Mostrando entradas con la etiqueta niñez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta niñez. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de noviembre de 2014

Niño perdido (Thomas Wolfe)

7 comentarios
No sé cuánto hace que no leo un libro así, pues tengo varios asuntos entre manos y mi memoria ha decidido continuar  de vacaciones. Por la mañana, el trabajo, con estudiantes que van y vienen al mostrador de la Biblioteca, dejando escaso tiempo para algo que no sea tomar un café y dar la vuelta al edificio para airearse. Después, los archivos en busca de datos de investigación, incluido el de la prisión central y provincial y de mujeres y del Penal de Valdenoceda. Leer el correo electrónico, escribir y contestar, casi siempre con alguna petición que ocupa tu buena media hora. Redactar algo para que no se acumulen demasiados contenidos en la cabeza. Leer el libro de la próxima sesión del club de lectura…
Así que, cuando el otro día miré los libros de la mesa de propuestas de la biblioteca, no iba con intención de coger nada. Solo curiosear un poco. Pero… ahí estaba, con su fotografía de los años treinta de alguna ciudad estadounidense en la cubierta y el color rojo de la parte superior en el que se lee: Thomas Wolfe, El niño perdido. ¿Qué hacer ante un título tan preñado de significados (que diría Bajtin)? ¿Y qué hacer ante Wolfe, a mí, que me pirrian las autobiografías, aunque esta sea una voz indirecta ante el vacío que deja en su familia la muerte de su hermano Grover de tifus cuando contaba con doce años?
Pues lo cogí. Antes, cometí una torpeza, es cierto. Se me ocurrió enseñárselo a la Bibliotecaria y qué me iba a decir. «Es delicioso». «Bueno, pues ya que es corto, me lo llevo». Camino de casa, me pesaba en el bolsillo, diciéndome que no encontraba lugar dentro de mí. Salía del paso como podía ante él, asegurándole que ni yo mismo conozco todos mis recovecos, así que seguro que hay un rincón donde estará a gusto. ¡Y, madre mía, qué noventa páginas! Tres voces familiares distintas para describir una ausencia tan temprana. Por entonces, en 1904, el escritor tenía cuatro años. Habían pasado más de treinta y el Tiempo todavía estaba allí. En 1938, Wolfe muere de tuberculosis.

¿Quién (no) es niño perdido?

viernes, 15 de febrero de 2013

El Primer Hombre. Niñez

2 comentarios

¡Qué difícil es representar la niñez! Al menos, con cierta soltura. Es en la pintura donde más se echa en falta la destreza del artista: cabezas adultas, brazos desproporcionados, pies sobresalientes, cuerpos algo deformes. Parece como si fueran incapaces de contener una imagen infantil en la mente. Cuando observo cuadros de este tipo, pienso, a menudo, que uno de los favores que ha hecho Picasso a la pintura moderna es no tener que esforzarse en desarrollar la destreza de dibujar figurativamente criaturas (aunque les haya metido en otros bretes).

En cambio, la literatura toca otros timbres en sus descripciones. La palabra puede dar más el pego. No obstante, hay libros que atraviesan todas las pruebas. Tal es el caso de El primer hombre, de Albert Camus (1913-1960), autobiografía sobre la infancia, que deja inacabada aquel día en que muere en accidente de automóvil en Villeblerin (Francia), llevando en el bolsillo el billete de tren que había comprado para viajar y que no utilizó al venir unos amigos y ofrecerle viajar con ellos. Nacido para la miseria, muerto el padre en 1914, vive con su madre y su hermano en casa de su abuela en Argel. Esta es quien se encarga de administrar hasta los castigos físicos a los niños. Su inteligencia natural y voluntad, más un comprensivo maestro de primaria que le consigue una beca, hace que emerja, contra todo pronóstico, de las cloacas sociales.

En silencio, él adora a su madre, obediente, sumisa, distante, radiante. Y ansía que ella le corresponda. Así, escribe: «Estuvo por decir: “Estás muy bonita” y se detuvo. Siempre lo había pensado de su madre y nunca se había atrevido a decírselo. No porque temiera un rechazo o porque dudara de que ese cumplido le gustase. Sino porque hubiera sido franquear la barrera invisible detrás de la cual siempre la había visto parapetada —dulce, cortés, conciliadora, incluso pasiva, y sin embargo jamás conquistada por nada ni por nadie, aislada en su semisordera, en su dificultad de lenguaje, bella seguramente pero casi inaccesible, tanto más cuanto más sonriente parecía y cuanto más se volcaba hacia ella su corazón—, sí, toda la vida había tenido el mismo aire…»

En Francia, Camus se atreve a denunciar públicamente el estalinismo en 1951, echando sobre sí la ira de la intelectualidad de izquierdas, con Beauvoir y Sartre a la cabeza. Por ello, va ganando enteros con el tiempo. Es lo que nos cuenta M. Onfray en L’ordre libertaire: la vie philosophique d’Albert Camus (2011). Pero ello es una historia para otro día.

[El cuadro es Retrato de niños (Niñas de Caillebote), de Renoir].

jueves, 12 de noviembre de 2009

Los premios literarios en la niñez, ¿aconsejables?

6 comentarios
Las historias que nos cuentan (o que contamos), cuando van salpicadas de rasgos autobiográficos ganan mucho en interés y, ya a las primeras palabras, cautivan nuestra atención. Internet tiene la particularidad de permitirnos acceder a muchas de estas narraciones, dotadas en algunos casos, por demás, de notable calidad literaria.

Uno de estos relatos lo hallamos en el sitio de Leopoldo Perdomo y lleva por título El niño pobre. Háblase en él de un pequeño Demóstenes al que su tío quincallero le transmite el don natural de la palabra que dicho vendedor ambulante poseía. [Como puede apreciarse, los ingredientes del inicio de la historia prometen.] Este don, por contra, convertirá al pequeño en un incansable contador de historias, bastante pesado, del que huye la gente que vive a su alrededor. En su aislamiento se da a la escritura, vicio solitario censurable. Pero hete aquí que un maestro furibundo, en un ataque de autoridad, le arreó un bofetón y, con ello, le confirió el prestigio que lo salvaría de su aislamiento.

No siempre, pues, los premios literarios son nefastos, pues te pueden convertir en un palabrero/a con estima.