viernes, 26 de diciembre de 2014

Alegría de estar viva

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Dice así el papel doblado que hay en la silla: «Agradezco a mis enemigos la energía que descubro en mí. Nunca hubiera deseado tenerlos. Prefiero que la gente me quiera. Pero, de no contar con la enemistad de algunas personas, con el diamante hiriente que rayan sobre mi piel, ahora sería una piedra de cal común que descansa al sol en el lecho de un antiguo arroyo. Sin embargo, después del dolor de las palabras lacerantes (y aun vejatorias), la geoda se ha abierto y he descubierto las amatistas, calcedonias, ágatas y calcitas que conviven en mi interior; los cuarzos diseminan turquesa y añil por la superficie; las iridiscencias blancas me llenan de atractivo; el negro me anuncia fuerzas y reinos ocultos. Pocas sensaciones tengo por más placenteras que el perdón que extiendo sobre ellos».
Me levanto de la mesa donde he estado en la cafetería, pues la barra estaba ocupada cuando he llegado, y le pregunto a la Camarera si recuerda quién ha habido en aquel lugar. Me dice que una mujer morena, de mediana edad, y que le ha sorprendido la viveza de su rostro al acercarse a pagar. No le doy más explicaciones, pues esta mañana está muy animado el local. «Ya te comento en otro momento».

Salgo al vientecillo fresco de esta mañana de escarcha en la que el agua de la fuente del paseo se ha helado. Es el solsticio de invierno.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Lo bello, lo sucio... y lo real

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Dice Baroja (Pío) que Francisco Sancha (1874-1936) dibuja con gran semejanza a lo que es su literatura: un espacio en el que se produce la confluencia entre lo bello y lo sucio. Algo necesario ‒pensamos‒ para construirnos en esa tercera dimensión que es la realidad, lo que cada cual es, pues no nos extinguimos en el choque (más o menos afortunado) de los contrarios. Somos llama. Y es aquí donde el arte halla una de tantas utilidades; rehaciéndose, nos construimos en él. Pero no disponemos de demasiado tiempo para emplear en nuestro conocimiento, ni existen relajados foros públicos en donde cultivarse. Solo el afán propio y una dosis de ingenio suficiente nos permiten escapar a la vulgar chanza de la información.
Entretengo varios momentos de estos días en la lectura de Las chicas de campo, de Edna O’Brien. Tal vez necesiten sus personajes algo de la profundidad psicológica de la Lispector, pero no puede dudarse de la maestría narrativa de la autora irlandesa; tan certera en las descripciones de corta pincelada; tan cercana en sus personajes, que nos hace sufrir en no pocos pasajes con la actuación de Caithleen, la adolescente que pasa a la juventud, apartándose sin querer (y sin remedio) de las relaciones que la sustentaban. De tal modo que, con sorpresa, nos sentimos letraheridos.
Pintura y literatura en el empeño de acompañarnos, de conocernos,  lejos de aquellos tópicos de que el arte sirve para transmitir valores (democráticos).
[Por cierto, ahora está visible en el Museo del ABC una muestra de Sancha, casado que estuvo con una brillante mujer: Matilde Padrós].

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cantares

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Escribe La Mettrie (1709-1751) en el discurso preliminar a sus Obras filosóficas: «Nuestros escritos no son para la muchedumbre otra cosa que cantares». Y, sin que tenga mucho que ver, ello me recuerda una situación del verano pasado. Estábamos en una casa de montaña un grupo de unas veinte personas pasando el fin de semana. En la noche del sábado salimos al fresco y nos pusimos a cantar. En fin, intentamos cantar, pues la mayoría no seguíamos las letras y acabábamos con el lalalala. Entonces, Marlen, una chispeante alemana, con su deje teutón, dijo: «Cuando yo llegué a España, se cantaba en todos los sitios».
Y es verdad, pensé. Cuando niño, al andar por las calles, escuchabas los cantos de las mujeres saliendo por las ventanas de casa y las chicas siempre cantaban en sus juegos. Los hombres lo hacían en las faenas. Y qué decir de los mozos en la cantina, después de merendar los domingos, donde siempre había alguno que comenzaba Cuando yo me emborrachaba / mi madre me iba a buscar…, acompañando de seguido los demás en su lamento, que también era de llamada a «aquella». Algún vestigio ha quedado en la ronda por los terrizos de las fiestas de agosto, cuando ya los ahora casados, al haber apurado tres o cuatro vasos con melocotón, se atreven con los oxímoron de Que la nieve ardía. / En el alto del Moncayo / soñé / que la nieve ardía. / Y por soñar imposibles / pensé / que tú me querías.
Y a ello nos entregábamos en muchas de las ocasiones de la época de estudiantes, paseando por la alameda pensando Cuando en la playa / mi bella Lola / su lindo talle / luciendo va. O al tumbarnos boca arriba, en las noches de primavera, en lo alto de la escalinata (ya desaparecida) de la catedral vieja para contemplar con comodidad las estrellas, La torre de mi pueblo / no la puedo olvidar. Por no hablar de Víctor Jara o de Santa Bárbara, que eso daría para otra anotación.

