lunes, 31 de marzo de 2014

Amor... y algo más

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El pasado jueves me decía la Camarera que había leído unos comentarios de Alessandro Baricco sobre su novela talismán, Seda (1996), en los que decía que si solo fuera una novela de amor no habría merecido la pena escribirla. Y, después ‒mientras me dejaba una teja extra en el platillo, con ese gesto de que sabe que me gustan a rabiar‒, casi me recitó completo un poema que había leído en enero en un sitio web donde colocan uno cada mes, llamado Poesía a pie de calle.
«A ese poeta lo conozco bien», le dije. Roque Dalton (1935-1975) nace y muere en San Salvador, si bien estudió en Santiago de Chile y viajó por Rusia y Polonia. «Y sí, en muchas ocasiones tiene ese algo más»:
Como tú
Yo, como tú,
amo el amor, la vida, el dulce encanto
de las cosas, el paisaje
celeste de los días de enero.
También mi sangre bulle
y río por los ojos
que han conocido el brote de las lágrimas.
Creo que el mundo es bello,
que la poesía es como el pan, de todos.
Y que mis venas no terminan en mí
sino en la sangre unánime
de los que luchan por la vida,
el amor,
las cosas,
el paisaje y el pan,
la poesía de todos.
Poesía a pie de calle es una colección de poesía mural, iniciada en junio de 2013, promovida por Asociación Cultural La Zagüía, en la que participan diversos colectivos: La Palabra Itinerante, La Casa con Libros, etc.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Libros (¿perniciosos?)

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Si habitamos en el número 55 de la Avenida Dropsie, en pleno Bronx, en uno de cuyos extremos podemos tomar el metro alto en la estación volada que allí se levantó (sobornando el constructor del barrio al ingeniero jefe), es que andamos por un espacio literario privilegiado, estamos en las páginas de Contrato con Dios (1978), novela gráfica esencial en la literatura de este género, debida a la pluma y el lápiz de Will. E. Eisner (1917-2005). «Relatos costumbristas, rebosantes de ternura debido a la condición humana» de quienes viven aquí. Solo podríamos añadirle alguno de los personajes que pululan por las páginas de la obra de E. L. Doctorow, tal los vendedores de periódicos ‒canillitas‒ de principios del siglo XX y tenemos en las manos, entre los dedos, ese mundo de papel.
Pero, cuántas veces discutiremos todavía sobre este regalo del destino. ¿Perecerá en su forma clásica? ¿Serán digitales dentro de veinte años? No lo sabemos. Lo que sí me gustaría ahora es reflexionar sobre lo que escribía Ramón Pérez de Ayala (1880-1962) acerca de la lectura temprana: «Sí, Urbano mío; los libros son mi vida, mi mundo, mi naturaleza, y no podría vivir sin ellos. No hagas caso si los abomino. Pero, ¡por Dios!, no leas libros. Quiero decir, no leas libros todavía. Léelos luego, todos los que puedas, a tu tiempo; que colaboren en tus reflexiones sobre tu vida pasada, pero que no se antepongan a tus experiencias provocándote la embriaguez de una vida imaginaria que te dejará inútil para la vida verdadera.

»Los libros son como las fuerzas elementales, como el agua, el fuego, el aire, la tierra, el amor; mortales si te dominan y envuelven, el mejor don de los cielos si los señoreas y limitas en el cauce, en el hogar, en la vela, bajo los pies, en el pecho. ¡Abrázate recio con la vida y con el amor! Oye mis palabras como el grito de angustia de un hombre que quiere salvarse. Tu tabla salvadora la tienes cerca. ¡Abrázate con la vida y con el amor!».
Tal vez el contrato realizado en las lecturas de la niñez..., no se cumple.

