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domingo, 3 de diciembre de 2017

Biografías, Ciencia y Patriotismo

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«Hace unos años, cuando terminé de leer Resurrección, de Tolstoi, escribí llorando en una solapa del libro: “la vida es en sí misma una tragedia”. Pero en realidad no es así, la vida no es una tragedia, es una lucha. ¿Para qué sirve la vida?, la respuesta de Romain Rolland es “para conquistarla”. Creo que es cierto». Así inicia el prólogo a su novela, en parte autobiográfica, Familia, el escritor chino Ba Jin (1904-2005).
¿Acaso es parte de esta lucha el (intentar) fabricar una bomba atómica por ser patriota? National Geographic ‒presente desde 1888‒ está impulsando la colección Ciencia, en la que se ocupa de cuidadas ediciones sobre personalidades de los campos de la física o matemática influyentes en la sociedad. Por mi parte, su lectura cumple dos de mis aficiones: las biografías y las ciencias aplicadas (aunque reconozco que no me entero de todo lo que cuentan). En este caso, he optado por ocuparme con Werner Heisenberg (1901-1976), uno de los físicos que en 1925 puso cierta claridad a las investigaciones cuánticas llevadas hasta ese momento y que, dos años más tarde, propone la formulación por la que pasa a la posteridad: el principio de incertidumbre (que tal vez sería indeterminación).
También es conocido por no querer abandonar Alemania durante la subida del nazismo y, a la postre, por incorporarse al proyecto de fabricar la bomba atómica durante la segunda guerra mundial. El libro que comentamos no simplifica el asunto y nos pone sobre otras pistas, en las que se ve que desde posiciones antinazis en la manera de considerar la ciencia, se puede dar un paso tan grave como el mencionado por dejarse involucrar en el patriotismo.
La obra de teatro Copenhague (1998), de Michael Frayn (1933), presenta redivivo a Heisenberg y a Niels Bohr (1885-1962, que trabajaría en el proyecto estadounidense) y su esposa Margrethe, con la pretensión de adivinar lo que ocurrió en el conocido paseo que dieron los dos premios nobeles en 1941 en la capital danesa (entonces ocupada), cuyo contenido permanece en la penumbra o la ambigüedad.
[Salud. A la espera de que la Vida reparta más ciencia y menos patriotismo a quienes gobiernan la res publica].

jueves, 26 de julio de 2012

Negocios, ciencia, belleza y Sibylla Merian

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«Mi vida no es nada interesante», le digo a la Bibliotecaria, «por eso me atraen tanto otros andares». En estos días pasados he estado disfrutando con la lectura de algunos textos sobre María Sibylla Merian (1647-1717), que llegó a ser una entomóloga reconocida y produjo alguno de los libros más bellos que existen, pues también era una consumada ilustradora y grabadora en cobre. Había aprendido a ello de niña en Frankfurt, donde nació, en el taller de su padre (que murió cuando tenía tres años), y en el estudio de su padrastro, que era pintor. De aquí pasó a la ciencia, pues dibujaba y pintaba al óleo y acuarela «gusanos, moscas, mosquitos y arañas», siendo para ello fundamental la capacidad de observación. Ello hacía que entonces las mujeres realizaran buena parte de la ilustración en astronomía, botánica, zoología y anatomía (al igual que numerosas monjas habían ilustrado manuscritos en el medievo).

En 1665 se casó y se trasladó a Nuremberg, donde abrió su propio negocio, en el que reunió a un grupo de mujeres como aprendices y ayudantes. Allí vendía «finas sedas, satenes y linos que había pintado con flores de su propio diseño» –¿qué no daríamos hoy por encontrarnos con estas prendas en las ferias de artesanía?–. Y, además, desarrolló un tipo de acuarela que admitía múltiples lavados. En 1679 publicó su primer libro: Maravillosa metamorfosis y especial nutrición de la oruga, en el que mostraba esta singular transformación –huevo, oruga, capullo y mariposa– con ilustraciones de múltiples orugas. Había comenzado su estudio con la intención de encontrar una variedad tan rentable como la del gusano de seda (interés que compartía con Leibniz y demás).

En 1685 abandona al marido y se marcha, con sus dos hijas (también ilustradoras), a una comunidad labadista en Walta. Unos años después se le concede el divorcio al marido –práctica ésta del divorcio bastante común en estos años por aquellas tierras–. De allí pasó a Amsterdam y, en 1699 (con 52 años), viajó a Surinam a estudiar la vida de los insectos. Afectada de malaria, regresó a los dos años, con gran cantidad de animales, plantas e ilustraciones que vendió para costearse el pasaje. Y se sumió en su principal obra científica: Metamorphosis insectorum surianensium. En sesenta planchas incluyó dibujos de insectos y plantas (algunas no conocidas en Europa) y citó lo conocido hasta entonces en ciencia [Internet nos permite disfrutar de ello]. Imprimir la obra resultó caro: 45 florines. Pero fue reconocida de inmediato y pasó a bibliotecas y academias. Ya en 1717 el zar (que tenía un retrato suyo colgado) compró dos volúmenes por 3.000 florines.

La ciencia la ha reconocido poniendo su nombre a dos escarabajos, seis plantas y nueve mariposas.