Mientras esto escribo, escucho Wish it was true de The White Buffalo, con los auriculares. Pero mi garganta está más seca que antes. Pues a estas cavilaciones me derivan las palabras del autor de Historia natural del alma y Discurso sobre la felicidad.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Cuidados del campo (o bichos raros)

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Hace un año, o así, tuvimos unas conversaciones con la Camarera sobre campo y ciudad. Macario, que es un hombre efusivo, decía que no viviría en un pueblo ni de broma; el nació en uno de la provincia y permaneció allí hasta que hizo la mili, época en la que se apañó para encontrar trabajo en una fábrica de la capital, pues la dureza de aquellas tareas no le atraían. Por mi parte, les contaba los encuentros que tuve, en los años ochenta, con Julián, uno de los personajes más curiosos que conocí por entonces; había estado en el exilio francés después de la guerra y había vuelto terminada la dictadura; nacido en un pueblo riojano ‒San Vicente de la Sonsierra‒, había participado en colectividades agrarias y trabajado en colectivizaciones de fábricas; con toda su experiencia en situaciones que exigen sacrificio y generosidad, nos decía: «Con la gente campesina, voy al fin del mundo; con la gente que trabaja en las ciudades…, hasta la esquina».
Aquello me ha hecho reflexionar muchas veces. Y este par de semanas en que he estado leyendo para el club de lectura El viento de la luna, de Muñoz Molina, me han venido de nuevo a la mente las palabras de Julián. El libro refleja no solo modos de vida diferentes de ahora y de antes, sino maneras distintas de relacionarse con los productos de la naturaleza y con la Naturaleza misma. Habla del cuidado con el que tienen que manipularse objetos o frutos de la huerta, poniendo especial atención en que no se estropeen o echen a perder los tomates o higos que están madurando. Pero en la ciudad, ¿qué atención debemos tener ante los objetos de la mesa de escritorio o en la cadena de producción?
Tal vez somos bichos raros. Sin tierra.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Risas y música

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En estos días tan serios hacemos un apartado en un rincón y podemos relajar los cuerpos y desconectar las mentes, al tiempo que incrementamos nuestro diccionario personal con las definiciones de Les Luthiers sobre el mundo musical, abriendo paso a esas partes anquilosadas del cerebro, deseosas de la sorpresa:
Director: Persona que, colocada en una tarima frente a una orquesta, responde al estímulo de la música agitando sus brazos.
Flauta de pan: También llamada pan flauta // Bartolo tenía una (con un agujerito solo).
Gallo: Ave de corral que anida en las cuerdas vocales de algunos cantantes.
Jota: Letra que se baila en Aragón.
Notas: Las siete maravillas del mundo de la música.
Plagio: Fuente de inspiración.
Radio: Medio de comunicación que podría haber servido para la difusión de buena música.
Silencio: Ausencia momentánea de sonido. En algunos compositores, ausencia definitiva de oyentes.
Ut: En los crucigramas, antiguo nombre de la nota "do".
Zampoña: Instrumento musical venenoso.
Es un extracto de la contribución «Les Luthiers de la A a la Z», publicado por la revista Claudia en octubre de 1980, donde dan una definición por cada letra del alfabeto.
(De paso, señalemos el origen del nombre de las notas musicales, extraídas por Guido de Arezzo, en el siglo XI, de la primera sílaba de cada verso del poema en el Himno a San Juan Bautista, compuesto por Pablo el Diácono en el siglo VIII: Ut queant laxis / Resonare fibris / Mira gestorum / Famuli tuorum / Solve polluti / Labii reatum / Sancte Ioannes; Para que puedan / exaltar a pleno pulmón / las maravillas / estos siervos tuyos / perdona la falta / de nuestros labios impuros / San Juan. Más adelante, en el siglo XVII, G. B. Doni sustituye ut por do[ni] para facilitar la pronunciación).

