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lunes, 1 de septiembre de 2014

Agua de la vida

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El agua quedaba lejos. Había que coger una caballería y desplazarse medio kilómetro hasta llegar al pozo, convertido en fuente con la ayuda de una bomba que había que maniobrar y cargar después de que se ahogara la Dominica al intentar llenar un cántaro. Era joven, tenía veintiún años, no sabía nadar (al igual que nadie en el pueblo). A su padre lo recuerdo siempre con el brazalete negro en la manga de la chaqueta.
Los chicos teníamos nuestros quehaceres y uno de ellos era ir a por agua o guardar el turno hasta que venía nuestro padre las veces en que se llenaban los cántaros hasta arriba y se ponían las aguaderas grandes. Además de ello, había que ayudar a nuestra madre a llevar los trastos de lavar ‒estregadera y jabón‒ al lavadero y volver a tal hora para recogerlos, mientras otra de las mujeres que había por allí le ayudaba a levantar el balde encima del rollo de tela que se ponía en la cabeza. Y qué decir de los ratos que teníamos que pasar recogiendo palitroques debajo del bardal en el corral para encender el hogar, además de echar, de paso, a las gallinas. Por no hablar de que en el frontón podía llamarte un hombre y mandarte al estanco a por caldo y librillo; o una mujer se asomaba cuando ibas por la calle y te encargaba un aviso en la otra parte del pueblo o un recado a la tienda.
Las aventuras del día estaban engarzadas con la vida, devenidas en travesuras en muchas ocasiones. Aquella vez fue en el pozo ancho, que estaban limpiando, pues se decía que por debajo de allí pasaba un brazo de mar, y desde lo de la Dominica los Ayuntamientos estaban empeñados en encontrar un buen manantial para llevar el agua hasta el pueblo. A nosotros nos tenían prohibido asomarnos a él, construido su brocal apenas por una endeble valla de maderos, pero en aquella ocasión nos necesitaban. Así que, a los más enclenques, nos ataban de una soga por unas camisas que nos ponían y nos bajaban para que llenáramos un caldero con la broza que había al fondo del pozo. Íbamos de dos en dos. A mí me tocaba con el Gabriel.

En una de estas, comenzamos a remover el cenaco con la pequeña azada y fuimos notando que se abombaba como las magdalenas en el horno de leña de la tía Pilar al que íbamos a comer los mocos que nos regalaba, mientras el barrillo nos iba cubriendo los pies con suavidad placentera. De repente, aquello se abrió y brotó un chorro de agua y fango que salió despedido por la boca del pozo dejándonos en los infiernos. Los dos fornidos mozos que nos sujetaban, repuestos del susto, comenzaron a tirar de las cuerdas, ayudados por los curiosos que andaban por allí, apareciendo entre el agua dos peleles sin resuello, penitentes salidos de una larga cuaresma. Fue más el susto que otra cosa. Hasta ese momento nos habíamos ganado tres pesetas por los calderos llenados, pero alguien ‒no recuerdo bien quién‒ dijo: «Anda, dales dos duros, aunque también van a cobrar en casa».

lunes, 20 de febrero de 2012

Tierra, fuego, agua, aire

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¿Cómo podemos entender hoy estos elementos? Sabemos que Empédocles, en el sigo V de la Grecia clásica, los fijó en cuatro –él los llamaba raíces–, constituyendo los componentes básicos de la materia del universo, en el sentido de que eran las formas fundamentales en las que se mostraba ésta (adquiriendo, según los momentos, las propiedades de calor, frío, sequedad y humedad). Aristóteles nombraría el éter como quinto elemento (ya añadido en la escuela pitagórica), más apropiado, por su pureza, para componer los objetos celestes. Poco después, Hipócrates, sostiene que las personas somos un microcosmos en el que se reproducen los elementos, ahora llamados humores, en forma colérica, melancólica, flemática o sanguínea.

Tenemos, así, una materia literaria que nos sirve para elaborar una historia de ficción abarcándola en su totalidad; para estructurarla en círculo (identificando, por ejemplo, los elementos con las estaciones o con los puntos cardinales), mejor dicho, en espiral (porque, en la vida, los círculos solo existen en nuestra mente); para definir a los personajes (con uno de los elementos o realizando mezclas); para imbricar personas y Naturaleza; para…

Es lo que hace la escritora húngara Magda Szabó (1917-2007) en La balada de Iza (traducida en 2008), obra que se publicó en 1963 con el título Pilátus. Presenta cuatro capítulos, cada uno de los cuales se denomina, sucesivamente: Tierra, Fuego, Agua, Aire. Las palabras de esta profesora de latín y griego, poeta, ensayista, autora teatral salen de sus textos y encuentran hueco en nuestras entrañas. Remueven (por unos días) los frágiles cimientos de nuestro estar. La balada a la que se refiere el título en español, es una canción popular de la zona:

La llama de las velas
en el castillo brilla,
al luto nos invitan
unas tristes melodías.

Sobre un alto catafalco,
en mitad de la sala,
yace el tierno cuerpo
de una bella doncella.

Blanca como la nieve
y pálidas las manos,
ya no brilla la estrella
de sus ojos apagados.

¿Por qué no seré yo quien
yace muerto y pálido,
en vez de esta flor cortada,
de esta bella doncella?

[Las ilustraciones son de Chagal].