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domingo, 15 de mayo de 2022

Hierba (Casa de consuelo para Japón)

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Casas de consuelo hospedadas por mujeres de consuelo. Así concebían su mundo los soldados japoneses que intervinieron en la guerra del Pacífico durante la segunda guerra mundial. Era su derecho poder desfogarse. Para ello secuestraron a una multitud de muchachas, la mayoría coreanas, y las tenían en los lugares donde estaba establecido el ejército en el este asiático, caso de China. A algunas les prometían trabajo, negociaban con las familias de otras, aunque no era necesaria razón alguna para encerrarlas; sencillamente las raptaban en poblados o en caminos y las transportaban a los lugares convenidos.

Hierba (2022, traducida por Joo Hasun), de Keum Sug Gendry-Kim, narra la historia gráfica de la coreana Lee Ok-Sun, una de estas mujeres de consuelo, eufemismo empleado por el ejército imperial japonés para denominar a sus esclavas sexuales. Lee fue raptada en 1942 y trasladada a la fuerza a una base aérea en China. No volvió a su país hasta 1996, gracias a un proyecto del canal televisivo SBS.

Lee Ok-Sun vive en la llamada Casa del compartir, refugio para las víctimas de la esclavitud sexual, con residencia y museo, ubicada en Gwanju (Corea del Sur). Allí es donde la autora la ha visitado repetidas veces y se ha atrevido a preguntarle por su vida. De este modo ha elaborado esta historia, Hierba, que da cuenta de su infancia en un hogar muy humilde de Busan, Corea del Sur, y de las sucesivas ventas que sufrió en la niñez y adolescencia.

Historias oscuras para las naciones que las propiciaron, que solo en parte pueden ser reparadas.

viernes, 2 de octubre de 2020

La gracia del mar (el marino de Mishima)

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Hace años que no leía a Yukio Mishima (1925-1970), estilista del lenguaje japonés y, en especial, autor que combina la muerte, la sexualidad y los posicionamientos sociales de sus personajes, desde el pasado o, mejor dicho, desde la mente de este novelista y crítico en la que no cabía la disolución de la tradición nacional o, mejor dicho, la disolución de la aristocracia samurái y la figura del emperador. Criado por su abuela Natsu, de salidas violentas; educado en un colegio de élite, a pesar de no disponer del dinero con el que contaban sus compañeros; se hizo escritor al practicar por las noches, con la ayuda de su madre, Shizue, primera lectora de sus textos, ante la oposición de su padre.

El caso es que ha llegado a mis manos El marino que perdió la gracia del mar (2003), una de las cuarenta novelas que escribió Mishima, esta en 1963. Desde la primera hasta la última línea sabes que estás en un mundo que no acostumbras. Con un capítulo de presentación que compone las Meninas, el desconcierto de estar observando desde el agujero de un armario lo que sucede en la habitación de al lado, con ventana al puerto de mar. Con ojos de un adolescente de 13 años, que entiende el rumbo del mundo y está dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que se desvíe.


La casualidad ha hecho que llevara el libro al mar, a las playas de Levante, en donde he terminado de leerlo. Pocas gaviotas. Nada heroico sucedía alrededor. Paseos (sin mascarilla) de un lado a otro, entrando y saliendo del límite del agua. Aquellos adolescentes de Mishima desperdiciaron el gesto ante el marino, al igual que su autor al morir con el seppuku. En las páginas del japonés habita una fuerza que no se muestra en las olas mediterráneas…

sábado, 12 de septiembre de 2020

Reflexiones de camino a la horca (Kanno Suga)

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De oca a oca, aunque de distinto tamaño. Pasamos de un voluminoso libro en la entrada anterior a un volumen breve, de apenas 50 páginas de formato pequeño, en la anotación presente. Pero en ambos palpita ese mundo que sugieren (algunas) historias narradas, sucedidas en países y épocas de especiales controles del Poder. Se trata ahora de Kanno Suga (Sugako en español), nacida en Osaka en 1881 y muerta en Tokio el 24 de enero de 1911, periodista acusada de traición por el gobierno de su país, a la postre la primera mujer encarcelada por motivos políticos que fue ejecutada en el Japón moderno. Tenida hoy por revolucionaria y feminista, ya que, además de ocuparse en sus escritos de la defensa de los más débiles, propugnaba la igualdad de mujeres y hombres.

