Le digo a la Camarera que ahora les toca a sus fotografías subir a la bitácora. Y ello porque voy por la C. Se ríe de mi modo de realizar lecturas, pero es que me entra tal agobio ante la inmensidad de los títulos que hay en las librerías y bibliotecas, que de vez en cuando me decido por una letra (cierto que esto ya sucedía en los inicios del siglo diecinueve, cuando solo en Alemania se publicaban más de tres mil títulos de obras anuales, a los que había que añadir periódicos, revistas, boletines, etc.). Así que, en estos días, toca Camarera.
Es la temporada que estoy con Mircea Cartarescu (1956), con los inquietantes relatos de Las bellas extranjeras, que abren la sorprendente escritura de este autor rumano, ya inolvidable con El levante. Acabo de acompañar los pasados días a Jetta Carleton (1913-1999), que tuvo el acierto de dejar publicada una sola novela -¿para qué más?-, Cuatro hermanas, en 1962, y eso que se dedicó a actividades editoriales en la zona mexicana. Si me queda tiempo durante la semana, visitaré Una habitación impropia, de Natalia Carrero.
Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) aclara mi mirada en este tiempo de toros y de velas -parece que nada hubiera cambiado en el último medio siglo- con su Libro de oraciones:
A Jesús crucificado
Estigma solitario. Joyería
crucificada al fin como crustáceo,
qué túnica de bocas y de peces
podrá servir de alfombra a tu sonido.
Oh, huevo de cristal de voces rosas,
oh, fuente de estallidos como números.
Dios para los que lloran en el fondo
del crisantemo rojo de su infierno.
Dios para los que cantan en el pájaro.
Dios para los que tienen siete labios.
Voy, contrito, de compasión a consuelo
miércoles, 1 de abril de 2015
viernes, 27 de marzo de 2015
Alergia en los papeles
Las alergias suelen advenir en
momentos inoportunos, al menos eso es lo que sucede en lo que a mí respecta,
tal como ha sido esta mañana con los repetidos achís que me han llegado durante
toda la entrevista que tenía para un asunto de cierta importancia. ¡En fin!
Maguer la que más rabia me da es la del papel, tratándose de alguien que
trabaja en bibliotecas. Hay documentos antiguos o libros compuestos de materia
prima degradada (léase química) que despiden efluvios que me producen esa
irritación nasal tan estruendosa. De ahí que, en casa, cada vez que hay que
mover alguna estantería, suelen salir algunos ejemplares que condeno a las
cajas cerradas en el desván.
Este fin de semana le ha tocado
a dos a los que aprecio ‒algo que es de lo más corriente cada vez que lo hago‒:
Los tónicos de la voluntad, de Ramón
y Cajal, y Tratados morales, de
Séneca. Los dos son de Colección Austral (comprados en mercados de segunda
ocasión), aquella de los puntos de colores, editados en tiempos en los que el
papel dejaba bastante que desear.
Cajal elaboró un discurso de
ingreso para la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales a finales de
1897, que el científico Enrique Lluria costeó de su bolsillo para repartir
entre su alumnado y gente con inquietudes académicas, pues como reza el
subtítulo son Reglas y consejos sobre
investigación científica, los cuales abrieron un horizonte que lo
convierten en imprescindible para cualquier biblioteca personal que se precie.
No en vano, además de las ediciones habidas hasta 1940 (y los de otras
editoriales), en el año siguiente lo incluye Espasa Calpe en la colección
susodicha, llegando ahora a la 23.ª edición. El texto previene la «creencia (desgraciadamente
profesada todavía por muchos de nuestros catedráticos, ignoro si con sinceridad
o a título de expediente cómodo para cohonestar la propia pereza) de que las
conquistas científicas no son fruto del trabajo metódico, sino dones del cielo,
gracias generosamente otorgadas por la Providencia a unos cuantos
privilegiados, inevitablemente pertenecientes a las naciones más laboriosas, es
decir, Francia, Inglaterra, Alemania e Italia».
También de los años sesenta,
cuarta edición, es el volumen que había conseguido en el Rastrillo de Séneca,
en el que releo con especial satisfacción el libro tercero, De la tranquilidad del ánimo. Texto que se
ha vuelto difícil para el tono de literatura que solemos leer, pero que
compensan largamente el esfuerzo requerido. A los que mudan con frecuencia, «cáusales
la vergüenza interiores tormentos, y los deseos que se ven encarcelados en
sitio estrecho y sin salida, se ahogan: de que resulta el entristecerse y
marchitarse, por estar contrastados de infinitas olas de la incierta determinación
que los aflige, en que les tienen suspensos las cosas comenzadas, y tristes las
lloradas».
lunes, 23 de marzo de 2015
Bocados exquisitos
Lo habían dejado boca abajo
en la mesa de novedades de la Biblioteca del barrio. Distrayéndome, levanté la parte de
atrás de la cubierta al tiempo que hacía un abanico con las últimas hojas y
¡oh, sorpresa! estaban en blanco. Algo tocado, cogí el libro y las conté:
cuatro hojas, ocho páginas, más las dos de cortesía, dedicadas al silencio,
inmaculadas, dejadas por la editorial en ese espacio en el que suele incluir
listados o publicidad de sus publicaciones. Sin dudarlo, aun sin leer el título,
lo llevé en préstamo. «¿Te gusta este autor?», me dijo el que atendía el puesto
al que acudí en el mostrador. «Si te digo la verdad, no he mirado de quién es»,
contesté, y me miró extrañado mientras lo desmagnetizaba y mientras me
arrepentía de mi sinceridad. La Bibliotecaria, que estaba en el puesto de al
lado atendiendo el montón de cuentos, música y películas de una familia,
sonrió.
En la tienda, al tiempo que
llenaba la cesta de la compra, con el libro encima, me fijé en la fotografía
que destacaba entre las manzanas, el pan y las anchoas: una mesa atestada de
papeles, estampas, cajitas y hasta una taza, un despertador y una bombilla. Al
llegar a casa –necesitado de apartamiento– le di la vuelta y leí el título: Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumi
Hrabal (1914-1997). O sea que era eso, me estaba esperando el libro del autor
del que había leído hacia tiempo que afirmaba haber vivido solo para
escribirlo.
«Hace treinta y cinco años
que trabajo con papel viejo y ésta es mi love
story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y
cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una
enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo,
habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua
viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más
bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son
mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo…»
¿Cómo describir la
existencia de Haňt’a en el sótano donde pasa la vida trabajando? Allí ve las
profundidades de la sociedad y escucha a lo lejos los combates a muerte (que
nunca cesarán) entre las personas, capitaneadas por gente que anula (y dirige)
al resto. Las apariencias avanzan racionalmente. Haňt’a resiste con el alcohol, con la amistad y con la belleza.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Violetas de marzo
Los colores no existen, dice la
ciencia. Pero vuelvo al final de este invierno a mirar las violetas en el
arriate de la Isla, como cada año. Tampoco es que sean violetas, son vincas. No
importa. Al igual que los sauces, si cierras los ojos, muestran aquí los
almendros de hoja verde, los cerezos en flor del Sur. Dos borrachos del barrio
se recuestan en la rivera, a unos metros apenas, sabiendo que son parte de la
tribu, su delirio les da personalidad y cadenas. Medea me acompaña porque supone (y acierta)
que estos días tiendo a sentirme culpable del frío de estas tierras. Ovidio se
acerca, se queda mirando al abejorro que liba en las pequeñas flores y, algo
ensimismado en el vuelo circular, nos pregunta el camino del mar.