viernes, 21 de marzo de 2014

Engaños y Universidad

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Cuando Kangjie observó por primera vez los dibujos de las huellas de los pájaros y creó la escritura, la vida se llenó de engaño y artificio.
Así habla la tradición china respecto de la invención de la escritura por parte del ministro del Emperador Amarillo. Y otros poetas de esta civilización ‒Li Bai (Alzo mi copa y convido a la luna. / Con mi sombra, ahora somos tres), Du Fu (La guerra fue la causa de mi vagar. / Si he logrado sobrevivir, / ha sido por casualidad), o Bai Juyi (¿Quiénes son esa gente? / pregunta un curioso. / Son los mandarines / que nos gobiernan)‒ llegan a ser consejeros del emperador y, al ver que el engaño y la adulación es la monedad corriente del Poder, reniegan de sus cargos y vuelven a su beatus ille.
Yo, en esta isla de conocimiento como es una biblioteca universitaria, me conformo con volver de vez en cuando a Krisnamurti (1895-1986), el hombre al que quisieron endiosar y entronizar, pero que se negó a fundar su religión. En una conferencia que da en la argentina Universidad de La Plata, en 1935, le preguntan: «¿Qué hacer de la universidad oficial?» Y responde: «Estáis educando aparte. Un sistema semejante crea desórdenes en el mundo. Se os prepara para profesionales o educadores. Se os prepara para ensamblaros en un régimen hecho; os guste o no. Este régimen se basa en el espíritu de adquisición, miedo y explotación. Estos tres factores dejan libres en el hombre ciertos deseos que son los que crean entre los individuos las divisiones y las barreras.
»Tomemos por ejemplo el problema de la Historia. Veréis que cada país ensalza sus héroes y patriotas en detrimento de los de otros países. En esta forma se cultiva el nacionalismo. Con libros, diarios, discursos, mítines hemos sido forzados a aceptar el nacionalismo como un hecho real, de modo que gradualmente se nos va preparando así para ser usados con fines de explotación. En esta forma, el nacionalismo se convierte en una barrera para la humanidad».

¿Será verdad lo que dice la tradición china?

lunes, 17 de marzo de 2014

Luna llena

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Anoche volvía a casa y estaba apareciendo la luna llena. No crucé el puente Malatos y caminé río arriba por la margen izquierda. Delante del faro redondo pasaban las ramas de los árboles de la rivera, todavía desnudas en Burgos (salvo los de los sauces llorones). Entonces comencé a escribir (en la mente) esta anotación, pues tenía pensado haber escrito sobre el silencio, pero el momento me arrastraba con plenitud. Cuando di la vuelta para volver al puente románico, el cielo conservaba un tímido resplandor de la tarde en el horizonte.
Venía de estar con mi padre. «¿A dónde vas María?», «Voy a mi casa, que ya es hora», «Ahora esta es tu casa, mujer; ya pronto vamos a cenar y, después, a la cama», le dice una residente que siempre está al tanto de lo que se cuece en la sala de estar. María es una mujer de aspecto dulce, tranquila, de unos 85 años, que camina despacio, algo encogida de hombros pero con la vista hacia delante. Cuando la noche va cayendo y los ventanales se iluminan levemente con el brillo de la luna llena, se levanta del sillón en el que pasa la tarde, con la vista en el infinito, y se dirige a su casa.
Mi padre se queda tranquilo al verme llegar. Estaba preocupado por cómo se las apañaría para subir a la habitación a dormir y su mente ya ha solucionado el problema. No le apetece hablar y se recuesta. Yo aprovecho para leer unas páginas de este curioso libro que ha caído en mis manos estos días: La trabajadora, de Elvira Navarro (2013), en el que las jóvenes Elisa y Susana conviven con los trastornos mentales de cada una, mientras trabajan (precariamente), en un modo de vida en que la patología resulta normal en una sociedad sin proyectos comunes.
Al entrar en calle Emperador, la luna se encaramaba en el mudéjar Arco de San Martín.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Edad de oro

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Leí no hace mucho que en épocas remotas la tradición de la edad dorada estaba difundida universalmente. El cielo de las religiones sucesivas deriva, en gran manera, de este concepto de edad dorada. La casta sacerdotal, hábilmente, situó uno donde debía de estar la otra, con el fin de establecerse como paso obligado entre el pueblo y la divinidad. En fin, eso leí.
Esta edad de oro coincidía con una vida dulce antes de que sobreviniera el último período glacial. Es decir, antes incluso del diluvio universal. La felicidad pasada, el paraíso perdido… Desde ahí no es difícil llegar al socialismo primitivo (llamado utópico por el marxismo autoritario), enraizado en hombres y mujeres que reclaman su independencia, su libertad arrebatada. El bello socialismo popular.
Ovidio, refinado poeta, describe la edad de oro en su Metamorfosis:
Aurea prima nata est aetas, quae vindice nullo,
sponte sua, sine lege fidem rectumque colebat.
Poena metusque aberant, nec verba minantia fixo
aere legebantur, nec supplex turba timebat
iudicis ora sui, sed erant sine vindice tuti.
Nondum caesa suis, peregrinum ut viseret orbem
(Más o menos, sería): Nació la edad dorada como la primera edad que practicaba sin coacción y sin ley, por voluntad propia, la buena fe y la rectitud. No existía el castigo ni el miedo, no se leían expresiones amenazadoras sobre los bronces públicos [prohibiciones legales]. No había multitud suplicante que esperara con temor las palabras del juez. Todos vivían sin juez. Todavía no estaban rodeadas las ciudades de profundos fosos…
Nos gusta pensar que existió existe existirá... como en la película.

