetas Robert Southey y Robert Lowell. Era una persona ocurrente y comunicadora, que podía convencerte fácilmente de lo que había ideado. Pero no le sonreía la realidad. Fracasaba con frecuencia. De hecho, se casó con una de las jóvenes con las que probaba la Pantisocracia, Sara Fricker, y…, al día siguiente de esta unión, se dieron cuenta de que no congeniaban. Al no ser partidario del divorcio, tardó en formalizarlo, a pesar de que llegaron a tomarse auténtica manía. (Su amor, Sarah Hutchinson, no le prestó demasiada atención.)
Tal vez huyendo de estos dos fracasos –el social y el del matrimonio–, colaboró estrechamente con Wordsworth (1770-1850), dando nacimiento en 1798 al influyente Baladas líricas, en la que Coleridge incluye «La rima del anciano marinero», poema en siete cantos, antecedente de otros textos de la literatura universal, tal Moby Dick de Melville. Más adelante, se daría al estudio de la filosofía y continuaría con el consumo de laúdano –opio líquido–; pero esa es otra historia y pertenece al tiempo en que Eliot diría de Coleridge que «ya era un hombre echado a perder. A veces, sin embargo, ser un hombre echado a perder es por sí mismo una vocación».
…
Se retorció mi cuerpo en ese instante,
con dolorosa angustia,
que me obligó a contar toda mi historia;
y después me dejó libre de pena.
Desde entonces, en horas imprevistas,
esa angustia me vuelve:
y hasta que no se cuente mi relato espectral,
me quema el corazón.
Paso, como la noche, de país en país;
tengo un poder extraño de lenguaje;
…
Su biznieta, Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907), fue poeta -Anodos- y profesora en el Colegio para mujeres obreras de Londres.
[La traducción –enorme– es de José María Valverde y está en Poetas románticos ingleses (BackList, 2010). La ilustración, de G. Doré].



