
Natalie Laborde, duquesa de Noailles, se sumió en la oscuridad de la locura hacia 1815. Antes, había gozado de prestigio en los salones del París convulso de principios del siglo diecinueve, una vez que había orillado la guillotina de los años del terror (algo que no consiguió su padre, Jean Joseph [nacido en Jaca], banquero de la Corte). Era culta, elegante, rica y dibujaba con gusto. De ahí que viniera a España en 1807 para reproducir monumentos y paisajes, con el fin de incluir sus instantáneas en la obra que estaba elaborando su hermano Alexandre: Itinerario descriptivo de España (6 vol., París, 1808).
Natalie despertaba admiración en los hombres y, en ocasiones, llegaban al romance. Es lo que le sucedió estos años con François René de Chateaubriand (1768-1848), prosista exquisito, también aristócrata con varios familiares en la guillotina. Su encuentro más pasional se dio en Granada. Natalie –llamada entonces Dolores− llegaba con sus pinturas. Él regresaba de un viaje a Oriente. De lo que ocurrió, dejó vivas pinceladas en la monumental (y algo difícil) Memorias de ultratumba: «Si atrapo a escondidas un instante de felicidad, se ve turbado por el recuerdo de aquellos días de seducción, de encantamiento y de delirio».

Pasaron los años. Natalie se evaporó. François René se retiró a su tierra de Bretaña. Recordaba (De todas las cosas que he perdido, es la única que echo de menos). Y así es como escribió, en 1826, un libro evocador de aquel lejano 1807: El último abencerraje, ambientado en la España del siglo XVI, donde sucede una relación imposible entre ella y él, entre el amor y la locura.