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Deseos en el camino a Oz

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Los estudios que hace unos años se hicieron sobre el siglo veinte recogen los acontecimientos que se producen durante los cien años que ocupa, principalmente en la cultura de Occidente o en la órbita y el prisma de la misma. Por lo general, se dice que ese siglo comienza con esperanza, basada en los avances de la ciencia, que iba a propiciar el progreso de la sociedad, algo que año a año es desmentido por las crueldades que se suceden en distintos territorios. No todo el mundo opinaba así, claro. Baste leer a José Martínez Ruiz (1873-1967) en Notas sociales, Literatura, Charivari o Boemia, escritas entre 1895 y 1897, para ver que sostiene la incapacidad de la entonces recién implantada socialdemocracia de resolver los problemas, pues considera que la civilización europea está moribunda, incapaz de regenerarse; entrado el siglo veinte, este autor se transmuta en Azorín y…
Y también hay un acontecimiento literario que sucede en 1900, que no recogen los manuales de Historia: la publicación de El mago de Oz, escrito por Lyman Frank Baum, cuando cuenta con cuarenta y cuatro años, e ilustradas por William Wallace Deslow. Una historia fantástica que desea amoldarse a las corrientes pedagógicas del momento y a la infancia de la era industrial. Según decía en la breve introducción a la primera edición: «Aspira a ser un cuento de hadas modernizado, en el que se mantienen la alegría y la fantasía, y se suprimen las penas y las pesadillas». Según suele suceder, su éxito fue rotundo, aunque nadie sepa exactamente a qué obedeció. De ahí que el Historiador de Oz compusiera otros catorce textos ambientados en este país.
Desparecen las hadas, los genios o los enanos. Nada de acontecimientos espeluznantes, de los que puedan extraerse moralejas. La moral ya la incluye la enseñanza de la época. Ahora se pretende solo el entretenimiento.

La realidad completó la fantasía de Dorotea en nuestro camino a Oz.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Flores en la Biblioteca

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A finales de noviembre. No la esperábamos. El río mengua el cauce hasta dejar ver los guijarros en los que se posan los patos mientras el agua apenas cubre sus pies de guingo, esculpidos en capiteles visigóticos. Estudiantes que entran y salen en el apremio del dictado académico y el descuido de la edad proteica. Nada. Que todo iba camino del invierno, aposentado en las bayas rojas y las flores moradas, cuando se han presentado tan blancas.
Las ha traído el Jacinto que el otro día nos regalaron. Apenas me he dado cuenta. Estaba leyendo a José María Castrillón y me ha parecido que algo se estaba moviendo a mi izquierda. He mirado y se estaba abriendo el racimo carnoso de esta planta bulbosa, tenida por la flor de la constancia, del cariño y del gozo del corazón. La teoría dice que debe plantarse el bulbo en octubre y que la floración, en todo su esplendor, la conoce en marzo, pero… No sabemos si estas plantas de ahora van a su aire o es que la Biblioteca es un microclima de espacio-tiempo cuántico.
Por si acaso, le recito los versos de Castrillón:
mis hijos
lavé sus cuerpos
como una perfección más de la vida
supe entonces que pulía la piedra
donde caerá
su silencio
pero ellos aún aman en las bañeras del sueño
las manos de su padre
[Pertenecen a su libro, Gramos].

viernes, 21 de noviembre de 2014

Los Miserables (con dignidad)

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Tengo una entrada para Los miserables en el Fórum, dice la Camarera, señalando un póster de tamaño considerable que hay estos días puesto en el anunciador de enfrente, en el paseo. Ya, ya he oído, pero no me van demasiado los musicales, contesto. Bueno, hombre, pero esto es mucho más que un musical; está basado en una novela que cambió la vida de muchas personas, remacha con énfasis. ¿De verdad es eso posible?, replico, al fin y al cabo yo no me considero lector, por lo que me cuesta creer que se dé algo semejante.
Pues sí, sí que se ha dado. Ha habido muchas personas que, al leerla, han comprendido que son autónomas y que nadie puede imponer nada sobre ellas, pues las leyes sirven para quien las hace. La novela se publica en 1862, obra de Víctor Hugo (1802-1885), aunque el manuscrito es de 1851, y ese mismo año se traduce al español y se publica aquí. Desde entonces, su autor es considerado poco menos que un benefactor de la humanidad por la gente oprimida para la que es como una luz que amplía su existencia. ¡Vaya, vaya!, digo mientras sorbo el café.
Y no solo esta obra. Ya entonces estaba publicada Las ruinas de Palmira, del conde Volney, y las obras de Eugenio Sue, Los misterios de París y El judío errante, más las posteriores del príncipe Kropotkin, entre ellas La conquista del pan, y las del esperantista Henri Barbusse (aunque después fuera hagiógrafo de Stalin), destacando El fuego, libro de fuerte antimilitarismo, fruto de su experiencia en la primera guerra mundial. Después de leerlas ‒prosigue la Camarera‒ había quien dejaba su puesto en el ejército o en la policía, o abandonaba su oficio de venta de vino. Ya ves el poder de Los miserables.
Le dije al marcharme: me intriga qué es lo que vas a hacer después de ver la obra. Por si te sirve, te doy una idea: Nikiforos Vrekatos (1911-1991), ese poeta griego nacido en Esparta, aquella tierra en la que se alimentaban de aceitunas, escribió:

Transmutación
Me vuelvo poesía, huyo del mundo,
Me reparto
Voy
Hacia afligidos hermanos. A quedarme en casas donde no entra el sol.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Volcar amor (en uñas)

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Anteayer por la tarde, mientras llovía, un camión cisterna municipal iba regando la calle carretera que linda con el costado Este de El Parral y el antiguo Hospital Militar. Debajo del paraguas, iba recordando la escena que acababa de ver: un bebé era centro de atención de cinco personas adultas, que imaginé eran abuela, abuelo, madre, padre y, es posible, tía. La abuela me había saludado tan sonriente, enseñándome a su nieto ‒Rodrigo, me dijo‒, mientras el resto asentían el amable gesto y hacían lo posible por llamar la atención de la bisoña criatura.
Me sorprendió la solicitud de la señora para conmigo, pues, desde los años que hace que la conozco, no recuerdo que nunca me dirigiera una sonrisa; es más, definiría su actitud con palabras que no vienen al caso. En ello iba pensando ‒decía‒ mientras el camión pasaba a unos metros y me vino a la mente el Stoner de Stoner de John Williams en el momento que descubre que, para él, la Universidad en la que ha estudiado y en la que le ofrecen trabajar se ha convertido en esos años, sin que fuera consciente de ello, en el hogar que no tuvo en la niñez; bueno, en el calor del hogar, pues sí que se crio su familia.
Natalie Angier en Mujer. Una geografía íntima (2000 y 2011) comienza su interesante texto relatando una escena similar a la vista por mí hacía unas horas y apunta que son las uñas la parte del bebé que mayor atracción ejerce sobre la gente adulta -zonas curvas, según escribe el poeta Jesús Lizano que son las que le atraen-. Libro el de Angier que contiene el humor necesario para que resulte atractivo y demoledor. Libro amistoso, que disuelve la tristeza de Stoner y hace entender por qué los Ayuntamientos riegan la lluvia.

jueves, 13 de noviembre de 2014

VIII Salón Libro Infantil & Juvenil en Burgos

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Ahora que las lluvias han hecho brotar la hierba entre la hojarasca y que, en los paseos alejados del centro de la ciudad, es posible pasear con las hojas caídas, cumplimos nuestra cita anual con el Salón del Libro Infantil y Juvenil de Burgos, organizado por las bibliotecas municipales, con la colaboración de la biblioteca pública. Casi somos quintos, pues va por su octava celebración. El cartel anunciador es obra de Miguel Maestro Cerezo. Y cuenta con bitácora realizada por el Colegio público Juan de Vallejo.

La ubicación de este año es novedosa, pues se sitúa en el Monasterio de San Juan, ocupando la exposición el claustro del monasterio y utilizando su preciosa sala capitular para diversos espectáculos y talleres. El teatro se centra en tres clásicos de literatura para gente menuda: Caperucita, La isla del tesoro y Las aventuras de Sherlock Holmes. No faltan actividades creativas y participativas, tal las de pintura de escenas favoritas o de diseño de cómic por parte de las criaturas. Los colegios pueden aprovechar las mañanas de lunes a viernes para concertar visitas.

Interesantes son los encuentros con quienes escriben, Así hacen Alfredo Gómez Cerdá, Ana Alonso, Rocío Antón, Rafael Ordóñez y Manuel Ferrero.

