viernes, 27 de enero de 2012

¿Sirve para algo la lectura?

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Aunque nos resulte extraño, es esta una pregunta que se ha planteado a lo largo de la historia y que ha tenido respuestas dispares, siendo algunas de ellas negadoras de los beneficios de la lectura. Bien es cierto que parten de la idea de que existe un ser o naturaleza suprema que ya se encarga, por sí, de que nazcamos con los conocimientos que necesitamos para vivir satisfactoriamente en nuestro peregrinar terrestre. Y, en el caso de que nos empecinemos en anadar por los caminos de ciencia, dejaremos de escuchar su voz.

Si echamos una ojeada al Diccionario histórico de las heregias, errores y cismas ó Memorias…, de François A. A. Pluquet (traducido y publicado en 1792 en Madrid), vemos que entre los grupos que defendían la ignorancia los Cornificianos, en el siglo XII, seguidores de un personaje al que se le tilda de oscuro: Cornificio (detractor de Virgilio), poeta algo mediocre, al que el genio lombardo no se molestaba en replicar (pues se decía de él que la envidia no se posaba en su corazón). Pedro Abelardo, al que atacaron por sus pretensiones de celebridad, mantuvo con ellos enconadas diatribas, estableciendo el principio de que no hay conocimiento que no sea útil y bueno en sí mismo para la Filosofía y Teología cuando se ama la verdad. También disputó con ellos Juan de Salisbury, fino escritor en latín, plasmándolas en el Metalogicon.

Igualmente, se hallaban en este lado los llamados Abecedarios, del siglo XVI, rama de anabaptistas cuyo nombre se les asignó al sostener que ni aun las letras de alfabeto había que saber si se desea alcanzar la salvación; su principal figura fue Stork, discípulo de Lutero, y uno de sus más conocidos practicantes fue Carlostadio, que renunció a la universidad y a su título de doctor para hacerse mozo de esquina, tomando el nombre de hermano Andrés.

¿Servirá para algo útil el madrugar (para prestar libros)?

lunes, 23 de enero de 2012

Cuesta de enero

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«La Bibliotecaria devolvió la tarjeta de la biblioteca a la sonriente mujer que se inclinaba en el mostrador. “Ya tienes la sesión abierta, Mmemba, es el ordenador número cuatro. ¿Tu amiga quiere otra?”. “No, no, gracias. Vamos juntas”. Mmemba recogió la tarjeta, se volvió hacia la mujer que estaba detrás de ella, sujetando su espalda, y le habló en francés. Era bastante más joven que ella y, posiblemente, también fuera de Senegal. Las dos caminaron hacia los puestos de la pared del fondo, ligeras, como nubes en el cielo de un amanecer de verano, ya inmersas en la tibieza que el sol expande en la primera hora.

»Sin papeles, pensó la Bibliotecaria. Apenas hacía dos días que se había incorporado a la biblioteca el libro Las cazas del hombre. El ser humano como presa de la Grecia de Aristóteles a la Italia de Berlusconi, de Grégoire Chamayou (Errata Naturae Ediciones. Colección La muchacha de las dos cabezas. 2012), en traducción de María Lomeña. La historia de la violencia desde el Poder opresor –distinta de la de humanos contra humanos− requiere la previa división entre cazadores y presas, asignándole a cada cual distinto grado de humanidad. Es lo que venimos haciendo, desde antiguo, con la persecución de esclavos fugitivos, pasando después por gente de raza negra, india, por exiliados, judíos y, en la actualidad, por sin papeles.

»La Bibliotecaria estampó el sello en la portada del libro y en dos páginas interiores aleatorias; después le colocó el antihurto. “Tal vez, sea lo que ha hecho el capitalismo con la gente pobre”, se le ocurrió».

miércoles, 18 de enero de 2012

Hadas animantes

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¡Sorprendentes los textos de Bogdanovitch! Diario, cartas, informes… remiten a la paulatina configuración de un estado mental en el que se confunden realidad y ficción. Apenas dos meses antes de que estallara la primera guerra mundial, Aleksandr Bogdanovitch (1876-1915) llega al bosque de Broceliande, en la Bretaña francesa, en la segunda mitad de mayo. Iba comisionado por Rasputín, en calidad de científico del Gabinete de Ciencias Ocultas, para montar allí un campamento donde investigar la elaboración de un elixir de la inmortalidad.