Soledad Zurera escribió hace un
tiempo La blusa violeta, vistiéndola
en el poemario de su viaje a los espacios de la infancia (que publicó la
colección Barrio de Maravillas):
Me observo en el espejo tras la
blusa violeta.
Yo era una muchacha pobremente vestida.
Llevaba cántaros de agua en las manos
Y cantos de perdices en las
trenzas.
Ahora llego a desabrocharme la blusa violeta;
Aquí, en la tapia en que
florecen los jazmines;
Recorres los botones desabrochados de la blusa violeta:
La calle que habitabas tan
distinta y tan distante.
Triste tiene la mirada la mujer de la blusa violeta:
La música que suena es distinta a su música:
Retornan a ser los mismos
vencejos de la infancia.
La otra tarde llevaba mi misma
blusa violeta.
Queda el rastro de una rosa en el ojal de la camisa;
Sobre los botones blancos de una
blusa violeta.viernes, 13 de marzo de 2015
Las meninas (en cómic)
Resulta bastante difícil hoy en
día pararse a contemplar Las Meninas.
Nos referimos a poder mirarlas con detenimiento, esperando que el cuadro ‒el
espejo, la llave‒ nos vaya mostrando lo que contiene, su verdad, algo que
requiere lentitud, complejidad y memoria, y que, en compensación, reporta
libertad y capacidad de elección. Pero, como escribe Argullol, ver arte se está
pareciendo a leer libros. La sala del Prado dedicada a Velázquez es un avispero
del que entra y sale continuamente gente deseosa de sonreír con el cuadro
detrás para que les recuerden en ese momento tan “especial”. Nadie que desee
permanecer en silencio, en soledad frente al pintor, el perro, las infantas y
demás elementos verá satisfecho su deseo.
Por ello, se agradecen
iniciativas como las de los ilustradores Santiago García y Javier Olivares, que elaboran la
novela gráfica Las meninas (Astiberri,
2014) y la comienzan con aquella frase de Gracián en Oráculo manual y arte de prudencia: «Todo necio es persuadido y
todo persuadido es necio». Un cómic en el que se intenta explicar el nacimiento
de esta obra perenne en la que se hace un recorrido por la vida del pintor
sevillano, aposentador del palacio real en Madrid, cuyo genio le mantuvo en una
insulsa corte, al pensar que el arte ennoblece y proporciona dignidad a las
personas y no al revés.
¿Es nombre de mujer el apellido
Velázquez? No nos lo parecía, pero Helen Velázquez Chase así se llamó, después
de que lo decidiera su padre, el pintor William Merritt Chase (1849-1916), gran
admirador del español, a cuya hija pintó en varias ocasiones de menina. Y no
han podido librarse de su influjo
Dalí, Alonso Cano, los Madrazo y hasta el mismísimo Picasso. Por no hablar de
pensadores como Foucault o escritores como nuestro apreciado Buero Vallejo (que,
precisamente, escribe una obra de teatro Las
meninas).
Trazos sugestivos, variados y
sugerentes los de esta obra.
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lunes, 9 de marzo de 2015
El Santero de San Saturio (Gaya Nuño sobre el río)
Ayer mañana paseábamos por la
orilla del río. Una pareja de garzas ‒las primeras que hemos visto en este año‒
jugaban contra la corriente. Según andábamos, Daniela leía Medea, de Eurípides, en el pasaje de los monólogos dialogados que
esta y Jasón mantienen sobre el modo de vivir conforme a tus intereses o a tus
principios, mientras el agua sonaba rumorosa en los suaves desniveles del
cauce. De pronto, la figura de una lámina rodante transparente sobre la piedra
lisa y alargada en la que había posado una de las garzas me recordó uno de los
dibujos que sobre su estancia en el ejército republicano realizó Juan Antonio
Gaya Nuño hacia 1937 en la zona de Guadalajara.
Seguramente fue por afinidad,
pues Gaya Nuño también es de un pueblo de Soria, en su caso de Tardelcuende, donde
nace en 1913. Al inicio de la guerra, en 1936, ya ha presentado su tesis
doctoral sobre el románico en Soria, en la universidad madrileña. Allí se
entera de que los sublevados han asesinado a su padre, que era médico.
Terminada la contienda, pasa por diversos penales, entre ellos el deValdenoceda, al norte de Burgos, lugar donde mueren 150 presos de hambre y
frío. Allí, junto a otros treinta, realiza un gesto de valentía al negarse a
comulgar obligatoriamente ante los jesuitas que venían a catequizarlos desde
Oña. Sería enviado a Las Palmas.
Miembro de la Hispanic Society
de Nueva York y del Instituto de Coimbra, Gaya fue paradigma de eruditos,
críticos e historiadores apasionados por el arte español. Monografista de
Murillo, Goya, Velázquez, Zurbarán, Morales, Fernando Gallego, Cossío, Picasso,
etc., y creador de una prolífica obra multidisciplinar con 70 libros, y más de
700 publicaciones breves, folletos, separatas, artículos, prólogos, ensayos y
decenas de ediciones, entre ellas la más cualificada Historia del Arte español publicada en nuestro país.
Ayer, en esa mañana, con las
garzas y la corriente, recordé la impresión que me quedó al leer por primera
vez El santero de San Saturio, pues
le tiraba mucho escribir obras de ficción. (En realidad iba a hablar en esta
entrada de ello, pero me he liado con asuntos paralelos, así que lo dejamos
para otra). Juan Antonio Gaya Nuño falleció en 1976. En palabras de su esposa,
Concha de Marco, «Nuño significa la imposibilidad absoluta de doblegarse ante
nada ni ante nadie».
miércoles, 4 de marzo de 2015
El momento de la muerte en los haikus y en Japón
La literatura es pródiga con la
muerte. Quien escribe, en numerosas ocasiones, no tiene más remedio que llevar
a sus personajes de la mano hasta su final. Y ahí aparecen algunas
discrepancias, reveladoras del ser de cada cual. A Madame Bobary Flaubert le hace, sencillamente, “dejar de existir”.
Milton muestra a la Parca cortando el hilo de la vida con las tijeras en El paraíso perdido, en consonancia con
las creencias populares. Iván Ilich ve luz al final del túnel, pues Tolstoi es
un creyente en el más allá. El realismo mágico suprime la frontera entre vida y
muerte, entre tiempo y espacio, ofertando con la palabra (escrita) lo que no
proporciona la vida; no otra cosa vemos en Pedro
Páramo, de Juan Rulfo.
