lunes, 16 de julio de 2018

Terráneo. Isla inversa

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Dentro de las lecturas lúdicas de verano, he tomado para los pasados días de playa ‒por cierto, en Sonabia (Santander, hay una nudista estupenda)‒ el álbum ilustrado Terráneo (2017). Con textos de Marino Amodio e ilustraciones de Vincenzo del Vecchio presentan al Mediterráneo como una isla terrenal rodeada del mar por los actuales territorios de África, Asia y Europa. Es, así, la historia de un espacio desaparecido ‒transformado en su opuesto‒ y de la relación que quienes lo habitan establecen con el mar. Aparecen los deseos, la determinación y los miedos de la gente que puebla estas costas, en permanente pugna con el mar que los limita, los seduce y que, al fin, los convierte en quienes son.
En formato 33 x 23 cm, con una camisa desplegable que representa el mapa de Terráneo, las ciudades elegidas son arquitecturas humanas que se cubren con caretas, que hablan, que se mueven, que simulan un pez o una mano. Dedicadas a Gibraltar, Escilacaribdis, Venecia, El Cairo, Estambul y Atenas.
«Hubo un tiempo en que una sola tierra unía las costas del Mediterráneo». Todavía hoy pueden inventarse mitos. Es lo que han hecho estos dos jóvenes arquitectos italianos. Se notan Las ciudades invisibles de Italo Calvino, aunque aquí no son imaginarias.
[Salud. A la espera de que la Vida muestre sus mapas a quienes gobiernan la res publica].

jueves, 5 de julio de 2018

Verano (amistades y fronteras)

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Con la indolencia espontánea que nos proporcionan los meses de verano ‒ya las lilas quemadas; las golondrinas, criadas‒, iniciamos las anotaciones de julio y agosto, a sabiendas de que estarán tocadas por esa calma que los ímpetus laboriosos confunden a menudo con pereza o, incluso, galbana. Reivindiquemos, pues, la ignavia con que nos inunda la dejadez de las olas.
Leemos “Los viejos camaradas”:
Alegra esa cara,
hombre
‒dicen, dándote una
palmadita en la espalda‒,
hay que ser más
optimista,
tú al menos puedes
contarlo, ¿no?,
otros no tienen tanta suerte.

Y luego miran enseguida
el reloj,
y se van.

No vaya a ser
que se lo cuentes.
Son versos de Karmelo C. Iribarren, anotados en La frontera y otros poemas (2018).

viernes, 29 de junio de 2018

Ecología o catástrofe (Janet Biehl y Murray Bookchin)

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Desde que leí la noticia de que se iba a editar en España la obra de Janet Biehl (1953) sobre la vida de Murray Bookchin(1921-2006), estuve atento a su salida y, cuando esta se produjo el año pasado, una amable bibliotecaria la pidió para la biblioteca del barrio (con lo que creo que esta se ha beneficiado). Janet y Murray se conocieron a mitad de los años ochenta y, desde entonces, establecieron una confraternización que llevó a la pensadora y al ya (re)conocido ecologista libertario a extenderla a los ámbitos de la edición.
Bookchin fue pionero, en 1962, con Our Synthetic Environement, en alertar sobre los pesticidas y la agricultura industrial, el agotamiento del suelo, La contaminación del aire y del agua, la deforestación, la energía nuclear y el advenimiento del calentamiento global, anticipando la necesidad de destetarnos de los combustibles fósiles. Aunque sería la obra de la liberal Rachel Carson, Primavera silenciosa, también de 1962, pero mucho más estrecha y pacata, la que se llevara la gloria, lo que redundó en detrimento del movimiento social ecologista, pues acercó a la gente al umbral de las preguntas cruciales sobre la sociedad y el planeta, pero les hizo ignorarlas.
Janet Biehl, eligiendo un título bimembre, dicotómico, como ya hiciera Rosa Luxemburg con Socialismo o barbarie, realiza un trabajo impresionante con la vida de su compañero desde que la familia judía de este emigrara a Estados Unidos desde Rusia. Él creía que las ideas podían hacer avanzar la historia; si tienes una idea político-social adecuada, la gente puede hacerla suya y puede ponerla en práctica. Su escuela de Vermont enseñaba a cultivar de forma orgánica, construir instalaciones solares y eólicas, y crear huertos urbanos.
[Salud. A la espera de que la Vida enseñe ecología social a quienes gobiernan la res publica. La ilustración es de Arkhip Kuindzhi].

sábado, 23 de junio de 2018

La Recolectora. Club de lectura 2017-2018

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El club de lectura La Recolectora ha terminado la novena temporada en el Palacio de la Isla de Burgos. En estos meses nos hemos extendido en entender la literatura como territorio. Plagada de espacios -playas, posadas, colinas, grutas, volcanes, etc.- en los que se suceden nacimientos, pasiones, conflictos, muertes, etc., los cuales se cruzan y comunican a través de senderos múltiples.

