Mostrando entradas con la etiqueta palabras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta palabras. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de diciembre de 2018

El libro de los libros (Buchholz)

6 comentarios

Sabía que llegaría el día en que me pusiera a escribir sobre él. Me lo enseñó una amiga alemana, hará unos veinte años, en Madrid. A ella se lo habían regalado por Navidad; recuerdo la época porque la asocié con la ilustración del camarero con la bandeja de libros en un paisaje de nieve; nunca había visto un dibujo así (frente a tantos en que aparecen esparcidos los libros por agua, hierba, cielo, carreteras, etc.). No entendí el texto porque estaba en alemán (a pesar de que tiempo atrás, por trabajos veraniegos, había aprendido algo de este idioma); ahora veo que es el escrito por Michel Tournier, referido a «El último día de George Simenon».
Se trata de El libro de los libros. Historia de imágenes, publicado hace un par de años en español, sobre la edición príncipe de 1997, realizada en Múnich. Un año antes, el escritor Michael Krüger distribuyó entre colegas de cierto renombre de diversos países cuarenta y seis ilustraciones (diferentes) del reputado dibujante Quint Buchholz con el fin de que elaboraran un breve texto sobre ellas. La temática de las mismas era común: el libro. Para su sorpresa, pasado un tiempo, recibió cuarenta y seis contestaciones con los encargos cumplidos, que muestran ─¿cómo no?─ aspectos de la escritura y la lectura.
Por España, si no hierro, hablan Ana María Matute, José Agustín Goytisolo (en poesía), Ana María Moix (en poesía), Javier Tomeo, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Gustavo Martín Garzo y Javier Marías.
El conjunto es un tentador volumen de imágenes y palabras, que finalizan en el descubrimiento de la luz, el lugar esencial donde nace un cuadro ─no en la inspiración que llega de no se sabe dónde, según nos cuentan, ni en la genialidad de quien lo pinta─ y donde desaparece un artista.

domingo, 19 de marzo de 2017

Altazor (desde los cielos de Huidobro)

14 comentarios
Los poemas extensos le iban a Vicente Huidobro (1893-1948), el poeta chileno que trajo a España (desde París) las vanguardias en 1918, plasmado en el ultraísmo del momento primero. En 1929 publica la novela fílmica Mío Cid Campeador, que goza de éxito. Y, poco después,  da a la luz Temblor de cielo (poema en prosa) y Altazor (en verso). Lo hace en la todopoderosa C.I.A.P., compañía que va aglutinando en España a buena parte de las editoriales de los años treinta del siglo pasado.
Hacía tiempo, con 25 años, comienza a escribir versos de Altazor (“Soy yo Altazor el doble de mí mismo / El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente”), a los que va sumando nuevas contribuciones. El resultado de 1931 es un poema en un prefacio y siete cantos, en el que, al no tratarse de una narración épica (como la cidiana), resulta complicado mantener la unidad. Hay quien lo toma como un (caprichoso) juego verbal, pero el resultado no deja de ser desconcertante y admirable. De hecho es la obra con la que más se le identifica a este inquieto hombre.
Hay palabras que tienen sombra de árbol
Otras que tienen atmósfera de astros
Hay vocablos que tienen fuego de rayos
Y que incendian donde caen
Otros que se congelan en la lengua y se rompen al salir
Como esos cristales alados y fatídicos
Hay palabras con imanes que atraen los tesoros del abismo
Otras que se descargan como vagones sobre el alma
Altazor desconfía de las palabras
   Desconfía del ardid ceremonioso
Y de la poesía
Trampas
            Trampas de luz y cascadas lujosas
Trampas de perla y de lámpara acuática
Anda como los ciegos con sus ojos de piedra
Presintiendo el abismo a todo paso 
       Mas no temas de mí que mí lenguaje es otro
       No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie
       Ni descolgar banderas de los pechos
       Ni dar anillos de planetas
       Ni hacer satélites de mármol en torno a un talismán ajeno
       Quiero darte una música de espíritu
       […]

