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miércoles, 18 de marzo de 2015

Violetas de marzo

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Los colores no existen, dice la ciencia. Pero vuelvo al final de este invierno a mirar las violetas en el arriate de la Isla, como cada año. Tampoco es que sean violetas, son vincas. No importa. Al igual que los sauces, si cierras los ojos, muestran aquí los almendros de hoja verde, los cerezos en flor del Sur. Dos borrachos del barrio se recuestan en la rivera, a unos metros apenas, sabiendo que son parte de la tribu, su delirio les da personalidad y cadenas. Medea me acompaña porque supone (y acierta) que estos días tiendo a sentirme culpable del frío de estas tierras. Ovidio se acerca, se queda mirando al abejorro que liba en las pequeñas flores y, algo ensimismado en el vuelo circular, nos pregunta el camino del mar.
Soledad Zurera escribió hace un tiempo La blusa violeta, vistiéndola en el poemario de su viaje a los espacios de la infancia (que publicó la colección Barrio de Maravillas):
Me observo en el espejo tras la blusa violeta.
Yo era una muchacha pobremente vestida.
Llevaba cántaros de agua en las manos
Y cantos de perdices en las trenzas.
Ahora llego a desabrocharme la blusa violeta;
Aquí, en la tapia en que florecen los jazmines;
Recorres los botones desabrochados de la blusa violeta:
La calle que habitabas tan distinta y tan distante.
Triste tiene la mirada la mujer de la blusa violeta:
La música que suena es distinta a su música:
Retornan a ser los mismos vencejos de la infancia.
La otra tarde llevaba mi misma blusa violeta.
Queda el rastro de una rosa en el ojal de la camisa;
Sobre los botones blancos de una blusa violeta.

viernes, 25 de abril de 2014

Margaritas, violetas... en el dolor

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Marie Curie (1867-1934) comienza un diario, después de la reciente muerte de su esposo Pierre Curie (1859-19 de abril de 1906), el treinta de abril. Habían estado unos días en Saint-Rémy-lès-Chevreuse, a donde solían ir a descansar, con sus hijas: Irene, de ocho años, y Ève, de catorce meses. Allí la primavera estaba por los prados en los que se tumbaban, riendo las gracias de la pequeña y pendientes de las correrías en bicicleta de la mayor. Se sorprendían de que las aulagas ya estaban florecidas y de que en algún recodo, junto a las charcas, encontraban vincapervincas y violetas.
Camino hacia el trabajo cruzando el silvestre parque de El Parral, una vez que pasado junto a las violetas vincapervincas de La Isla. Voy leyendo las palabras que brotaron de Marie al escribir la presencia de la muerte del ser que más amaba en el mundo, todavía sin creer demasiado en lo que había visto y en la ausencia que la acompañaba. La hierba ha crecido con las últimas lluvias, las margaritas forman alfombras que se me antojan tupidas, pues, al leer, no llevo puestas las gafas. El sol, entre las nubes blancas de este mediodía, ilumina el amarillo del diente de león y de los botones dorados que destacan en estatura del resto de flores en el prado. Desaparece el sendero ante mis pies, que zigzaguean ignorantes de los horarios. Como me ocurre en estas ocasiones, aparezco tarde en el trabajo por lo que me toca salir ya de noche.
Sabemos que Marie y Pierre Curie reciben un Nobel de Física y que Marie repite con otro de Química, el mismo galardón que también alcanzaría la hija de ambos, Irene, y que Ève escribe la conocida biografía Madame Curie (1938). «Me lo trajeron por la tarde. Primero, en el coche, te besé la cara, que apenas había cambiado. Luego te llevamos a la habitación de abajo y te colocamos sobre la cama. Y te volví a besar…».

sábado, 30 de marzo de 2013

Narcisos, violetas y luna llena

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«Demasiados elementos llamativos en el título», dirá quien esto lea, «narcisos, violetas y luna llena». Pero así sucede en esta época, y aun podríamos añadir: primavera, lluvia, rocío…, que dejamos para otras ocasiones. Si nombramos a los narcisos, ya se sabe que no podemos descuidarnos, pues su estancia en nuestros campos no se prolonga demasiado. Con las violetas es distinto, llegan hasta los meses de canícula. Y la luna llena viene con las pascuas.

Hay, además, ahora otra flor ‒la vinca major o hierba doncella‒ que nos lleva a confusión con las violetas, pues nace medio oculta entre el follaje rastrero de esta planta. Así sucede en uno de los arriates del paseo de la Isla (aquí en Burgos) y, por ello, solemos dedicarle una entrada estacional cada año. Los cinco pétalos de esta flor se regalan para ofrecer amistad duradera, señalando además que es sentida la ausencia de la persona querida cuando esta se produce. Hay zonas en las que se recubren los pies del altar con vinca al ir a celebrarse bodas. Lo que no conviene es consumir sus hojas, pues son tóxicas. (Una de sus variedades ‒vinca rosae‒ se ha utilizado para combatir leucemias y tumores, por sus alcaloides).