Hemos recogido, tras leer sus páginas, la miel destilada allí y elaborado después con nuestra presencia y nuestras palabras encuentros únicos cada 15 días en la Casa Redonda (en la Biblioteca Pública de Burgos, a la que hay que agradecer su iniciativa y disposición).
Estas han sido las obras comentadas:
Daniela Astor y la caja negra, Marta Sanz
Tuya, Claudia Piñeiro
Todo lo que hay, James Salter
Momentos estelares de la humanidad, Stefan Zweig
El asombroso viaje de Pomponio Flato, Eduardo Mendoza
Tres cuentos, Gustave Flaubert
Las leyes de la frontera, Javier Cercas
Me llamo Lucy Barton, Elizabeth Strout
El hombre que amaba a los perros, Leonardo Padura
Cuatro por cuatro, Sara Mesa
El almanaque de mi padre, Jiro Taniguchi
No encuentro mi cara en el espejo, Fulgencio Argüelles
Una temporada para silbar, Ivan Doig
Ru, Kim Thuy
Arte, Yasmina Reza
La mirada del tiempo, Esther Pardiñas
Frankenstein, Mary Shelley
No todas las lecturas han tenido la misma repercusión. Tuya, Lucy Barton y Pomponio Flato han sido las que menos nos han cautivado. Compensadas colmadamente por Daniela Astor, Momentos estelares, El almanaque o Todo lo que hay, etc. Más la maestría antigua de Frankenstein y Tres cuentos.

Quedamos emplazadas para la próxima temporada.
[Salud. A la espera de que la Vida continúe cuidándonos].

domingo, 17 de junio de 2018

Feria del Libro

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El vienes de la anterior semana visité la Feria del Libro de Madrid. La lluvia intermitente hizo que se pudiera acceder a los mostradores con comodidad, aunque conllevaba el incomodo de sortear paraguas en los pasillos. Iba con intención de buscar un libro, pero ya se sabe que vienen a las manos otros hasta que la bolsa va pesando lo suficiente como para dar por finalizadas las adquisiciones.
Comencé con el psiquiatra Guillermo Rendueles y su Las falsas promesas psiquiátricas, en que plantea la utilidad de buscar alternativas colectivas basadas en el apoyo mutuo y las redes sociales para afrontar problemas que nos angustian ‒acoso laboral, crisis económica, violencia en las aulas, cárceles, angustia del paro, etc.‒ y rechaza los psicofármacos como mercancía. El malestar no depende de la psique individual sino de las relaciones de explotación y sumisión.
Paseando paseando topé con numerosas “celebridades” de las letras que estaban firmando en las casetas. Quise saludar a Marta Sanz, pero (me) parece que si no compras alguno de sus libros no tiene sentido ocupar su tiempo. Así que me detuve en donde firmaba Pilar Adón y compré los relatos de La vida sumergida (además de uno de poemas para regalar), en el que me estampó «Para Ignacio, con todo mi afecto, este libro de sueño, aprendizaje, lecturas, entre árboles y casas. En este Retiro de lluvia, un fuerte abrazo».
Iba buscando la biografía que Chalotte Gordon ha elaborado sobre Mary Wollstonecraft - Mary Shelley. Madre e hija han tenido uno de los nacimientos más emblemáticos del territorio de la literatura, sucedido en 1797. La autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792) murió 10 días después de dar a luz a la autora de Frankestein (que estoy leyendo) a causa de unas fiebres paurperales que le indujo el médico que le extrajo la placenta por no haberse lavado las manos. En el fondo del escenario, William Godwin con Disquisición sobre la justicia política y su influencia en la virtud y felicidad de la gente, y Percy B. Shelley con La revuelta del IslamLaon y Cythna, or The Revolution of the Golden City.
Y, ya se sabe, algo desconocido para cultivar la sorpresa: Saturno de Eduardo Halfon (Guatemala, 1971), carta amarga de un narrador algo desquiciado a un padre severo y devorador.
[Salud. A la espera de que la Vida enseñe a leer a quienes gobiernan la res publica].