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus avenidas].

domingo, 10 de julio de 2016

Jade

8 comentarios
Las palabras pueden medirse, olerse, pesarse… Podemos levantar el libro, volcarlo y, entonces, extender las palmas de las manos esperando que caigan sobre ella. En breves instantes van llegando, bien como plumas que se posan en la piel alegre bien como tallos de rosal silvestre dejando rasguños inevitables. Nada sucede en nuestras vidas que no esté presagiado en la pizarra del espacio. La ceguera nos ayuda a conocerlo.
Algunas mujeres (vietnamitas) eligen las pulseras de jade como su joya. Comparable a los diamantes. Dan la medida de la calma, de la solidez dentro de la aparente fragilidad que proyecta la superficie lisa de su curva. A ella puede acudirse cuando se siente inseguridad, incluso cuando se tiene miedo. Puede que una madre decida ponerle una a su hija. La cual, fácilmente, deja que la muñeca crezca en su interior hasta el punto de que no pueda salir al hacerse mujer. Jade de por vida.

Ahí, en la piel cambiante, adquiere su tonalidad oliva joven o liquen, en un proceso único, acrisolado en los latidos de su poseedora. No se raya ni absorbe calor. Pero sabe de los amamantamientos, de ira desechada y de las manos que se acercan –tan distintas– desde el exterior.
En Vietnam nace su poesía cuando nace la nación, en un río (de la boca de Li Chueh y Do Phap Thuan; una historia para contar en otro momento):
¡Ahí: gansos salvajes, nadando lado a lado,
mirando hacia el cielo!
Plumas blancas contra un azul profundo,
pies rojos ardiendo en olas verdes.

Jade en nuestro cuerpo.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Palabras para bibliotecas (¿cerradas?)

6 comentarios

Se acerca Año Nuevo. En la política se dice que hay que hacer gestos. O sea, parecer que se mueve ficha, aunque no tenga beneficio alguno para la partida. Pero -como canta Cohen- tienen las fichas cargadas. Uno de estos gestos es reducir los servicios de bibliotecas: cerrar suscripciones de revistas, no adquirir libros, música o películas, dejar de contratar personal, cerrar bibliotecas y llevarlas a otras dependencias municipales (tal los centros cívicos)... Y un largo ecétera para salvar la poltrona: cambiarlo todo para que nada cambie.

Por ello, viene a cuento el poema de Valente:

No inutilmente

Contemplo yo a mi vez la diferencia

entre el hombre y su sueño de más vida,

la solidez gremial de la injusticia,

la candidez azul de las palabras.

No hemos llegado lejos, pues con razón me dices

que no son suficientes las palabras

para hacernos más libres.

Te respondo

que todavía no sabemos

hasta cuándo o hasta dónde

puede llegar una palabra,

quién la recogerá ni de qué boca

con suficiente fe

para darle su forma verdadera.

Haber llevado el fuego un solo instante

razón nos da de la esperanza.

Pues más allá de nuestro sueño

las palabras, que no nos pertenecen,

se asocian como nubes

que un día el viento precipita

sobre la tierra

para cambiar, no inútilmente, el mundo.

¡Ánimo y Feliz Año Nuevo!

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Animal de palabras

6 comentarios

Parece claro que las personas somos animales de palabras. A algunas de éstas les conferimos significados especiales, lo que las convierte esenciales en su época (pensemos en honor, progreso, revolución… en décadas pasadas; o en indignados, democracia, especulación… en la nuestra). Con ellas –en la literatura− concebimos mundos irreales, complementarios a lo que denominamos realismo, conformando de este modo (por contraste) nuestra realidad. (Esta irrealidad es diferente del ámbito virtual, un mundo paralelo en el que se nos quiere hacer vivir).

Uno de los pasajes de la cultura en donde primero se expresa esta idea seminal es en el Fedro, donde Platón nos habla sobre estas palabras, por boca de Sócrates: «Mucho más excelente es ocuparse con seriedad de las cosas, cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y buscando un alma adecuada, planta y siembra palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre».