Aleksandr había contraído matrimonio en 1900 con la bailarina Irina Gruchetski y, en 1904, habían tenido a Elena. El lugar contaba con numerosas leyendas que le atribuían la existencia de duendes y criaturas portentosas. Se instaló en el recóndito pueblo de Paimport, contactando de inmediato con Léopoldine, arisca y enigmática curandera del lugar, conocedora de parajes y plantas. No sin hacerse rogar, fue dándole indicaciones al distinguido forastero, que cada día iba adentrándose más en la espesura al encuentro con gencianas, cicutas, asfódelos, pilularias, eriophorias…, analizando flores, hojas, rizomas…

Escribe el 5 de julio de 1914: Me tiemblan las manos ¡He hecho un descubrimiento increíble! […] Al estudiar hoy una plantación de aruma, he visto una criatura del tamaño de una cabeza de alfiler escondida al fondo de la flor tubular […] ¿Tal vez la legendaria eficacia de la flora de Broceliande se debe a estos pequeños seres? Y el 25 de mayo de 1915, con una asfódela: Los seres que habitan en ella son tan asustadizos que he tenido que hacerlos salir con humo […] Me ha conmovido la mirada que han puesto cuando me he acercado a ellos. Y continúa, con el eléboro: Estoy seguro de que esos seres no son solo animales; tienen capacidad de reflexión.

Aleksandr, con estas presencias, dejó de escribirle a Irina; se fue aficionando al chouchen (licor local); descuidó su aspecto. El 5 de septiembre de 1915 desapareció su cuerpo, quedando su ajada ropa junto al lago de las hadas. Las numerosas batidas realizadas en la zona no consiguieron dar con él. Es más, en una de ellas, un año después, desaparecieron Irina y Elena.

[Sobre ello se ha publicado el precioso libro-álbum El herbario de las hadas (Edelvives, 2011) por Sébastien Perez y Benjamin Lacombe, con ilustraciones de este último, que aquí mostramos].

jueves, 12 de enero de 2012

Monodias en el título. Incipit

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Omniun expetendorum prima est sapientia, in qua perfecti boni forma consistit [De todas las cosas que se han de buscar, la primera es la sabiduría, donde reside la forma del bien perfecto]. De semejante manera, tan evocadora de Boecio (480-525), comienza el Didascalion –Arte de la lectura–, de Hugo de San Víctor (1096-1141), escrito hacia 1128, enraizado en la tradición agustiniana. Según sabemos, los manuscritos medievales no tienen título (por lo general) y son citados por las primeras palabras de su texto, lo que llamamos el Incipit (complementadas con las últimas, Explicit). Es decir, no se les asigna una palabra clave o expresión –el título−, que resumiría (supuestamente) la obra, sino que es un monocorde de una pieza musical por la que cualquier intérprete avezado la reconoce.

Los notas primeras de esta obra no solo nos remontan a Agustín de Hipona (354-430) o Boecio, sino que evocan al mismísimo Terencio Varrón (116-27 a.n.e.), bibliotecario de César y de Augusto, autor de la primera gramática normativa del latín (pero al que el vulgo conocemos como el primero en nombrar la mortadela), que definiera el aprendizaje como búsqueda de la sabiduría. Porque la sabiduría a la que se refieren no es algo, sino alguien. Una realidad que salvará al mundo de su decaimiento. Y para acercar esta emancipación hay que aplicar remedios, entre los que se encuentra la Lectura, concebida así como técnica curativa (de carácter ontológico, para Hugo).

