jueves, 20 de mayo de 2021

El niño de las chabolas (Azouz Begag)

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 Se han cruzado en mis jornadas cercanas alguna novela –El cuento de la criada, Tres días y una vida– y algún ensayo –Humano, más humano (Una antropología de la herida infinita), Biología cuántica– que no desmerecerían estar comentados en estas páginas, pero me inclino a hacerlo con El niño de las chabolas (1986) de Azouz Begag (1957), porque tiene la frescura de narrar una vida concreta y, además, la infancia de un niño que se cría en una zona de chabolas cercana a Lyon, Villeurbanne, en los años sesenta del siglo pasado. Quienes tienen afición al cine han podido verlo en El chico de la Chaaba (1998).

Begag es conocido por ser autor de novelas, ensayos y guiones de cine, además de haber sido ministro para la Igualdad de Oportunidades (2005-2007) de Francia. Completa su existencia con la investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica en las áreas de economía y sociología. Por ello, sus ensayos y novelas reflejan los problemas de las fronteras y los de la integración de los beurs, jóvenes argelinos de origen magrebí.

Sus padres son de Argelia, pero él nace en Francia. Su padre, analfabeto, le dice un día: «este libro es un pájaro». Y Azouz, efectivamente, voló después de empeñarse en el estudio para salir de las penurias de las chabolas. Sus propios amigos y primos le reprochan que, con el estudio, desee parecerse más a los franceses que a los árabes. Le dicen que es un traidor. Pero él continúa su impulso interior, sin dejar de vivir en su ambiente: recibe palizas de su padre, el que todo lo puede en la familia, o roba una bicicleta y le cambia el color para poder ir con la pandilla del barrio.

Tiene genialidad y rebeldía, y las cultiva en todas sus consecuencias.

martes, 4 de mayo de 2021

Revisiones... (con la familia Oz)

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A la literatura le afectan las revisiones que (por fortuna) realiza la sociedad sobre el enfoque de sus asuntos. En quienes escriben y en quienes leen. En la actualidad, nos encontramos con dos de estas renovaciones, que remueven las actuaciones patriarcales, que sacan a flote el uso y el abuso del poder: los malos tratos en ámbitos familiares –no tienen por qué ser físicos– y el feminismo. Sería deseable que contara cada cual con recursos y con tiempo suficiente para reflexionar sobre ello, y no dejarse arrastrar por las apariencias (que pueden presentarse con formas alarmantes), con lo quel suele pagar gente justa por pecadora. Pero, en fin, algo se mueve.

Hace un par de meses que ha saltado a la palestra el testimonio de Galia Oz Salzberger (1964), escritora de literatura infantil, en el libro autobiográfico Algo disfrazado de amor, en el que afirma que su padre le golpeaba, maldecía y humillaba, de forma habitual, con la intención de quebrar su personalidad. Galia había nacido en un kibutz israelí, se crió allí en la casa comunitaria infantil, y es hija de Nili Salzberger y de Amos Oz (1939-2018), autor este de Mi querido Mijael, Una historia de amor y oscuridad o Una pantera en el sótano, además de textos contra el fanatismo, pues no en vano es una personalidad muy valorada en los círculos pacifistas de izquierda por haberse opuesto a la política de colonización israelí contra el pueblo palestino.

Tanto la madre, Nili, como su hermana mayor, Fania, y su hermano menor, Dean Maccabi, han desmentido estas afirmaciones, y afirman que Amos era un hombre cálido y afectuoso. Aunque el hermano ha matizado que tampoco hay que desoír a Galia y comenta: «En conclusión, tengo una cosa inteligente que decir sobre todo esto. Si en tu familia hay un distanciamiento, relaciones turbias, residuos de años, por la razón que sea, haz todo lo posible por intentar arreglarlo. Yo no sé cómo arreglar tus cosas, solo tú lo sabes. (Cada familia es diferente. Sí, sí, incluso las familias felices)».

martes, 20 de abril de 2021

Memorias coloniales (Isabela Figueiredo)

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Creo que este año no había leído ningún libro editado en 2021. El que comentamos hoy lo está, si bien en su idioma original, el portugués, se publicó en 2009. En su momento, conocí a un exsoldado portugués que había estado en las colonias africanas de su país en los años anteriores a la descolonización (posterior a la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974); estaba desquiciado; por las noches gritaba en sueños; le perseguían los fantasmas de hechos innombrables que habían perpetrado allí contra la población negra; sus reacciones eran imprevisibles.

Me cuadra ello con lo narrado por Isabela Figueiredo (1963) en Cuaderno de memorias coloniales. Tiene la particularidad de estar contado por una persona perteneciente a la élite colonizadora. Una singularidad que la aparta de la mayoría de la literatura poscolonial que (por fortuna) tenemos a mano en el último medio siglo. Razón por la que es considerada una traidora por quienes compartieron su época africana, gente que se consideraba con el derecho de actuar como lo hacía. Y razón por la que ha tardado más de treinta años en elaborar estas memorias de su infancia y primera adolescencia en Mozambique, sobre todo en Lourenço Marques, nombre con el que designaban a la actual Maputo.

