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lunes, 28 de agosto de 2017

Cigüeñas para Arsenio en Castilruiz

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Entre los libros seleccionados para este verano puse Más allá, Tánger, del extremeño Álvaro Valverde (1959), en el que la narradora vuelve, en poemas, a la ciudad donde nació –«Cualquier calle da al mar. / Cualquiera, en consecuencia, / da al morir»–, sin saber todavía que en mi pueblo, Castilruiz, se iba a celebrar un acto en homenaje a nuestro poeta, ArsenioGállego Hernández (1886-1969), nacido aquí y fallecido en Cáceres, en donde pasó buena parte de su existencia, pues allí ejercía de catedrático de Matemáticas en el Instituto. Tras su muerte, se editó un libro de urgencia, Soria y Cáceres, mis amores (1971, por cierto, impreso en Burgos); después, por mediación del catedrático Eugenio Frutos Cortés, Mis dos vidas (1973). En ambas ciudades tiene calle.
Bajo el impulso del alcalde de turno y lo llevado a cabo por las asociaciones que existen, el pueblo salva el tipo como puede (y conserva todavía ráfagas de ese antiguo perfume a cochinos que en otro tiempo trajo prosperidad), enfrentándose a la creciente despoblación, al consiguiente deterioro de edificios vacíos y al descuido administrativo.
El lunes, 21, a las 19:00 horas, estábamos convocados en lo que fue la casa del maestro, que, tras años de ruina cabalgante, se ha convertido, por empeño del actual regidor, en un coqueto Rincón del Poeta. A media tarde la gente comenzó a mirar al cielo y, entre exclamaciones, a avisar a quienes estaban en casa. Unos centenares de cigüeñas sobrevolaban el pueblo. Sobrecogedor. En la calma calurosa del espacio, el impacto oscilaba entre la gozosa nueva inédita y el presagio difuso de vaya usted a saber qué puede ocurrir –en los años que tengo no he visto nada parecido; nacerá una criatura por cada una de ellas…–. Unas doscientas se posaron en la torre y el tejado de la iglesia, mirando al este, como los girasoles; el resto por las eras del tío Juanito.
La mujer de Arsenio desconocía que su marido escribiera poesía; al morir, apareció en un armario un montón de cuadernos perfectamente ordenados. Coincidió en destino con Antonio Machado en Baeza, cuando este ya venía de Soria, una vez fallecida Leonor. Las cigüeñas escuchaban desde lo alto –¿era ese el motivo de su venida?– y, en el posterior concierto de jazz, con saxo y guitarra, aportaron la percusión.
[Salud. Nos van hurtando la alegría de ser de una tierra a cambio del deber de pertenecer a una (o dos) pequeña(s) nación(es)].

jueves, 14 de enero de 2016

La Cautiva (Heroína en cómic)

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Ya ha llegado la cigüeña a la espadaña. (Y yo con la pequeña rama de acebo que pongo en la puerta del piso en el paso de los años, todavía sin recoger, sobre la mesa de la cocina). El barrio tiene esta nueva compañía surcando incansable los cielos al aprovisionar materiales con los que rediseñar el nido. El ave zancuda que sustituye (o sustituía) a las mujeres madres en la infancia.
Precisamente del trato recibido en la historia por estas he estado pensando estos días. Por los libros, claro. Compré no hace mucho el Crisolín número 170 (1946), que no es otro que el extenso poema argentino Martín Fierro, de José Hernández. Estaba a precio (que me parece) razonable, de 6 euros. Ese papel de oleaje, con más de cien pequeñas ilustraciones. En mi tierna juventud, sus versos, por vez primera, hicieron que me parase a considerar la condición social de la mujer, especialmente en la lectura del capítulo «La cautiva» ‒Ansí le imponía tarea / de juntar leña y sembrar / viendo a su hijito llorar; / y hasta que no terminaba / la china no le dejaba / que le diera de mamar‒ y en la lucha a muerte con el indio que la esclaviza, del siguiente capítulo, cuando la cautiva salva de una muerte segura a Martín Fierro y esta queda libre. Toda una película en versos.
Y otra heroína es Sally Heathcote, una sirvienta (o trabajadora doméstica, según la corrección verbal) que se convierte en sufragista (ya ves, aliterativo del nombre) por obra y gracia de Mary Talbot, que  le hace recibir conciencia de su señora, Emmeline Panckhurst, una de las fundadoras del movimiento. Este no lo he comprado. Está sacado de la biblioteca. La singularidad de la misma es que se desenvuelve entre viñetas, pues se trata de una novela gráfica, con sus buenas 170 páginas, que aprovecha para insertar carteles y proclamas de la época.  A mi parecer, acertadas decisiones.
Todo a la vista de la cigüeña del barrio, dueña de su cubil.

sábado, 4 de enero de 2014

Invierno con Reyes Magos

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El invierno llega espléndido. Apenas entra, las cigüeñas llegan a los vistosos nidos de los chopos del prado bajo. Los días ponen un minuto más de luz. Perséfone desciende con Hades y, en unión, atizan el fuego, que encendemos en el salón desnudo del edificio en obras en el quinto piso, con vistas a la niebla flotante de las montañas, en la hora del bocadillo. Allí, mientras asamos tiras de torrezno en una malla de alambre sobrante, hablamos del sueño desconcertante que Juan ha tenido esta noche, de los ojos que miraron a Roberto cuando ayer por la tarde estaban tomando unas cervezas en los bares del tubo, del sueldo que podremos cobrar este mes. Y allí, ultimando el vaso de vino con el cigarro de la satisfacción, leemos a Hölderlin:

El Invierno

Cuando sin ser vistas pasaron las estampas
del tiempo, viene la estancia del invierno;
vacío el campo, semeja la apariencia más suave,
huracanes soplan en torno y turbiones de lluvia.

Como un día de reposo, tal es el fin del año,
como el son de una pregunta; para que sea aquél perfecto
entonces surge la nueva inminencia de la primavera;
así brilla consu fausto la naturaleza en la tierra.
[Es traducción de Luis Cernuda para Cruz y Raya, 1935].