viernes, 7 de marzo de 2014

Belleza

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El jueves salí a hacer unos recados al centro. Me pasé por el puente a tantear el ritmo de la mañana en esas oleadas de gente que lo cruzan al ritmo de los semáforos de las calles paralelas al río. Van y vienen se encuentran se enfrentan se acoplan se dan la espalda se despeja. Las aguas vuelven al cauce, perdiendo la belleza de la desmesura, del abrazo más allá de los límites. Con la vista fijada en un punto de la corriente, puedes navegar hasta las tierras de Oporto.
No sé qué hora sería cuando entré en la cafetería en la que suelo conversar con una de las camareras. Puede ser que sea ella la que lee una línea o unos versos del libro que lleva entre manos o puede ser que lo haga yo. El jueves, aprovechando que estaba poniendo un poco de nata en mi ración de bizcocho, solté: «En la mujer, la belleza crea una distancia desde la que puede juzgar y escoger». Eso lo ha escrito una mujer, dice. Sí, claro, es de Hannah Arendt en la biografía que hace de Rahel Varnagen, vida de una mujer judía (2010 en español, aunque escrita hacia 1933).
Qué se puede decir de ambas que no leamos en el texto, así en este párrafo de los diarios de Rahel (1771-1833): «No tengo ni pizca de gracia. Ni siquiera la que me permitiría comprender la causa y, además de no ser guapa, no tengo nada de gracia interior […] Soy más vulgar que fea […] A veces hay personas que no tienen ni un rasgo agraciado, ni proporciones corporales dignas de elogio, y que sin embargo hacen una buena impresión; en mi caso es todo lo contrario». Para añadir más adelante: «Hace mucho tiempo que lo pienso». Sin embargo, llega a ser una de las mujeres importantes en la Alemania de su tiempo, pasando por su buhardilla berlinesa escritores y artistas, debido a su forma de recibir la vida «como una tormenta y sin paraguas», dejando que lloviera sobre ella, con inteligencia, atención y apasionamiento.
Es hora de marcharse. ¿Y los recados?

lunes, 3 de marzo de 2014

Fantasía

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Cierto día, unos cuatrocientos años atrás, el escritor comienza una novela en torno a un personaje cotidiano: Alonso Quijano. Entonces ‒según le viene dando vueltas hace tiempo, aunque no sabe bien qué ocurrirá‒ deja paso a la fantasía. No es que este hidalgo sea un personaje fantasioso, no, es que la fantasía obra en él y le seca el seso. A partir de ahí cobra vida El Quijote. Otro de los motivos para considerar esta novela como la que da nacimiento al moderno arte de novelar. Pero no para ahí la historia. Después viene el fracaso. Las andanzas fracasan. Cervantes había visto muchos casos así. Gente de la calle que, en la guerra, la fantasía los desata. Y en la paz, cada vez que la vida les permite entrar en un mundo distinto, imaginario, poderoso, donde se creen con derecho a violar, maltratar, extorsionar, chantajear…
Quienes estudian (sesudamente) los fenómenos literarios, afirman que «de Cervantes a Onetti no hay nadie». Seguramente es por este modo de introducir la fantasía en las historias. Partir de personajes con los que nos encontramos cada día, creíbles, y transformar su actuación después de que se produzca la alquimia correspondiente en sus protagonistas. Para una tumba sin nombre (1959) es una muestra de este hacer. Hay fantasía y hay fracaso. El proxeneta «caminó velozmente, por costumbre, acercándose incauto al encuentro, al metro cuadrado de baldosas que le había reservado el destino para que pudiera crear su obra y ser». Santa María decadente.
Escribir es un oficio y, como tal, sus obras envejecen. ¿Será la fantasía la que mantiene vivo a Alonso Quijano?