En fin, no nos extendemos más; quien lo desee, puede embeberse la obra de Iván Illich, En el viñedo del texto (Fondo de Cultura Económica, 2002), hermosa e ilustrada disertación sobre el místico medieval francés, del que escribe Ghellinck: «El estilo de Hugo es de una energía delicada con un discreto fervor que le permite representar el funcionamiento interno del alma [scruter les états d’âme]».

viernes, 6 de enero de 2012

Felicidad (clandestina)

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Hablábamos hace unos días de la similitud entre Lilith (mujer primigenia del mito judío) y Clarice Lispector (1920-1977), apuntando los angustiados personajes que crea la escritora en sus relatos literarios y las angustiosas expresiones que pueblan los mismos. En concreto, nos referíamos a La pasión según G.H., aunque igualmente pueden verse en Cerca del corazón salvaje, La imitación de la rosa o La hora de la estrella. Entrarían dentro de lo que ha dado en llamarse el «no-estilo».

No obstante, Clarice es escritora de variadas claves. Y, si no, que se lo digan a la Bibliotecaria, que desde hace tiempo tiene el cuento Felicidad clandestina (1971) como uno de sus textos preferidos. Nunca se cansa de escucharlo. Cada vez que leo en alto (y sucede con frecuencia, pues ella es bastante vaga para eso; le encanta abandonarse, entornar los ojos y escuchar plácidamente), siempre acaba pidiéndome Felicidad clandestina. Recuerda a una niña que escuchara Ricitos de oro y los tres ositos, que noche tras noche utiliza sus palabras para ir cerrando los ojos, a cubierto por el embozo.

martes, 3 de enero de 2012

Anillo de derrota

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«La Bibliotecaria comenzó el año con una derrota. Atenta al dolor, envió un mensaje a las dos personas cercanas que habían perdido a un ser querido durante los meses pasados: Deseo que, en las heladas noches, tu dolor no sea tan inmenso como su valía (emulando en el texto, confusamente, palabras propias con alguna escena de Macbeth). Poco más daba de sí esta mañana primera del año, pues en las llanuras de fuera y en las de adentro se había suspendido la vida, paliada en todo caso por el tibio sol que estaba aguando la escarcha en los sembrados. El sendero era recorrido por tres hileras de hierba seca, que tenían a su vera una estrecha línea blanca, allí donde permanecía la sombra.

»Se sentó en un mojón y depositó en la tierra El gato de Schrödinger en el árbol de Mandelbrot, de Ernst P. Fischer (Ed. Crítica, 2008), que había llevado de compañía. Tomó su anillo y lo colocó en el centro de la palma de la mano izquierda. Ese día necesitaba el Uroboros para entrar en la posibilidad, en ese tercer estado entre la realidad objetiva y la percepción subjetiva, que no existe hasta que no das con él, en el que se disuelven y resuelven los asuntos complicados. Se concentró.

»No recuerda el tiempo que permaneció así. El sonido lejano de las campanas la volvió. El viento soplaba con fuerza. Se abrigó. Al parecer, nada había sucedido en el duermevela, las aguas no habían dejado ninguna canastilla en la orilla. En la palma de la mano, ahora algo dolorida, quedaba la silueta de un círculo caliente. Añoró la dicha de los sueños de Kekulé (1829-1896).»

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Velero en viento de Castilla

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¿Puede subsistir un sencillo velero en tierra castellana? Aire, agua, tierra y fuego en la duradera mentira de la sangre. En los días, con la hierba parlante; en las noches, con las cálidas estrellas. Mástil enramado al que acuden las aves, posadas en su desnuda superficie de escarcha (que el sol regala durante la mañana), mientras otean el redondo valle. Cuerpo-alma a la que nos abocan las religiones; pensamiento-materia en la que nos sume Descartes; arte-ciencia, altivos chopos en la vera del arroyo –Burgostecarios–, vereda hasta el Duero, camino a la mar. Bohemio titiritero viviendo en la ciudad.