Tenemos la seguridad de que el diligente personal que trabaja en estas bibliotecas de Burgos proporciona al evento un más que lo convierte en experiencia duradera.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Vender la(s) memoria(s)

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«Tendrías que vender tus memorias», le digo a la Camarera, «si nos entendemos en el reparto de beneficios, yo puedo gestionarlo». «Vamos, no me hagas reír», me contesta ella, «pero si no eres capaz ni de sacarle jugo al Quijote». «Ya, pero puedo copiar de una excelente maestra». Y, entonces, le cuento lo de Chateaubriand y Madame Récamier, su amante.
François-René, vizconde de Chateaubriand (1768-1848), comienza a escribir sus memorias (que también son confesiones) en 1809, aumentándolas y retocándolas hasta poco antes de su muerte. Su intención es que se publiquen cincuenta años después de fallecido, pero… La finalización de su carrera política en 1830 va mermando sus ingresos y aumentando sus deudas, por lo que Madame Récamier, amante del mismo desde algo más de una década, convence al vizconde para que realice lecturas públicas en su palacio en espera de que algún editor pueda adelantarles dinero.
No sucedió tal, por lo que la mujer se puso a idear otro plan, que esta vez sí dio resultados positivos. Se formó una sociedad anónima que vendió acciones para comprar los derechos de publicación de las memorias, una vez que su autor falleciera y el manuscrito pasara a sus manos. Es decir, eso de la especulación en bolsa con la próxima cosecha de alimentos es algo antiguo (si bien no deja de ser espeluznante).
Quien más quien menos veía que Chateaubriand no estaba para mucho, pues ya iba para los sesenta y cinco de aquellos tiempos, y compró sus papeletas. Pero este se remozó con los dineros y continuó en este valle de lágrimas durante quince años más, siendo que bastantes de quienes habían adquirido la ganga se fueron a la tumba antes de ver medrar su inversión, resultando que las acciones corrieron de mano en mano, mientras esperaban que la artritis pudiera al fin con el escritor. El mismo año de su muerte ‒nada de esperar medio siglo‒, poco después de situarlo frente al mar en la isla de Grand Bé, comenzaron a publicarse los 42 tomos de que se compone esta magistral obra, Memorias de ultratumba, fecha en que también se comienzan a publicar traducidas en Madrid y Valencia.

¡¡Chis!! A la Camarera le da un temblor la cabeza, despierta, me mira y no sé interpretar sus ojos.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Niño perdido (Thomas Wolfe)

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No sé cuánto hace que no leo un libro así, pues tengo varios asuntos entre manos y mi memoria ha decidido continuar  de vacaciones. Por la mañana, el trabajo, con estudiantes que van y vienen al mostrador de la Biblioteca, dejando escaso tiempo para algo que no sea tomar un café y dar la vuelta al edificio para airearse. Después, los archivos en busca de datos de investigación, incluido el de la prisión central y provincial y de mujeres y del Penal de Valdenoceda. Leer el correo electrónico, escribir y contestar, casi siempre con alguna petición que ocupa tu buena media hora. Redactar algo para que no se acumulen demasiados contenidos en la cabeza. Leer el libro de la próxima sesión del club de lectura…
Así que, cuando el otro día miré los libros de la mesa de propuestas de la biblioteca, no iba con intención de coger nada. Solo curiosear un poco. Pero… ahí estaba, con su fotografía de los años treinta de alguna ciudad estadounidense en la cubierta y el color rojo de la parte superior en el que se lee: Thomas Wolfe, El niño perdido. ¿Qué hacer ante un título tan preñado de significados (que diría Bajtin)? ¿Y qué hacer ante Wolfe, a mí, que me pirrian las autobiografías, aunque esta sea una voz indirecta ante el vacío que deja en su familia la muerte de su hermano Grover de tifus cuando contaba con doce años?
Pues lo cogí. Antes, cometí una torpeza, es cierto. Se me ocurrió enseñárselo a la Bibliotecaria y qué me iba a decir. «Es delicioso». «Bueno, pues ya que es corto, me lo llevo». Camino de casa, me pesaba en el bolsillo, diciéndome que no encontraba lugar dentro de mí. Salía del paso como podía ante él, asegurándole que ni yo mismo conozco todos mis recovecos, así que seguro que hay un rincón donde estará a gusto. ¡Y, madre mía, qué noventa páginas! Tres voces familiares distintas para describir una ausencia tan temprana. Por entonces, en 1904, el escritor tenía cuatro años. Habían pasado más de treinta y el Tiempo todavía estaba allí. En 1938, Wolfe muere de tuberculosis.