miércoles, 26 de febrero de 2014

Manos rojas

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¡Cómo me impresionó la primera vez que lo leí! Por aquello de la afinidad entablada en la geografía leíamos a Machado y a Bécquer hasta incluso fui en la niñez a Veruela donde está el monasterio de su retiro y donde quedaba estupefacto ante los perfectos agujeros que realizaban los pájaros carpinteros en los árboles de los alrededores allí viajamos con el coche de mi tío Ricardo que era panadero a quien mi padre hacía las tarjas en la carpintería bueno en realidad a mi tío lo que le tiraba era ir de taxista con el coche y perderse en la noche de los caminos y las tabernas y las que de verdad trabajaban era mi tía Encarna y mi prima mayor yo me entretenía jugando con mi prima pequeña de mi edad y cargando algunos troncos para el horno con lo que ayudaba a mi primo mediano que el otro estaba con los frailes que me daba alguna peseta el día que ganaba a las cartas con los otros chavalotes del pueblo.
Digo que me impresionó leer la leyenda El Caudillo de las manos rojas, de Bécquer ‒«¿De qué me sirven el poder y la riqueza si una víbora enroscada en el fondo de mi corazón lo devora, sin que me sea dado arrancarla de su guarida? Ser rey, señor de señores; ver cruzar ante los ojos, como las visiones de un sueño, las perlas, el oro, los placeres y la alegría; verlos cruzar al alcance de la mano, y al tenderla para asirlos, ¡encontrar cuanto toca manchado de sangre! ¡Oh! ¡Esto es espantoso!»‒. Allá, en Orsira, tierra cruzada por caravanas de dromedarios, de brillantes zafiros, de azulada niebla, de mil ruidos misteriosos, del murmullo del Jawkior…
Más adelante, me he enterado de otras manos que no pueden borrar su pátina por mucho que se laven. ¿Qué puedo decir del sobresalto de Macbeth, después de que Lady le arrebate los puñales y se dirija a embadurnar a los guardianes con la sangre del asesinado?:
¿Dónde llaman? ¿Qué me ocurre
que todo ruido me espanta? ¿Qué manos
son estas? ¡Ah, me arrancan los ojos!
¿Me lavará esta sangre de la mano
todo el océano de Neptuno? No, antes esta mano
arrebolará el mar innumerable,

volviendo rojas las aguas.

viernes, 21 de febrero de 2014

Traición

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Hay momentos o situaciones en los que una misma palabra confluye en nuestro día a día. Arroyos que aumentan la corriente principal. Que llaman nuestra atención. En esta temporada me ha ocurrido con la palabra traición. Me ha llegado a las manos el excelente libro de Rebeca West El significado de la traiciónThe Meaning of Treason‒, ya publicado en 1949 después de que presenciara el juicio que se le hizo a quienes se consideraba traidores a Inglaterra durante la segunda guerra mundial, caso de William Joyce, que alentaba a desertar y apoyar a Alemania desde una emisora germana, programa que era escuchado en toda Inglaterra.
La autora concluye que todas la personas deberíamos tener «una gota de traición en las venas», pues las demandas de cada cual cuando tenemos altas cotas de libertad representan un desafío a las limitaciones que impone el Estado. El libro de Rebeca West está editado en español por Reino de Redonda (2011), ya sabemos, esa pequeña isla descubierta por Colón en cuyos riscos ondea el lema Ride si sapis, y está dedicado a Juan Benet, de quien incluye un epílogo con sus reflexiones sobre la traición.
Y, también, vuelve José Emilio Pacheco con ese poema que conoce de sobra toda persona que se desenvuelve con cierto desenfado por el proceloso mundo de la literatura:
Alta traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