La pintura surrealista de Wladimir Kush (1965) es de esas creaciones que responden a la pregunta que nos hacíamos al inicio de esta anotación. Los componentes de sus cuadros no tienen lógica (externa) y, si nos apuran, carecen de profundidad, pero reúnen los elementos que unifican las verdades contrarias; se mueven (como pez en el agua) entre imaginación, música y pasión, proporcionando asiento en la borda a las letras (con las que se describen las Personas) y a los números (con los que escribe la Naturaleza). Así es como La Vela Blanca va y viene entre la nieve, la niebla, las flores, el dolor, el trigo, la humillación, los interrogantes…

Un año más, ¿por qué no?. Salud.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Canción de cuna (berceuse)

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La Bibliotecaria me habla de sus canciones de cuna y tararea versos del “Libro de nanas” (Editorial Mediavaca, 2005) –“Duérmete niño, un jilguerillo vuela al campanario. Duérmete niño, y aposenta los sueños en tu cuna de hojas y tiernos leños”−. A mí, en cambio, no me cantaron ninguna. Tengo la seguridad de ello, pues, de haber sucedido, recordaría una voz melodiosa semejante; y alguna parte de mi cuerpo o de mi mente vibraría al oír sonidos o canciones como las que ahora escucho –“A dormir va la rosa de los rosales. A dormir va mi niño porque ya es tarde”−. Lo recordaría, sin duda, cuando vienen las noches frías y el fuego del hogar extiende las sombras en las paredes del cuarto –“Ea, ea, ea, que mi niña no es tan fea. Y si lo es, que lo sea, ea, ea, ea”.

La Bibliotecaria me dice que me consuele con su arrorró y con las nanas de la música culta. No es que no la escuche con agrado, tiene su dulce personalidad. Pero no, no es lo mismo. Así que tengo que completar mis carencias –lejos ya el bebé asustado− con algunas “berceuse”, esas canciones de cuna compuestas en música clásica (que incluso se han versionado en ritmo comercial y circulan por nuestra vida adulta). Ravel, Balákirev, Stravinsky o Listzy las compusieron. Sin duda, una de las más conocidas es la de Brahms (1833-1897): Wiegenlied, opus 49, n.º 4. El pianista (criado en los suburbios de Hamburgo) la escribió hacia 1868, al nacer el segundo hijo de su amiga Bertha Faber, cantante de ópera, las cual se la susurraría después en numerosas ocasiones en sus paseos por Viena.



[Si se quiere escuchar nanas populares, ahí queda la página arrorrolullabies.com.ar/]

lunes, 19 de diciembre de 2011

Colores ateos

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La Bibliotecaria me convenció para que, este fin de semana, fuéramos a ver los colores del campo –«Ya sabes que Díaz Caneja pintaba a Castilla como quien pinta a una mujer»–. El retraso de las lluvias este otoño ha llevado a que se haya labrado tardíamente, con lo cual se ha sembrado poco cereal temprano y, en correlación, la mayoría de las piezas están ahora en espera del tardío. Bordeamos Soria, atravesando el Duero por su puente más reciente, y nos encaminamos en dirección a Narros. Pasados unos kilómetros, tomamos el camino que sube a un alcor, dejando el coche al abrigo de unas encinas. Casi llegando a la cima, en una caprichosa hondonada, se nos cortó la respiración. Eran tres ensenadas rojas en medio de una mar de hierba seca. Nos cogimos de la mano. El color de la tierra labrada había vaciado nuestros músculos y temimos caer.

Transcurrieron los minutos. Recuperadas, subimos a la cima, desde donde contemplamos la gama de pardos en el redondo valle, remendado con el tierno verde de algunas tablas. Casualmente, en estos días estamos leyendo (Hitch-22) al recién fallecido Cristopher Hitchens (1949-2011), un hombre que perdió la fe en sus días de juventud, sin creer por ello que accedía a la razón irrefutable –¡qué lección!–. Pocas personas, durante la segunda mitad del siglo veinte, han estado en el ojo del huracán como él. No es de extrañar ello, si reparamos en que señalaba que a Teresa de Calcuta y a Lady Dy no les interesaba la gente pobre, sino la pobreza, con el objetivo de congratularse (o tener identidad) ante la gente rica. Trató de vivir contra los totalitarismos. De ahí que dijera que es menos nocivo pensar en Dios que actuar como Dios.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Silencio

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Escribe el hombre de letras Walter Benjamin (1892-1940) que al final de los libros está el silencio. Ése es su objetivo. O sea, que el caudal de palabras que contienen −ya nos llegue a raudales ya gota a gota, dependiendo de la apertura que hayamos dado a nuestro cuerpo y mente, o dependiendo de la capacidad del texto para seducirnos− se sumerge abruptamente al acabar la última línea (se ha suprimido de los relatos el tan sugerente FIN), cual si discurriera por tierras kársticas, y nos deja ante el silencio.