lunes, 11 de junio de 2018

Neurociencia para Julia (Xurxo Mariño)

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Hace unos días leí que iba a desarrollarse en Burgos una especie de maratón científico en el que intervendrían una media docena de divulgadores de diversas disciplinas (que van de gira por el norte de España). Coincidió, curiosamente, con que había sacado de la biblioteca del barrio un libro de uno de ellos, Xurxo Mariño, Neurociencia para Julia (2012), en el que trata de darle un tono literario al viaje de exploración a la máquina de la mente que propone. Me gusta mezclar lecturas de textos científicos con los habituales de literatura.
No me ha defraudado. Preguntarse por ese yo que a todo el mundo nos sale o que tenemos cuando nos situamos frente a otras personas es un ejercicio de humildad, relacionado con esa curiosidad que, de acuerdo con el autor, nos hace interrogarnos sobre su procedencia, su modo de generarse o la relación que se establece entre la mente y el cuerpo. El texto resulta una explicación del sistema nervioso (central y periférico) con el que percibimos lo de fuera y construimos la imagen que tenemos de ello, con la que actuamos en el día a día. Dendritas, axones, sinapsis… nos configuran. En el encéfalo elaboramos la ilusión de personas y cosas con las que nos relacionamos y a las que llamamos realidad. Uno de los elementos con el que lo hacemos es la imaginación, preciosa herramienta con la que contamos.
No está claro el momento en que se genera en el cerebelo la conciencia, la mente o el yo. Hay diversas hipótesis sobre ello. En todo caso, lo importante es continuar estudiando los fenómenos que las propician y -no olvidemos- desechar los cuentos que se escuchan con relativa frecuencia, como ese de que sólo utilizamos un 10% de nuestro potencial mental.
Eso sí. Hay algo que no me ha convencido del libro: el intento de convertirlo en un relato dirigido a Julia, la supuesta adolescente. En fin, que no he traspasado el umbral de la credibilidad (literaria).
[Salud. A la espera de que la Vida desmonte las ilusiones de quienes gobiernan la res publica].

martes, 5 de junio de 2018

La Ruta de las Damas (Tristan Corbière)

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Las flores fúnebres
que llaman tembladeras
harán crecer del todo
tu risa terrosa
y los miosotis
esas flores de mazmorras…
Me atraen las historias montadas sobre poemas, y más todavía si estos últimos son elípticos. Ya sabemos que un poema no se explica, pero sí se interpreta y estas historias a las que me refiero son eso, una interpretación de los versos que tiene delante quien la escribe. Es lo que hacen ‒hicieron en 2002‒ Rubén Pellejero y Denis Lapière en Un poco de humo azul… montado sobre seis versos del simbolista Tristan Corbière (1846-1875), extraídos de su obra Los amores amarillos, ‘Les amors jaunes’ (con los que iniciamos esta anotación), que Velaine lanzara a la fama al incluirlo en sus poetas malditos.

Digamos que este humo azul es un cómic, evocador del sufrimiento y amor que sucede en una dictadura en la que se tortura. Un escritor (de teatro) es arrestado y en el trayecto de la prisión al cuartel que cada tres semanas recorren quienes están detenidos, son esperados por mujeres en las cuestas serpentinas donde el camión que los transporta sube lento. Allí les pasan cigarrillos, y una de ellas escribe cada vez un verso del poema "Pequeña muerte para reirf" de Tristan Corbière, que mantiene con esperanza a uno de ellos en el acuerdo tácito de que aguantará hasta que termine el poema. Antes de llegar al final… se produce la salida. El cómic tiene el añadido que anexa un dossier mostrando la génesis y desarrollo del mismo y las figuras principales.
“no te pongas pesado: ataúdes de poetas para los enterradores son siempre juegos, estuches de violín que suenan el vacío… te creerán muerto –los burgueses son tontos‒, ¡ve presto, ligero peinador de cometas!, las hierbas al viento serán tus cabellos...”.