«La autora revela sin tapujos la violencia y el racismo feroz y normalizado y, ya en Portugal, el peso que le supondría su condición de “retornada”». Igualmente, se muestra la violencia de los días de independencia, en los que se desata la rabia de la población negra hacia la blanca. Se explica, así, el éxito del libro.

Y todo en el contexto de la relación paterno-filial, turbulenta e indestructible, que absorbe a la autora desde niña. Con lenguaje directo -"a mi padre le gustaba follar"-, vivo, embriagador.

domingo, 4 de abril de 2021

Alegría en la lectura (digital o impresa)

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 «Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada por el Creador en un corto número de formas o en una sola, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un principio tan sencillo, infinidad de formas, las más bellas y portentosas»

Con esta cita del final de El origen de las especies de Darwin, la investigadora y docente Marianne Wolf (1950) mantiene la esperanza de que los modos actuales en los que procesamos el lenguaje escrito, con predominio digital, no precipiten la atrofia de nuestros procesos más esenciales de pensamiento –análisis crítico, empatía y reflexión– en detrimento de la convivencia democrática, especialmente en la población joven. Precisamente, el cerebro humano dispone de plasticidad similar a la de los medios que utilizamos en las lecturas en pantallas.

Pero no está asegurado el proceso positivo. Necesita de la colaboración nuestra. Esta neurocientífica, en Lector, vuelve a casa (2020), alerta de que podemos crear herramientas que suplan capacidades de nuestro cerebro en detrimento de la atención y memoria de que dispone en la actualidad, lo que plantea un futuro que desconocemos. Por si acaso, se centra en la necesidad de la transmisión oral en las criaturas hasta los cinco años; y en la simultaneidad de lecturas en papel y lecturas en pantallas entre los cinco y los diez años.

Todo ello pasa por el Festina lente: «leer rápido (según acostumbramos), hasta tomar conciencia de los pensamientos a comprender, la belleza a apreciar, las cuestiones a recordar, y, si tienes suerte, las ideas a desarrollar». Entonces, la lectura puede contener la alegría que invadía a Dietrich Bonhoeffer en el campo de concentración en sus lecturas, según ha testimoniado en Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde el cautiverio.

Salud

viernes, 19 de marzo de 2021

Voces de la Tierra

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 «Este libro es un manual de astronomía de constelaciones que la tierra esconde, una reflexión colectiva sobre los desaparecidos que aparecen porque lo que los esconde es lo que los conserva, como islas unidas por lo que las separa, el mar».

Como gesto de generosidad amistosa, me envían el libro Las voces de la tierra (noviembre de 2020), publicado por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y por Alkibla. Se trata de una cuidada edición que incluye 39 fotografías a página (impar) completa, realizadas por Antonio Robés, de otros tantos objetos hallados en exhumaciones de fosas comunes de asesinatos del franquismo. En la correspondiente página par figura un texto de personalidades de la cultura de nuestro país.

Incorpora una introducción de 7 páginas elaborada por Emilio Silva Barrera, presidente de la ARMH, impulsor de este proyecto de sociedad civil que, en lo que va de siglo, ha desenterrado tantos cuerpos sepultados por falangistas y adláteres, soterrados en el miedo de sus familiares durante años y orillados por la política desde la Transición –pocas cosas asustan más a la política (de cualquier color) que la sociedad civil–, gracias a la expansión de la Asociación y al esfuerzo colectivo.

Sonajeros, botones, dados, horquillas, gafas, llaves… todavía con restos de tierra fresca. No (me) surgen palabras para explicar el dolor que emana su aura.

Salud

sábado, 6 de marzo de 2021

La presa (de Némirovsky) entre libros no leídos

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 Ojeaba estos días las páginas de la obra en la que un profesor universitario de literatura nos remite a Cómo hablar de los libros que no se han leído (2008). Se trata –resulta evidente– de Pierre Bayard y de las argucias ingeniosas que desarrolla para hacer un recorrido por la literatura moderna –Musil, Lowell, Montaigne, Valéry o Wilde– al tiempo que muestra que eso de la lectura y la no-lectura es algo bastante similar, pues cuando se trata de hablar de libros la personalidad de quien lo hace y la de quien escucha son tanto o más importantes que el contenido de la obra en cuestión.

No voy a dar aquí gato por liebre, ya que sí he leído la novela con la que tenía intención de elaborar esta anotación: La presa, de Irene Némirovsky (1903-1942). Entre las numerosas ofertas a la última del mercado, cuesta esfuerzo reservar tiempo para la literatura precedente. Pero, en este caso, lo he hecho y como suele suceder he agradecido el abandonarme a la prosa certera de la Némirovsky. La obra se publicó en 1938 y se mueve en un ambiente contemporáneo, los años posteriores a la crisis de 1929 en Francia, con exteriores muy presentes e interiores resueltos con trazos precisos en las ambiciones, estados de ánimo y proyectos de sus personajes (incluidos los monólogos que modernizaban aquella literatura heredera de Proust).

