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lunes, 19 de mayo de 2014

Musas en el viento (con alergias)

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Canta, oh Musa, la cólera aciaga de Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves.
Cada vez tengo un mayor convencimiento de que las alergias ‒tan usuales en estos modernos tiempos‒ están provocadas por las musas. Vamos, no es que nos deseen molestia alguna, sino que reaccionan ante el descuido en el que las tenemos. Como su aliado, utilizan el viento, que ha sido siempre su camino ‒pneuma‒ preferido para llegar a la mente humana. Solo hay que estar observando tranquilamente una arboleda en estos días primaverales para ver sus ramas entrecruzarse y comprobar los milanos y flores de castaño que desprenden directas hacia el suelo, hacia nuestro territorio, en diagonales racheadas.
El Canto (o la Voz), la Meditación y la Memoria fueron las tres primeras musas en llegar a este efímero mundo. No se llevaban demasiado bien con las sirenas, así que pronto partieron peras y se instalaron en los montes, bañándose en fuentes y arroyos. Desde entonces han procurado susurrarnos al oído el modo en que nuestro discurso adquiera una elegancia que lo haga presentable en cualquier foro. Pero, qué se yo, según me han dicho, no se sienten atendidas últimamente y, de ahí…, las alergias.
De ahí ‒para aplacar su irritación en lo posible‒ que llegue a las librerías la traducción (ya del 2013, por Herder) de Ilíada y Odisea, el manga, ideado y publicado en Japón por vez primera. Al parecer, les ha gustado el detalle. Recordar Reflexionar Hablar.

domingo, 31 de enero de 2010

La Voz

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Nos falta la voz. Cuando abrimos la bitácora, nos asomamos al balcón y, apoyándonos en la baranda, contemplamos el valle, los sembrados de la ladera, el río que se adivina entre la arboleda, las montañas nevadas en el Este, las casas diseminadas, las nubes cargadas del Norte –por allí está el mar–, el camino serpenteante, el horizonte anaranjado. Cuando anotamos en la bitácora, somos valle, sembrado, ladera, río, arboleda, montaña, nieve, hogar, nube, mar, camino, horizonte… Pero nos falta la palabra hablada.

No tenemos voz, no podemos prestar oído a los sonidos. En la pantalla del ordenador carecemos de las ondas que llegan a través de los labios de quienes nos hablan a diario, las cuales se introducen en nuestro cuerpo e invaden zonas de nuestro interior que desconocemos. Nos hablaban, después de nacer, con un tono determinado. Esas modulaciones que nos producen alegría, melancolía, entusiasmo, angustia… Y que, en todo caso, es lo más personal que poseemos. Esos registros que nos seducen, nos fascinan… o nos engañan. Seguramente, nada en nuestra vida es tan íntimo como las voces que escuchamos, allá, en nuestra infancia; voces que nos han moldeado, que siguen habitándonos, que aparecen en los momentos más inesperados, que nos estremecen. De hecho, buena parte de nuestra existencia la empleamos, aun sin saberlo, en reproducirlas.

Hay días en que se echa de menos la voz de la bitácora.