El mismo Benjamin, en un artículo dedicado a Robert Walser (1878-1956), hace referencia a la Tertulia de los Parcos, grupo compuesto por los pintores Arnold Böcklin (1827-1901), Carlo Böcklin (1870-1934) y el novelista Gottfried Keller (1819-1890), los cuales adoraban el silencio. Cuenta que en una de sus reuniones en el café de costumbre, pasado un buen rato, el joven Böcklin habló al aire: «Hace mucho calor». Su padre, al cabo de un cuarto de hora, corroboró: «¡Y que poco corre el viento!». Keller, dejando correr los minutos sin prisa, se levantó y dijo: «¡Ya basta! No puedo permanecer más entre charlatanes».

Y tenemos que recurrir a palabras para nombrarlo.

[La fotografía es Noviembre, de Juan Sevilla, en Flickr].

viernes, 9 de diciembre de 2011

Clarice y Lilith

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Hablando con la Bibliotecaria de lo intrincado que resulta el libro La pasión según G.H. (1964), me comentaba que su autora, Clarice Lispector (1925-1977), le recordaba la figura de Lilith, primera mujer de la creación, anterior a Eva, que se negó a recibir órdenes de Adán y, voluntariamente, se marchó del Paraíso. Cuenta el mito sobre esta mujer, que no veía por qué tenía que estar acostada debajo del hombre cuando realizaban el acto sexual de la unión, a lo que Adán replicaba que porque lo ordenaba él. Y ello fue suficiente para que Lilit saliera volando del Edén y se marchara a la costa del Mar Rojo, lugar en el que convive con los demonios en frecuentes francachelas.

La verdad, hay motivos para la semejanza. Clarice es de origen judío (ruso) y Lilith es un personaje originado por este pueblo, al parecer en los tiempos en que estuvo exiliado en Babilonia. La etimología de la palabra (con la raíz li, que significa noche) hace referencia al movimiento de torsión o a lo que envuelve la tierra. En todo caso, G.H. es un personaje que se emparenta con lo primigenio, que se confunde con la Naturaleza, que se vuelve Silencio, en una narración ya no muy habitual, con alusiones al existencialismo de la época en que se escribió, con pretensiones metafísicas.

No por ello hemos de desecharla, guarda en sus páginas bocados exquisitos.

[Lilith (1892), de John Collier]

lunes, 5 de diciembre de 2011

Imágenes (de palabras)

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Pertenecemos al segmento de quienes piensan que una imagen no vale más que mil palabras. Desde luego, que hay instantáneas que impactan o que reflejan –con elocuencia− lo que está ocurriendo en un determinado lugar. Pero sabemos que ese conmover está demasiado relacionado con el sentimiento que provoca en quien las mira, y que va diluyéndose a medida que se repite la visión mostrada. En cambio, la palabra es capaz de argumentar reflexiones duraderas y, por lo tanto, dar lugar a la actuación consciente y no impulsiva a la que lleva la imagen.

Pero hoy hablaremos de las imágenes construidas con palabras. Las que ha elaborado la literatura desde que nació. Qué sería de ella sin las imágenes, sin esas metáforas que dotan al lenguaje de una singularidad impensable en el habla de la vida cotidiana. Que se lo pregunten a Tomas Tranströmer, actual Premio Nobel, que competía con el también poeta sirio Adonis. Que se lo pregunten a la anterior poeta galardonada: la polaca Wislawa Szymborska. De Tomas –imágenes de naturaleza y música− dirá Lars Gustafsson, que sus poemas reflejan el momento en que la niebla se disipa, cuando por un breve instante se rompe la cotidianeidad.