De familia acaudalada de Kiev, logró huir a París meses después de la revolución de octubre de 1917, en donde se licenció en La Sorbona. No tuvo la misma fortuna con el dominio nazi. El régimen de Vichy –el de la Francia libre– le negó la nacionalidad, por lo que fue internada en Auschwitz, junto con su marido Michel Epstein, en donde murieron en 1942.

Triste final para literatura tan luminosa.

viernes, 19 de febrero de 2021

Capitalismo de la vigilancia

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Cada vez que leo un libro como La era del capitalismo de la vigilancia (2020) de la socióloga Shoshana Zuboff (1951) me quedo igual de perplejo que cuando nos explicaban en la adolescencia-juventud el modo en que funcionaba la sociedad capitalista de consumo (antes de que llegara la neoliberal, basada en las experiencias únicas, compradas también, claro). «La libertad es una quimera», me decía, y trataba de convencer a quienes me rodeaban de aquella desgracia, al tiempo que me adhería a quienes se habían empapado de dicha teoría. No concebía que pudiera llevarse una vida normal ante tamaña estafa. ¿Cómo no nos rebelamos y rechazamos lo que aceptamos sin más?

Ahora ya no me veo envuelto en esas ansias proselitistas –lo que supone un descanso considerable, si bien la vida pierde en intensidad–, pero me atrae la lectura de estos textos que analizan un lado de nuestro entorno poliédrico. A Shoshana Zuboff la conocí cuando habló en los ochenta (del siglo pasado) de la era de la máquina inteligente, después de lo cual nos llegaron los ordenadores personales y los teléfonos smart –la información como energía–; en los inicios de siglo hablaba de la economía del soporte, la que comprendía los servicios creados a medida de quien consume, ofertados por el capitalismo digital. Con el presente, nos habla de la modulación de nuestras conductas; es decir, somos la materia prima gratuita de la economía «para una serie de prácticas comerciales ocultas de extracción, predicción y ventas».

Sí, de nuevo el capitalismo se las apaña para llegar a «grandes concentraciones de riqueza, conocimiento y poder que no tienen precedente en la historia humana». Son 850 páginas clarividentes, que desvelan al Gran Otro, en una «expropiación de derechos humanos cruciales que perfectamente puede considerarse como un golpe desde arriba: un derrocamiento de la soberanía del pueblo».

Por ello inicia el libro con el número XVIII de los Sonetos de China de W. H. Auden: «Helados por el Presente, su pesadumbre y su ruido, / al despertar suspiramos por un Sur antiguo, / una cálida y desnuda era de instintivo aplomo, / en boca inocente, un sabor a gozo. / De noche, en nuestros refugios, soñamos tener un hueco / en los bailes del Futuro…».

Salud

miércoles, 3 de febrero de 2021

Ojos que (no) ven, con J. Á. González Sainz

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Algo perezoso y ocupado, los días desde la anterior entrada han transcurrido sin que me parara a elaborar en profundidad una nueva, según era mi intención, con algunos comentarios sobre la obra Ojos que no ven, que mi paisano J. Á. González Sainz publicara en 2010 (y que vino a presentar en una librería de Burgos cuatro años después). Lo deseaba hacer porque en estos días el club de lectura Palabras contra el olvido de la biblioteca María Teresa León –obra, a su vez, de Almudena y Lola– lo están leyendo y tienen intención de entablar una charla (por videoconferencia) con José Ángel y con la gente del grupo.

El asunto del que trata la novela es la migración interior española que se produce en pueblos del Sur español de los años sesenta hacia el Norte. En este caso, de una familia. Y, sobre todo, de la forma en que asimila y le asimilan en el lugar en donde se asientan. Ya la primera paradoja se da cuando la pobreza obliga a este desplazamiento en los años del desarrollismo. Para ampliar el contenido del libro, las bibliotecarias aludidas me comentan: «Ojos... trata el tema de Eta y sus terribles consecuencias, sin usar en ningún momento esa palabra y, sin embargo, utilizando otras, tremendamente acertadas, que consiguen sacudir».

Pero no es fácil sentarse a comentar en unas líneas la escritura de este autor (que cruzó el umbral de lo desconocido con Un mundo exasperado en 1995). Tienes la sensación de que no hay demasiados referentes en los que asirse, al igual que no los has tenido para leerlo. Es como si escribiera para él y te preguntas qué haces tú con ese libro entre las manos. Además, con construcciones que desconciertan –¿qué demonios pintan tantos gerundios en ese párrafo?–. Hasta que escuchas un rumor conocido a tus espaldas, El viento entre las hojas –otro de sus títulos–, y sabes que está describiendo situaciones que te conciernen.

Ojalá no fuera tan actual. Desearíamos que la indignidad no hubiera campado a sus anchas. Las amenazas continúan hacia quien escribe y hacia quien disiente.