lunes, 17 de febrero de 2014

Preguntas de despertar

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¿Dónde estoy cuando no estoy conmigo? Es algo que se nota con claridad. ¿Qué ciudad quiero para mí? Pregunta, también, que me viene al despertar, mientras estiro los brazos y me voy desperezando. Abro la ventana, aspiro el aire fresco del alba. La luna llena enfrente después de tantos días nublados. Me lavo con agua fría (pues tengo la creencia de que es saludable para la piel de la cara). Y cuando estoy en la ducha ya tengo suficiente clarividencia mental como para detenerme un tiempo en las dos preguntas que me han surgido. Tan distintas. Tan semejantes.
Al desayunar ‒de pie‒ manzana untada con mermelada de jengibre, nueces y yogurt, pongo enfrente el manifiesto que leí ayer. Es de 1930, repartido en Isla Cristina (Huelva), escrito por Trinidad Corral Pérez -es un hombre-, porque tal vez tiene elementos con los que pueda contestar a las preguntas. Finaliza así:
«De la cultura nadie ha tenido que arrepentirse; de las riquezas, sí. Por la Cultura se engrandecen los pueblos, es cierto, pero ésta es un retoño de la Libertad.
Esta cultura que menciono, no es, ni puede ser, servida por un grupo, una Escuela, un partido o clase. Como el oxígeno, la luz, y el aire, nadie puede, ni debe condicionarla.
Dudad de esa Cultura que se os presente en forma de intransigencia, dogmática, de imposición o violencia. Es su antítesis.
El palo no educa: «domestica y envilece».
El cerebro que antepone prosperidad económica a la Cultura, corresponde al de un esclavo, y nunca será liberto. Cuando su poder le haga dueño de su voluntad, será víctima de sus vicios y depravadas pasiones.
Luz. Luz. Luz».
(Reproducido en Suplemento de La Revista Blanca, núm. 170, 15 junio 1930, pág. X).
[El despertar de las Artes, Frans Floris]

miércoles, 12 de febrero de 2014

Dulces Sueños

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Recorre Isaac Rosa en El país del miedo (2008) la exuberancia verbal de los espacios del miedo, del país del miedo, paseando apresuradamente por avenidas, navegando en ríos, cruzando arroyos, escalando montañas, penetrando en cuevas, rara vez descansando para almorzar o echar un cigarrillo. Creado y sentido. Alimentado en el cine, la televisión y los diarios. Terror al dolor ‒no tanto a la muerte o a la pérdida de bienes‒, pues ante cualquier percance podemos recibir un puñetazo una patada un cabezazo ¡un mordisco! una pedrada un corte una presión… Buscamos, por ello, espacios, lugares limpios, limpiados, donde no nos griten, molesten, escandalicen. Guardados por vigilancias varias, sin darnos cuenta de que no están allí para salvarnos sino para salvar propiedades ajenas.
Patsy Clyne (1932-1963) muere en accidente de avión. Llevaba ocho años cantando el desamor, el dolor de quien se fue. Nashville la acogía a medianoche, mientras daba vueltas a sus calles para entenderse. Grabó Crazy en 1961, convaleciente de un accidente anterior, por lo que no pudo registrar las notas altas en ese momento (que se recogieron después), dolor autobiográfico (Loca, estoy loca de sentirme tan sola. / Estoy loca, loca por sentirme tan triste. / Sabía que me amarías el tiempo que quisieras. / Y que algún día me dejarías por alguien nuevo). Con los años, el recuerdo de esta cantante, cuyos temas son himnos de la comunidad lesbiana, queda plasmado en el cine, a través de la película Sweet Dreams (1985), dirigida por Karel Reisze e interpretada por Jessica Lange, con el acierto de que Jessica pone los labios y Clyne la voz.

Dulce Sueños, Patsy.

viernes, 7 de febrero de 2014

Herradura

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Llevo tiempo, casi diría años, pasando por allí y no me había dado cuenta. Hasta hace una semana a primera hora de la mañana en que vi a un vecino de mediana edad que venía por la acera, hablando con el móvil, levantar ligeramente la mano y tocarla. ¡Es una herradura clavada horizontalmente en la pared a medias!
Desde entonces he comprobado que es un objeto viviente del barrio y que hay gente que tiende la mano al pasar para tocarla. Está en el frente de un portal bastante anodino: un locutorio en el que puedes enviar faxes ‒pues todavía hay organismos que los exigen‒, hablar por teléfono vía internet ‒lo que ha abaratado enormemente las conferencias a otros países‒, alquilar la red por una hora o comprar chucherías.
Imagino que hace años años servía para atar las caballerías de la gente que llegaba de los pueblos a la ciudad al hacerse de día, compraban lo necesario en las tiendas, lo dejaban allí y se iban al centro a solucionar algún asunto, hecho o intentado lo cual, volvían, recogían lo comprado, soltaban al animal, le quitaban el bozo de la comida, pasaban por el pilón y retornaban al pueblo. Todavía permanece en el barrio la costumbre de abrir a las ocho de la mañana en las carnicerías, ultramarinos y pescadería que han sobrevivido a los supermercados.
A nadie se lo he dicho, pero he comprado hoy lotería (después de tocar la herradura).