Pero lo sorprendente para una
mente occidental es la costumbre japonesa de los jisei o palabras de despedida o haikus de muerte (que también
pueden ser tankas), compuestos por condenados a muerte antes de que la horca
les siegue la vida. Siguiendo la indicación de las antiguas enseñanzas: «¿Estás
preocupado porque te hallas a punto de morir dejando tantas cosas inacabadas?
Entonces sé valeroso, y compón un poema sobre la muerte».
Uichi, ejecutado a los 27 años,
escribe:
Carta de madre.
El cúmulo
Empieza a derrumbarse.
Sookan Yakamazi (muerto hacia
1450), por su parte, dice:
Si alguien preguntara
adónde ha ido Sookan,
decid tan solo:
«Tenía cosas que hacer
en el otro mundo»
Y Nishi Takeo, ejecutado a los
61 años, que insistió en su inocencia hasta el último día:
Quisiera gritar
como si rompiera
la luna llena de kan (período frío entre invierno y primavera).
El conmovedor aliento de estos
poemas lo transmiten Elena Gallego y Seiko Ota en Haikus en el corredor de la muerte (Poesía Hiperión, 2014),
incluido el epílogo y notas que acompañan a la edición.
[La pena de muerte en Japón es
legal y se ejecuta en la horca].
viernes, 27 de febrero de 2015
Amores (sexo) y estimulantes (adicciones) en la poesía de Edna St. Vincent
Ni siquiera es pregunta de
concurso televisivo. Poca gente tiene en la memoria que la primera mujer en
recibir el Pulitzer (instituido en 1917) es una poeta, Edna St. Vincent Millay
(1892-1950), en 1923, la cual era muy apreciada por el público y gozó de la
fama y sus secuelas como pocas, pues hacia 1930 ganaba 20.000 dólares anuales
solo de los beneficios de su poesía, a lo que hay que añadir en determinadas
épocas otros ingresos, como el proporcionado por el libreto de la ópera The King’s Hencman, que le reportaba
unos 100 dólares diarios.
Olvidada hoy y apocada en sus
últimos años. Desde la universidad (a la que llega por el patrocinio de una
dama, pues ella es de origen humilde), allá por donde pasa, va dejando un
puñado de amantes y un montón de admiradores. Los años veinte le son propicios
para sumergirse en una vida del momento, de las sensaciones, de los anhelos,
que va llenando en las fiestas y en los amaneceres. Así que escribe:
Mi vela arde por ambos
lados;
No durará toda la
noche;
Pero, ah, mis amigos,
y ah, mis enemigos:
¡da una luz tan hermosa!
Desde hace cincuenta años
consumimos literatura sociable (que no social), nacida de la estética y el
desahogo personal (que no digo que no sean válidos), falta de ese punto
canalla, de ese hacer «desde la vida gestos desesperados para existir en la
escritura» (como decía Valente sobre Panero), en donde no se sabe si la
literatura lleva a la realidad o la realidad a la literatura. Edna, que estuvo
unos días presa por oponerse a la ejecución de los anarquistas Sacco y Vanzetti
en 1927, se meció en esta corriente. Tal vez sus pulsiones, tal vez su
rebeldía, tal vez su debilidad… el asunto es que en su última década (cuando
escribía versos contra el nazismo) necesitaba suministrarse tales dosis de
morfina, de alcohol y de tabaco que ya no suscitaba suficiente admiración como
para conseguir fácilmente amantes y tranquilidad.
Solo su marido, el empresario
Eugene Jan Boissevain, aporta calma a su existencia, sin preocuparse de las
relaciones de ella. Pero muere de enfermedad en 1949 y, un año después, el
corazón maltrecho puede con la poeta.
Seguras sobre la firme
roca se levantan las feas casuchas:
¡acercaos a ver el brillante palacio que alcé sobre la arena!
[Agradecemos el artículo sobre
ella de Andrés Catalán en Clarín,
núm. 115].
lunes, 23 de febrero de 2015
La inmortalidad de Shoshana Spinoza
La novela de Gabi Gleichmann, El elixir de la inmortalidad (2012), a
pesar de que le ha gozado de notable éxito, no nos resulta algo excepcional
desde la literatura, recurrente en demasía a lugares comunes, a situaciones
estereotipadas; tal vez en la cultura nórdica, donde se crea la obra, no se tomen
así los trucos que aquí nos parecen tales.
No obstante, las más de
seiscientas páginas que la componen resultan de un valor muy apreciable cuando
la adjetivamos y pasa a ser novela histórica,
pues contiene un caudal de datos sobre personalidades de 37 generaciones a lo
largo de casi un milenio correspondientes a la familia judía Spinoza, sobrada
de gente consagrada a la medicina, las matemáticas, la filosofía o la física.
Una estirpe que sale de Espinosa (más tarde de los Monteros), Burgos, en el
siglo XII, cuando Baruj, hijo del rabino, marcha de su casa hacia Lisboa
convirtiéndose en Baruj de Espinosa, llegando a ser médico del monarca Alfonso
Enríquez.
Además del reconocido filósofo
Baruch o Benito o Benjamín (1632-1677), nacido en Amsterdam, a esta estirpe
pertenece Shoshana Spinoza, notable física, que se atrevió a cuestionar las
teorías de Newton, cuyos Principia ya
leía en la pubertad; a esa edad hablaba seis idiomas fluidamente y, poco
después, traducía dramas griegos al francés, uno de los cuales ‒Antígona, de Sófocles‒ se representó en
la Comédie-Française a instancias de Voltaire, el cual, por una serie de
curiosas circunstancias (entre ellas la
muerte de su padre, Héctor, coautor de un libro sobre la masturbación en la
Atenas clásica, que se vendió profusamente) se había convertido en tutor de la
niña, en su palacio de Ferney; por entonces escribe a la madre de esta: «tiene
un gran talento, un latín que agradaría a Cicerón y un griego que sonaría
hermoso en el Areópago. Lo único que es de lamentar es su pertenencia al género
femenino».
Dice Gleichmann que Shoshana
estaba perdidamente enamorada de Voltaire, pero que este la rechazó al llevarle
mucha edad, por lo que ella se quitó la vida en enero 1769; tres años después se realizó una fiesta de fuegos artificiales para celebrar la aceptación de la física, a título póstumo, como miembro de la Academia de Ciencias de Bolonia, la universidad más antigua de Europa.
[Ilustración: Mujer en azul leyendo una carta, de
Alirio Palacios].
miércoles, 18 de febrero de 2015
Tierra baldía
«Ha sido el poema que más ha
influido en la literatura en el siglo veinte, al menos en la de habla inglesa»,
dice la librera de al lado mientras aplasta con la cucharilla la bolsita de té
rojo en la pequeña tetera de cerámica, refiriéndose a La tierra baldía, de T. S. Eliot (1888-1965). Llueve amablemente en
el paseo, visible solo a ratos, cuando las ráfagas de viento hacen pasar
algunos haces de agua delante del ventanal de la cafetería, por lo que la
mayoría de gente lleva los paraguas abiertos y los carritos van cubiertos de
plástico.