[Salud. A la espera de que la Vida haga aterrizar a quienes gobiernan la res publica].

miércoles, 30 de mayo de 2018

Chicas de campo (Edna O'Brien)

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Hace un tiempo leí Las chicas de campo (1960), novela que en su balance ostentaba el haber sido repudiada desde el púlpito por el cura de la parroquia a la que pertenecía su autora en la infancia, la irlandesa Edna O’Brien (1930). Como tantas veces sucede, inició estudios (de Farmacia) que no le entusiasmaban y se casó contra la voluntad de sus padres (con el escritor Ernest Gébler). Esta primera novela le proporcionó reconocimiento mundial y le abrió las puertas a poder vivir de lo que tanto le gusta: leer y escribir. Completó la existencia de las dos protagonistas que marchan del campo a la ciudad en La chica de ojos verdes y en Chicas felizmente casadas.
Cierto día, cuando ya era consciente de la vejez, “hice una cosa que llevaba treinta y tantos años sin hacerla. Pan. Por muy piano roto que fuera, me sentí más viva que nunca cuando el aroma del pan se apoderó del ambiente. Era un olor antiguo, fuente de muchos recuerdos, y así fue como aquel día de agosto de mi septuagésimo octavo año de vida me senté para empezar las memorias que me había jurado no escribir jamás”. Así nació Chica de campo (2018). ¡Y cómo tenemos que agradecérselo! Al menos, yo. En demasiadas ocasiones, a pesar de lo que me atrae el género, dejo las autobiografías apenas comenzadas, pues no me interesa que me cuenten hazañas. Sin embargo, lo que ha elaborado Edna O’Brien es algo distinto; se sobrepone a las tiranías desde su prosa exacta y hermosa.
Ya tenía tablas en ello. Retrato de un artista adolescente fue la obra que le impulsó a hacerse escritora y sobre su autor, Joyce, al igual que sobre Byron, realizó sendas biografías. Sin que pueda olvidarse Virginia, obra teatral sobre la conocida escritora de Horas en una biblioteca.
[Salud. A la espera de que la Vida enseñe a leer y a escribir a quienes gobiernan la res publica].

jueves, 24 de mayo de 2018

Tierra perturbada (Dalva con Jim Harrison)

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“Amábamos la tierra, pero no podíamos quedarnos”, es el proverbio antiguo que Jim Harrison eligió como cita introductoria para Dalva (1988), su mejor novela según afirmaba él mismo y parece que confirman crítica y público. Desde luego que tiene esa impronta que diferencia a las obras singulares. En ella se percibe una prolongada investigación, a pesar de que en alguna de sus páginas ironiza sobre los conocimientos académicos. Pero enfrenta la historia de la nación estadounidense, en notable medida montada sobre la guerra en la que sucede la aniquilación de más de 100 sociedades autóctonas indias, culminadas en la masacre de Wounded Knee de 1890. Para ello, lógicamente, necesitaba estudiar.
Jim Harrison (1937-2016) pasa por ser un escritor de personalidad. De familia acomodada, en la juventud dejó los estudios y viajó -“yo era como un personaje de Bolaños, siempre persiguiendo las cosas más descabelladas”-. Se hizo, así, en la relación pasional con la naturaleza y los experimentos, buceando en viajes de ida y vuelta entre los laberintos de la mente y los placeres del cuerpo. A los siete años fue atacado, sin mediar discusión, por una niña con una botella y perdió casi la visión del ojo izquierdo. Dalva, la protagonista, encarna el espíritu salvaje de la Naturaleza, que nos pide reflexionar sobre la actuación codiciosa de la civilización puritana y grotesca de quienes conquistan creyéndose superiores.
Fiel a su devoción por la poesía española, está presente en el ambiente del territorio de Arizona y en las páginas de Machado  García Lorca, Vallejo u Ortega y Gasset ‒«Cuando no se tienen normas, nada puede ser meritorio; los hombres utilizan incluso lo sublime para degradarse a sí mismos»‒, que se unen a “la literatura viva” anglosajona de Faulkner, Twain o Yeats. Si se dispone de tiempo y ganas para dejar que Dalva nos penetre, puede tener sentido dedicarlo a las cerca de 500 páginas de esta novela estudio.
[Salud. A la espera de que la vida devuelva a su estado salvaje a quienes nos colonizan desde el gobierno de la res publica].

viernes, 18 de mayo de 2018

El unicornio (Iris Murdoch)