lunes, 3 de febrero de 2014

Nieve sobre José Emilio Pacheco

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Acaba de llegar hace apenas media hora. Con la luz. Pasado el lomo de enero. Salgo de casa hacia el trabajo. El viento hace inútil el paraguas. Pero no importa. El rostro lo agradece. Me orillo en el paseo del parque. Parejo del río. La nieve extiende lentitud a donde alcanza la vista. Cubre asfalto, pasos de peatones, adoquines… Los coches, con tímida luz en los faros, se deslizan sin ruido en esta mañana de cuento. Figuras encapuchadas cruzamos entre los árboles como ante fuerzas antidisturbios.
Se posan en esta tierra los copos como en aquella en la que yace José Emilio Pacheco ‒todo es uno, todo es único.
Porque sabe cuánto la quiero y cómo hablo de ella en su ausencia,
la nieve vino a despedirme.
Pintó de Brueghel los árboles.
Hizo dibujo de Hosukai el campo sombrío.
Imposible dar gusto a todos.
La nieve que para mí es la diosa, la novia,
Astarté, Diana, la eterna muchacha,
para otros es la enemiga, la bruja, la condenable a la hoguera.
Estorba sus labores y sus ganancias.
La odian por verla tanto y haber crecido con ella.
La relacionan con el sudario y la muerte.
A mis ojos en cambio es la joven vida, la Diosa Blanca
que abre los brazos y nos envuelve por un segundo y se marcha.
Le digo adiós, hasta luego, espero volver a verte algún día.
Adiós, espuma del aire, isla que dura un instante.
Que la tierra te sea leve.

miércoles, 29 de enero de 2014

De nave a nave

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Si fuera novelista elegiría un barco como espacio en el que se desenvolviera alguna de mis novelas. Tiene límites precisos. Contacto permanente. Se mueve de un lugar a otro. Cambio de horizontes. Necesita organización en la convivencia. Normas o indicaciones precisas. Alguien que maneje el timón. Conocimiento del rumbo. Provisión de víveres. Respeto al descanso… Ideal para un ensayo de sociedad.
Sebastian Brandt escribe La nave de los locos (título sobradamente copiado, hasta por Pío Baroja), que ve la luz en Basilea en 1494 (que podemos disfrutar en Biblioteca Digital Hispánica en su formato original), traducida aquí recientemente como La nave de los necios (tal vez, emulando el cuadro de El Bosco). Pronto es traducida a distintos idiomas y se convierte en un superventas durante siglos, espejo de vicios y defectos. Allí habla la Locura, por medio de 111 personajes, entendida de esa manera tardomedieval en que se convierte en itinerante, viajera, porque la persona loca está situada en un lugar inusual, desde el que divisan lo que no podemos ver el común de los mortales. No se les encierra. La sociedad necesita iluminación para curar sus heridas, para buscar soluciones a sus problemas.
Y siglos después, en 1926, el enigmático Bruno Traven (Ret Marut, tan admirado de Einstein) da a la luz la obra La nave de los muertos, que deviene una crítica aplastante de la clase política, domeñada por la gente poderosa. Su protagonista embarca en una nave en la que viajan marginados sociales de toda laya. Las peripecias a que se ven abocados, junto a la ágil narración de las mismas, pronto la convierten en otro clásico del género de errantes.

Enseñar deleitando.
[Retrato de Brant, de Durero].

jueves, 23 de enero de 2014

Lluvia sobre mis amigas

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Comienza a llover cuando estoy en la calle. Camino sin protección y parece que todas las gotas caen sobre mí. Me da rabia. Con un poco de envidia, miro a mi alrededor y los abrigos y chaquetones de la gente continúan secos, al igual que el cabello en sus cabezas. En cambio, yo tengo que corretear enseguida hacia el cobijo de los balcones y acelerar el paso hacia mi destino. ¿Por qué solo me mojo yo?
A mis amigas Carmen y Lucía les gusta empaparse. Hay días en los que, al notar el sonido de la lluvia, salen de casa sin ropa de abrigo y se abren a la tarde en los senderos junto al río mientras las gotas resbalan por su rostro y calan sus ropas hasta llegar a su piel. Tienen fuegos encendidos. (el temblor de mis besos / se oirá en tu pasado / conmigo en tu vino).
Las revoluciones no hacen caso a la lluvia. Sus llamas sortean alegremente las mojadas ráfagas que llegan desde las esquinas, cuando los cuervos vuelan en bandada buscando refugio. Las palabras andantes mantienen los corazones encendidos. Los ríos aumentan caudales que lavan la hierba de la ribera y depositan tierra fecunda. Al caer el día, apoca los fuegos.
[Las ilutraciones son La fuente y sus mujeres, de Laura Rodig, y Mujeres enamoradas, de Enrique Álvarez Aldana].