«Mañana, trabajo en otra ciudad. Yo me largo hacia allá a través de la mañana / que es un gran cilindro azul oscuro. Orión cuelga sobre / la escarcha. Los niños se agrupan en un montón silente a la espera / del autobús escolar, niños por los que nadie ruega. La luz aumenta / lentamente como nuestro pelo».

En 1990 sufre una apoplejía y, desde entonces, su esposa Mónica es quien le mantiene este mundo visual.

[Las fotografías son de segundo sombra y de getty]

martes, 29 de noviembre de 2011

¿Leemos lo que se escribió?

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Julio Verne (1828-1905), se decidió por el estudio y la escritura con tal ardor que no dudó en cargar con trastornos estomacales y parálisis facial, toda vez que se había quedado sin recursos para alimentarse debidamente al no seguir el consejo paterno de dedicarse a la abogacía. Es la época que está en París y forma, junto a otros amigos, el grupo Los once sin mujeres, del que deserta en 1857 cuando se casa con Honorine Morel (1829-1910), la cual será madre del único hijo de ambos: Michel (1861-1925). Verne −propenso a pasar los días en viajes− se desentendió prontamente de la vida familiar. Michel tuvo sus problemas, por lo que fue recluido en un correccional y, años más tarde, en un manicomio, a petición de su padre.

Pero la sangre se obstina en ser (como diría María Zambrano) y, con el tiempo, se convierte en secretario de su padre, máxime cuando este recibe, en 1886, unos balazos de su sobrino Gastón (con sí mantenía una relación cordial). A la muerte de Julio, su hijo, hecho editor y escritor, manipula los originales sin publicar dejados por su padre y los saca a la luz. Entre ellos figura El ácrata de la Magallanía, que saldría publicado como Los naúfragos del Jonathan, al cual le suprime cinco capítulos y le añade veinte nuevos.

Ahora, el 28 de noviembre de 2011, la editorial Erasmus anuncia su edición en español, reproduciendo el original de Julio Verne, en el que el escritor fantástico deja una especie de testamento espiritual, donde se muestra partidario de la anarquía no violenta. [Y aquí no podemos olvidar que uno de los rumores que corrían en su tiempo es que el manuscrito de Veinte mil leguas de viaje submarino se lo había comprado a la célebre anarquista Luisa Michel].

viernes, 25 de noviembre de 2011

Mujeres celebrando la lucha

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Hace veinticinco años que se creó en Burgos La Rueda, Asociación para la Defensa de la Mujer. Así pues, desde 1986, viene trabajando por una mayor participación de las mujeres en la sociedad; a ser posible, en una sociedad más justa y solidaria. Entre otras actividades, gestiona la Casa de Acogida a las mujeres víctimas de maltrato de género. Por ello, se están celebrando en la ciudad en estos días diversos actos para conmemorar estas fechas: charlas, exposiciones, manifestaciones, etc.
La literatura no es ajena a estas situaciones, a captar y a narrar esa brecha que establecemos -¡en tantas ocasiones!-, dependiendo de si quien tenemos delante es un hombre o una mujer. De ahí que, sin salirnos de la Ciudad del Arlanzón, nombremos a Sara Tapia, escritora que se va haciendo al caminar, cuya opera prima fue el conjunto de relatos agrupados bajo el título Femenino plural, en 2006, que vio la luz en la editorial burgalesa Dossoles. Libro que habla de la singularidad. De ello se ha hecho eco −¿cómo no?− el sitio Mujer Palabra.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Fútbol y versos

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Parece un oxímoron nuestro título. Viene a cuento porque hace unos días, al toparnos con la cubierta del último número de la revista Quimera, nos llevamos un chasco. Está ilustrada con el dibujo de uno de los futbolistas más famosos del momento. Por supuesto que, quienes la dirigen, pueden ilustrarla como crean más conveniente, pero nos cuesta trabajo digerir que una publicación que leemos (con fruición) con regularidad, reproduzca los millonarios deseos a los que puede aspirar la juventud de esta sociedad que construimos.