Salud.

domingo, 17 de enero de 2021

Invierno en confinamiento (con Hölderlin)

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El autor de Hiperión –una de las plumas excelsas– es recordado por haber pasado los últimos 36 años de su existencia confinado en una torre junto al río Neckar–«Hay un olvido de toda existencia, un callar de nuestro ser, que es como si lo hubiéramos encontrado todo»–, en casa del ebanista admirador suyo Zimmer en Tubinga, mientras la madre de Friedich financiaba la manutención.

Friedich Hölderlin (1770-1843), filósofo y poeta –«¿Qué sería la vida sin esperanza?» «Hay un dios en nosotros que dirige el destino como si fuera un arroyuelo, y todas las cosas son su elemento»–, conecta la belleza, lo infinito con lo finito.

Quizás, por ello, recuerdo en estas mañanas blancas, de confinamiento, a ese hombre «golpeado por Apolo», que acepta su locura pacífica sin más y la convierte en cotidiana, interrogando así la normalidad ajena. Me viene a la mente por ello y por su texto sobre El invierno, en el que espolvorea los copos –palabras– con paciencia:

Cuando la nieve pálida embellece los campos

y alto resplandor brilla por la amplia llanura,

suave y distante incita entonces el verano,

la primavera a veces cerca está en tanto la hora cae.

Va la radiante aparición; el aire es más delgado,

el bosque claro; de entre los hombres nadie cruza

por las calles lejanas; y en la calma se engendra

sublimidad, aunque no obstante todo ría.

La primavera no reluce con el brillar de flores

que es tan dulce a los hombres, pero están las estrellas

claramente en el cielo; en el cielo lejano

viéndose con agrado, sin mudar casi nunca.

Como llanuras son los ríos; toda apariencia

también dispersa surge; la leche de la vida

perenne se demora. Y la amplitud de las ciudades

surge con especial bondad en ilimitada distancia.

Salud.

martes, 5 de enero de 2021

Dinero (con la Poniatowska y Annemarie Schwarzenbach)

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Nos construimos en base a diversos elementos que se desarrollan en relación a los distintos factores que inciden sobre ellos. Genética, cultura… y algo más, pues ahí está el Dinero, poderoso caballero. ¿De dónde sale? Es lo que pensaba estos días al leer Las indómitas (2018), de Elena Poniatowska (1932), y ver las diferencias en las condiciones de vida que hay entre la autora y alguna de las mujeres a las que visita para hacer el libro, entre ellas la Jesusa Palancares (o Josefina Bórquez), una de aquellas Adelitas de la revolución mexicana, ahora viviendo en la pobreza extrema, de la que Poniatowska ya escribió en 1969 la novela Hasta no verte Jesús mío.

Y, todavía, ello se me ha hecho más patente con el cómic Annemarie (2019), elaborado primorosamente por María Castrejón y Susanna Martín, que relata la vida de Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), nacida en Zúrich, en el seno de una familia adinerada, gracias a las fábricas que posee. Doctora en filosofía, periodista, fotógrafa, viajera en medio mundo, de lo que son testigos los libros que ha dejado, cuyos textos apoyan las escenas de esta novela gráfica –Muerte en Persia, Todos los caminos están abiertos, El milagro del árbol–, más los que aquí no se citan (pero sí se han consultado): Ver a una mujer, El valle feliz, Con esta lluvia, etc. No extraña que para ambas autoras el proceso de elaboración del cómic haya sido una travesía personal.

Annemarie era lesbiana –Ella, tan amada– y morfinómana. Pasó buen número de temporadas en clínicas de desintoxicación, a veces con tratamiento psiquiátrico. ¿Qué papel jugó el Dinero en ello? Lógicamente, no construyó su carácter rebelde, pero, lógicamente, sí le permitió la vida regalada desde joven en Berlín, París… y salir de las situaciones en que se hallaba tirada. Lo sorprendente de su final es que, después de todas las épocas en que corrió diversos peligros, que la podían haber llevado a la tumba, fue a morir a causa de una caída en bicicleta (y algunas negligencias médicas) en la apacible mansión familiar suiza cercana al lago.

jueves, 17 de diciembre de 2020

Productos (Harper Lee y Matar a un ruiseñor)

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Continúa el goteo de denuncias en bibliotecas y colegios de Estados Unidos para que se retire de la circulación la obra Matar a un ruiseñor porque hiere la sensibilidad de quien lo lee. En concreto, por emplear reiteradamente la palabra nigger, ‘negrata’, lo cual algunas madres y padres consideran que no es adecuado para su prole adolescente. Lo curioso del asunto es que la obra (que tiene un éxito instantáneo desde su publicación en 1960, gana el Pulitzer en 1961 y se lleva al cine en 1962) se pone de lectura obligatoria en los colegios precisamente porque contribuye a la integración social, y en ella hay frases tan emblemáticas como la de que «no se conoce de verdad a un ser humano hasta que no nos ponemos en su pellejo y nos movemos como si fuéramos este ser».

