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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Microlocas. Sucede

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Juntarse. Por las ganas de mostrar o por la inutilidad de esconder o por el placer de compartir; por el deseo de hablar o por la huida de callar o por el gozo de conversar; por el amanecer o por el anochecer o por el mediodía; por la luz o por la sombra o por la claridad. Sucede que compartimos que conversamos que nos movemos que descubrimos.
La tierra literaria contiene numerosos espacios a los que asomarse, visitar, derribar o edificar. Y ahí están las Microlocas (Isabel González González, Teresa Serván, Isabel Wagemann y Eva Díaz Riobello) construyendo el suyo propio, al tiempo que se acercan a la Aldea de F., que en El guardajugas nos mostrara el mexicano Juan José Arreola. Todo en el microrrelato ‒practicado en Taller de escritura creativa Clara Obligado‒ coral, saliendo de la cápsula de este producto acogido por nuestra sociedad y elaborando un texto secuencial (no lejos de los parajes de Spoon River).
Pasa el tiempo y ahí quedan esas cerca de doscientas páginas de La aldea de F. (en las mexicanas Ediciones del Punto de Partida, 2012), en las que se desborda la inteligencia, el humor, la sensualidad, la arquitectura… según corresponde a la juventud de sus autoras.
[Los derechos de la fotografía corresponden a Isabel Wagemann, que todo hay que decirlo].

domingo, 18 de octubre de 2009

Bibliotecas: escuelas (talleres) de escritura

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Se ha publicado en España el libro de Ray Bradbury (1920) Ahora y siempre, el cual contiene dos novelas cortas (En algún lugar y Leviatán). El visionario autor –conocido sobre todo por Farenhait 451 y Crónicas marcianas– dice que decidió ser escritor a los tres años, a los doce comenzó a escribir y que, desde entonces, no ha dejado de hacerlo. Manifiesta, además, algo interesante: que la escuela donde aprendió a hacerlo fueron las bibliotecas. En ellas, Poe le insinuó que escribiera y le enseñaron a ello Verne y Shakespeare. Allí se encontró, entre otras sorpresas, con Edgar Rice Burroughs, con H. G. Wells y con El hombre invisible. En sus mesas y estanterías hizo amistades de papel que le alentaron en todo momento, mostrándole cómo puede manejarse la pluma. No tuvo magisterio de escuela ni redacciones que presentar para ser corregidas. Solo un lema: «Ama lo que escribes y escribe sobre lo que amas».

En Farenhait 451, la revolución pasa por aprenderse un libro de memoria para preservar su contenido, ya que el Orden social exige la quema de estos. Fue una idea que tuvo al ver cómo Hitler ordenaba a sus huestes nazis que lanzaran a la hoguera los libros prohibidos. Era la acción con que Bradbury contribuía a apagar esas aberrantes llamas. Nacida la idea, una vez que la plasma, que la encarna en los personajes, deja que la narración vaya desarrollándose por sí misma. Es el modo que tiene de elaborar historias.

Hoy, a los ochenta y nueve años, defiende estos lugares –las bibliotecas– contra viento y marea. Él, creador de antiutopías, se posiciona contra la publicación de libros en internet y contra el libro electrónico. «Los libros solo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor», sentencia.

[Por nuestra parte, celebramos muchas de las ideas de Bradbury, aunque pongamos algún reparo a eso de los olores a libro usado.]

Basado en entrevista de Rocío Ayuso, «Palabra de Bradbury», Babelia-El País. La fotografía es de la escuela de escritura del centro cívico La Asunción.