Al ser detenida en 1910 por participar en un supuesto complot para asesinar al Emperador Meiji, representante supremo de las condiciones rígidas y opresoras de la sociedad de su tiempo, fue involucrada en el llamado Caso Kotoku y condenada a muerte. Entonces comienza a escribir un diario: «escribo esto como registro del periodo que va desde el momento en que se pronunció la sentencia de muerte a la hora que suba encima del cadalso. Voy a escribir las cosas con franqueza y de manera directa, sin ninguna intención de justificarme».

Así nace Reflexiones camino de la horca, que se había editado en japonés e inglés, y que publica en castellano, en 2019, Calumnia Editions –«Volgueren enterrar-nos; no sabien que érem llavor»– de Mallorca. Son anotaciones que comienzan en la prisión de mujeres de Tokio el 18 de enero de 1911, nublado, y finalizan el 24, despejado, después de pasar por la nieve del día 20. Le visita el capellán de la cárcel. Recibe y contesta cartas con alguna dificultad, pues el pincel está frío como el hielo. Reparte sus escasas pertenencias entre amistades y familiares.

Koizumi, un amigo, cuando se emborrachó con sake en Nochevieja, al recordar a su amiga en la cárcel, intentó escribirle un poema, pero fracasó; solo le salió una frase: «¡Qué lastimoso! Esta edad ilustrada descarrila a la mujer talentosa».

[Las fotografías están tomadas por Elena Gallego Andrada. Gracias. Pertenecen a la tumba de Kanno en el templo budista Shōshunji. Elena ha traducido el poema grabado que compuso a su muerte (propio de los samurai ante el suicidio ritual (seppuku o harakiri) y los condenados a muerte):

Contemplando el avance de la sombra del sol

por entre los negros barrotes de mi ventana

hoy también sigo viviendo

Y la inscripción en la parte trasera de la roca:

Aquí duerme Kanno Suga, una pionera de la revolución].

Salud.

jueves, 15 de marzo de 2018

Montse Watkins. Japón esencial

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Tiendo a quedarme sorprendido ante lo que desconozco. Y la experiencia me muestra repetidas veces que el deslumbramiento que tengo ante el brillo de lo novedoso suele impedirme calibrar la profundidad de lo que tengo ante los ojos por primera vez. Me ha ocurrido con un reportaje que incluía El Norte de Castilla el pasado sábado en el suplemento cultural sobre Japón. Las imágenes del exotismo del país del Sol Naciente, sus colores atraen sin duda y prolongan el idilio que tenemos desde Occidente hacia esa cultura. Pero ‒ahí viene el pero‒ descubro después que una notable parte de las personalidades que ahí se nos presentan como pioneras y posibilitadoras actuales de los textos que llegan a nuestras librerías, lo han hecho y lo hacen sin conocer el idioma japonés, por lo que traducen del inglés, fundamentalmente, y algo del francés.
De ahí que valore el trabajo de personas alejadas de la primera fila mediática y traiga a esta bitácora aMontse Watkins (1955-2000), periodista y escritora barcelonesa, que desarrolló una gran actividad en Japón desde 1985 hasta su muerte, conocedora de este idioma, del que se constituyó en abanderada de la traducción al español y, además, de la publicación de las mismas en su editorial Luna Books, activa desde 1990, trabajando con personas japonesas, tal Ota Masakuni (de Editorial Gendaikikakushitsu, relacionada con Iberoamérica y España), o con españolas radicadas allí, tal Elena Gallego Andrade, igualmente conocedoras del japonés, que trata de perpetuar ahora la memoria de su colega.
Montse Watkins, además, cumplía con otro de los rasgos que definen a una persona comprometida con su tiempo: se (pre)ocupó por conocer y mejorar la situación de quienes emigran desde América Latina a Japón en busca de trabajo (por lo general, descendientes de quienes habían salido de Japón en una generación anterior), y contribuyó a la fundación de CATLA (Comité de Apoyo a Trabajadores Latinoamericanos), organización que trata de resolver problemas y asistir a las necesidades de esta gente venida de fuera a una sociedad muy centrada en sí misma.
Todo ello lo descubro en Ensayos en homenaje a la traductora e investigadora Montse Watkins (editado en 2015 por el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto).
[Salud. A la Espera de que la Vida enseñe la traducción directa a quienes gobiernan la res publica].

