Águeda, Armonía, Rosa y
Carmen conforman una saga hereditaria contra la anhedonia en este relato
inaugural de 2019:
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«Ha cantado como los
ángeles. Las compañeras de voz han sentido ese temblor en el coro. ¡Vaya!, y Carmen
es aún tan joven. Ella no sabía que la templanza expansiva provenía de las
cuatro generaciones.
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»No se movió. El dolor era
caliente. Amparada en su rostro aniñado, Águeda había desobedecido la orden de
que las mujeres abandonaran el frente y, ahora, la aciaga fortuna le alcanzó en
el muslo izquierdo con la metralla de un obús.
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»Desde niña aguantó las
burlas del vecindario. La cojera de su madre le impedía permanecer en las colas
de racionamiento, por lo que era ella, Armonía, quien lo hacía, y allí apreciaba
los rechazos. Por lo mismo, apenas pudo, dejó la escuela.
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»Rosa nació con la
libertad en las calles. Su madre se empeñó en que ella sí estudiara en serio,
lo que no le supuso gran esfuerzo, pues disfrutaba en las clases de la
universidad. Ahora, a su hija, le gusta cantar».