El resto de los que escuchamos
sus palabras en la barra no tenemos la seguridad de comprender hasta el fondo
lo que dice. La Camarera habla de que Eliot fue un personaje con cierto pedigrí,
bastante intelectual, que gustaba de ambientes selectos. Y poco más. Ah, claro,
que había sido Premio Nobel en 1948. Pero la Librera ‒que toma a pequeños sorbos
el humeante líquido burdeos‒ nos saca de nuestra crasa ignorancia. Después de
asegurar que es un poema oscuro, a cuyo significado no se puede acceder a la
primera ni a la segunda lectura, da por sentado que es bello, inquietante e
imprescindible (además de largo, pues se compone de 433 versos).
«Los mitos antiguos, las
creencias no sirven para nuestro tiempo. Hemos construido una sociedad urbana
que se alimenta de la destrucción, del consumo y de la soledad. Eso es lo que
dice La tierra baldía, aunque de una
forma muy bella. Ahí está Tiresias, el adivino griego, hombre-mujer; y el Rey
Pescador, devenido infértil, en busca del Grial; y Sosostris, echadora de cartas
del tarot; y la Biblia; y…».
La nubes pasan deprisa y el intenso
azul del cielo se muestra entre ella, con algunos rayos dorados que bajan hasta
los árboles.
viernes, 13 de febrero de 2015
Vida y muerte en la basura
Había esta mañana dos parejas
rebuscando en el contenedor de basura de mi calle. Tenían al lado unas bolsas
de plástico en las que iban echando lo que consideraban útil de lo que allí
había tirado. Era una pareja de mediana edad y otra de edad avanzada. No
miraban a su alrededor. Atendían su faena con celo casi profesional. He
continuado andando mientras pensaba que los factores pasionales y subjetivos
son los que en mayor medida mueven nuestro mundo. Porque, si utilizáramos la
razón, ¿existiría lo que acababa de ver?
Al llegar al parque (con la
nieve ya prácticamente derretida y la hierba húmeda), llevaba en la cabeza el
rostro de la anciana, y me ha venido a la memoria la fábula de Esopo de El viejo y la muerte: «En cierta ocasión
un viejo que había ido a cortar leña recorría un largo camino cargando con
ella. Tras dejar la carga en el suelo a causa de la fatiga, llamó a la muerte ‒”Una,
dos y tres veces”, dice Samaniego en su
versión‒. Cuando esta se le apareció y le preguntó por qué le llamaba, el viejo
dijo: "Para que me lleves la carga"».
Pocas palabras tengo ganas de
entrecruzar con nadie. Como hago últimamente, escucho a Silvia Pérez Cruz (descalzándose):
Dichosos días.
lunes, 9 de febrero de 2015
Alcohol y literatura
Hay épocas en la escritura
asociadas al consumo de alcohol y estupefacientes, tal la de la generación beat en Estados Unidos en el tercer
tercio del siglo veinte. Parece que las musas estuvieran muy a gusto en los
vapores etílicos y que la capacidad creadora fuera pareja con la capacidad
consumidora de sustancias estimulantes.
Ahora, sin embargo, estamos en
el puritanismo del cuidado de la salud. No queda bien visto airear costumbres
insanas. Las generaciones jóvenes se forman entre comidas sin excesos y a base
de patearse el campo y la montaña para respirar aires puros. La inspiración se
sienta a la mesa de trabajo frente a la ventana abierta.
Así que releo con gusto La leyenda del Santo Bebedor, de Joseph
Roth (1894-1939), tenido por uno de los escritores centroeuropeos más
consistentes del siglo veinte (junto a Musil y a Broch), en la que el
protagonista se ve continuamente impelido por los efectos de la absenta a
retrasar el cumplimiento de una promesa: devolver a Santa Teresita de Lisieux,
en París, una cierta cantidad de dinero que le han regalado. El autor, por
supuesto, escribe con conocimiento de causa, pues es dado a las tertulias hasta
la madrugada llegando a ese límite en que no queda clara la línea en la que se
sitúa la ebriedad. (También es cierto que escribía por la mañana, sin beber
nunca).
Carlos Barral, que confiesa «mi respeto
cultural a la embriaguez y mi asco a los abstemios», realiza un pequeño prólogo
a este texto que se reedita constantemente desde que se tradujo en 1981 (la
original es de 1939), en el que se posiciona contra el apostolado de la
temperancia, pues «Todos sabemos, sin necesidad de reclamar la asistencia de
los ángeles o de los dioses, que el borracho hace cosas imposibles. ¿Quién no
ha traducido, con exactitud y con gracia, lenguas que ignora por completo? ¿Quién
no ha reconocido como hermosísima a una persona que la ceguera del vulgo señala
como fea? ¿Quién no ha dialogado, y con provecho, con estatuas inexistentes que
nunca han sido y jamás serán esculpidas?».
jueves, 5 de febrero de 2015
Poesía confesional (¿Reality?)
Abundan los espectáculos
alimentados por vidas personales o, tal vez sea mejor decir, por escabrosos
sucesos de la existencia de gentes del famoseo. Discutimos con frecuencia sobre
dónde están los límites y, siempre, damos vueltas alrededor de parecidos
argumentos. Al final, todo queda como estaba.
En literatura ocurre algo
parecido. Hay quienes opinan que no es ético convertir las interioridades
propias en asunto literario. En cambio, hay quienes opinan que ello es secundario,
pues el tiempo se encarga de borrar a las personas y lo que permanece es la
obra e, incluso, dicen que, bien mirado, nos podemos preguntar si hay algún texto
que no sea autobiográfico. El caso es que hay plumas sobre las que se proyecta
el remoquete de confesional, como le
sucediera ya durante su vida a Anne Sexton (1928-1974).
Mujer de marcada personalidad,
comenzó a tener serios problemas depresivos después de tener a su primera hija ‒Linda
Gray Sexton, hoy novelista, que en 1994 publica un libro autobiográfico sobre
la controvertida relación de su madre con ella‒ en 1953, por lo que inicia una
serie de entradas en un sanatorio psiquiátrico, repetidas en años posteriores.
El doctor que la atiende la convence para que escriba poesía, algo que hace
después de inscribirse en un curso (en el que conoce a la también poeta Maxine
Kumin, con la que mantiene una estrecha relación hasta su muerte). Pero Anne
desborda lo bien visto, lo esperado y toma como asunto principal de sus versos
las vivencias que tiene con las depresiones y los remedios del sanatorio. Es
una poetisa confesional, a la que no le importa hablar de la menstruación, del
útero, del aborto, de la drogadicción o de la clínica.
El éxito es espectacular desde
la publicación de su primer libro en 1960 ‒Al
manicomio y casi de vuelta‒, especialmente por el recibimiento que tiene
entre las mujeres (pues muchos de los críticos hombres no aguantan este descaro).