lunes, 2 de octubre de 2017

Autoras/es invisibles (traducir sin traicionar)

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No estaría de más que las grandes editoriales pagaran traducciones directas de idiomas poco conocidos aquí y que lo anunciaran en las obras. Incluso que pudiéramos conocer el currículum de quienes las hacen. No sé si el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que en estos días pasados ha promovido la campaña Autores Invisibles (aprovechando que el 30 de septiembre es el Día Internacional de la Traducción), se plantea algún tipo de iniciativa para que suceda lo que comentamos.
Por mi parte, he tenido la fortuna este verano de que me regalaran dos obras bilingües de la editorial Taiseido Shobo, japonés-español, que cuenta con la precisa labor traductora de Elena Gallego Andrada y de Masateru Ito. Se trata de Leamos Dazai Osamu en español y de Cien poetas. Un poema cada uno. El primero se corresponde a uno de los autores modernos más celebrados (y controvertidos) de Japón, Dazai Osamu (1909-1948). El segundo es una de las antologías clásicas más memorizadas del país asiático, Ogura Hyakunin Isshu, que recopila poemas desde el siglo VII al XIII («Qué solitaria esta casa / cubierta de malas hierbas. / Nadie me visita ― / solo viene el otoño abatido», Monje Egyo).
Es posible en este mundo de la traslación, puesto que se sitúa dentro de la cultura, rondar los plagios o las apropiaciones. La (polémica) filósofa Ayn Rand (Alissa Zinovievna Rosenbaum, 1905-1982) en la novela La rebelión de Atlas (1957) escribe: «Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada».
Quedamos con la esperanza: «Como agua / del torrente del río / que se precipita hacia abajo / podemos ser partidos por una roca, / pero al final / seremos uno otra vez» (Sutoku In).
[Salud. A la espera de que la Vida conceda visión (y no visiones o delirios) a quienes gobiernan la res publica].

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Máscaras femeninas (y coro)

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La otra tarde, tomando un café, alguien le preguntó a una amiga viajera viajera de las que estaban allí a qué país, de tantos que ha visitado, volvería. «Sin duda, a Japón», contesto. «¡Anda! ‒dije‒, curiosamente estoy leyendo un libro de esa tierra. Se trata de Máscaras femeninas, de la escritora Fumiko Enchi (1905-1986); tal vez te gustaría leerlo, aunque no sé si te has encontrado en los ambientes que has vivido situaciones y personajes de la novela, pues se presume un mundo profundo entre sus líneas».
El título ‒Onna-men‒ alude a la división en tres capítulos, intitulado cada uno con el nombre de una máscara de madera del teatro Noh: Ryoo no onna, la mujer espíritu o fantasma, demacrada con el paso del tiempo por sus apasionados apegos; Masugami, la joven desquiciada, representada por el cabello enmarañado, símbolo de la mente trastornada; Fukai, mujer de edad mediana, melancólica, desgarrada por la separación del ser querido. En la trama aparecen (algo que me sorprende) los espíritus y sus posesiones de personas. Parece que los hombres son títeres de las firmes voluntades femeninas, aunque estas tienen que sufrir humillaciones debido a la jerarquía social y ello marca su conducta. Narración asombrosa e inquietante. Seducción, infidelidad, lirismo, sutileza…
Estaba comenzando este último párrafo, cuando se me ha aparecido el coro de mujeres del opus 117 de Beethoven, de la ópera Rey Stephen. Me agrada tanto escucharlo que creo que encaja aquí de maravilla (con su regalo final):