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Paso el dedo por los títulos de las novelas de Iris Murdoch (1919-1999) en la estantería de la Biblioteca del barrio. Después de un par de recorridos de ida y vuelta se detiene en El unicornio, no por nada literario, sino por el atractivo que evoca la figura. Estoy releyendo el ensayo que desarrolla la autora irlandesa sobre las Romanes Lecture en El fuego y el sol (1977). Ahí leemos que «somos atraídos a lo real bajo el aspecto de lo bello […] vencer el egoísmo en sus formas cambiantes de fantasía e ilusión es automáticamente tornarse más moral; ver lo real es ver su independencia y por tanto sus exigencias».
Al comenzar El unicornio (1963) se sabe que estamos ante una narración de hace 50 años, pero no la podemos dejar. Ahí está su origen irlandés, su impronta religiosa, sus ambientes góticos y, por si fuera poco, su espíritu feérico ‒las hadas que no he visto, pero que, haberlas, hailas‒. Según dice Ignacio Echevarría, «una irresistible combinación de vodevil filosófico, alta comedia y fábula moral, todo ello pasado por el tamiz de Shakespeare». No falta ‒no puede faltar, tratándose de Iris‒ Platón ni Simone Weil. No faltan las observaciones agudas ni los quiebros inesperados.
Diálogos en abundancia contribuyen al atractivo de la novela. Iris Murdoch, después de una prolífica carrera de novela y ensayo, sintió a partir de 1995 una especie de bloqueo de escritor, lo que resultó ser un alzheimer galopante. En los años de vida últimos tuvo los cuidados de su esposo, el también escritor y profesor de literatura inglesa John Bayley (1925-2015), lo que dio origen a que este escribiera unas memorias y un guión de película (muy exitosas, y a que se considere idílico a su matrimonio), en las que, sin embargo, se centra más en la enfermedad que en la genialidad de Murdoch (y no sé si es dado mencionar que apenas tardó una año en volver a casarse con una amiga de Iris, a cuya casa de Lanzarote solían ir de descanso).
[Salud. A la espera de que la Vida minore las astas de quienes gobiernan la res publica].

sábado, 12 de mayo de 2018

A lomos de los libros en la Biblioteca

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Se ha puesto de moda ‒no sé dónde se ha iniciado‒ el construir (ladrillo a ladrillo) poemas con el título de los libros en las bibliotecas. Incluso, para incentivar la utilización de las mismas, estas hacen concursos en los que se les envíen composiciones realizadas con libros que tengan visibles los tejuelos de un centro determinado. Así que esta vez se me ha ocurrido el montar la anotación con este sistema.
















[Salud. A la espera de que la Vida elabore poemas con quienes gobiernan la res publica].

domingo, 6 de mayo de 2018

Conversaciones en El Jardín (con César Simón)

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Nada sino un gesto,
el gesto de una boca
discreta y sensual,
y la claridad de una mente.
……………………………
¿Qué palabras sonoras
que ya no suenan,
que no sonaron nunca,
son las palabras decisivas?
Leer El Jardín (Hiperión, 1997) de César Simón (1932-1997) ‒libro al que pertenecen “Rictus” y “¿Qué palabras?”, los poemas que encabezan esta entrada‒ es entrar en un lenguaje que se exprime hasta quedarse en los huesos. Habla de la intimidad que cada cual vive consigo, esa que no podemos narrar en una biografía. Hay quienes apenas cuentan con hechos reseñables en su existencia y, sin embargo, atesoran enormidades en su ser y, por si fuera poco, disponen de la facilidad de comunicarlo.
Leyendo, leyendo… a veces nos encontramos con párrafos que parecen contestaciones a otros con los que nos hemos topado en otros lugares. El referido escritor valenciano C. Simón ‒poeta, narrador, ensayista, articulista y aun traductor‒ escribe en Siciliana: «Nuestro verdadero trabajo ni se paga ni figura entre los estatutos profesionales. Rozamos con los dedos las superficies para recoger su polvo, su electricidad muerta. Hemos trabajado mucho de este modo». Y semeja contestación a lo dicho por Thoreau en Walden: «La verdadera cosecha de mi vida diaria es algo tan intangible e inefable como los matices de la mañana o del atardecer. He cogido un puñado de polvo estelar, un segmento del arco iris».
Se han ido al cosmos a buscar la sustancia con la que rociarnos. No traen solo palabras. Es agonía y belleza. «Te llamé algunas veces, / pero siempre aguardabas en esquina / o en penumbra de árbol. / Y viniste, viniste, alma, / me tomaste del brazo / y me dijiste: sigue, / estamos condenados en este mundo».
Pre-Textos ha editado en 2016 Poesía completa de César Simón, con clarificador prólogo de Vicente Gallego y bibliografía de Begoña Pozo.
[Salud. A la espera de que la Vida conceda palabras de carne a quienes gobiernan la res publica].