Premio Pulitzer en 1967. Clases en la Universidad de Boston. Talleres de
poesía. Lecturas públicas ante miles de espectadores en las que Anne luce todo
su esplendor. Cierto que la poesía no la curó, solo la hizo poeta. Un buen día
decidió irse de este mundo.
[Notable es la edición que hace
Linteo (Orense) en 2013 de su obra, traducida por Reina Palazón].
viernes, 30 de enero de 2015
Pasión de madre. Vida y muerte de Hildegart
La noticia fue una bomba aquel 9
de junio de 1933: «Hildegart ha sido asesinada por su madre. Aurora Rodríguez descarga cuatro tiros sobre el rostro y el
pecho de su hija mientras esta dormía». Aurora (1879-1956) era mujer culta,
feminista, de recursos económicos que le permiten una vida desahogada. Planea
tener una hija que sea jardín de
sabiduría, que ayude a las esclavizadas mujeres a emanciparse. Por ello,
elige al que puede ser su padre ‒el colaborador sociológico‒, el cual parece
que fue el capellán de la Armada (de Ferrol) de 35 años Alberto Pallás
Montseny, para el que ahí termina su cometido, pues Aurora se marcha a Madrid
para dar allí a luz el 9 de diciembre de 1914, pudiendo después moldear a la
hija a su antojo.
El caso es que, al principio,
todo va saliendo a pedir de boca: la niña comienza a hablar a los ocho meses,
es capaz de leer a los dos años, a los tres escribe y toca el piano y, a los
cuatro, es mecanógrafa. Por si fuera poco, a los 13 aprueba la reválida de
entrada a la universidad, se matricula en Derecho en la Complutense y, a los
17, se convierte en la abogada más joven de España. Después se matricula en
Medicina y Filosofía y Letras. Estudiando inglés, francés, alemán, etc. Todo
ello mientras trabaja como periodista, conferenciante y escritora, pues antes
de morir deja publicados 15 libros (disponibles en Biblioteca Digital Hispánica) y un centenar de artículos, con análisis tan
frescos y serios en el campo de la sexología que no pasan desapercibidos en
Europa.
Pero… la hija desea emanciparse.
Frecuenta círculos modernos, incluido el Lyceum Club, con la flor y nata de
mujeres madrileñas que luchan por la emancipación, y ella tiene siempre la
sombra de su madre indicándole el camino a seguir. Está con el socialismo, pasa
al republicanismo federal y al movimiento libertario. Aurora no aprueba el
nuevo rumbo de Hildegart, la cual desea marcharse a Londres para escapar de su
tiranía. Así que la madre decide destruir su obra.
Eduardo de Guzmán, periodista
que siguió el juicio y entrevistó a Aurora, recopiló sus textos en el libro Aurora de sangre. Vida y muerte de Hildegart
(Madrid, Gregorio del Toro, 1973), reeditado primorosamente por La Linterna
Sorda en 2014 (año en que también ha habido un congreso en Ferrol), con
aportaciones de Ana Muiña, Guillermo Rendueles y Rafael Cid.
lunes, 26 de enero de 2015
Personajes de novela
Hace un par de años, más o
menos, la Camarera nos hizo una observación (o pregunta) desde la barra: «¿Habéis
leído alguna vez una novela en la que no se hable de libros? Sea como sea
siempre hay un personaje que lee e, incluso, que escribe o, aún más, que quiere vivir de la escritura,
que quiere ser escritora o escritor. No sé a qué es debido. Tal vez a que
quienes escriben conciben el mundo desde esa óptica y les resulta difícil
entender que pueda hacerse de otro modo».
Desde entonces presto atención
cada vez que leo una novela y, en efecto, no me he topado con ninguna en la que
no haya libros o lecturas. Hablo, por ejemplo, de Las chicas de campo, de Edna O’Brien, El palacio azul de los ingenieros belgas, de Fulgencio Argüelles, o
Pacífico, relato familiar de José
Antonio Garriga Vela, en la que su protagonista está totalmente liado con el
mundo de las letras, tanto que dice «Mi tristeza era una pose, una forma de
llamar la atención, una condición ineludible para convertirme en escritor».
Tal vez piensan como José Fusté,
aquel obrero que escribe en Solidaridad
Obrera, de Barcelona, un sábado 30 de noviembre de 1918: «Modesto y
estimable amigo cual ningún otro es el libro. Siempre está a nuestra
disposición, mostrándonos sus deliciosas líneas, entristecedoras a veces,
alegres otras, y algunas severas y concienzudas, pero siempre amigo Me es tan
grato, que nunca podré deshacerme de él. / En él podemos admirar las bellezas
más grandes creadas por los seres humanos. Sobre sus líneas han aguzado su
intelecto una porción de hombres de ingenio privilegiado para enseñar a sus
semejantes lo que ellos habían aprendido por su experta sabiduría. En sus
páginas, Gorki explicó las tristezas del pueblo y las amarguras del
vagabundaje; en ellas, con su flagelante látigo de poeta, fustigó al tirano
Dicenta. Volney, con su severa crítica, derrumba las religiones; Tolstoi nos
predica el amor entre los hombres. / El libro ha sido el principal factor de
progreso de la humanidad. La idea ha
sido la palanca y el libro el punto de apoyo que buscaba Arquímedes. La idea,
junto con el libro, transforman el mundo».
Puede que con el correr de los
años se haya visto que no era para tanto, pero se alegra uno de encontrar a
gentes como Fusté.
jueves, 22 de enero de 2015
Compañía en la nieve
…porque doquiera el hombre va, lleva consigo su novela(Fortunata y Jacinta, B. Pérez Galdós)
Nieva
de modo intermitente, a ratos con abundancia, esta mañana. Así que salgo hacia
el centro, subiendo por la orilla del río, para ver el desconcierto de la vida
ciudadana en días como este. Después de recorrer las plazas cercanas al paseo
principal, entro en la cafetería. La Camarera me ve sacar el libro del bolsillo
del abrigo y me pregunta qué es lo que estoy leyendo. Le digo que eso hoy no
tiene importancia, pues llevo el libro simplemente como compañía, aun a
sabiendas de que no voy a leer nada. Hay bastante en lo que entretenerse
mirando por la calle. «¡Eso sí que tiene gracia! ‒me suelta‒ ¡Vaya manera que
tienes de pasear con alguien!».
Nos
reímos un poco de este sentido eremita de la soledad y comentamos la frase de
Galdós. Al fin y al cabo, es lo que suele hacer la literatura, ¿no? Novela, entendida como ese «equipaje de
experiencias y emociones con el que se construye la identidad del individuo» (que
nos dice Pablo Valdivia). Parece evidente que la llevamos en nuestro deambular.
