Hemos madrugado un poco para
llegar con tranquilidad al trabajo por la tarde. Queríamos parar en las
alamedas amarillas del Duero en Soria. Atrás han quedado las brumas del Moncayo
‒inicio de nuestro viaje‒ que dejaban entrever la nieve acumulada estos días en
sus cumbres. En el camino, los páramos con algún sembrado iniciando el verde y,
sobre todo, la gama de pardos y marrones de los barbechos. Cielo de otoño.
Breves ráfagas de lluvia. Sol fugaz. Azules de interior. El espejo de las aguas
del río soriano hasta San Saturio redobla la sensación de irrealidad que se tiene paseando sobre
las hojas de sus orillas.
Un café, y continuamos la
marcha. El rojo púrpura (de la hiedra japonesa) enciende el frente de algunos
tapiales. Suena en la radio la viola en esta versión de Álbum para niños de Chaikovsky. A la llegada al Campo de Lara ‒ya
en tierras burgalesas‒, las nubes bajas transparentan los picos de Las Mamblas;
en la otra vertiente de la carretera se suceden las laderas arcillosas,
fuertes, salpicadas de sabinas, emitiendo cantos de sirena. Nos tapamos los
oídos con la cera del deber: hay que fichar a las 14:00 horas, una vez comidas.
Queríamos hablar en esta
entrada de las narraciones de Cortázar (1914-1984) llevadas al cine, que se
editaron hace unos años (2009): Los
buenos servicios, que inspiró Monsier
Bébé, dirigida por Claude Chabrol; Las
babas del diablo, que fascinó a Michelangelo Antonioni tanto como para
rodar Blow up; El perseguidor ‒¡quién da más!‒, que se asimila a Bird, de Clint Eastwood; y La autopista del sur, llevada a la
pantalla por partida doble en Week end,
de Jean-Luc Godard, y El gran atasco,
de Luigi Comencini.
Quede así. Saludos otoñales de cine.