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martes, 1 de enero de 2019

La bisnieta (cuatro generaciones)

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Águeda, Armonía, Rosa y Carmen conforman una saga hereditaria contra la anhedonia en este relato inaugural de 2019:
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«Ha cantado como los ángeles. Las compañeras de voz han sentido ese temblor en el coro. ¡Vaya!, y Carmen es aún tan joven. Ella no sabía que la templanza expansiva provenía de las cuatro generaciones.
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»No se movió. El dolor era caliente. Amparada en su rostro aniñado, Águeda había desobedecido la orden de que las mujeres abandonaran el frente y, ahora, la aciaga fortuna le alcanzó en el muslo izquierdo con la metralla de un obús.
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»Desde niña aguantó las burlas del vecindario. La cojera de su madre le impedía permanecer en las colas de racionamiento, por lo que era ella, Armonía, quien lo hacía, y allí apreciaba los rechazos. Por lo mismo, apenas pudo, dejó la escuela.
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»Rosa nació con la libertad en las calles. Su madre se empeñó en que ella sí estudiara en serio, lo que no le supuso gran esfuerzo, pues disfrutaba en las clases de la universidad. Ahora, a su hija, le gusta cantar».

jueves, 29 de noviembre de 2018

Disfrutar con el bien y el mal, y la música (de Leonardo da Vinci)

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De vez en cuando, para elegir un libro, olvido las calidades literarias, las indicaciones de las amistades o mis favoritismos, y me guío por las apariencias. Recorro los pasillos de las bibliotecas y miro en las mesas de novedades hasta dar con alguna obra que prometa entretenerme solo con pasar sus páginas con delectación y posar la vista aleatoriamente, sin relacionar sus contenidos, sin juzgar (conscientemente) sus intenciones, dejando que pueda suceder lo inesperado ─«Entre la idea / Y la realidad / Entre el movimiento / Y el acto / Cae la sombra», escribe Eliot.
Así es como tengo entre las manos Leonardo da Vinci y la música, obra ilustrada, de amplio formato, editada en 2003 por la Biblioteca Nacional y el Auditorio de Tenerife. Suelo ser escéptico ante las hipótesis que asignan interpretaciones personales a la creación de las grandes obras artísticas; en este caso, a las músicas que “aparecen” en la Gioconda, las cuales le confieren esa pose que la hace perdurable, pero disfruto leyéndolas. El libro que comento recorre gran parte de la producción de Leonardo y señala la preferencia que tenía hacia la construcción de escenografías efímeras, tan del agrado de los magnates de su tiempo, al permitirles ostentar su poder; en estas fiestas, el maestro hacía gala de elegancia y refinamiento, incluso acompañando magistralmente su canto con la lira.
Igualmente, me embebo en algunas de las historias contadas en Atlas del bien y el mal (2017) por Tsevan Rabtan, ilustrado por la chilena Alejandra Acosta, a través del que puedo asentarme en Damasco o en la colina de Mukattam o en el oasis de Otrar o en los vados del Dniéper o en las especias de Batavia o en la isla de Pascua… en compañía de personajes singulares, por lo general crueles, convertidos en caudillos o dioses (que viene a ser parecido en estas historias), que desembocan en tribus, pueblos o sociedades vivas en la actualidad.
El bien y el mal, claro. La música de fondo.

martes, 7 de marzo de 2017

Música del Cosmos

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La música es el placer que experimenta la mente humana de contar [con números] sin ser consciente de que está contando (Gottfried Leibniz)
A estas alturas ya he renunciado a comprender los mecanismos internos de la teoría de la relatividad general y los de la mecánica cuántica. Tampoco es que me deprima. La mayoría de gente científica no las dominan en su totalidad y mucho menos son capaces de explicarlas. Ahora tratan de integrarlas en diversas teorías, la más conocida es la de las cuerdas, que presenta un mundo de partículas en continua vibración (con más de una decena de dimensiones); o en la de la gravedad cuántica de lazos, que postula que el espacio mismo es una trama de bucles; o en la de conjuntos causales, en la que la estructura del espacio se contempla como la arena de una playa. Pero a pesar de este desistimiento, continúan atrayéndome obras de divulgación científica.
Esta vez he picado en El jazz de la física, de Stephon Alexander, negro del Bronx que relata su peripecia hacia la ciencia y el jazz. La pulsión científica que siente no deja de estar tocada, en el entorno del barrio, por los múltiples encuentros que tiene con la música, vía de escape y posibilidad de esquivar al determinismo de la pobreza y la violencia. Dotado de intuición y de inteligencia, la existencia le abre puertas en los caminos que va tomando, a veces sin destinos de primera vista. Su propósito es dar con la fórmula que explique la estructura del universo, la expansión y contracción de las galaxias. Bajo la sospecha de que tienen una estructura musical –¿dónde se esconde esa fórmula (sencilla) matemática que lo muestre?–, que suenan con ritmo, cadencia, armonía, tonalidad o improvisación. Pitágoras y su música de las esferas no deja de estar presente en las Cosmologías actuales.