sábado, 18 de enero de 2014

Gelman Ferroviario Gamonal Haitiano

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En este tiempo de cerezas, en el que las calles se animan, se nos ha muerto Juan Gelman (1930-2014), allá al otro lado del océano ‒A los explotados de ambos mundos‒. En estos días (previos al silencio) en los que olvidamos que somos consumidores, me viene a la memoria una carta enviada por un ferroviario de la estación de Burgos al periódico de la ciudad El Castellano,  diario defensor de los obreros (y patronos) católicos, publicada el viernes 3 de julio de 1936, página primera: «Las mejoras que piden los ferroviarios actualmente no tienen nada de extremistas puesto que cualquier servicio del Estado o empresa formal tiene asignadas mayores remuneraciones, con menos riesgo y sin mayores conocimientos, y solo con un fin tendencioso puede hacerse saber a la opinión pública que nosotros los ferroviarios pretendemos que no haya un sueldo tope dentro de cada escalafón. Lo que deseamos es que toda clase de agentes tenga un sueldo que cubra sus necesidades. Las Organizaciones y los ferroviarios en general queremos con gran tesón que desaparezcan los viveros de parásitos que son hoy los Consejos de Administración y Direcciones de las Empresas [ferroviarias] fundiendo todo en una sola Dirección del Estado con intervención del personal, para, recogiendo las iniciativas de este, dar impulso al tráfico ferroviario y estar en todo momento al corriente de la situación económica de los ferrocarriles única manera de que el personal no pretenda reivindicaciones superiores a las posibilidades económicas del negocio».
Y Gelman escribe en Relaciones (Buenos Aires, 1971-1973):
una flor crece donde estuvo preso y murió Toussaint Louverture
por la abertura de esa muerte una flor
crece en el castillo de Joux donde estuvo preso
y murió el haitiano más negro que se conoce
el más joven el más adelante que se conoce
negro Toussaint el general libertario

¿acaso comía como todos vivía como todos moría como todos Toussaint Louverture?
comía como todos vivía como todos moría como todos
sólo una flor le crecerá por una agujero
después que haya morido tal vez sin arreglar
todas las cuentas que tenía que arreglar
con la vida la muerte
Y ahí estamos, en ese humilde lugar que es una abertura, en ese agujero que es un no-lugar florecido.

martes, 14 de enero de 2014

Llueve sobre mojado en Gamonal Capiscol

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Encendemos la imaginación, no las cerillas
Utilizamos las palabras, no las piedras
Aireamos la dignidad, no el rebaño
Estamos en Burgos, lugar de noticias y conversaciones estos días. «Los lugares explican a la gente» ‒places explain people‒, dijo en una ocasión David Garnett, vividor en Bloomsbury. Y algo así tenemos en Gamonal, lejano este de la ciudad, el barrio más populoso de la misma, construido en la especulación desde los años sesenta (en la que se forraban los constructores y a la que contribuían los obreros venidos a más), salvador a su vez de existencias algo míseras en los pueblos de la provincia, asfixiado ahora por un presente con escaso futuro, sumido en una convivencia algo caótica entre personas y coches en sus calles, contenedor de dignidad, rebeldías, rencores y frustraciones.
Allí está la mayor biblioteca municipal de Burgos: la Gonzalo de Berceo, necesitada de un arreglo en su fábrica exterior, pero dispensando servicios de alta calidad a sus habitantes. No se acostumbra la clase política a cuidar estos espacios donde se cultiva la ciudadanía. Prefieren los grandes proyectos. Por ello, no se acostumbran a que la gente se plante y les diga que no quieren lo que han dispuesto «para su bien». Pero, a veces, nos hartamos de la incesante lluvia.
Aquel grupo que vivía en el barrio de Bloomsbury, tan singular por muchos, es retratado por Quentin Bell en El grupo de Bloomsbury (1985), diciendo: «No poseía nada parecido a un carné de asociado, ni reglas, ni dirigentes; a duras penas se puede decir que tuviese ideas comunes en relación con el arte, la literatura o la política, y a pesar de tener una actitud común respecto a la vida y contar con el vínculo de la amistad, era un cuerpo tan amorfo como puede serlo un grupo de amigos».