Aunque aquí lo que nos interesaba resaltar es la obra literaria como producto. Solemos considerar que la novela que tenemos entre las manos ha sido concebida en la mente de quien la ha escrito, madrugando o trasnochando, en la soledad de su hábitat. Y obviamos que es un objeto que ha sido producido, es decir, sometido a los parámetros de diseño, estudio de mercado, etc., para que sea vendible. En el libro que nos ocupa, Harper Lee (1926-2016) escribe la obra Ve y pon un centinela en 1957 –editada en 2014–; la protagonista es una mujer de 26 años, Scout, que vive en Nueva York y vuelve a su pueblo de Alabama para visitar a su padre, Atticus, abogado algo racista, asistido por una criada negra, Calpurnia. Harper recorre editoriales ofreciendo su obra, sin éxito, hasta que una compañía acepta publicarla, pero con cambios. Le ponen a una editora literaria y en un par de años nace Matar a un ruiseñor. No se desarrolla en los años cincuenta, muy convulsos, sino en los treinta; la narradora es una niña de 6 años; la criada es condescendiente con los blancos a los que cría; el abogado defiende a un negro con convicción…

En todo caso, una novela excelente, de una autora, Harper Lee, soltera contumaz, que vivió en su pequeño pueblo, con miles y miles de dólares en su cuenta, que rechazaba entrevistas, y que paseaba en chándal, tomaba café en locales de mesas de formica y entraba en el todo a 100 a buscar ofertas.

Salud.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Entre nosotras, con Audre Lorde

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En la noche del 25 próximo pasado, Televisión Española tenía previsto emitir un programa relativo la violencia de género, pero, a pesar de estar dirigida esta entidad por una mujer –no nos detendremos aquí en esas lágrimas de cámara de una ministra–, cambió la programación para sustituirlo por otro hagiográfico de un futbolista recién fallecido; para más inri, se trataba de un señor, a decir de Laura Freixas, putero y maltratador. Sabido es que ese día se homenajea a las víctimas por haber sido el 25 de noviembre de 1960 la fecha en que los sicarios del dictador dominicano Trujillo asesinaron a las Hermanas Mirabal, Minerva, Patricia y María Teresa (que tienen calle en Burgos), luchadoras contra su régimen e inmunes a sus caprichos.

Da la casualidad que esa noche estaba leyendo la antología que Visor realizó el año pasado de la poesía de Audre Lorde (1934-1992), realizada e introducida con claridad por Michel Lobelle. Nacida en Harlem, negra, lesbiana, madre, feminista, socialista... Su oratoria desplegaba una potencia de siglos, trasladada a ensayos como La hermana, la extranjera (según se ha traducido su Sister Outsider) y novelas –conocida es Zami, una biomitografía–, enraizada y concentrada en su poesía.

Apagué el televisor y me sumergí en un mundo vedado a quienes vitorean:

Estaciones:

Hay mujeres que aman

esperar

una vida         un anillo

en la luz de junio     una caricia

que les desate las manos

ponga palabras en sus bocas

formen sus pasajes      otra durmiente

que recuerde       su pasado     su futuro.

Algunas mujeres quieren el tren

correcto    en la estación equivocada  […]

Algunas mujeres se esperan a sí mismas

al girar la siguiente esquina […]

Hay mujeres que esperan

que algo cambie      pero

nada cambia

así que se cambian

a sí mismas.

Salud

lunes, 16 de noviembre de 2020

El mar en Grecia

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Leía esta temporada los versos de Anne Carson en La belleza del marido (2000), esa mezcla de ensayo, narración y poemas que ella suele hacer en una misma composición, en las que no son infrecuentes las referencias al mundo clásico griego, no en vano se doctoró con un trabajo sobre Safo. Sin ser muy consciente del ambiente en que se movía mi espíritu, llegué la semana pasada a la biblioteca del barrio y, tras pasar un momento por la mesa de novedades, decidí coger la novela La sonrisa olvidada, de Margaret Kennedy. Con ella bajo el brazo, me acerqué a la zona de poesía (en la que tenía que consultar unos romanceros) y (hecho lo anterior) tiré de un poemario para llevarlo en préstamo, que resultó ser Aquel vivir del mar, reunido por Aurora Luque. Ya en casa, mirando una fotografía en el móvil hecha hacía poco en una exposición sobre la ruta de migrantes (clandestinos) en el Egeo, caí en la cuenta de la conexión de lo que me rodea.

Aquel vivir del mar –que proviene del verso de Arquíloco, «Olvida Paros, aquellos higos y aquel vivir del mar»– lo subtitula su traductora y recopiladora Aurora Luque como El mar en la poesía griega. Antología. La Europa mítica nace en el mar, con la princesa fenicia raptada por el toro Zeus que navega a las playas de Creta; al igual que la histórica nace en las aguas de Salamina, fecha de libertad. Es un mar hiperpoblado de presencias. La traductora se ha propuesto la misión imposible de devolver algo de sabor lírico a las viejas palabras helenas, para que no atraigan solo a pedagogos, sino que satisfagan a oyentes y degustadores de poemas. Así, nos muestra una delicada jarcha de Anacreonte: «Qué bien me haría / que me llevaras, madre, / a la mar amarga, // y a sus olas granates, / con remolinos, / tú me arrojaras»; el cual prosigue la idea de suicidio en «Tras subir –otra vez– a lo alto / de la roca de Léucade / en las canosas olas me sumerjo / de pasión embriagado». Mimnermo, Safo, Hédile, Erina, Antípatro, Filodemo…