lunes, 30 de abril de 2018

Dataísmo y Psicopolítica (Byung-Chul Han)

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No todo lo que sucede en la red es dataísmo, pero de una u otra forma puede convertirse en ello. La creencia de que los datos pueden servir para mejorar las condiciones de vida de parte de la humanidad es el presupuesto para el fenómeno que se va conociendo como Dataísmo o la actual revolución en internet (que tiene bastante en común con el dadaísmo). Puede decirse que constituye una segunda Ilustración, en paralelo a lo que la estadística supuso en la primera, a la que se le atribuía la cualidad de liberar al conocimiento de su contenido mitológico. El Big Data, los datos -se dice- son transparentes y fiables, superiores a la intuición o el subjetivismo. Con ellos se construye información, con la que sobran las teorías. Pasa, subrepticiamente, ella misma a constituirse en teoría absolutista, a la barbarie digital.
Una de sus ramas es el Quantified Self, la mensurabilidad de la persona, de sus pulsaciones, su rendimiento, sus sensaciones, sus estados de ánimo, hasta en la ropa. La autopercepción a través de los números. No interesa lo narrativo, la pregunta quién soy yo, sino qué hago. La acumulación de datos, el intercambio de los mismos convierte a las personas en empresarias de sí mismas, en sus vigilantes. Lleva a la esclavitud digital.
La red registra cada clic que hacemos y lo clasifica. Estos datos se depositan en empresas que están sustituyendo a las instituciones clásicas; los equipos de facebook o twitter manejan datos en mayor cantidad que cualquier departamento sociológico universitario; la empresa Acxiom, por ejemplo, sabe mucho más y de mucha más gente que el efebei y tiene clasificados sus 300 millones de perfiles en 70 grupos -clases sociales digitales-, según su tendencia al consumo. Negocian con ello, elaboran incluso prospección psicológica destinada a campañas políticas o comerciales.
Byung-Chul Han en Psicopolítica (2014) sostiene que el Gran Hermano ha sido superado por el Big Data, pues aquel controlaba el cuerpo, la Biopolítica, y este controla la psique. Y no olvida.
[Salud. A la espera de que la Vida resetee a quienes gobiernan la res publica].

martes, 24 de abril de 2018

Soltando lastre. Memorias de Alvajar

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Tertuliano se ocupa de la publicatio sui. La práctica de tomar nota de sí mismo y darla a conocer supone que pueden leerse y releerse estos textos con el fin de aprender, al igual que escribir tratados o cartas a las amistades implica intención de ayudarles y, del mismo modo, llevar cuadernos personales -y aquí las bitácoras son un tesoro- facilitan que cada cual reactive las verdades que necesita para vivir (ya Foucault lo señala en Tecnologías del yo y otros textos afines [Paidós, 1990]). Estamos con ello en el antiguo cuidado de sí mismo.
Me están asombrando las memorias de Ana MaríaAlvajar L. Jean (1918-2015), publicadas bajo el título Soltando lastre (2002), que ya revela en su rubro la intención fundamental de su autora al escribirlas: exorcizar el pasado en su conciencia. Según sucede en tantas ocasiones en este país, el asunto central sucede en unas fechas concretas: julio de 1936 cuando se produce u golpe de Estado al que sigue una guerra que durará casi tres años. Ella es más una víctima que la protagonista de lo que narra. El asunto: una familia rota, que ya no vuelve a recomponerse (y ello que ninguno de sus miembros murió, lo que no deja de ser inusual). Una familia liberal con situación cómoda, amante del teatro, la música... Su madre, Amparo, era presidenta de la Asociación Republicana de La Coruña (había sido la primera mujer bachiller de la ciudad). Su padre, César,era un reconocido periodista y personalidad pública laica (que era gobernador civil de Soria en los momentos cruciales). Su hermana mayor, Amparo, es una joven brillante, unidad al equipo de Casares Quiroga (y, más adelante, afamada traductora). Su hermana Teresa tambiénnos dejó su vida en Memorias dunha republicana.
Ana María transmite sinceridad, transido el texto de opiniones fuera de los clichés. Su mundo de cuento de hadas se truncó, su entusiasmo fue cercenado en agraz. En 1936, con 17 años, formaba parte de la Orquesta Filarmónica de La Coruña. Tocaba el violín con soltura, a cuyo aprendizaje dedicaba buena parte de su tiempo. No salió de España hasta la primavera de 1940, por lo que le tocó vivir situaciones y escenas desconcertantes con gentes que habían tenido relación con su familia, entonces en el exilio francés, en las que se desenvolvió con valentía. Al poco tiempo volvió para rescatar a su hermano. Y aquí quedó obligada por las circunstancias, pues el azar y la fortuna son personajes de estas memorias.
[Salud. A la espera de que la Vida suelte lastre en quienes gobiernan la res publica].

