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viernes, 7 de noviembre de 2014

Vender la(s) memoria(s)

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«Tendrías que vender tus memorias», le digo a la Camarera, «si nos entendemos en el reparto de beneficios, yo puedo gestionarlo». «Vamos, no me hagas reír», me contesta ella, «pero si no eres capaz ni de sacarle jugo al Quijote». «Ya, pero puedo copiar de una excelente maestra». Y, entonces, le cuento lo de Chateaubriand y Madame Récamier, su amante.
François-René, vizconde de Chateaubriand (1768-1848), comienza a escribir sus memorias (que también son confesiones) en 1809, aumentándolas y retocándolas hasta poco antes de su muerte. Su intención es que se publiquen cincuenta años después de fallecido, pero… La finalización de su carrera política en 1830 va mermando sus ingresos y aumentando sus deudas, por lo que Madame Récamier, amante del mismo desde algo más de una década, convence al vizconde para que realice lecturas públicas en su palacio en espera de que algún editor pueda adelantarles dinero.
No sucedió tal, por lo que la mujer se puso a idear otro plan, que esta vez sí dio resultados positivos. Se formó una sociedad anónima que vendió acciones para comprar los derechos de publicación de las memorias, una vez que su autor falleciera y el manuscrito pasara a sus manos. Es decir, eso de la especulación en bolsa con la próxima cosecha de alimentos es algo antiguo (si bien no deja de ser espeluznante).
Quien más quien menos veía que Chateaubriand no estaba para mucho, pues ya iba para los sesenta y cinco de aquellos tiempos, y compró sus papeletas. Pero este se remozó con los dineros y continuó en este valle de lágrimas durante quince años más, siendo que bastantes de quienes habían adquirido la ganga se fueron a la tumba antes de ver medrar su inversión, resultando que las acciones corrieron de mano en mano, mientras esperaban que la artritis pudiera al fin con el escritor. El mismo año de su muerte ‒nada de esperar medio siglo‒, poco después de situarlo frente al mar en la isla de Grand Bé, comenzaron a publicarse los 42 tomos de que se compone esta magistral obra, Memorias de ultratumba, fecha en que también se comienzan a publicar traducidas en Madrid y Valencia.

¡¡Chis!! A la Camarera le da un temblor la cabeza, despierta, me mira y no sé interpretar sus ojos.

lunes, 6 de febrero de 2012

Amor y locura. Latidos y literatura

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Natalie Laborde, duquesa de Noailles, se sumió en la oscuridad de la locura hacia 1815. Antes, había gozado de prestigio en los salones del París convulso de principios del siglo diecinueve, una vez que había orillado la guillotina de los años del terror (algo que no consiguió su padre, Jean Joseph [nacido en Jaca], banquero de la Corte). Era culta, elegante, rica y dibujaba con gusto. De ahí que viniera a España en 1807 para reproducir monumentos y paisajes, con el fin de incluir sus instantáneas en la obra que estaba elaborando su hermano Alexandre: Itinerario descriptivo de España (6 vol., París, 1808).
Natalie despertaba admiración en los hombres y, en ocasiones, llegaban al romance. Es lo que le sucedió estos años con François René de Chateaubriand (1768-1848), prosista exquisito, también aristócrata con varios familiares en la guillotina. Su encuentro más pasional se dio en Granada. Natalie –llamada entonces Dolores− llegaba con sus pinturas. Él regresaba de un viaje a Oriente. De lo que ocurrió, dejó vivas pinceladas en la monumental (y algo difícil) Memorias de ultratumba: «Si atrapo a escondidas un instante de felicidad, se ve turbado por el recuerdo de aquellos días de seducción, de encantamiento y de delirio».

Pasaron los años. Natalie se evaporó. François René se retiró a su tierra de Bretaña. Recordaba (De todas las cosas que he perdido, es la única que echo de menos). Y así es como escribió, en 1826, un libro evocador de aquel lejano 1807: El último abencerraje, ambientado en la España del siglo XVI, donde sucede una relación imposible entre ella y él, entre el amor y la locura.