miércoles, 18 de marzo de 2015
Violetas de marzo
viernes, 25 de abril de 2014
Margaritas, violetas... en el dolor
sábado, 30 de marzo de 2013
Narcisos, violetas y luna llena
«Demasiados elementos llamativos en el título», dirá quien esto lea, «narcisos, violetas y luna llena». Pero así sucede en esta época, y aun podríamos añadir: primavera, lluvia, rocío…, que dejamos para otras ocasiones. Si nombramos a los narcisos, ya se sabe que no podemos descuidarnos, pues su estancia en nuestros campos no se prolonga demasiado. Con las violetas es distinto, llegan hasta los meses de canícula. Y la luna llena viene con las pascuas.
Hay, además, ahora otra flor ‒la vinca major o hierba doncella‒ que nos lleva a confusión con las violetas, pues nace medio oculta entre el follaje rastrero de esta planta. Así sucede en uno de los arriates del paseo de la Isla (aquí en Burgos) y, por ello, solemos dedicarle una entrada estacional cada año. Los cinco pétalos de esta flor se regalan para ofrecer amistad duradera, señalando además que es sentida la ausencia de la persona querida cuando esta se produce. Hay zonas en las que se recubren los pies del altar con vinca al ir a celebrarse bodas. Lo que no conviene es consumir sus hojas, pues son tóxicas. (Una de sus variedades ‒vinca rosae‒ se ha utilizado para combatir leucemias y tumores, por sus alcaloides).
En cambio, las violetas podemos colocarlas en la boca, y sus pétalos, escarchados con azúcar, semejan caramelos naturales perfumados y gustosos. Se encuentra entre las flores que más nos hipnotizan, ya que el perfume que desprenden (sobre todo si las acunamos entre las manos) conecta con sensaciones antiguas en nuestro cerebro. Belleza. Intensidad. Modestia y Seducción.
Hay quien sostiene que los poderes los extraen estas flores violetas del cambiante color azul-violeta de los atardeceres primaverales. Un azar que difícilmente descubriremos.
martes, 20 de marzo de 2012
Violetas (¿dónde dormiremos?)

El viernes me llevó la Bibliotecaria a verlas. «Mira, las violetas». Fui yo quien le enseñó el sitio hace unos años. Desde entonces, nos hemos acercado cada final de invierno a contemplarlas. Y resulta que ahora –¡qué delirios los míos en estos días!– se me había pasado. Están en el mismo lugar de siempre, en el arriate cubierto de hiedra rastrera que se encuentra en mitad del Parque de la Isla, ya cercano al río. Apenas hace un año que arreglaron todo el recinto. Trajeron tierra. Plantaron. Y… la mayoría de la vegetación de suelo se ha secado. Pasear por sus calles, deprime un poco. Apenas resisten unas plantas de temprano brezo y un par de matas de bolas de invierno. Pero ahí están las violetas, entre hojas bicolores, acompañadas de los diminutos verdes brotes de su compañera la hiedra. Seguramente no hay mucha gente que sepa de su existencia y ello les hace florecer.

«Hay algo que no va a volver», le digo a la Bibliotecaria. Después de 244 años de salir a la luz, impresa, deja de publicarse en papel la Enciclopedia Británica. El mundo digital –tan deletéreo, displicente y, aún, provocador– se lleva las certezas. Hasta las más firmes. La tibieza del espacio nube, que es al que acudimos cuando queremos consultar algo, ha engullido el cardo dorado, sin mostrar signos de haberse atragantado. (Lejos aquellos tiempos en que los feroces vikingos retrocedieron a la vista de Edimburgo ante un suelo que los llenaba de raspaduras). Ya no sabremos a dónde echar mano cuando se nos tronche una pata de la cama.
domingo, 11 de abril de 2010
Las violetas (bolas de cristal)
Cada primavera nos acercamos a esta zona, agradeciendo su regalo. Son bola de cristal y alcancía de nuestro sosiego. Las visitamos, mañana o tarde, hasta que se marchita su color, apocándose, y las flores van desapareciendo entre las hojas vecinas. Nos recuerdan nuestra estancia en esta ciudad, que ya se prolonga en todo este siglo. Lo que quedó atrás. Las pérdidas. Los sueños. Los fracasos. Lo que ha llegado. La difícil aventura de comenzar la vida en un lugar nuevo, fuera de la juventud. La casa. La muerte rondando y venciendo algunas amistades. El ciberespacio. El nacimiento de la Vela Blanca -tan alejada la mar-. Las amigas de Burgostecarios. La alfabetización de inmigrantes. La Recolectora.
Crecen desparramadas, sin tocarse, bellas. Lo más difícil y precioso de la vida es la soledad entregada.
Cuando nos ven leyendo por la calle, hay quien nos dice que el exterior es para verlo y disfrutarlo; pero no hay cuidado: escuchamos los pájaros, saludamos a quien se nos cruza, sabemos de las hojas y… nos vemos con las violetas.



