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domingo, 10 de julio de 2016

Jade

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Las palabras pueden medirse, olerse, pesarse… Podemos levantar el libro, volcarlo y, entonces, extender las palmas de las manos esperando que caigan sobre ella. En breves instantes van llegando, bien como plumas que se posan en la piel alegre bien como tallos de rosal silvestre dejando rasguños inevitables. Nada sucede en nuestras vidas que no esté presagiado en la pizarra del espacio. La ceguera nos ayuda a conocerlo.
Algunas mujeres (vietnamitas) eligen las pulseras de jade como su joya. Comparable a los diamantes. Dan la medida de la calma, de la solidez dentro de la aparente fragilidad que proyecta la superficie lisa de su curva. A ella puede acudirse cuando se siente inseguridad, incluso cuando se tiene miedo. Puede que una madre decida ponerle una a su hija. La cual, fácilmente, deja que la muñeca crezca en su interior hasta el punto de que no pueda salir al hacerse mujer. Jade de por vida.

Ahí, en la piel cambiante, adquiere su tonalidad oliva joven o liquen, en un proceso único, acrisolado en los latidos de su poseedora. No se raya ni absorbe calor. Pero sabe de los amamantamientos, de ira desechada y de las manos que se acercan –tan distintas– desde el exterior.
En Vietnam nace su poesía cuando nace la nación, en un río (de la boca de Li Chueh y Do Phap Thuan; una historia para contar en otro momento):
¡Ahí: gansos salvajes, nadando lado a lado,
mirando hacia el cielo!
Plumas blancas contra un azul profundo,
pies rojos ardiendo en olas verdes.

Jade en nuestro cuerpo.