Así
pues, la cita no solo tiene significado literal, sino también simbólico. De ahí
que Muñoz Molina la hubiera destinado para iniciar su Sefarad, novela de novelas; la cual sustituye a última hora por
unas palabras de Kafka: «”Sí ‒dijo el ujier‒, son acusados, todos los que ahí
ve son acusados”. “¿De veras? ‒dijo K.‒, entonces son compañeros míos”».
Para
no desviarnos a la tragedia y continuar con lo blanco, le digo a la Camarera
que ponga la luna de Caetano Veloso.
La novela de la Camarera. La luna de nieve.
viernes, 16 de enero de 2015
Hojas de hierba en las Bibliotecas
«No me cerréis las puertas, orgullosas bibliotecas,
porque lo que faltaba en vuestros bien surtidos anaqueles,
y más necesario os era, ahora lo traigo:
y más necesario os era, ahora lo traigo:
surgido de la guerra, he escrito un libro.
Las palabras de ese libro no son nada, pero su intención lo
es todo;
un libro singular, sin relación con los demás, no sentido
por el intelecto,
pero con cuyas páginas ‒secretas
latencias‒ habéis de estremeceros».
Las hojas de hierba de WaltWhitman (1819-1892) son percepciones de sí mismo y de lo que le rodea. Cantos
de una nación haciéndose y deshaciéndose. Un libro total, que tardó más de
treinta años en gestarse. Desde la docena de poemas de la primera edición en
1855 a los casi cuatrocientos de la novena y definitiva en 1892, la del «lecho
de muerte».
Abierto al amor sexual
indiscriminado, a la abolición de la esclavitud, al rechazo del alcohol, a la
igualdad, al espíritu. Compuesto en verso libre, casi iniciador de él. Y, desde
ahí, al ritmo diferente que le confieren las metáforas, los neologismos y ‒cómo
no mentarlo‒ las enumeraciones. Poema para leer sin prisas, para dar un paseo
con Whitman, pues ya dice: Si no das
conmigo al principio, no te desanimes. / Si no me encuentras en un lugar, busca
en otro. / En algún sitio te estaré esperando.
«Contemplar el mar ilimitado
y, en su seno, un barco que zarpa, con las velas
desplegadas,
aun
las de la gavia,
y el gallardete flameando. Navega el buque, navega,
majestuoso,
las olas, abajo, lo emulan, pugnan por
adelantarlo,
lo envuelven con el fulgor de su ondular y sus espumas».
[La edición llevada a cabo por el filólogo y
poeta Eduardo Moga, en la que ha empleado dos años en traducir el libro, es un
ejercicio necesario en esta época tan acostumbrada a pucherazos (Galaxia
Gutenberg, 2014)].
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martes, 13 de enero de 2015
La esclavitud moderna (Mundial de Fútbol de Qatar)
La esclavitud moderna es
expresión sobre la que giran los títulos de varias obras que se publicaron en
España hace un siglo, más o menos. Una de ellas es traducción de Lamennais (editada
por Vértice, en 1928). Otra es de León Tolstoi (editada por Maucci, en 1905).
Otra de John Davis (a cargo del Centro de Propaganda Obrera de Tampa, Florida,
en 1896). Pero también las había patrias: la anónima La esclavitud moderna o El derecho de los trabajadores (primer
número de Biblioteca del Obrero, Madrid, 1871); la de Palmiro del Soto, es
decir, José Alarcón (editada por La Voz del Cantero, Madrid, en 1905); la del
médico Emilio Z. de Arana, emigrado a Argentina (publicada por el grupo Ciencia
y Progreso, de Rosario, en 1898, como La
esclavitud antigua y la moderna); la del jornalero autodidacta Francisco
Caro Crespo, muerto joven de tuberculosis (editada por Generación Consciente,
de Valencia, en 1926, como Carne de
esclavitud, obra de teatro); la del obrero Juan Durán Gómez (por La Revista
Blanca, en 1935, como Estigmas de
esclavitud); la del atrabiliario Elías García (en colección La Novela
Ideal, 1929, Esclavitud); o la del
pensador Ricardo Mella (editada por el asturiano Bautista Fueyo en Buenos Aires).
Podríamos continuar con más
títulos, pero todos refieren esa esclavitud a que someten unas personas a otras
en nuestros días tan modernos (incluida la trata de mujeres). En las
construcciones que se están llevando a cabo para el Mundial de Fútbol de Qatar
2022, los empleadores (como gustan de llamarse), entre otras cláusulas,
prohíben a sus empleados salir del país sin su permiso. De ese modo tienen
atados y bien atados a los miles de trabajadores nepalíes que contratan. Es un
ejemplo. Han muerto ya unos cientos de ellos. Pero, ¿cómo defenderse en un país
donde la justicia se retarda meses y años, y absorbe todos tus posibles ahorros?
Familiares y accidentados sólo tienen un modo de salir del país: renunciando a
cualquier derecho de reclamar lo que les pertenece.
Este Mundial, representación de
una sociedad tan idealizada en occidente, con grandes torneos anuales
deportivos y carreras del motor, cuenta con dos embajadores, famosos
futbolistas, ahora entrenadores (tan idealizados ellos en la prensa). Nada
dicen de esta esclavitud ni de las cartas que alguno de los que están allí
atrapados les han escrito, caso del también futbolista Zahir Belounis.
jueves, 8 de enero de 2015
Poesía (no) eres tú
La Sierra del Moncayo está
soberbia estos días con nieve y luna llena. Igual desde Noviercas, desde
Veruela o desde Castilruiz. Y por allí pensaba estos días en el cambio de valor
que ha tenido esa expresión que tanto nos atraía en la adolescencia, escrita
por aquel romántico que pasó jornadas por aquellas tierras, y sobre el que se
han escrito cientos de páginas, laudatorias unas, denostantes otras.
No se sabe muy bien a quién iba
dirigido aquello de poesía eres tú, o a quienes, pues podía ser una forma de
nombrar a la mujer ideal, a las mujeres deseadas o ideadas por el poeta en Cartas literarias a una mujer, Rimas o Leyendas. Y ahí parece que está la cuestión: poesía es ella y poeta
soy yo. Ella es lo incorpóreo, lo
fragmentado, lo que queda fuera del alcance, lo sentimental. Yo soy la inteligencia que puede dar
forma a un poema, que posee la suficiente sensibilidad para hacerlo.
Además, en la vida de Bécquer,
hay varias mujeres, pero ninguna de ellas con la suficiente vida como para
colmarlo. Él se queda deslumbrado por su belleza, por su voz, por sus
movimientos. Y, luego, ellas lo dejan herido de muerte, sin comprender lo que
necesita. Así es como parece que sus amigos (y su sobrina Julia) montaron la
vida de este hombre que pasó tantas penurias económicas. Julia Espín, Marquesa
del Sauce, Elisa Guillén y, sobre todo, Casta Esteban, madre de sus tres
criaturas (que tuvo que mendigar para mantenerlas), quedaron como mudables y
altaneras, cuando no vanas, caprichosas o ignorantes.
Incluso hay para quien Bécquer
es el anverso de la prostituta, tomando en cuenta aquella apreciación de
Baudelaire en la que dice que en ambos casos se venden por dinero.