jueves, 9 de enero de 2014

Escuela Benaiges Bañuelos de Bureba

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El día 28 de diciembre de 2013 se ha constituido la asociación Escuela Benaiges Bañuelos de Bureba en este pequeño pueblo de la zona central burgalesa, escondido del páramo cerealístico en la cuesta Este del valle formado en la confluencia de los dos arroyos milenarios que surcan sus tierras. La integran gente de diversos lugares. El objetivo primero es recuperar el edificio de la escuela, arreglando el tejado y rehaciendo los espacios interiores, respetando el maderamen de las cubiertas y los pisos. Después, poder conformar un museo pedagógico y, con el tiempo, organizar actividades educativo-recreativas, continuando el Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (MCEP).
El maestro. Las niñas. Los niños.
Antonio Benaiges y Nogués, natural de Montroig (Tarragona) llega a Bañuelos de Bureba en el curso escolar 1934-1935. Consigo trae los conocimientos de la técnica Freinet que ha adquirido en Villanueva y Geltrú (Vilanova i la Geltrú), principalmente de la mano de Patricio Redondo (Paco Itir), y encarga una imprenta escolar (aumentada después con otra maternal), en la que las criaturas van dando a la luz los textos que elaboran sobre los más variados temas: el mar, sueños, el retratista, revista gestos, revista recreo. Al año siguiente puede cambiar de destino, pero elige continuar aquí, en la meseta castellana, donde está abriendo fronteras, iluminando cerebros.
Quizá extrañe el nombre de la asociación, en estos tiempos. Los localismos quieren cambiar el pasado. Benaiges y la Escuela desean en el presente y descansan en el futuro.

Después, vinieron el vino extremeño y las aceitunas, (riquísimo) chocolate y bizcochos, y aguardiente de miel de Bañuelos.

sábado, 4 de enero de 2014

Invierno con Reyes Magos

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El invierno llega espléndido. Apenas entra, las cigüeñas llegan a los vistosos nidos de los chopos del prado bajo. Los días ponen un minuto más de luz. Perséfone desciende con Hades y, en unión, atizan el fuego, que encendemos en el salón desnudo del edificio en obras en el quinto piso, con vistas a la niebla flotante de las montañas, en la hora del bocadillo. Allí, mientras asamos tiras de torrezno en una malla de alambre sobrante, hablamos del sueño desconcertante que Juan ha tenido esta noche, de los ojos que miraron a Roberto cuando ayer por la tarde estaban tomando unas cervezas en los bares del tubo, del sueldo que podremos cobrar este mes. Y allí, ultimando el vaso de vino con el cigarro de la satisfacción, leemos a Hölderlin:

El Invierno

Cuando sin ser vistas pasaron las estampas
del tiempo, viene la estancia del invierno;
vacío el campo, semeja la apariencia más suave,
huracanes soplan en torno y turbiones de lluvia.

Como un día de reposo, tal es el fin del año,
como el son de una pregunta; para que sea aquél perfecto
entonces surge la nueva inminencia de la primavera;
así brilla consu fausto la naturaleza en la tierra.
[Es traducción de Luis Cernuda para Cruz y Raya, 1935].

jueves, 26 de diciembre de 2013

Pinturas. Zorikto Dorzhiev

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Cada año por estas fechas nos detenemos en la pintura. Las imágenes pintadas no pueden explicarse ‒son como la poesía‒, aunque sí pueden narrarse, que es lo que solemos hacer en los libros, en las clases de arte o en los catálogos que encontramos en las exposiciones. Están elaboradas en ese lenguaje otro (que diría Gamoneda) en el que transcurre lo indecible, lo que no podemos expresar con palabras. No quiere ello decir que trate, por obligación, asuntos extraordinarios. Al contrario, puede ser una muestra de lo cotidiano o un grito de lo injusto.
En este año nos detenemos a contemplar a Zorikto Dorzhiev, nacido en Uban Ule (Siberia), en 1976, que nos trae ambientes y figuras de Mongolia, con su deje sonámbulo y tonos algo grises, no en vano nace en el seno de uno de los grupos étnicos descendientes de los legendarios mongoles, los budistas nómadas buriatos.
La noche comienza a esconderse.