En La sonrisa olvidada, Margaret Kennedy (1896-1967) concentra su hacer literario de años y despliega una prosa cuidada y culta, que proporciona vida a unos personajes singulares y, sobre todo a una isla, Keritha, rodeada (y custodiada) por ese mar heleno, en la que se simboliza el lugar imposible, donde habita la sonrisa olvidada. Lectura amable para tiempos raros.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Tiempos difíciles (con Dickens)

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 Se ha traducido la obra de Charles Dickens (1812-1870) Hard Times – For These Times como Tiempos difíciles, aunque esta es una expresión que parece que podemos reservar para los meses que estamos viviendo en este 2020, y ahora a la obra le cuadraría mejor el título de Tiempos duros (o algo así), pues refiere las condiciones de la existencia en una ciudad inglesa norteña –Coketown, en la novela; puede que Preston, en la realidad– inmersa en la primera revolución industrial, la que se desarrollaba allá por 1854, año en que el propio Dickens dirigía el semanario Housevold Words, en el que se fue publicando, de abril a agosto, la narración que nos ocupa.

Con tanta literatura actual pendiente de leer, no es fácil dedicar el tiempo ocioso a una obra del siglo XIX, sobre todo si esta es tan voluminosa como Tiempos difíciles. Comienza, además, de una forma hosca, con una voz narrativa incómoda en los primeros capítulos, algo que convierte en más heroica la lectura, pero que resulta ser una virtud literaria, pues describe en el comienzo lo que sería una sociedad de «hechos», en la que la imaginación o los sentimientos quedarían desterrados. Atravesar esta dificultad lectora y continuar en sus páginas nos acerca a la satisfacción (que ya dijera Byron que el placer es enemigo de la comodidad).

Ya que es una novela del siglo diecinueve, la voz que la guía intenta congraciarse con quien lee desde el capítulo segundo con ese «Dinos…». Somos parte de la obra. Algo en lo que se ocupa de que no olvidemos, por lo que de cuando en cuando vuelve a hacernos cómplices de la narración. También tiene, por supuesto, esos pasajes en los que se cuenta más de una historia, o en los que, si prestamos atención, descubrimos algo más que lo evidente: «Amablemente [James] se había apoderado de la sombrilla de Louisa y la había alzado para ella; la joven caminaba bajo su sombra, aunque allí no brillaba el sol». Sí, era un día nublado y el galán desplegaba su caballerosidad. Pero, también, el galán tenía unas segundas intenciones (ocultas) y en aquella casa, la del industrial, marido de Louisa, no había lugar para las personas sennsibles.

Y más que hay. Tres ambientes sociales: el magnate industrial-banquero, el proletariado, el circo…

martes, 13 de octubre de 2020

Casi Nobel (Maryse Condé)

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En este año de contagios, el Premio de Literatura, uno de los cinco que Alfred Nobel dejó consignados en el testamento, se ha ido a la poesía. Louise Glück (1943) ha tenido la fortuna de recibirlo, sin estar posicionada –según dicen– en los puestos de privilegio que establecen las apuestas. Al pasear por el jardín, «Ella desea detenerse; / él desea llegar hasta el fin, / permanecer en las cosas». Al leer poesía, puedes llegar a liberar presencias, la de quien escribió los versos que te afectan –asegura Louise–. Vestirse es renovarse, «Mi alma se marchitó y se encogió. / El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado / grande / para ella. / Y cuando recuperé la esperanza, / era una esperanza completamente distinta». Y transmutarse en flores –por supuesto, en Ararat–: «El verano es, a veces, muy caluroso, / y a veces, un aguacero echa por tierra las flores. / Así murieron las amapolas, en un día tan solo, / eran tan frágiles…».

No tengo ojo clínico para estos menesteres de los premios ni, tal vez, capacidad de percibir las cualidades de una obra literaria. Maryse Condé (1937) estaba mejor posicionada –según dicen– para recibir el Nobel este año, pero a mí la verdad no se me hubiera ocurrido proponerla para dicho galardón. Claro que solo he leído una obra suya, Corazón que ríe, corazón que llora, la cual no me hizo vibrar hasta bien avanzadas sus páginas, por lo que no puedo ponerme aquí a pontificar sobre su literatura, máxime cuando me dicen que es valiosa por retratar «los estragos del colonialismo y el caos poscolonial con un lenguaje preciso y devastador al mismo tiempo». Y tengo fe en lo que me aseguran.