Por ello –se nos ocurre−, continúan siendo tan necesarios los libros.

viernes, 25 de marzo de 2011

Aforismos en la cama

9 comentarios
Josep Joubert (1754-1824) es uno de esos autores tan citados en lo referente a palabras, libros y demás temas relacionados con la expresión literaria del pensamiento. Diríamos que es un creador de aforismos, dando con frases como «Es imposible volvernos instruidos si solo leemos lo que nos gusta» o «Para escribir bien se necesita una facilidad natural y una dificultad adquirida», e incluso aquello de «Escribiendo demasiado arruinamos nuestro espíritu; no escribiendo, lo oxidamos».

Joubert −sumido en la revolución que llegó a decepcionarle− conoció en 1800 a Chateaubriand y se hicieron amigos, lo cual le ha dado celebridad. Pero él mismo era un personaje singular. No escribió una gran obra, pues le gustaba demorarse. Sainte-Beuve decía de él que se daba a «sus lecturas, sus sueños, sus charlas, bastón en mano, prefiriendo pasear diez millas que escribir diez líneas». Editorial Periférica, de Cáceres, publicó en 2007 Sobre arte y literatura (vertida al español por Luis Eduardo Rivera). La obra había sido traducida al inglés por Paul Auster y en su primera edición (1982) no tuvo demasiado éxito editorial, hasta que fue pasando de mano en mano de esa manera insospechada en que lo hacen algunos libros; el mismo Auster cuenta la anécdota de cómo anduvo uno de sus ejemplares de cama en cama en un hospital, leyéndose con verdadera fruición, a tal punto que cuando su dueño lo reclamó (al ser dado de alta), le contestaron con un «es nuestro».
«Siempre estamos pidiendo nuevos libros, pero en esos que poseemos desde hace mucho tiempo hay inestimables tesoros de ciencia y de entretenimiento que desconocemos porque hemos decidido privarnos de ellos»

lunes, 20 de diciembre de 2010

Palabras de rocío

6 comentarios
Hace un tiempo murió un ser querido. Nada ni nadie puede suplir esa ausencia. Ninguna palabra es capaz de expresar el sinsentido de la desaparición de alguien en plenitud. Tal vez tienen buena parte de razón el taoísmo y el budismo zen cuando señalan que la esencia de esta vida nuestra es el devenir; que lo que nos acontece está regido por un principio de transformación, el cual no tenemos la lucidez suficiente para aprehender. De ahí que cuantas menos palabras utilicemos, más nos acercaremos a la realidad antes de que cambie. Desde Horacio, pasando por Gracián o Antonio de Guevara ha habido quienes coinciden en este aserto de este último: «Porque toda la excelencia del escrebir está en que debajo de pocas palabras se digan muchas y grandes sentencias».

E. Allan Poe, por su parte, afirmó que un poema breve puede producir una «excitación que sea capaz de elevar el alma» con mayor fortuna que uno extenso, pues «toda excitación, por mera necesidad física, es transitoria».
El rocío es uno de los símbolos de la transitoriedad, de esta nuestra esencia, del devenir. Kobayashi Issa, tan citado en la moda actual del haiku, sufrió la muerte de su madre a los tres años; después, la indiferencia de su madrastra, teniendo que abandonar el hogar a los catorce para realizar sus estudios entre constantes privaciones. Al comenzar su éxito literario, falleció su padre (y tuvo problemas para heredar). Se casó, tuvo cuatro hijos… y vio cómo morían las cinco personas que le acompañaban. Al desaparecer su último hijo escribió:

El mundo de rocío
es mundo de rocío.
Y sin embargo…

jueves, 29 de julio de 2010

Las palabras y la Túnica de Neso

6 comentarios
Es conocida la historia de Neso, el centauro que quisó violar a Denayira –‘la que vence a los hérores’–, tercera esposa de Heracles, el cual arrojó a Neso una flecha y le impidió su felonía. Mientras expiraba, el centauro aseguró a Denayira que la sangre que estaba brotando de su corazón moribundo tenía el poder de preservar el amor en una pareja. Ella guardó un poco de líquido y, pasado un tiempo, cuando comenzaba a dudar de la entereza de su relación con Heracles, roció durante la noche la túnica de éste, el cual una vez se la hubo puesto, vio impotente cómo comenzaba a quemarse su piel, muriendo lenta y dolorosamente. De ahí que la expresión túnica de Neso aluda a un dolor moral devorador del que vanamente pretendemos huir.
Ernst Lissauer (1882-1937), judío prusiano, compuso Canto de odio a Inglaterra (conocida también como Himno del odio) en 1914, la cual fue celebrada en todos los ámbitos alemanes durante la primera guerra mundial, al punto que el emperador le concedió la Cruz del Águila Roja. Pasó de ser un desconocido a gozar de gran reconocimiento popular. Dicen que era una persona bonachona, pero que fue tragado por el ambiente de euforia guerrera que se creó en Alemania y Austria al inicio de la primera guerra mundial. Pero en 1918, al perderse la guerra, estas palabras se convirtieron en su túnica de Neso. La industria y el comercio necesitaba hacer negocios con Inglaterra; la política tenía que lavar su cara para seguir en el Poder. Así que Lissauer, amante de su patria, fue desterrado y murió en el mayor dolor que le podían infligir.

[Todo esto (y mucho más) en las memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer (Acantilado, 2002)]

jueves, 4 de febrero de 2010

Palabras saqueadas

5 comentarios
Nos tomamos la libertad de poner un adjetivo al encabezamiento de esta anotación, tomándolo del título de uno de los libros de Irene Lozano: El saqueo de la imaginación (Debate, 2008). Su autora nos relata un fenómeno de extraordinaria importancia en la actualidad: los mensajes que nos llegan en los medios de información, han pasado por el tamiz de los gabinetes de opinión (que llaman de comunicación). Es decir, partidos políticos, sindicatos, iglesias, prensa, banca, oenegés, fundaciones… disponen de una gente especializada en comer el coco. Ahí, las palabras son analizadas, rechazadas, elegidas y (si preciso fuera) forzadas para que transmitan la bonanza de la organización en cuestión.
Se trata de que cuando firmamos un contrato de telefonía (que nos encadena dieciocho meses), o encontramos un trabajo (que no sabremos lo que durará), o abrimos una cuenta corriente (que cobra comisiones aleatorias), o la política nos concede o nos rechaza una ayuda (que parece un privilegio), todo ello se nombre con palabras que no ofendan, que no desprestigien a quien nos la facilita, que no la presenten como alguien que nos explota en ese momento. Algo así como el método Grönholm, al que alude la autora: la multinacional en cuestión buscaba no una buena persona que pareciera un hijo de puta, sino un hijo de puta que pareciera una buena persona. (No hace falta tener vista de lince para reconocer a unos/as cuantos/as.)

Es decir, el asunto está en conservar los grandes beneficios, haciendo ver que se está ayudando al personal. Y para ello son necesarias las palabras, aquellas que transforman penalización en apoyo económico o ganancia en prestar colaboración. Las palabras en las que se expresan los valores. ¡Vamos, que bancos y empresas pareciera que existen para facilitarnos la vida!

En buena medida, el libro en cuestión nos presenta un panorama desolador. ¿Podemos defendernos de él? Tal vez las bitácoras nos ayudan a ello.

lunes, 18 de enero de 2010

Palabras internas. Acúsmata

7 comentarios
Existen demasiados lugares a los que no logramos llegar (¡y mira que nos gustaría hacerlo!). Islas, golfos, volcanes, bosques, lagos, acantilados… que atraen nuestra atención durante unos instantes, arrancándonos (incluso) la promesa de que a la primera oportunidad que se nos presente, iremos a conocerlos. Pero ahí nos quedamos, en el deseo momentáneo. Un libro, una película, un póster, una conversación… han sido la diligencia, el globo o el vapor que nos ha trasportado hasta su suelo, que nos ha elevado a su cielo. Envidiamos (y no sin razón) a quienes pueden moverse libremente de un lugar a otro.

