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viernes, 15 de abril de 2016

Puentes

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Largo, como cola de tigre es el deseo. Irás detrás de él,te lo aseguro. Con la lengua afuera y el corazón afilado.
(Lilian Elphick)
Los dos ojos habitados habitualmente bajo el puente Malatos ‒ese que hurgan las huellas peregrinas desde hace ocho siglos‒ sobre el Arlanzón se convierten en cinco estos días. Alguna golondrina vuela en ellos, rozando el agua, en los momentos en que el cielo se abre en naranjas y azules. Con la lluvia racheada me recuerdan escenas que ilustran los libros de literatura china, especialmente aquel puente bajo la lluvia.
Leyendo a Elphick, la escritora chilena nacida en 1959, pienso en las peregrinaciones, en las tormentas de alta mar bamboleando las embarcaciones de gente en busca de refugio, en Frontex y Shengen. Las Bellas de sangre contraria me trasladan a El Salvador, a las mujeres rurales inmersas en la maquila, el trabajo textil que explotan las industrias textiles, en las que las protagonistas más visibles, por el contrario, son también mujeres. Sus Monstruos y monstruas me llevan en taxi por las esquinas de los barrios de la ciudad en las que apago la sed.
Seguramente su literatura está escrita desde otras vivencias. Gemma Pellicer (1972) deriva las palabras que inician esta anotación en un microrrelato (Nadie se libra de él. / Nadie lo ignora. / La distancia aviva su sed, / la cercanía lo colma). Pero yo ‒hoy‒ tengo mis puentes que cruzar.

Cierro los ojos y lo veo.

viernes, 23 de mayo de 2014

Los puentes de Sthendal

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"Fuera de aquí, yo gobierno y ‒lo confieso para mi vergüenza‒ encuentro algún placer al hacerlo; a vos me someto como un esclavo, pero con un placer que sobrepasa con mucho al de gobernar fuera de aquí. Estoy bajo la influencia de un ser superior; aunque lo intentara, no podría obedecer a otra voluntad que a la suya, y preferiría verme durante toda la eternidad como el último de sus esclavos a ser rey lejos de sus ojos" [Le dice el joven obispo de Castro, Cittadini, a la apuesta abadesa de la Visitación, Elena, en la obra de Sthendal, La abadesa de Castro].
El blanco continúa en el verde. Los pan y quesitos de las acacias llenan el vuelo de los paseos, en los que el viento de estos días cubre el suelo con sus pequeños pétalos, aumentando la alfombra con los milanos de los chopos, renaciendo en cada claro de lluvia. Aun cuando los castaños y los espinos van apocándose, comienzan a salir las flores del saúco. Fácilmente, las preocupaciones dan respiros en los que contraer el síndrome de Sthendal.
La obra de Sthendal (1783-1842) puede hacernos transitar hacia la realidad, pues ya definió su literatura como espejo de la misma. Realidad a la que acudimos sin prejuicios, dejando que sus personajes nazcan, se desarrollen y mueran porque sí, porque el tiempo les lleva a ello. El autor, además, se permite entrar en estas historias para ahorrarnos cientos de aburridas páginas, pues la vida es elipsis, movimientos inesperados, uniones que no se encuentran, mujeres que se disfrazan de monjes, ramo de flores con sangre, madre que miente por el gobierno de la hija, bandidos admirados… Y Elena, Elena, Elena que abraza a Julio.

Detrás del cristal que para el viento de esta tarde, escucho las notas de Adams, otro puente hacia el amor de los cuentos.