Deambulo en el arrebol de
las tardes por los caminos de Castilruiz en estos días del pasado agosto. Las
golondrinas llegan hasta los rastrojos y sobrevuelan a lo largo de los
riachuelos que se forman en el barranco y en el abrevadero de las ovejas para
beber, pues la balsa se ha secado este verano, seguramente porque los arcaduces
se han deteriorado en algún tramo subterráneo desde el manantial. Por la
carretera se ven grupos de mujeres andando ligeras, atendiendo al consejo
médico de cuidar el colesterol.
En el bolsillo llevo la
historia de Adama, la adolescente que, acompañando a dos de sus amigas, han
provocado fuego en uno de los edificios del extrarradio en el que vive, por una
de esas circunstancias banales que suelen aparecer en la vida de quienes no
tienen fácil la supervivencia. Vino al continente con su padre, recién nacida,
escapando de una masacre y ha quedado encerrada en un negro futuro. Su padre,
paciente luchador, sabe que muere con
ella, ahora sí abocado hacia el cementerio de su alma.
Fuego
por fuego es el libro que más huella me ha dejado de los leídos en
este verano. Su autora, Carole Zalberg (París, 1964), ha construido dos voces que,
«transformadas por una energía al filo de la navaja, expresan el abismo que las
separa». Una redacción concisa, un estilo preciso, un modo que busca
sorprender, sacarnos del placer de la lectura, sumiéndonos en eso.
Dichoso septiembre.