Se nos dice que eso es lo que hay e, incluso, que ese deporte representa valores de esfuerzo y de entrega. Y, además, que viene de antiguo la unión de fútbol y literatura. Sí −decimos−, es cierto. Hace ya ochenta años que Miguel Hernández compuso su poema neogongorino Elegía al guardameta, dedicado al portero y amigo del equipo de Orihuela, de nombre Lolo (Soler), basándose en el hecho imaginario de que pudiera golpearse contra uno de los postes de la portería después de volar en una estirada que impidiera la entrada del balón (tal vez, emulando el poema de Alberti a Platko):

Te sorprendió el fotógrafo el momento
más bello de tu historia
deportiva, tumbándote en el viento
para evitar victoria,
y un ventalle de palmas te aireó gloria
[...]
Fue un plongeón mortal. Con ¡cuánto! tino
y efecto, tu cabeza
dio al poste. Como un sexo femenino,
abrió la ligereza
del golpe una granada de tristeza.

Pero, entonces, era un deporte que causaba euforia en los barrios. Hoy…

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Animal de palabras

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Parece claro que las personas somos animales de palabras. A algunas de éstas les conferimos significados especiales, lo que las convierte esenciales en su época (pensemos en honor, progreso, revolución… en décadas pasadas; o en indignados, democracia, especulación… en la nuestra). Con ellas –en la literatura− concebimos mundos irreales, complementarios a lo que denominamos realismo, conformando de este modo (por contraste) nuestra realidad. (Esta irrealidad es diferente del ámbito virtual, un mundo paralelo en el que se nos quiere hacer vivir).

Uno de los pasajes de la cultura en donde primero se expresa esta idea seminal es en el Fedro, donde Platón nos habla sobre estas palabras, por boca de Sócrates: «Mucho más excelente es ocuparse con seriedad de las cosas, cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y buscando un alma adecuada, planta y siembra palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre».

Por ello –se nos ocurre−, continúan siendo tan necesarios los libros.

viernes, 11 de noviembre de 2011

1964. Tierras de poesía

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Nos preguntamos a veces −la Bibliotecaria y yo− por qué una misma tierra da tanta poesía. Porque la poesía es un don (no nos cabe duda) similar a la sonrisa o al valor. Y mucho más cuando no alza el vuelo y nos habla de pateras o de la vida laboral. Y mucho más cuando nos habla de su (nuestro) origen. En 1964 nacen en Córdoba dos poetisas valientes.

Balbina Prior (en Villaviciosa de Córdoba), creyente en la palabra −¡con la que nos está cayendo!−, artificiera de pasiones, por si acaso, me tomo cada mañana la molestia, / de acudir a la fuente donde manan las palabras, / apartar residuos tóxicos, bolsas de plástico… / devolver bien condenso un mensaje alto, claro… En libros como Perversidades (1994) o Timos de la Edad Desnuda (2008).

El árbol de la ciencia

En el ordenador portátil del funcionario / puedes encontrar mi currículum académico, / mi declaración de hacienda, / mi lista de parejas de hecho, / y mi alma orinada. / Contra lo negro, más negro. / Contra el luto, más luto.

Isabel Pérez Montalbán, viene de la colonia de casas protegidas del Sector Sur. Según hemos escrito en la anotación anterior, es de las que prefieren vivir de pié. Y describir lo íntimo como público, y lo colectivo como privado. No deja de mirar alrededor, Cuántos mundos se inventan / y cuántas utopías se relatan / en los pulcros ensayos de los economistas. / Es lectura mortal: los criminales / se entrenan en sus páginas. En libros como No es precisa la muerte (1992) o Animal ma non tropo (2008) desgrana su vida enramada.

Puente romano

He tardado treinta años / en nombrarte sin miedo ni vergüenza. / Treinta años sin saber / cómo quererte o cómo hablarte. / Sin acertar ni atreverme siquiera / A decir me has abandonado madre.

[…]

Yo no te quise nunca, ya que tú no existías, / Pero tampoco pude odiarte. / En el temblor del agua te imagino / muriéndote, muy pálida…

[…]

No es verdad que te quiero sobre todo. / Es mentira la sangre.