En cambio, las violetas podemos colocarlas en la boca, y sus pétalos, escarchados con azúcar, semejan caramelos naturales perfumados y gustosos. Se encuentra entre las flores que más nos hipnotizan, ya que el perfume que desprenden (sobre todo si las acunamos entre las manos) conecta con sensaciones antiguas en nuestro cerebro. Belleza. Intensidad. Modestia y Seducción.

Hay quien sostiene que los poderes los extraen estas flores violetas del cambiante color azul-violeta de los atardeceres primaverales. Un azar que difícilmente descubriremos.

martes, 20 de marzo de 2012

Violetas (¿dónde dormiremos?)

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El viernes me llevó la Bibliotecaria a verlas. «Mira, las violetas». Fui yo quien le enseñó el sitio hace unos años. Desde entonces, nos hemos acercado cada final de invierno a contemplarlas. Y resulta que ahora –¡qué delirios los míos en estos días!– se me había pasado. Están en el mismo lugar de siempre, en el arriate cubierto de hiedra rastrera que se encuentra en mitad del Parque de la Isla, ya cercano al río. Apenas hace un año que arreglaron todo el recinto. Trajeron tierra. Plantaron. Y… la mayoría de la vegetación de suelo se ha secado. Pasear por sus calles, deprime un poco. Apenas resisten unas plantas de temprano brezo y un par de matas de bolas de invierno. Pero ahí están las violetas, entre hojas bicolores, acompañadas de los diminutos verdes brotes de su compañera la hiedra. Seguramente no hay mucha gente que sepa de su existencia y ello les hace florecer.

«Hay algo que no va a volver», le digo a la Bibliotecaria. Después de 244 años de salir a la luz, impresa, deja de publicarse en papel la Enciclopedia Británica. El mundo digital –tan deletéreo, displicente y, aún, provocador– se lleva las certezas. Hasta las más firmes. La tibieza del espacio nube, que es al que acudimos cuando queremos consultar algo, ha engullido el cardo dorado, sin mostrar signos de haberse atragantado. (Lejos aquellos tiempos en que los feroces vikingos retrocedieron a la vista de Edimburgo ante un suelo que los llenaba de raspaduras). Ya no sabremos a dónde echar mano cuando se nos tronche una pata de la cama.

domingo, 11 de abril de 2010

Las violetas (bolas de cristal)

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Cada inicio de primavera aparecen las violetas en Burgos. Los árboles todavía de invierno, salvo el leve amarilleo de los sauces y algún brote que comienza a abrirse en los castaños. La ciudad es renuente a las flores; solamente, aquí o allá, sorprende el blanco de los almendros, el rosa de los ciruelos y los matorrales de la orilla del río. Y a esta ciudad del frío llegan las violetas. Se agolpan en un arriate del paseo de la Isla –paralelo al Arlanzón–, salpicando el tierno verde de las recientes matas de hiedra que tupen el suelo de este trozo de jardín y se prolongan hacia arriba en los troncos de su centro. Alrededor del follaje rastrero, unos recios ejemplares de almez y de tuya; algo más allá, la pila románica traída de una iglesia en ruinas.

Cada primavera nos acercamos a esta zona, agradeciendo su regalo. Son bola de cristal y alcancía de nuestro sosiego. Las visitamos, mañana o tarde, hasta que se marchita su color, apocándose, y las flores van desapareciendo entre las hojas vecinas. Nos recuerdan nuestra estancia en esta ciudad, que ya se prolonga en todo este siglo. Lo que quedó atrás. Las pérdidas. Los sueños. Los fracasos. Lo que ha llegado. La difícil aventura de comenzar la vida en un lugar nuevo, fuera de la juventud. La casa. La muerte rondando y venciendo algunas amistades. El ciberespacio. El nacimiento de la Vela Blanca -tan alejada la mar-. Las amigas de Burgostecarios. La alfabetización de inmigrantes. La Recolectora.

Crecen desparramadas, sin tocarse, bellas. Lo más difícil y precioso de la vida es la soledad entregada.

Cuando nos ven leyendo por la calle, hay quien nos dice que el exterior es para verlo y disfrutarlo; pero no hay cuidado: escuchamos los pájaros, saludamos a quien se nos cruza, sabemos de las hojas y… nos vemos con las violetas.