Salud.

viernes, 4 de abril de 2014

Arte, camelias, guerras y el camino

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Puede verse estos días en Burgos la delicada exposición El pincel y laespada, referida a Japón, más en concreto a la época Edo (1615-1868), la del proverbial aislamiento del país, en el que una rígida estructura social, con el emperador en la cúspide, era mantenida por gobernadores y samuráis, los cuales se divertían en barrios especiales de las grandes ciudades, donde florecía el arte flotante (Compórtate como la calabaza en el río). Con algunas piezas del período Meiji (1868-1912), ya con intercambio occidental.
La Naturaleza como espectáculo. Las camelias que retornan a nuestro barrio en esos todavía diminutos arbolillos que plantaron hace unos años. Cuenta el afamado narrador japonés Natsume Soseki (1867-1916) que, cuando estuvo estudiando en Londres (donde malvivió), en una ocasión invitó a unos jóvenes londinenses a contemplar  la nieve cayendo y se mofaron de él.
Y, luego, la guerra. Cuántas obras literarias del momento dan fe de la alegría desbordante que se apodera de la juventud cuando se declaran la guerra unos países a otros. Stefan Zweig (1881-1942), testigo de lo que sucede en Salzburgo, lo hace en El mundo de ayer, al anunciarse la entrada de Austria en la primera guerra mundial. Y otro de los que era casi un niño, Ernest Glaesser, confirma el hecho en Los que teníamos doce años (traducido en 1930 en España, época muy antiguerrera en nuestro país). Hoy lo podemos leer en uno de los libros editados al calor (o el frío) de aquel acontecimiento, 14, de Jean Echenoz.
A cada cual, nos queda ese dilema que plantean los versos de Robert Frost (1874-1936) en «El camino no tomado (o no elegido)»: Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo, / Y apenado por no poder tomar los dos /  Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie / Mirando uno de ellos tan lejos como pude, / Hasta donde se perdía en la espesura; […]Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo, / Yo tomé el menos transitado, / Y eso hizo toda la diferencia.

lunes, 14 de marzo de 2011

Naturaleza (homenaje a Japón)

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Hacia mitad del pasado siglo, el poeta Ricardo Molina (Puente Genil, 1916-Córdoba, 1969), fundador del grupo y de la revista Cántico, escribió La viña florecida, obra que permaneció inédita, pero de la que se escogieron los poemas que configuran Corimbo, libro de 1949, que se incluyó en la edición de la obra poética que realizó Visor en 2007.

Releíamos sus versos la semana pasada y, siendo según eran un entretenimiento, han pasado a convertirse en sobrecogedores en estos días en los que el mar ha entrado a formar parte del destino de tantas personas en Japón. En especial, los salmos de la sección Los fuegos solitarios:

«Confesar tu nombre en el jardín virtuoso –es simplemente pronunciar tu aroma.

»Es gozarse en la inteligencia del perfume que exhalan –las difíciles horas del éxtasis.

»Pero confesarlo bajo el cielo nublado –en esta árida tierra barrida por la asoladora tempestad de nuestras palabras,

»es sentirse los labios devorados por un ácido horrible –y ver, pétalo a pétalo, exfoliarse la rosa de la carne en un largo otoño de corrupción,

»y dejar el espíritu precipitarse al abismo, intentando en vano apagar su voz –en el aullido desesperado donde cruje el castigo de tus sílabas, Dios».

Que los días venideros sean más propicios en sus vidas.