[La fotografía de Balbina es de Cordobapedia. La de Isabel es de Culturamas].

lunes, 7 de noviembre de 2011

De rodillas... (Los documentos)

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Escuchamos el pasado viernes, en una charla, una frase de esas que nos resultan, en el momento, redondas: Prefiero morir de pié a vivir de rodillas. Hace años que la habíamos leído estampada en algunos pósteres que llevaban dibujado el rostro con boina (a lo Bonnie) de un conocido guerrillero latinoamericano. Además, en otros lugares se le atribuía a una ferviente comunista de la guerra de España de 1936. Pero no era más que otro de los efectos del poderoso aparato propagandista del estalinismo en aquellos años. ¿Quién pronunció la frase en su origen?

El marqués de Hoyos y Vinent (Antonio) fue un escritor prolífico y de vida apasionada. En 1937 publicó el libro Transformación social. Sus antecedentes, oscilaciones, plenario y la reconstrucción social, editado en Madrid por Trabajadores de Editorial Castro (colectivizada en aquellos momentos). En él habla de que, años atrás, paseando por las Ramblas barcelonesas con un amigo anarquista, éste le recordó el viejo proverbio libertario de Más vale morir de pié que vivir de rodillas.

Es decir, que tendríamos que situar su origen en el último tercio del siglo XIX. Pero albergamos dudas en estos casos. La Historia ha proporcionado ocasiones más que suficientes para que se le hubiera ocurrido a bastante gente: algún clérigo, rebelde ante los requerimientos de su superior; alguna mujer, harta de las exigencias del matrimonio; algún obrero…

[El cuadro es Reves, de V. M. Corcos]

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El oso bajo la lluvia

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Hemos comenzado la mañana leyendo unos textos sobre arquitectura de la información. Bueno, para ser el día siguiente a un puente, no deja de ser una lectura sugerente en estos tiempos en que se desea encontrar y usar la información que necesitamos en Internet. El libro clásico sobre ello se conoce como libro del oso (o libro del oso polar), por llevar en su cubierta (en la edición inglesa de 1998) la imagen de este animal, escrito por los bibliotecólogos Rosenfeld y Morville. En él se extienden en las habilidades para dominar el arte y la ciencia de reunir, de forma útil, información que circula por la red de redes.

En estas andábamos cuando ha comenzado a sonar, de forma tenue, la lluvia sobre el lucernario de la biblioteca. A pesar de no hacer frío, la primera reacción que tenemos es de encogernos un poco en el asiento y mirar hacia las gotas que se estrellan en los cristales inclinados, resbalando lentamente. Nos olvidamos del gentío que entra y sale, con el bullicio del reencuentro, trayéndonos el momento los versos de Eugenio de Andrade (1923-2005):

Lluvia en la casa

La lluvia, otra vez la lluvia sobre los olivos.
No sé por qué volvió esta tarde
si mi madre ya se fue,
ya no viene a la terraza para verla caer,
ya no levanta los ojos de su costura
para preguntar: ¿Oyes?
Oigo, mamá, es otra vez la lluvia,
la lluvia sobre tu rostro.

viernes, 28 de octubre de 2011

Rostros con palabras (Lecturas colectivas)

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Giacomo Ceruti (1698-1767), pintor nacido en Milán, se movió fundamentalmente por los pagos de Brescia. Le dieron el apelativo de Il Pitocchetto –el pequeño pordiosero−, por la tendencia que mostró a elegir personajes de la calle: muchachos recaderos cargando cestas o jugando a las cartas, lavanderas, mendigos, etc. Teniendo como clientes a rurales mecenas moralistas, que sustentaban instituciones benéficas.

Uno de los cuadros que nos conmueve, siempre que lo contemplamos, desde hace años, es Mujeres trabajando sobre mundillos de encaje, pintado en 1720, donde todo va en parejas, en tríos, en estrella de seis puntas (con un pequeño encaje); donde se duplican los gestos (o las rigideces); donde oprime el destino, desparramado en grises, marrones, pálidos blancos y esperanzadas blusas de tierra. Jóvenes trabajando en un orfanato, mientras una de ellas lee la biblia y otra… y otra... y otra...

Encajeras, demiurgas de destinos repetidos en sus rostros.