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lunes, 5 de julio de 2010

Tristeza de la bibliotecaria

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«Se queda en un rincón. Ella, que siempre gusta de asomarse al mostrador de préstamo cuando alguien llega. Hace días que prefiere el silencio. Ella, que no desperdicia ocasión de jugar con las palabras. Está seria. Ella, que con frecuencia arranca una sonrisa de quien pregunta por algo sin sentido. Viste de oscuro. Ella, que combina colores en cascadas imposibles. Camiseta de cuello alto y pantalón liso. Ella, que es amiga de sugerencias, de leves volantes, de pañuelos cruzados, de rosas.
Cuando me acerco alguno de estos días a la biblioteca, la veo: está triste.Aprovechando uno de los escasos momentos en que sale a colocar por las estanterías, figuro despistarme, nos encontramos y le digo que estoy con Mendel, el de los libros y… apenas esboza una mueca de deferencia. Ella, que en cualquier otro momento tremolaría ante título tan sugerente y me hubiera hablado de no se qué novedad fantasiosa para camelarme y forzar que le contara lo que ocurre en esas páginas, para que le hablara de cómo van cayendo dentro de mí las palabras que estoy leyendo.

No sé bien qué es lo que le pasa (ni tengo confianza para preguntarle). Solamente le he escuchado, hablando a lo lejos, algo parecido a que la familia es una desgracia como otra cualquiera.

¡Me encuentro tan perdido en estas circunstancias! El silencio se me adueña. Sólo he acertado a posarle un instante la mano -nervioso pajarillo- en el hombro. La miro en su rincón y me duele».