Pero hay un espacio al que se llega no con dinero ni con tiempo disponible, sino con fortuna. Es la tierra de los acúsmata [no la de sentencias pitagóricas o symbola], de los paraísos formados (si hay suerte) dentro de nuestro cuerpo, de los estados de encantamiento que (quizá) nos invaden, de las alucinaciones sonoras que (tal vez) disfrutamos. Escuchamos voces o cánticos. Reinos que no se pueden comprar ni se pueden vender. Para quien no los conoce, este es un mundo extraño, del que no le hablan ni le ofertan, al que no puede visitar por placer, en el que ni siquiera puede disponer de la posibilidad de sentirse extranjera/o. Simplemente no puede acceder a él.

Las religiones se han ocupado repetidamente de este espacio-fenómeno, arrimando (como es natural) el ascua a su sardina. Sin alejarnos de nuestro entorno cultural, vemos que, en la iglesia católica, las palabras interiores que creemos oir se interpretan como que fueran voces de los ángeles. Y no han dudado en considerar a Cecilia la santa protectora de la música, pues –se dice– que mientras la martirizaban escuchó el canto de estos seres celestiales.

En todo caso, son palabras (habladas o cantadas) que viven en nuestro mundo interior.

martes, 5 de mayo de 2009

LA IMPORTANCIA DE LAS PALABRAS

9 comentarios

Con las palabras nos expresamos, si las usamos correctamente atinamos de lleno con lo que queremos decir, si nos confundimos en su utilización, también confundimos al que nos escucha o simplemente no nos va a entender.
Está en marcha la segunda entrega del diccionario de palabras olvidadas, la primera fue un gustazo al poder descubrir toda una serie de vocablos que si no eran nuevos al oído, si lo fue su sentido o significado.
Ya está cerrado el plazo de aportación de conceptos, pero esperaremos gustosos su publicación.
De cualquier forma ahí os van unos cuantos vínculos interesantes.

jueves, 8 de enero de 2009

Diccionario de palabras olvidadas

15 comentarios

Ya ha visto la luz el prometido Diccionario de palabras olvidadas, editado por la Biblioteca Pública del Estado de Burgos (a quien felicitamos), la cual ha querido celebrar el Día de la Biblioteca de 2008 poniendo en marcha esta iniciativa, basada en una de las indicaciones del apreciado Manifiesto de la UNESCO sobre la biblioteca pública (1994, de tan caro recuerdo), donde se dice que “la biblioteca pública es un centro local que facilita a sus usuarios toda clase de conocimiento e información”.

Según ya contamos en esta bitácora, las palabras han sido aportadas por quienes visitan la biblioteca a que nos referimos, asumiendo esta el ordenarlas y publicarlas (que no es poco). El resultado es un libro de 109 páginas, tamaño bolsillo ―17 x 12 cm―, en el que también está representada Burgostecarios con algunas palabras (borceguíes, estaquilla, recado de escribir, sornabirón…).
(imagen de librodearena.com)
Incorpora la obra un pequeño prólogo de Blanca Ballesteros que, a su vez, está introducido por una frase de Maurice Blanchot: “La palabra actúa, no como fuerza ideal sino como una fuerza oscura, como un hechizo que constriñe las cosas, las hace realmente presentes fuera de ellas mismas”.

(Aprovechamos esta ocasión para dar cuenta del nuevo Portal de las Bibliotecas de Castilla y León: www.jcyl.es/bibliotecas.)

Seguro que tenemos más palabras para la próxima edición (o para algún proyecto conjunto, que podía colgarse en la red e ir actualizándose asiduamente). Ahí va un par de ellas: Civera: velocidad (aplicado sobre todo a los vehículos); Socarrar: agarrarse la comida al fondo del puchero chamuscarse lo frito. Más dos: Morruda/o: que le gusta mucho el dulce; Mostoso/a: que no hay manera de quitárselo/a de encima.