Lo cojo lo dejo, lo cojo lo
dejo…, así unas cuantas veces hasta que decidí tomarlo en préstamo. Es Caminar, las ventajas de descubrir el mundo
a pie (2019), de Erling Kagge (1963), escritor, explorador, abogado,
coleccionista de arte y editor, y… caminante, tenían que señalar en su biografía.
Tal vez, ello ─la mezcla de oficios─ me animó a llevar el libro. Pequeño formato, que trasciende la flanerie y cuenta con sobrados ejemplos literarios de el arte de caminar.
El autor transmite la
satisfacción que se experimenta al dar un paso después de otro cuando se camina
hasta que se disfruta el instante ─«El paraíso está aquí»─, al transformar las
prisas en conciencia, al airear el abortagamiento sedentario con unos minutos
de movimiento. Según señala el título, una pradera, un río, una ciudad… se nos muestran de manera distinta si las recorremos a pie ─«El
paraíso está aquí»─ que si las vemos desde un vehículo. Y no digamos lo
refrescante que es extraviarse, no saber dónde estamos. Y la posibilidad de
mirar a la gente ─«La faz de todo aquel que pasa junto a mí es un misterio»,
escribía W. Wordsworth─ Incluso defiende los deportes de aventura (una vez que
se hayan preparado concienzudamente), pues el peligro surgido nos conecta con
un instante de vida ─«El paraíso está aquí».
Atractiva es, igualmente, la
erudición del texto. No podía faltar, claro, El paseo de Robert Walser, y la conversación que mantiene su
protagonista anónimo con el inspector de Hacienda, empeñado en hacerle más
sedentario para que pueda pagar impuestos a su hora, en la que le dice que
necesita pasear para poder escribir ─«con supremo cariño y atención ha de
estudiar y contemplar el que pasea hasta la más pequeña de las cosas…»─. Al
igual que tampoco Antonio Machado o Milán Kundera, en La lentitud. Así hasta llegar al abuelo del autor, que también fue
andando ─qué pensaría─ hasta el lugar en que un pelotón nazi lo fusiló.
[La ilustración es de Tihomir
Cirkvenvic].






































