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sábado, 3 de noviembre de 2018

El perseguidor (Cortázar de cine)

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Hemos madrugado un poco para llegar con tranquilidad al trabajo por la tarde. Queríamos parar en las alamedas amarillas del Duero en Soria. Atrás han quedado las brumas del Moncayo ‒inicio de nuestro viaje‒ que dejaban entrever la nieve acumulada estos días en sus cumbres. En el camino, los páramos con algún sembrado iniciando el verde y, sobre todo, la gama de pardos y marrones de los barbechos. Cielo de otoño. Breves ráfagas de lluvia. Sol fugaz. Azules de interior. El espejo de las aguas del río soriano hasta San Saturio redobla la sensación de irrealidad que se tiene paseando sobre las hojas de sus orillas.
Un café, y continuamos la marcha. El rojo púrpura (de la hiedra japonesa) enciende el frente de algunos tapiales. Suena en la radio la viola en esta versión de Álbum para niños de Chaikovsky. A la llegada al Campo de Lara ‒ya en tierras burgalesas‒, las nubes bajas transparentan los picos de Las Mamblas; en la otra vertiente de la carretera se suceden las laderas arcillosas, fuertes, salpicadas de sabinas, emitiendo cantos de sirena. Nos tapamos los oídos con la cera del deber: hay que fichar a las 14:00 horas, una vez comidas.
Queríamos hablar en esta entrada de las narraciones de Cortázar (1914-1984) llevadas al cine, que se editaron hace unos años (2009): Los buenos servicios, que inspiró Monsier Bébé, dirigida por Claude Chabrol; Las babas del diablo, que fascinó a Michelangelo Antonioni tanto como para rodar Blow up; El perseguidor ‒¡quién da más!‒, que se asimila a Bird, de Clint Eastwood; y La autopista del sur, llevada a la pantalla por partida doble en Week end, de Jean-Luc Godard, y El gran atasco, de Luigi Comencini.
Quede así. Saludos otoñales de cine.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Hojas de otoño (Constantino Bértolo)

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Tal vez sea por la falta de lluvias, pero este año no encuentro hojas adecuadas para introducir en los libros (únicamente, a fuer de que alguien de la vecindad pueda afeármelo, me adentro en el seto de la rosaleda y cojo algunos pétalos). Sí que se llena el suelo de la rivera de hojas caídas, al igual que sucede con el paseo, pero los chopos, los sauces, los plátanos, los tilos, los arces o los serbales las lanzan decaídas, por no hablar de los castaños, que comenzaron a arrugarse en agosto.
Así que (por no doblar las esquinas, pues es de la Biblioteca) tengo que valerme de marcapáginas para señalar los lugares por donde voy leyendo La cena de los notables, de Constantino Bértolo, un tratado sobre la lectura y la crítica que tiene escaso desperdicio. Elige libros donde la lectura modela a sus personajes ‒Martin Eden, de Jack London; Naneferkaptah, relato recogido por Santiago Baraíbar; madame Bovary, de Flaubert‒ para explicarnos las urdimbres lectoras que cada cual llevamos antes de comenzar cualquier libro y que nos conectan con nuestra biografía, con el bajaje literario que hemos ido incorporando y con la ideología con la que contemplamos el mundo y los seres que nos rodean.
Según Bértolo, los diferentes tipos de lectura pueden enmarcarse en cinco categorías (entremezcladas entre ellas, lógicamente):
-      -  Lectura adolescente, la que se identifica en demasía con los personajes y nos entran unas ganas enormes de recomendárselo a alguien (algo parecido a lo que sucede con el envío de fotografías en el wasap).
-      -  Lectura inocente, la del entretenimiento, «chica, no he podido parar; lo he leído de un tirón de principio a fin», nada de problemas (claro que mejor no averiguar qué hay debajo de esa inocencia).
-      -  Lectura sectaria, la que se acomoda a nuestros modos de juzgar y desecha lo diferente.
-      -  Lectura letraherida, la envuelta en la estética, en el modo de narrar, en el entusiasmo que te hace vivir en plenitud, conformando una hermandad lectora que nos hace libres (en fin, eso dicen).
-      -  Lectura civil, la que parte de que quien lee está inmerso en un determinado contexto social, cultural y político, atendiendo aspectos individuales, culturales e ideológicos. Sin duda, parece que esta es la que proporciona mayor libertad.
Podríamos decir que la idea central del tratado de este crítico y editor lucense es la palabra como responsabilidad.