¿Quién (no) es niño perdido?

miércoles, 29 de octubre de 2014

Hojas de otoño (Constantino Bértolo)

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Tal vez sea por la falta de lluvias, pero este año no encuentro hojas adecuadas para introducir en los libros (únicamente, a fuer de que alguien de la vecindad pueda afeármelo, me adentro en el seto de la rosaleda y cojo algunos pétalos). Sí que se llena el suelo de la rivera de hojas caídas, al igual que sucede con el paseo, pero los chopos, los sauces, los plátanos, los tilos, los arces o los serbales las lanzan decaídas, por no hablar de los castaños, que comenzaron a arrugarse en agosto.
Así que (por no doblar las esquinas, pues es de la Biblioteca) tengo que valerme de marcapáginas para señalar los lugares por donde voy leyendo La cena de los notables, de Constantino Bértolo, un tratado sobre la lectura y la crítica que tiene escaso desperdicio. Elige libros donde la lectura modela a sus personajes ‒Martin Eden, de Jack London; Naneferkaptah, relato recogido por Santiago Baraíbar; madame Bovary, de Flaubert‒ para explicarnos las urdimbres lectoras que cada cual llevamos antes de comenzar cualquier libro y que nos conectan con nuestra biografía, con el bajaje literario que hemos ido incorporando y con la ideología con la que contemplamos el mundo y los seres que nos rodean.
Según Bértolo, los diferentes tipos de lectura pueden enmarcarse en cinco categorías (entremezcladas entre ellas, lógicamente):
-      -  Lectura adolescente, la que se identifica en demasía con los personajes y nos entran unas ganas enormes de recomendárselo a alguien (algo parecido a lo que sucede con el envío de fotografías en el wasap).
-      -  Lectura inocente, la del entretenimiento, «chica, no he podido parar; lo he leído de un tirón de principio a fin», nada de problemas (claro que mejor no averiguar qué hay debajo de esa inocencia).
-      -  Lectura sectaria, la que se acomoda a nuestros modos de juzgar y desecha lo diferente.
-      -  Lectura letraherida, la envuelta en la estética, en el modo de narrar, en el entusiasmo que te hace vivir en plenitud, conformando una hermandad lectora que nos hace libres (en fin, eso dicen).
-      -  Lectura civil, la que parte de que quien lee está inmerso en un determinado contexto social, cultural y político, atendiendo aspectos individuales, culturales e ideológicos. Sin duda, parece que esta es la que proporciona mayor libertad.
Podríamos decir que la idea central del tratado de este crítico y editor lucense es la palabra como responsabilidad.

(Si alguna pega hemos de ponerle, es que la cacereña Editorial Periférica compone estos libros con un tipo de letra demasiado pequeño).

viernes, 24 de octubre de 2014

FELIZ DÍA DE LA BIBLIOTECA Y FELIZ 7 ANIVERSARIO BURGOSTECARIO

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Esta fecha siempre la tenemos muy presente porque es un día especial para las bibliotecas y para todos los que trabajamos en ella, por eso, un día como hoy se nos ocurrió la feliz idea de crear este blog en un momento en que las RRSS no tenían esta fuerza actual y eran pequeños esbozos de lo que hoy son, pero mientras tanto la función social la cumplieron los blogs, fue magnífico el acercamiento profesional y de amistad con gente de todo el mundo.
En nuestro caso se nos descubrió el mundoblog a nivel Local (Burgosfera) y tuvimos unos encuentros geniales en todos los aspectos con otros blogueros burgaleses y luego ya dimos el salto hacia otros encuentros más o menos casuales a nivel nacional, "Frikitecaris" fueron nuestros grandes inspiradores porque el primer contacto real fue con ellos, interactuábamos y nos lo pasábamos.... CAÑÓN!!!!
Luego ya a nos dimos a conocer a nivel nacional... tuvo mucho gracia cuando compañeros de otras ciudades y bibliotecas se emocionaban al conocer a alguien de "Burgostecarios".
Hubo también momentos de lucha (como en todo lo que vale), incomprensión y falta de apoyo, pero aquí continuamos hoy, cierto que con otro aire pero con una calidad impresionante gracias a Ignacio Soriano, Lavelablanca, con su bagaje cultural y buen hacer en el mundo de las letras.
Los blogs han repuntado aunque de manera diferente que al inicio, hoy
tienen su sitio en la red, por ello cierto sector ya añejo y con experiencia como nosotros insinuan una vuelta.... ayyyyy!!!! qué tentación amigos!!!!
No obstante le pese a quien le pese (que siempre hay alguien) hemos hecho historia también en el mundoblog bibliotecario, de hecho nuestro nombre luego ha sido inspirador para otros blogs porque ciertamente se parece mucho.... 
Saludos, ánimos a todos que las cosas se ponen raritas para las bibliotecas y la cultura y aquí seguiremos mientras blogger nos deje, hablando con libertad y poca cordura sobre lo divino, lo humano, con el tono campechano que nos caracteriza porque esto de trabajar en la Huerta del Señor es lo que tiene.
Hala un año más.

