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viernes, 2 de septiembre de 2016

Rastrojos de fuego en Castilruiz

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Deambulo en el arrebol de las tardes por los caminos de Castilruiz en estos días del pasado agosto. Las golondrinas llegan hasta los rastrojos y sobrevuelan a lo largo de los riachuelos que se forman en el barranco y en el abrevadero de las ovejas para beber, pues la balsa se ha secado este verano, seguramente porque los arcaduces se han deteriorado en algún tramo subterráneo desde el manantial. Por la carretera se ven grupos de mujeres andando ligeras, atendiendo al consejo médico de cuidar el colesterol.
En el bolsillo llevo la historia de Adama, la adolescente que, acompañando a dos de sus amigas, han provocado fuego en uno de los edificios del extrarradio en el que vive, por una de esas circunstancias banales que suelen aparecer en la vida de quienes no tienen fácil la supervivencia. Vino al continente con su padre, recién nacida, escapando de una masacre y ha quedado encerrada en un negro futuro. Su padre, paciente luchador, sabe que muere con ella, ahora sí abocado hacia el cementerio de su alma.
Fuego por fuego es el libro que más huella me ha dejado de los leídos en este verano. Su autora, Carole Zalberg (París, 1964), ha construido dos voces que, «transformadas por una energía al filo de la navaja, expresan el abismo que las separa». Una redacción concisa, un estilo preciso, un modo que busca sorprender, sacarnos del placer de la lectura, sumiéndonos en eso.
Dichoso septiembre.

lunes, 20 de febrero de 2012

Tierra, fuego, agua, aire

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¿Cómo podemos entender hoy estos elementos? Sabemos que Empédocles, en el sigo V de la Grecia clásica, los fijó en cuatro –él los llamaba raíces–, constituyendo los componentes básicos de la materia del universo, en el sentido de que eran las formas fundamentales en las que se mostraba ésta (adquiriendo, según los momentos, las propiedades de calor, frío, sequedad y humedad). Aristóteles nombraría el éter como quinto elemento (ya añadido en la escuela pitagórica), más apropiado, por su pureza, para componer los objetos celestes. Poco después, Hipócrates, sostiene que las personas somos un microcosmos en el que se reproducen los elementos, ahora llamados humores, en forma colérica, melancólica, flemática o sanguínea.

Tenemos, así, una materia literaria que nos sirve para elaborar una historia de ficción abarcándola en su totalidad; para estructurarla en círculo (identificando, por ejemplo, los elementos con las estaciones o con los puntos cardinales), mejor dicho, en espiral (porque, en la vida, los círculos solo existen en nuestra mente); para definir a los personajes (con uno de los elementos o realizando mezclas); para imbricar personas y Naturaleza; para…

Es lo que hace la escritora húngara Magda Szabó (1917-2007) en La balada de Iza (traducida en 2008), obra que se publicó en 1963 con el título Pilátus. Presenta cuatro capítulos, cada uno de los cuales se denomina, sucesivamente: Tierra, Fuego, Agua, Aire. Las palabras de esta profesora de latín y griego, poeta, ensayista, autora teatral salen de sus textos y encuentran hueco en nuestras entrañas. Remueven (por unos días) los frágiles cimientos de nuestro estar. La balada a la que se refiere el título en español, es una canción popular de la zona:

La llama de las velas
en el castillo brilla,
al luto nos invitan
unas tristes melodías.

Sobre un alto catafalco,
en mitad de la sala,
yace el tierno cuerpo
de una bella doncella.

Blanca como la nieve
y pálidas las manos,
ya no brilla la estrella
de sus ojos apagados.

¿Por qué no seré yo quien
yace muerto y pálido,
en vez de esta flor cortada,
de esta bella doncella?

[Las ilustraciones son de Chagal].