Todo esto se puede saborear en
el libro de Isabel Navas Ocaña, Poesía
eres tú… Pero y no quiero ser poesía (Visor, 2011), apreciable ejercicio
expositivo.
[La ilustración es de Bécquer, El poeta y las musas].
jueves, 1 de enero de 2015
¿Por qué escribe usted?
Desde hace unos tres años la Camarera realiza una curiosa actividad, cuyo resultado anota cuidadosamente en un cuaderno: pregunta a la gente que escribe ficción (y que visita el local) «¿Por qué escribe usted?». A primera vista, pareciera empeño inútil (o bastante limitado) al tratarse de una ciudad provinciana. Pero no deja de sorprender la cantidad de respuestas que lleva acumuladas. Gente periodista que se ha dado a la escritura; dos o tres vacas sagradas que se acercan en la semana de la Feria del Libro (celebrada con anterioridad a la de la gran urbe); personas nacidas en la región que giran en las promociones culturales de los entes políticos o económicos territoriales; literatos de la ciudad. En fin, un goteo ante el que ella se las arregla para sacar la conversación con alguno de sus tantos encantos hasta que considera apropiado el momento de deslizarles la susodicha pregunta. No en vano están en una cafetería del centro, con sabor.
Hay de todo en las respuestas de quienes escriben, desde el simple entretenimiento a la necesidad imperiosa de expulsar los demonios que le corroen las entrañas; desde el placer de expresar belleza a la urgencia de transformar la sociedad; desde intentar conocerse a sí misma a tratar de entender a los demás. Yo le digo que, en fin, a mí me parece que lo que más busca la gente es que le quieran y eso es lo que hace que urdan negro sobre blanco. Ayer le hablé de que alguna de las firmas que tiene en su bitácora han dado respuestas distintas según dónde, cuándo y quién les pregunta, y le menciono a Enrique Vila-Matas (al que no tiene encuadernado y se moriría por incluirlo) que se jacta de haber respondido unas veinte maneras distintas a ello. Lo dice en el prólogo a la nueva edición (2005) de La asesina ilustrada, esa casi primeriza novela suya a la que no le vendría mál una corrección (superficial) de estilo, en la que ya pueden verse trazas del enorme escritor que es. Y, sin duda, como también se apunta aquí, lo que hace quien escribe es imitar, es decir, reproducir una actitud ya ocurrida, por lo que habría que abordar a quien primero lo hizo para obtener respuesta satisfactoria a esto.
A mí, por supuesto, no me plantea la cuestión, pues la Camarera entiende que estas (llanas) anotaciones son intrascendentes, impropias de recibir cualquier calificativo coturno.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Alegría de estar viva
Dice así el papel doblado que
hay en la silla: «Agradezco a mis enemigos la energía que descubro en mí. Nunca
hubiera deseado tenerlos. Prefiero que la gente me quiera. Pero, de no contar
con la enemistad de algunas personas, con el diamante hiriente que rayan sobre
mi piel, ahora sería una piedra de cal común que descansa al sol en el lecho de
un antiguo arroyo. Sin embargo, después del dolor de las palabras lacerantes (y
aun vejatorias), la geoda se ha abierto y he descubierto las amatistas,
calcedonias, ágatas y calcitas que conviven en mi interior; los cuarzos diseminan
turquesa y añil por la superficie; las iridiscencias blancas me llenan de
atractivo; el negro me anuncia fuerzas y reinos ocultos. Pocas sensaciones
tengo por más placenteras que el perdón que extiendo sobre ellos».
Me levanto de la mesa donde he
estado en la cafetería, pues la barra estaba ocupada cuando he llegado, y le
pregunto a la Camarera si recuerda quién ha habido en aquel lugar. Me dice que
una mujer morena, de mediana edad, y que le ha sorprendido la viveza de su
rostro al acercarse a pagar. No le doy más explicaciones, pues esta mañana está
muy animado el local. «Ya te comento en otro momento».
Salgo al vientecillo fresco de
esta mañana de escarcha en la que el agua de la fuente del paseo se ha helado.
Es el solsticio de invierno.
lunes, 22 de diciembre de 2014
Lo bello, lo sucio... y lo real
Dice Baroja (Pío) que Francisco
Sancha (1874-1936) dibuja con gran semejanza a lo que es su literatura: un
espacio en el que se produce la confluencia entre lo bello y lo sucio. Algo
necesario ‒pensamos‒ para construirnos en esa tercera dimensión que es la
realidad, lo que cada cual es, pues no nos extinguimos en el choque (más o
menos afortunado) de los contrarios. Somos llama. Y es aquí donde el arte halla
una de tantas utilidades; rehaciéndose, nos construimos en él. Pero no disponemos
de demasiado tiempo para emplear en nuestro conocimiento, ni existen relajados
foros públicos en donde cultivarse. Solo el afán propio y una dosis de ingenio suficiente
nos permiten escapar a la vulgar chanza de la información.
Entretengo varios momentos de
estos días en la lectura de Las chicas de
campo, de Edna O’Brien. Tal vez necesiten sus personajes algo de la
profundidad psicológica de la Lispector, pero no puede dudarse de la maestría narrativa
de la autora irlandesa; tan certera en las descripciones de corta pincelada;
tan cercana en sus personajes, que nos hace sufrir en no pocos pasajes con la
actuación de Caithleen, la adolescente que pasa a la juventud, apartándose sin
querer (y sin remedio) de las relaciones que la sustentaban. De tal modo que,
con sorpresa, nos sentimos letraheridos.
Pintura y literatura en el
empeño de acompañarnos, de conocernos, lejos
de aquellos tópicos de que el arte sirve para transmitir valores (democráticos).
[Por cierto, ahora está visible en el Museo del ABC una muestra de Sancha, casado que
estuvo con una brillante mujer: Matilde Padrós].
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miércoles, 17 de diciembre de 2014
Cantares
Escribe La Mettrie (1709-1751)
en el discurso preliminar a sus Obras filosóficas: «Nuestros escritos no son
para la muchedumbre otra cosa que cantares». Y, sin que tenga mucho que ver,
ello me recuerda una situación del verano pasado. Estábamos en una casa de
montaña un grupo de unas veinte personas pasando el fin de semana. En la noche
del sábado salimos al fresco y nos pusimos a cantar. En fin, intentamos cantar,
pues la mayoría no seguíamos las letras y acabábamos con el lalalala. Entonces,
Marlen, una chispeante alemana, con su deje teutón, dijo: «Cuando yo llegué a
España, se cantaba en todos los sitios».
Y es verdad, pensé. Cuando niño,
al andar por las calles, escuchabas los cantos de las mujeres saliendo por las
ventanas de casa y las chicas siempre cantaban en sus juegos. Los hombres lo
hacían en las faenas. Y qué decir de los mozos en la cantina, después de merendar
los domingos, donde siempre había alguno que comenzaba Cuando yo me emborrachaba / mi madre me iba a buscar…, acompañando
de seguido los demás en su lamento, que también era de llamada a «aquella».
