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sábado, 30 de marzo de 2013

Narcisos, violetas y luna llena

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«Demasiados elementos llamativos en el título», dirá quien esto lea, «narcisos, violetas y luna llena». Pero así sucede en esta época, y aun podríamos añadir: primavera, lluvia, rocío…, que dejamos para otras ocasiones. Si nombramos a los narcisos, ya se sabe que no podemos descuidarnos, pues su estancia en nuestros campos no se prolonga demasiado. Con las violetas es distinto, llegan hasta los meses de canícula. Y la luna llena viene con las pascuas.

Hay, además, ahora otra flor ‒la vinca major o hierba doncella‒ que nos lleva a confusión con las violetas, pues nace medio oculta entre el follaje rastrero de esta planta. Así sucede en uno de los arriates del paseo de la Isla (aquí en Burgos) y, por ello, solemos dedicarle una entrada estacional cada año. Los cinco pétalos de esta flor se regalan para ofrecer amistad duradera, señalando además que es sentida la ausencia de la persona querida cuando esta se produce. Hay zonas en las que se recubren los pies del altar con vinca al ir a celebrarse bodas. Lo que no conviene es consumir sus hojas, pues son tóxicas. (Una de sus variedades ‒vinca rosae‒ se ha utilizado para combatir leucemias y tumores, por sus alcaloides).

En cambio, las violetas podemos colocarlas en la boca, y sus pétalos, escarchados con azúcar, semejan caramelos naturales perfumados y gustosos. Se encuentra entre las flores que más nos hipnotizan, ya que el perfume que desprenden (sobre todo si las acunamos entre las manos) conecta con sensaciones antiguas en nuestro cerebro. Belleza. Intensidad. Modestia y Seducción.

Hay quien sostiene que los poderes los extraen estas flores violetas del cambiante color azul-violeta de los atardeceres primaverales. Un azar que difícilmente descubriremos.

lunes, 2 de abril de 2012

Narcisos (¿dónde mirarnos?)

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Una de las flores más sorprendentes que crecen en el monte son los narcisos. «Mira», señala la Bibliotecaria. Y ahí están en el prado, salpicando de colorido amarillo el verde, el blanco y el morado de las plantas con que conviven en estos días de primavera. Casi olvidamos de mirar los robles, castaños y almendros de la zona. Y, cerrando los ojos, imaginamos el placer de tenderse entre sus coronas acampanadas, descendientes de las aguas del Cefiso, que corren a escasos metros, sorteando ruidosas el pulido granito.

«Ya ves –me dice la Bibliotecaria–, donde también abundan los narcisos es en las cortes». Y sonrío, abandonándome al esplendor del sol de la mañana, mientras me habla de La Mettrie (1709-1751), personaje singular, ateo, sarcástico, médico enemigo de los médicos, valiente, gastrónomo, brillante, filósofo –l’homme machine−, saludable, nombrado Lector de Cámara por Federico de Prusia. Después de publicar su Historia natural del alma…, tuvo que huir de París y recala, ayudado por su amigo Maupertuis, en la corte de Federico, en la que día a día, su protector comprueba –con desasosiego– cómo va aumentando el desenfreno de su pluma. Thiebault (en sus memorias) y Voltaire (en sus cartas) nos hablan con frecuencia de este hombre sin aprensión que hacía lo que le daba la gana: se tiraba en los divanes, se quitaba el cuello si hacía calor o lanzaba al suelo la peluca. Pero al rey… le caía en gracia.

«Si leyeras La sociología criminal de Azorín (1898), te enterarías de estas cosas», me espeta la Bibliotecaria (no sé si con afán pedagógico o como reconvención a mi aparente abandono). La Mattrie fue llamado un día al palacio de un conde enfermo. Llegó. Charló. Se sentó a la mesa. Comió y bebió sin medida y hasta se zampó entero el pastel común «repleto de pésimo tocino, de trozos de cerdo, de jengibre». Y, al día siguiente, murió de indigestión (al rechazar el emético que le prescribían los médicos, y empeñado en hacerse sangrías).

Narcisos.