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domingo, 10 de julio de 2022

Locura (de amor) en el Tártaro

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Cuerpo finito para mente infinita. El más peregrino de los Ingenios de España da a luz al Caballero de la triste figura. Los elementos –tierra, agua, fuego, aire– crean el hueco por el que transitar hacia el subsuelo –catábasis– y se desvanecen al aparecer la Amada ardiente y líquida. El beso nos despierta –anábasis– y llena de silencio el resplandor. Lo grueso y lo fino. Ciencia en poesía. Locura para escapar de la locura.

Clara Janés (1940) escribe Kráter o La búsqueda del amado en el más allá (2022), 76 páginas apenas que compendian años de estudio y exploraciones. 33 poemas de  verso breve -"Toda partícula / repite el eco / cegada / la fuente / del olvido / amor que vibra / y se hace / vida"- que conducen a ese lugar que describiera el pitagórico Zopiro en el siglo V a.n.e. con el nombre de Krater, en el que se describe el viaje de Orfeo al infierno, con similitudes a los rituales que se practicaban en el entorno del Etna. La incubación, el tumbarse de la Enamorada en la Tierra a la espera del sueño que la arrebate de la incertidumbre, del no ser, de ese estado anterior al ser.


Por su lado, Santiago Muñoz Machado (1949) da a la luz el estudio que iniciara hace décadas sobre Cervantes (2022) y nos sumerge en la narración de la vida de que fuera regocijo de musas y envidia de envidiosos. 1040 páginas que rescatan los pasajes autobiográficos del alcalaíno –y obvian la ficción de los mismos, que ha novelado tantas veces su vida o dramatizado su destino–, además de los memoriales que preparó el mismo. Se apoya, por supuesto, en los sucesivos estudios realizados sobre su figura durante los tres siglos últimos. Humaniza al literato –poeta, ingenio de comedias, novelista– y lo presenta con las cinco mujeres con las que comparte el domicilio, atareado en hacerse servidor de su majestad, sorprendido por esa pareja cómica que resulta no tan cómica.

Salud (la ilustración es de Liu Bangyi)

lunes, 3 de marzo de 2014

Fantasía

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Cierto día, unos cuatrocientos años atrás, el escritor comienza una novela en torno a un personaje cotidiano: Alonso Quijano. Entonces ‒según le viene dando vueltas hace tiempo, aunque no sabe bien qué ocurrirá‒ deja paso a la fantasía. No es que este hidalgo sea un personaje fantasioso, no, es que la fantasía obra en él y le seca el seso. A partir de ahí cobra vida El Quijote. Otro de los motivos para considerar esta novela como la que da nacimiento al moderno arte de novelar. Pero no para ahí la historia. Después viene el fracaso. Las andanzas fracasan. Cervantes había visto muchos casos así. Gente de la calle que, en la guerra, la fantasía los desata. Y en la paz, cada vez que la vida les permite entrar en un mundo distinto, imaginario, poderoso, donde se creen con derecho a violar, maltratar, extorsionar, chantajear…
Quienes estudian (sesudamente) los fenómenos literarios, afirman que «de Cervantes a Onetti no hay nadie». Seguramente es por este modo de introducir la fantasía en las historias. Partir de personajes con los que nos encontramos cada día, creíbles, y transformar su actuación después de que se produzca la alquimia correspondiente en sus protagonistas. Para una tumba sin nombre (1959) es una muestra de este hacer. Hay fantasía y hay fracaso. El proxeneta «caminó velozmente, por costumbre, acercándose incauto al encuentro, al metro cuadrado de baldosas que le había reservado el destino para que pudiera crear su obra y ser». Santa María decadente.
Escribir es un oficio y, como tal, sus obras envejecen. ¿Será la fantasía la que mantiene vivo a Alonso Quijano?