Algún vestigio ha quedado en la ronda por los terrizos de las fiestas de agosto,
cuando ya los ahora casados, al haber apurado tres o cuatro vasos con
melocotón, se atreven con los oxímoron de Que
la nieve ardía. / En el alto del Moncayo / soñé / que la nieve ardía. / Y por
soñar imposibles / pensé / que tú me querías.
Y a ello nos entregábamos en
muchas de las ocasiones de la época de estudiantes, paseando por la alameda pensando
Cuando en la playa / mi bella Lola / su
lindo talle / luciendo va. O al tumbarnos boca arriba, en las noches de
primavera, en lo alto de la escalinata (ya desaparecida) de la catedral vieja
para contemplar con comodidad las estrellas, La torre de mi pueblo / no la puedo olvidar. Por no hablar de
Víctor Jara o de Santa Bárbara, que eso daría para otra anotación.
Mientras esto escribo, escucho Wish it was true de The White Buffalo, con los
auriculares. Pero mi garganta está más seca que antes. Pues a estas
cavilaciones me derivan las palabras del autor de Historia natural del alma y Discurso
sobre la felicidad.
viernes, 12 de diciembre de 2014
Cuidados del campo (o bichos raros)
Hace un año, o así, tuvimos unas
conversaciones con la Camarera sobre campo y ciudad. Macario, que es un hombre
efusivo, decía que no viviría en un pueblo ni de broma; el nació en uno de la
provincia y permaneció allí hasta que hizo la mili, época en la que se apañó
para encontrar trabajo en una fábrica de la capital, pues la dureza de aquellas
tareas no le atraían. Por mi parte, les contaba los encuentros que tuve, en los
años ochenta, con Julián, uno de los personajes más curiosos que conocí por
entonces; había estado en el exilio francés después de la guerra y había vuelto
terminada la dictadura; nacido en un pueblo riojano ‒San Vicente de la
Sonsierra‒, había participado en colectividades agrarias y trabajado en
colectivizaciones de fábricas; con toda su experiencia en situaciones que
exigen sacrificio y generosidad, nos decía: «Con la gente campesina, voy al fin
del mundo; con la gente que trabaja en las ciudades…, hasta la esquina».
Aquello me ha hecho reflexionar
muchas veces. Y este par de semanas en que he estado leyendo para el club de
lectura El viento de la luna, de
Muñoz Molina, me han venido de nuevo a la mente las palabras de Julián. El
libro refleja no solo modos de vida diferentes de ahora y de antes, sino
maneras distintas de relacionarse con los productos de la naturaleza y con la
Naturaleza misma. Habla del cuidado con el que tienen que manipularse objetos o
frutos de la huerta, poniendo especial atención en que no se estropeen o echen
a perder los tomates o higos que están madurando. Pero en la ciudad, ¿qué
atención debemos tener ante los objetos de la mesa de escritorio o en la cadena
de producción?
Tal vez somos bichos raros. Sin tierra.
domingo, 7 de diciembre de 2014
Risas y música
En estos días tan serios hacemos
un apartado en un rincón y podemos relajar los cuerpos y desconectar las
mentes, al tiempo que incrementamos nuestro diccionario personal con las
definiciones de Les Luthiers sobre el mundo musical, abriendo paso a esas partes
anquilosadas del cerebro, deseosas de la sorpresa:
Director: Persona que, colocada en una tarima frente a una
orquesta, responde al estímulo de la música agitando sus brazos.
Flauta de pan: También llamada pan flauta // Bartolo tenía una (con
un agujerito solo).
Gallo: Ave de corral que anida en las cuerdas vocales de algunos
cantantes.
Jota: Letra que se baila en Aragón.
Notas: Las siete maravillas del mundo de la música.
Plagio: Fuente de inspiración.
Radio: Medio de comunicación que podría haber servido para la
difusión de buena música.
Silencio: Ausencia momentánea de sonido. En algunos compositores,
ausencia definitiva de oyentes.
Ut: En los crucigramas, antiguo nombre de la nota "do".
Zampoña: Instrumento musical venenoso.
Es un extracto de la
contribución «Les Luthiers de la A a la Z», publicado por la revista Claudia en octubre de 1980, donde dan
una definición por cada letra del alfabeto.
(De paso, señalemos el origen del nombre de las
notas musicales, extraídas por Guido de Arezzo, en el siglo XI, de la primera
sílaba de cada verso del poema en el Himno
a San Juan Bautista, compuesto por Pablo el Diácono en el siglo VIII: Ut
queant laxis / Resonare fibris / Mira gestorum / Famuli tuorum / Solve polluti
/ Labii reatum / Sancte Ioannes; Para que puedan / exaltar a pleno pulmón / las maravillas / estos
siervos tuyos / perdona la falta / de nuestros labios impuros
/ San Juan. Más adelante, en el siglo XVII, G. B. Doni sustituye ut por do[ni] para facilitar la pronunciación).
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Deseos en el camino a Oz
Los estudios que hace unos años
se hicieron sobre el siglo veinte recogen los acontecimientos que se producen
durante los cien años que ocupa, principalmente en la cultura de Occidente o en
la órbita y el prisma de la misma. Por lo general, se dice que ese siglo
comienza con esperanza, basada en los avances de la ciencia, que iba a propiciar
el progreso de la sociedad, algo que año a año es desmentido por las crueldades
que se suceden en distintos territorios. No todo el mundo opinaba así, claro.
Baste leer a José Martínez Ruiz (1873-1967) en Notas sociales, Literatura, Charivari o Boemia, escritas entre 1895
y 1897, para ver que sostiene la incapacidad de la entonces recién implantada
socialdemocracia de resolver los problemas, pues considera que la civilización
europea está moribunda, incapaz de regenerarse; entrado el siglo veinte, este
autor se transmuta en Azorín y…
Y también hay un acontecimiento
literario que sucede en 1900, que no recogen los manuales de Historia: la
publicación de El mago de Oz, escrito
por Lyman Frank Baum, cuando cuenta con cuarenta y cuatro años, e ilustradas
por William Wallace Deslow. Una historia fantástica que desea amoldarse a las
corrientes pedagógicas del momento y a la infancia de la era industrial. Según
decía en la breve introducción a la primera edición: «Aspira a ser un cuento de
hadas modernizado, en el que se mantienen la alegría y la fantasía, y se
suprimen las penas y las pesadillas». Según suele suceder, su éxito fue
rotundo, aunque nadie sepa exactamente a qué obedeció. De ahí que el Historiador de Oz compusiera otros catorce
textos ambientados en este país.
Desparecen las hadas, los genios
o los enanos. Nada de acontecimientos espeluznantes, de los que puedan
extraerse moralejas. La moral ya la incluye la enseñanza de la época. Ahora se
pretende solo el entretenimiento.
La realidad completó la fantasía
de Dorotea en nuestro camino a Oz.
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