Será lo que Maryse retrata en Hérémakonon (1976) o en Yo, Tituba, la bruja negra de Salem (1986), además de en la saga Segu (1985) y en Desirada (1997). Hay que reconocer que la vida le ha propiciado oportunidades y ella ha buscado, con tesón, vivencias que le permiten expresar lo dicho mediante el don y el esfuerzo de la palabra.

viernes, 2 de octubre de 2020

La gracia del mar (el marino de Mishima)

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Hace años que no leía a Yukio Mishima (1925-1970), estilista del lenguaje japonés y, en especial, autor que combina la muerte, la sexualidad y los posicionamientos sociales de sus personajes, desde el pasado o, mejor dicho, desde la mente de este novelista y crítico en la que no cabía la disolución de la tradición nacional o, mejor dicho, la disolución de la aristocracia samurái y la figura del emperador. Criado por su abuela Natsu, de salidas violentas; educado en un colegio de élite, a pesar de no disponer del dinero con el que contaban sus compañeros; se hizo escritor al practicar por las noches, con la ayuda de su madre, Shizue, primera lectora de sus textos, ante la oposición de su padre.

El caso es que ha llegado a mis manos El marino que perdió la gracia del mar (2003), una de las cuarenta novelas que escribió Mishima, esta en 1963. Desde la primera hasta la última línea sabes que estás en un mundo que no acostumbras. Con un capítulo de presentación que compone las Meninas, el desconcierto de estar observando desde el agujero de un armario lo que sucede en la habitación de al lado, con ventana al puerto de mar. Con ojos de un adolescente de 13 años, que entiende el rumbo del mundo y está dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que se desvíe.


La casualidad ha hecho que llevara el libro al mar, a las playas de Levante, en donde he terminado de leerlo. Pocas gaviotas. Nada heroico sucedía alrededor. Paseos (sin mascarilla) de un lado a otro, entrando y saliendo del límite del agua. Aquellos adolescentes de Mishima desperdiciaron el gesto ante el marino, al igual que su autor al morir con el seppuku. En las páginas del japonés habita una fuerza que no se muestra en las olas mediterráneas…

sábado, 12 de septiembre de 2020

Reflexiones de camino a la horca (Kanno Suga)

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De oca a oca, aunque de distinto tamaño. Pasamos de un voluminoso libro en la entrada anterior a un volumen breve, de apenas 50 páginas de formato pequeño, en la anotación presente. Pero en ambos palpita ese mundo que sugieren (algunas) historias narradas, sucedidas en países y épocas de especiales controles del Poder. Se trata ahora de Kanno Suga (Sugako en español), nacida en Osaka en 1881 y muerta en Tokio el 24 de enero de 1911, periodista acusada de traición por el gobierno de su país, a la postre la primera mujer encarcelada por motivos políticos que fue ejecutada en el Japón moderno. Tenida hoy por revolucionaria y feminista, ya que, además de ocuparse en sus escritos de la defensa de los más débiles, propugnaba la igualdad de mujeres y hombres.

Al ser detenida en 1910 por participar en un supuesto complot para asesinar al Emperador Meiji, representante supremo de las condiciones rígidas y opresoras de la sociedad de su tiempo, fue involucrada en el llamado Caso Kotoku y condenada a muerte. Entonces comienza a escribir un diario: «escribo esto como registro del periodo que va desde el momento en que se pronunció la sentencia de muerte a la hora que suba encima del cadalso. Voy a escribir las cosas con franqueza y de manera directa, sin ninguna intención de justificarme».

Así nace Reflexiones camino de la horca, que se había editado en japonés e inglés, y que publica en castellano, en 2019, Calumnia Editions –«Volgueren enterrar-nos; no sabien que érem llavor»– de Mallorca. Son anotaciones que comienzan en la prisión de mujeres de Tokio el 18 de enero de 1911, nublado, y finalizan el 24, despejado, después de pasar por la nieve del día 20. Le visita el capellán de la cárcel. Recibe y contesta cartas con alguna dificultad, pues el pincel está frío como el hielo. Reparte sus escasas pertenencias entre amistades y familiares.

Koizumi, un amigo, cuando se emborrachó con sake en Nochevieja, al recordar a su amiga en la cárcel, intentó escribirle un poema, pero fracasó; solo le salió una frase: «¡Qué lastimoso! Esta edad ilustrada descarrila a la mujer talentosa».

[Las fotografías están tomadas por Elena Gallego Andrada. Gracias. Pertenecen a la tumba de Kanno en el templo budista Shōshunji. Elena ha traducido el poema grabado que compuso a su muerte (propio de los samurai ante el suicidio ritual (seppuku o harakiri) y los condenados a muerte):

Contemplando el avance de la sombra del sol

por entre los negros barrotes de mi ventana

hoy también sigo viviendo

Y la inscripción en la parte trasera de la roca:

Aquí duerme Kanno Suga, una pionera de la revolución].

Salud.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

La sonrisa robada

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Hay quien me ha regalado una rosa, la primera rosa de septiembre –gracias Margarita–, sin saber acaso que me hace bien después de haber leído esta temporada extraña La sonrisa robada (2013). El libro fue publicado en la editorial local segoviana Isla del Náufrago, accesible por internet, que cuenta con el apoyo de la bitácora El Cuaderno del Náufrago, en el que pueden leerse comentarios de prensa y los de quienes lo creen necesario.