miércoles, 22 de octubre de 2014

In Memoriam (pálida muerte)

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La muerte se esconde en la niebla. Paseando en el sol, nos dirigimos al teatro donde transcurre el espectáculo. La cabizbaja misteriosa extiende el pañuelo de seda sobre el confiado cuerpo que espera ser transformado en paloma. Se difumina la luz y, ante el asombro general, la fina tela cuelga ahora pesada y oscura. Es el telón, la cuarta pared, sin ni siquiera haber sido precedido por The End.
omnes eodem cogimur, omnium
versatur urna serius ocius
sors exitura et nos in aeternum
exilium impositura cumbae.
La barca, aquella que abría caminos en la mar, iluminando lo antiguo, desparece paulatinamente ante nuestra vista. Para los peces permanece la estela.

Era joven. Y eso duele. Que le llegue la paz.

viernes, 17 de octubre de 2014

Compasión y éxito

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Stig Dagerman (1923-1954) es otro más de los escritores llegados de joven a la fama, que sucumben a sus exigencias y se quitan la vida. No sólo por la dictadura del éxito, claro, sino por su manera de soportarlo. Su madre lo trae el a este mundo en la granja de sus abuelos y a las dos semanas desaparece sin dar ya señales de vida. Su padre trabaja en Estocolmo. Así que se cría en un caserón de campo con abuela, abuelo, tíos, tías, primas, primos y gente asistente más una pléyade de transeúntes que pasan por allí: pordioseros, gitanos, vagabundos, heridos de guerra… que duermen alguna noche en el establo. La muerte de su abuelo  en un incidente grotesco y la de su abuela, por la conmoción sufrida, resultan ser unas pérdidas que el joven Stig no supera, dedicándose a la literatura.
Los estudios de bachiller y de universidad los realiza en Estocolmo, donde se afilia a la SAC, en la que milita su padre. Es un tiempo en el que escribe artículos en revistas revolucionarias y en el que la policía le lee el correo, mientras él trabaja de chófer, repartidor o lo que encuentra, pues no concibe la existencia parásita. Cuatro novelas entre los 21 y 26 años (iniciadas con La Serpiente) lo catapultan al reconocimiento, completadas con teatro, crónicas de viaje y artículos. Las exigencias editoriales le angustian tanto como el panorama social, cuya destrucción de vidas es tan evidente. No logra o no se aviene a la disciplina, a ese horario de trabajador de la pluma que saca libros sobre temas de interés.
Sus cualidades humanas quedan de sobra probadas en la solidaridad hacia la gente desfavorecida y, en especial, hacia los exiliados españoles de la guerra 1936-1939 asentados en Suecia. Las expresa en versos como éstos:
Mejor es aprender
a perdonar a tiempo
a los otros primero
a uno mismo después.
Mejor es aprender
a juzgar tarde
pero si
pero cuándo
a los otros después
a uno mismo primero.

Salud.

lunes, 13 de octubre de 2014

Música infantil

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Las obras de creación quedan. Permanecen en su burbuja. Pero las hay que pueden pincharse y dejar que lluevan sus elementos mientras alguien sopla desde detrás de la cortina celeste y dirige la refrescante humedad hacia quienes pasan por allí abajo. Es lo que sucede con la música. A diferencia que una pintura, una escultura o una arquitectura e, incluso, un relato (aunque este es susceptible de traducción), la música puede interpretarse. Puede desmigajarse. Esparcirse en finas gotas o en súbitos chaparrones. Con independencia de quien la ha creado. El soplo es quien decide.

¿Puede una criatura saber lo que hay en la burbuja creada por alguien adulto? Lo que sí puede es interpretarla. Se dice que para ello se necesita una lógica distinta de la que es necesaria para crear. Es algo más parecido a lo que sucede en el ajedrez. Con entrenamiento se puede dominar la técnica que permite llevar adelante la actividad. Pero no deja de sorprenderme el ver unas manos infantiles delante de un piano, haciendo de mayor. Imagino que  todos los casos son distintos, que habrá infantes a quienes apenas les suponga renuncia el tiempo que exige dominar el instrumento, y que habrá otros que preferirían estar jugando a las tabas o a los bolos.
Queda una sensación hueca, de algo fuera de lugar. Pero, tal vez, no tiene mucho de diferente con el anuncio de entrada.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuatreras de tinta