Además de una portentosa capacidad matemática, Alexander se vale de la improvisación y de las analogías. En su apoyo viene Einstein (que tocaba el piano) cuando explica la formulación de la teoría de la relatividad: «Se me ocurrió por intuición, y la música fue la fuerza que la impulsó. Mi descubrimiento fue el resultado de la percepción musical». Por aquí pasan John Coltrane, Margaret Geller, Brian Eno o Richard Feynman. Agradable compañía.
[Salud. En espera de que la vida transcurra por sus cursos].

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Música Dadá sonando Espacios Tangentes

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Paseo por las calles y tropiezo con una multitud cargada de bolsas saliendo de los comercios. Es Viernes Negro me dicen. ¿A dónde ir? A la naturaleza, al arte, a la literatura, a la música, claro. Pero, ¿cabe esta locura de consumo ‒«necesaria para el repunte de la economía», dicen‒ en Beethoven o Pisarro o Wolf o en el escarpado barranco? Es más, ¿se puede escapar de ello solo escuchando, leyendo o contemplando? (Y, además, está la migración imparable, sangrante. ¿De dónde sacar valor para el manifiesto y la manifestación?).
¡Ah!
Casualidades. Estaba en Fiachetto (2015), de Hugo Vargas, en donde Duchamp y Cage entablan partidas de ajedrez, y donde asoma LlorençBarber. Y me topo con el Taller de Música Dadá organizado en Espacio Tangente(Burgos) dentro del Festival de Audio Tangente, local que se convierte durante el fin de semana en territorio sonoro de vanguardias, propuestas valientes en esta tierra de secos ancestros. Música es espacio a recorrer por cada quién, afirma Llorenç, precisamente quien imparte este taller, una de esas personas sabias que van esparciendo sus caminos vitales (campanero y escritor, entre otros, del delicioso John Cage [1985]).
Renacer. Batallar con la frágil voluntad que nos lleva a tomar el sol como lagartos. (Abandonar patria, útero y camino [burlar los fusiles y escribir, con el dedo, en el aire ¡¡Vivan los compañeros!!]). Derrumbar el satén, abriendo el oscuro pozo, por si el agua fluye en las simas del fondo. Acercar el oído por si se escuchan murmullos. Lanzar el cubo al brocal. Después, colocar el velo para que no se evapore.
Eso es. Hacer música, sonidos, ruidos, silencios… que van a los oídos, a los ojos, a los espacios habitados de los cuerpos de quienes oyen y ven. Tal vez, a quienes consumen. Tal vez, a quienes emigran.

Plenilunio. Y ahí, en el escenario ‒cuidado descuido‒, a través de cinco historias simultáneas, se abren las calles interrogadoras.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Risas y música

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En estos días tan serios hacemos un apartado en un rincón y podemos relajar los cuerpos y desconectar las mentes, al tiempo que incrementamos nuestro diccionario personal con las definiciones de Les Luthiers sobre el mundo musical, abriendo paso a esas partes anquilosadas del cerebro, deseosas de la sorpresa:
Director: Persona que, colocada en una tarima frente a una orquesta, responde al estímulo de la música agitando sus brazos.
Flauta de pan: También llamada pan flauta // Bartolo tenía una (con un agujerito solo).
Gallo: Ave de corral que anida en las cuerdas vocales de algunos cantantes.
Jota: Letra que se baila en Aragón.
Notas: Las siete maravillas del mundo de la música.
Plagio: Fuente de inspiración.
Radio: Medio de comunicación que podría haber servido para la difusión de buena música.
Silencio: Ausencia momentánea de sonido. En algunos compositores, ausencia definitiva de oyentes.
Ut: En los crucigramas, antiguo nombre de la nota "do".
Zampoña: Instrumento musical venenoso.
Es un extracto de la contribución «Les Luthiers de la A a la Z», publicado por la revista Claudia en octubre de 1980, donde dan una definición por cada letra del alfabeto.
(De paso, señalemos el origen del nombre de las notas musicales, extraídas por Guido de Arezzo, en el siglo XI, de la primera sílaba de cada verso del poema en el Himno a San Juan Bautista, compuesto por Pablo el Diácono en el siglo VIII: Ut queant laxis / Resonare fibris / Mira gestorum / Famuli tuorum / Solve polluti / Labii reatum / Sancte Ioannes; Para que puedan / exaltar a pleno pulmón / las maravillas / estos siervos tuyos / perdona la falta / de nuestros labios impuros / San Juan. Más adelante, en el siglo XVII, G. B. Doni sustituye ut por do[ni] para facilitar la pronunciación).

lunes, 13 de octubre de 2014

Música infantil

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Las obras de creación quedan. Permanecen en su burbuja. Pero las hay que pueden pincharse y dejar que lluevan sus elementos mientras alguien sopla desde detrás de la cortina celeste y dirige la refrescante humedad hacia quienes pasan por allí abajo. Es lo que sucede con la música. A diferencia que una pintura, una escultura o una arquitectura e, incluso, un relato (aunque este es susceptible de traducción), la música puede interpretarse. Puede desmigajarse. Esparcirse en finas gotas o en súbitos chaparrones. Con independencia de quien la ha creado. El soplo es quien decide.