Desde La sonrisa robada emergen diversas voces y planos narrativos, mérito que ha de atribuirse a su autor, el burgalés José Antonio Abella (1956), que novela una historia de amor y que investiga una historia de horror –presentada, parafraseando a Goethe, con «He recogido con afán todo lo que he podido encontrar referente a la historia de la desdichada Edelgard Lambrecht, y aquí os lo ofrezco, seguro de que me lo agradeceréis. Es imposible que no tengáis admiración y amor para su genio y carácter, lágrimas para su triste fin»–. Edelgard, hija de un oficial de las SS, chica que sonreía junto a sus compañeras en las manifestaciones jubilosas del nazismo en Stettin, en los años de su auge, violada en su juventud repetidas veces por los soldados de ocupación en los años finales de la segunda guerra mundial, trastocada o transformada en…

Por casualidad (o no), Edelgard responde al llamado en la prensa de un estudiante español, JoséFernández-Arroyo, de Manzanares, en 1949, y quedarán sumergidos en atracción mutua, alimentada por la correspondencia (en francés) que mantienen durante cuatro años, hasta que sucede su encuentro en Flensburg en 1953. (Las cartas y el diario de José dieron lugar en 1991 al libro Edelgard, diario de un sueño, 1949-953, reeditado en Isla del Náufrago).

En La sonrisa robada aparece (además) la presencia del autor, que indaga, que consulta, que viaja… –el libro es Premio de la Crítica de Castilla y León–, que abre trampillas al viento aquí y allá, que desvela, que construye la espiral… del amor y del horror.

jueves, 30 de julio de 2020

En el balcón (vuelo de golondrinas, Massieu)

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En esta temporada, asomado al balcón, coincido a veces con el vecino. Hablamos de la situación de los meses anteriores ─él tiene una cuñada, hermana de la mujer, y un cuñado que han fallecido─, y de lo que seguramente nos viene. Enfrente, las golondrinas (más bien, vencejos) vuelan con la rapidez acostumbrada, se introducen en los huecos de la pared de piedra de la iglesia, en la que tienen los nidos, y vuelven al espacio, describiendo un semicírculo hacia el suelo que completan calle arriba. «Esas sí que son seres de valía», dice, «nosotros no tenemos ni la mitad de su gracia». Animales que hablan de nuestra finitud.

Le podría hablar de la poesía de Antonio Crespo Massieu (1951), aunque no lo hago. Incluso, podría leerle

De los pájaros

Tanto que aprender.

Su vuelo imprevisto,

el canto necesario,

la suspensión del tiempo,

su oculta presencia en lo alto,

la vida a saltos,

el insólito equilibrio,

lo mínimo en la altura,

el temblor suspendido,

la paciencia, la espera,

lo inquieto, la escucha,

el silbo y la respuesta,

la huida, dejar la voz,

escapar siempre,

la libertad del canto,

el vuelo,

dejar la música

y se sombra.

Ojos abiertos al silencio,

a la escucha del tiempo,

tanto vuelo

y tanto canto.

Yo no sé dónde cantan,

dónde,

dónde los pájaros.

(Con ese yo no sé dónde tan juanramoniano de los pájaros).

Salud


lunes, 20 de julio de 2020

Física y poesía (Feynman o Geoffrey Hill)

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Dicen que una pareja contemplaba absorta las estrellas brillantes del cielo de julio. «Soy uno de los primeros ─dijo uno─ que saben por qué resplandecen; se debe a las radiaciones ocurridas en el núcleo de sus átomos de hidrógeno ionizados hace tiempo». La acompañante se sintió algo decepcionada; hubiera preferido escuchar que unos delicados seres alados estaban encendiendo velas allí durante la noche o que los astros emitían unas señales parpadeantes en las que se hallaba un mensaje que deberían interpretar antes del amanecer.
¿Acaso la verdad no es bella? Leo en estos días Seis piezas fáciles. La física explicada por un genio, reedición actual de la obra clásica que Ricard P. Feynman (1918-1988) diera a la luz en 1963. No he estudiado ciencias naturales, pero me gusta de vez en cuando sumergirme en alguno de sus libros, aunque no entienda todo lo que explican. Pero me resulta hermoso, al igual que me sucede con la poesía cuando no la entiendo, por ejemplo la de Geoffrey Hill (1932-2016), recientemente editada reunida ─«Indeseable pudiste haber sido, intocable / no eras. Ni olvidado / ni pasado por alto en el momento correcto […] / Septiembre engorda en las viñas. Las rosas / se descascaran desde las paredes. El humo / de fuegos inofensivos llega hasta mis ojos. / Esto es demasiado. Esto es más que suficiente»─. No necesito inferir la secuencialidad.
Me fío. Sé que estoy en lo alto del monte contemplando la extensión boscosa que se entiende por la ladera, los meandros del río adivinado en el valle, el viento que golpea suave en las mejillas, los colores diversos de la tarde, las mariposas blancas y siena que aparecen y desaparecen, el milano a lo lejos, la gente que se afana ahí en la cosecha, la gente que se mata allí en las favelas… Y alguien me lo explica a su manera, con sus palabras, y yo sé que son verdaderas.