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Jessie Hickman es una mujer nacida en Australia a finales del siglo diecinueve. No pasa a la Historia por ser alguien que aporte un invento o una idea, sino que es conocida por haberse ganado la vida apropiándose de caballos u otros elementos necesarios para la vida que se cruzan en su camino, lo que le aboca ineludiblemente ‒con lentitud‒ a toparse con las normas que rigen la sociedad para quien infringe el sagrado derecho de la propiedad privada.
Sobre esta azarosa vida, otra mujer australiana, Courtney Collins, ha entretejido un relato, devenido en novela ‒Un mal día para nacer, según han traducido The Burial‒, que expande la crudeza de la trayectoria cuatrera por sus páginas, a través de palabras depuradas. Según le va al guión como anillo al dedo, capítulos cortos, diálogos de apenas una línea, espacios en blanco con construcciones aúreas, apariciones cortas en escena, naturaleza de río, bosque y montañas, intercambio de tiempos. Tal vez sobran algunas obviedades de novelista primeriza, pero no puede negársele a la obra el atractivo que le confiere esa voz recién nacida ‒intemporal‒ que nos narra el entorno hostil y libre en el que vaga la amazona bandolera y el resto de personajes.

No hay muchos libros que reúnan tantos comentarios en tan escaso tiempo en este mundo de bitácoras. Ahí tenemos a Devoradora de libros, y a Cómplice de tus lecturas, y a Adivina quién lee o  a Especulacions d’un Neardenthal.
Tal vez no sea para tanto, pero agradecemos lo eléctrico. 

viernes, 3 de octubre de 2014

Otoño cultural

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Durante el reciente Festival de San Sebastián podía verse en sus calles el cartel anunciador de uno de los documentales que se proyectaban: Ciutat Morta. Las letras del título se superponen al rostro de uno de los exalcaldes de Barcelona, pues en esa ciudad es donde fue arrestada en febrero de 2006 Patricia Heras, estudiante de filología en la Universidad Autónoma barcelonesa, la misma chica que se tiró por la ventana en abril de 2001, fecha en la que estaba de permiso penitenciario, al no poder aguantar la presión que le suponía la situación. Fue a topar en una sala de espera del Hospital del Mar con gente que había sido herida en el desalojo de una casa okupa, y allí fue la policía urbana y ‒sin más preguntas (para qué)‒ la detienen.
Después todo un montaje político, policial y mediático (de esos medios que se dirigen sonrientes a nuestras vidas), que desarrolla este documental de 128 minutos, y que resume Albano Dante Fachin Pozzi en cafèambllet. « Por un lado silencio. Por otro, desinformación al servicio de los planes urbanísticos del ayuntamiento».
Otra narración visual (de la que ponemos aquí una breve muestra) la tenemos en el documental de Ric Esther Bienstock y sus cuentos del comercio de órganos ‒Tales from the organ trade‒, ganador del Premio de Amnistía Internacional. «El largometraje denuncia la vulnerabilidad de las personas empobrecidas frente al tráfico de órganos, narrando de manera eficaz desde un punto de vista informativo las conexiones de un mercado negro que no conoce fronteras». Fases del proceso y agentes macabros a la vista.

Cuentos que cuentan.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Días únicos

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Algunos días, la Camarera, los vive igual que si fueran los únicos de su vida. Dice que los presiente al despertar. Entonces se levanta, abre el balcón y no se encuentra con preocupaciones. No importa que las golondrinas ‒hace ya un tiempo‒ hayan volado hacia el sur o que, al ir camino del trabajo, vea que han podado hasta los huesos al sauce más hermoso de la rivera. Nada de recuerdos que alteren su jornada. Yo lo veo al entrar en el café aunque esté vuelta de espaldas. Su cuerpo tiene el aura del día único. Al volverse, sus ojos inundan mis barbechos. No, no estamos enamorados. Le pregunto qué es lo que más agradece de estos días. «No sentir rencor por nada ni por nadie», me dice, y me pone tres tejas de sésamo con sus blancos dedos.
En estos días ‒para estos días‒ rebusco en mis bolsillos, colmados de papeles. Ahí está El puente que cruza la luna, el diálogo de Tess Gallagher con su marido muerto, Raymon Carver (1938-1988):
Si me quedo mucho rato junto al río
en noches de luna,
no creáis que mi atención obedece
a lo meramente estético, aunque
eso salve a la luz del día.
Sólo lo que alguna vez llamamos adoración
tiene los pies lo bastante ligeros como para transportar
a los vivos por esa brecha de fulgor.
Y quién dirá que no he cruzado el puente
porque lo haya utilizado como testigo,
para que el agua siguiera siendo agua
y las incongruencias de la luna cartografiaran
la unión de la que estaba segura.

Y es que hoy, a la Camarera, no le importa el extrañamiento.