No me resisto a poner la
fotografía de la vega de mi pueblo y la pose del Moncayo tomada desde el Altillo,
pequeño promontorio por el que discurre la carretera desde La Rinconada hasta
las Tierras Altas sorianas. Dos años esperando merecen este exordio.
Pensaba comentar el Berlín del historietista Jason Lutes (1967),
no el completo (que se va a componer de tres tomos con el que se publicará en
2018), sino el primero, Ciudad de piedras,
que se traduce en 2005, y abarca desde el inicio de la República de Weimar, en
1918, coincidiendo con el término de la primera guerra mundial hasta 1929. Esta
novela gráfica exige atención continua en su lectura (al menos a mí), por los
distintos ambientes que retrata, pasando de unos a otros sin divisiones claras ‒será
un reflejo de la vida, me digo‒, y por lo esquemático de muchos de sus
diálogos, apoyados en los dibujos, lo que supone que sobreentiendes los
silencios.
Pero en estos días de medio
fiesta me decido a poner un poema (pues ya hace tiempo que no lo hacemos), está
vez del cubano llegado pronto a Estados Unidos, y escritor también en inglés, Gustavo
Pérez Firmat (1949), extraído del recopilatorio Sin lengua, deslenguado (2017), en el que está el poemario Cincuenta lecciones de exilio y desexilio
(2000), cuyo poema 48 dice:
Mi
noche no es medianoche:
es tempranera,
inicial: mañana de noche.
No es
la noche de los insomnes o los suicidas.
No es
la noche del silencio o la ansiedad.
No es la noche del fantasma
o del grito.
La mía
es noche de certezas, no de dudas:
el sí de la noche.
La mía
es noche de claridades, no de sombras:
la luz de la noche.
Mi noche
no tiene paredes.
Mi noche
vive en la garganta.
Cierro los ojos para ver la
noche.
[Salud. A la espera de que
la Vida conceda noches blancas a quienes gobiernan la res pública].