(Si alguna pega hemos de ponerle, es que la cacereña Editorial Periférica compone estos libros con un tipo de letra demasiado pequeño).

martes, 1 de octubre de 2013

Cosecha y lluvia

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Se acerca el tiempo de cosechar. Es hora de proveer para alimentar el sensible espíritu durante los largos días invernales. Las ramas miran al suelo bajo el peso del agua. Las hojas maduran. Llega –corriendo– el segador viento con su afilado soplo, voltando el tomento de los tilos hasta posar terciopelo en el suelo. Los pétalos de las tardías rosas se acoplan gustosos, en el volumen de la mesilla de noche, en el diario orillado en los días veraniegos y recuperado en el mimoso octubre. El fruto siena de los álamos se esconde muy conforme entre los poemas. El néctar palmeado de los arces gusta de las páginas valientes de las autobiografías. El trasparente amarillo redondo de las moreras prefiere el dolor. Los olivos… el recuerdo.
Lluvia en la casa
La lluvia, otra vez la lluvia sobre los olivos.
No se por qué volvió esta tarde
si mi madre ya se fue,
ya no viene a la terraza para verla caer,
ya no levanta los ojos de su costura
para preguntar: Oyes?
Oigo, mamá, es otra vez la lluvia,
la lluvia sobre tu rostro.
(Eugenio de Andrade, que repetimos)

Se acerca la primavera de la nieve.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Hojas (vivas) de otoño

11 comentarios
No habíamos hecho mención expresa del otoño en la bitácora en esta temporada. Debido, fundamentalmente, a que en Burgos ha llegado hace escasos días y no hemos viajado en demasía. Es ahora cuando se muestra más visible en ciertas zonas y cuando, con las jornadas ventosas, el suelo se está tapizando de amarillo, siendo que el vuelo de los árboles continúa verde en otras.
Camino del trabajo, necesitamos salir de casa media hora antes que en verano. A nuestra derecha, el río; a nuestra izquierda, paseos y parque. Aquí, el otoñar triste de tilos y abedules; allí, el esplendoroso de chopos y arbustos. Las hojas, concentradas en un primer círculo en torno a un grueso ejemplar, van desparramándose en regueros por el césped, alejándonos cada vez más de nuestro destino laboral. Con la avaricia de la belleza, las cogeríamos todas, las palparíamos, las aventaríamos de nuevo. ¡No puede ser! ¡Aquellas copas anaranjadas que sobresalen por el fondo! ¡Si ayer apenas refulgían! Y hacia ellas dirigimos nuestros pasos, olvidando el reloj, desconociendo la obligación.

Moreras (nuestras preferidas) y arces llegarán a hechizarnos dentro de poco. Al caer la hoja, van quedando desnudos los brotes que se abrirán en la próxima primavera (un castaño, despistado, ha florecido en un par de ramas al abrigo).
Llegamos −sin saber muy bien cómo− al trabajo. Nos preguntan en el mostrador por algo sobre nanociencia. Sin vacilar, nos levantamos, vamos a la tercera estantería, tomamos uno de sus volúmenes y se lo prestamos mientras le decimos (bajo su acogedor asombro) que este libro enseña igual que las hojas de otoño.

[El cuadro es de Manena Moure]

jueves, 29 de octubre de 2009

Duero en Soria. Otoño y escritura

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Desde antiguo existe la creencia de que hay lugares con especial atractivo, en cierto modo únicos. Parajes en los que se concentra la energía del globo. Sitios en los que la naturaleza muestra, en grado sumo, alguna de sus fuerzas o de sus gracias. En ellos han nacido prosas y poemas. En ellos no se resiste la tentación de utilizar la cámara fotográfica. Pues bien, con cadenciosa frecuencia, cada otoño comprobamos que las riberas del Duero en Soria –río abajo desde el puente de entrada a la ciudad– constituyen una de estas manifestaciones de las deidades.

No es necesario madrugar (si se está cerca) para visitarlo. El rocío se diluye bien entrada la mañana y conviene que el sol suba lo suficiente para iluminar la hierba y las telarañas suspendidas de los matorrales. Acceder desde arriba –la ciudad– a la arboleda o hacerlo desde la pasarela que viene de San Polo, es indiferente. Por los dos caminos nos sumiremos en una alameda amable de hojas temblonas, surcada por numerosas veredas que podemos pasear a placer, salpicado el suelo de hojas caídas. De tanto en tanto, hallaremos hileras de elegantes chopos negros, las ramas bien ceñidas al cuerpo. Caminando con la corriente, en la otra orilla, aparecerán los álamos de la ladera de San Saturio.

Las antiguas aceñas mantienen las cascadas, extendiendo el rumor del agua por todo el recorrido. Varios rincones permiten recogerse junto al cauce. En alguno de ellos podemos sentarnos en el embarcadero y allí, con los pies en un muelle balanceo, invocar al sexto sentido: a la izquierda queda el Urbión, en donde nace esta agua; a la derecha, los campos de Castilla y el océano.

¿Navegamos? Dos kilómetros de belleza amarilla para esta mañana de octubre.


[Sólo tendremos que tener la fortuna de que no circule por allí alguna de las ruidosas máquinas con las que el Ayuntamiento manda recoger las hojas.]