¿Puede una criatura saber lo que hay en la burbuja creada por alguien adulto? Lo que sí puede es interpretarla. Se dice que para ello se necesita una lógica distinta de la que es necesaria para crear. Es algo más parecido a lo que sucede en el ajedrez. Con entrenamiento se puede dominar la técnica que permite llevar adelante la actividad. Pero no deja de sorprenderme el ver unas manos infantiles delante de un piano, haciendo de mayor. Imagino que  todos los casos son distintos, que habrá infantes a quienes apenas les suponga renuncia el tiempo que exige dominar el instrumento, y que habrá otros que preferirían estar jugando a las tabas o a los bolos.
Queda una sensación hueca, de algo fuera de lugar. Pero, tal vez, no tiene mucho de diferente con el anuncio de entrada.

martes, 3 de septiembre de 2013

Por si (todavía) dispones de tiempo... y te apetece

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Si hubiera podido elegir, habría elegido la música […] Mi madre tocaba el calvincémbalo, y lo que ella tocaba con tanta perfección y pulcritud fue como la gota sin fin que penetró en mi cabeza. Así me encontré yo con el hecho de que iba por la calle y no podía dejar de cantar.
Escribe Clara Janés en una de las páginas de Jardín y laberinto (1990), texto con cuerpo de planto, y lo dialoga en La voz de Ofelia (Siruela, 2005), ese pequeño libro tan grande. La música. Parte de ese mundo que nos llega fuera de las órdenes y las imposiciones de cada día. Así que si no has gastado todo tu tiempo durante este veraniego mes, puedes (si quieres) emplear parte de él escuchando algunos acordes llegados de las manos de Khatia Buniatishvili  y Yuja Wang provenientes de Brahms. Nos vamos a lo fácil, dejando por ahora sus acercamientos a Horowitz, a Taub y a nuestro preferido: Skriabin (1872-1915), que recogió los ecos y los plasmó en partituras; ¿de dónde emergieron?; poco importa ahora si estaba interesado en vaivenes teosofistas o si –ciertamente– es el demonio quien inspira sus sonatas blancas y negras, su mesiánica, su éxtasis, su poema del fuego.



Imprescindible (para nuestra vida) la capacidad de oír colores –sinestesia– de este compositor y pianista ruso. Así como la de Clara Janés y Vladimir Holan de percibir la belleza entre el dolor del solitario destierro, presintiendo lo más allá, lo que está en la naturaleza –hojas, trinos, crepúsculos, rosas…– del entorno en que nacemos.

[La ilustración está tomada de artsandarchitecture.wordpress].

jueves, 16 de agosto de 2012

Música. Extraña religión

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La Bibliotecaria, en sus afanes musicales, me hace tragar de vez en cuando algunos bodrios (o, al menos, yo los considero así), pero reconozco que buena parte del disfrute que me proporciona la música se lo debo a su interés en convertirme en melómano. El otro día le decía que ella tiene que pertenecer a la religión de la música de la que habla Camilo Mauclair (1872-1945), en esa religación de la Persona con la Cultura, especialmente con el arte. Este poeta, novelista, crítico musical nos ha dejado obras tan sugerentes como El arte del silencio, y narra la anécdota de aquel músico que nadaba en la miseria pero tenía el suficiente ímpetu para decir: "Creo en Dios, en Mozart y en Beethoven". A este escritor francés lo recoge Rubén Darío en su segunda edición de Los raros (1905) [Libro que merece por sí mismo entrada propia].

La Bibliotecaria sonríe con mis desvaríos. Hoy escuchamos un disco compacto con música de órgano de Antonio de Cabezón (1510-1566) a cargo de Andrés Cea, con el título Suavidad y extrañeza (continuamos con las sugerencias). Para dárselas un poco más, la Bibliotecaria me dice que está tomado de Juan Cristóbal Calvete de la Estrella, en su libro El felicísimo viaje (Amberes, 1552), cuando escribe que las ceremonias se hacían: "con tan divina música y de tan escogidas voces y de oír la suavidad y extrañeza con que tocaba el órgano, el único en este género de música, Antonio de Cabezón, otro Orfeo de nuestros tiempos".

Yo le agradezco a la Bibliotecaria sus recomendaciones, que hacen vibrar en mí registros inusuales.

lunes, 7 de junio de 2010

Mañana alegre con trompeta

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Hoy disfrutaremos de la mañana. La rivera del Arlanzón va decreciendo en caudal y convirtiendo al río casi en riachuelo. Las ánades reales ya encabezan el desfile con sus criaturas en fila. En la ribera quedan todavía algunos narcisos de tallo alto. El blanco se entremezcla con el verde en los matorrales; se ha pasado al pan y quesitos de las acacias, a las flores de los rosales silvestres, al espino blanco -ya no volverá a helar hasta el próximo invierno-, a los hinojos y ya comienza a poblar los saúcos.

Así que hoy nos toca la música de trompeta