miércoles, 18 de abril de 2018

Genio y Mediocridad

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Esperando que las golondrinas lleguen a la ciudad y que la floración colme los cerezos de Caderechas para celebrar una tarde mi particular hanami, pensaba esta mañana soleada en la frase de Pushkin “Hay que estar de acuerdo con el genio”. Se supone que quienes albergan esta cualidad y poseen el don de la creación, de una u otra manera son gente extraordinaria y no tienen que ser juzgados con el rasero a que nos sometemos unas a otras las personas normales. ¿O no?
El príncipe y poeta romántico Piotr Viazemski (1792-1878) se quejaba ante su amigo Aleksandr Pushkin (1799-1837, pionero en la utilización de la lengua vernácula rusa) de que Thomas Moore (1779-1852), albacea literario de Byron (1788-1824), hubiera destruido a la muerte de este las memorias que el poeta le había confiado -el mismo Pushkin estuvo a punto de hacer lo propio con las suyas después de la represión de la revolución decembrista-. En contestación a su amigo aristócrata, en carta de noviembre de 1825, le reprende que se lamente de la pérdida de esos cuadernos, pues todo lo que hay que conocer del romántico inglés se encuentra vertido en su obra literaria, y el bucear por sus escritos íntimos o meterse en sus diarios satisface las curiosidades mediocres de quienes no son capaces de percibir la singularidad del genio.
“Deja la curiosidad a la multitud, hay que estar de acuerdo con el genio […] La multitud lee con avidez las confesiones, las notas, etc., pues en su bajeza se deleita con la degradación del genio, con las debilidades del poderoso. No cabe en sí de gozo al descubrir cualquier infamia. ¡Es tan mezquino y vil como nosotros! ¡Mentís, canallas! Puede que sea mezquino y vil, pero no como lo sois vosotros, sino de una manera totalmente distinta”. ¿O no?
[Salud. A la espera de que la Vida lleve el Genio a quienes gobiernan la res publica. El cuadro es El adiós de Pushkin al mar (1877) de Aivazovski y Repin].

jueves, 12 de abril de 2018

De la luna y los espejos a una Inmersión (Fulgencio Argüelles)

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No resulta fácil pasar de la prosa del asturiano Fulgencio Argüelles (1955) a otra de las que nos están esperando en el rimero de la mesilla. Me está ocurriendo también esta vez después de abordar No encuentro mi cara en el espejo (2015), y eso que resulta una narración en exceso desbordante, en la que se percibe en demasiadas ocasiones que la escritura se apodera del relato, que el escritor aplasta al narrador. Se tiene la sensación de nadar en aguas tan densas que a veces aparece la angustia de no hacer pie. Además, hay diálogos en distintos capítulos que no aportan novedades sensibles. Todo ello pareciera sugerir cansancio por mi parte ante la obra, pero no es así. El resultado global es positivo. Tiene una gran capacidad de crear imágenes, de conseguir poesía (tono y ritmo), de mezclar lenguajes en un mismo párrafo: la voz omnisciente, el estilo indirecto libre (que se introduce en las personas), las citas o reflexiones. Asunto aparte es el punto de vista que sostiene al ambientar la historia indirectamente en el inicio de la guerra civil.
De ahí -digo- he pasado a la prosa sencilla (que no simple) de Inmersión. Un sendero en la nieve de Lidia Chukóvskaia (1907-1996, que publicó las conversaciones mantenidas con Ajmátova cuando ambas buscaban a sus maridos represaliados). Aquí nada interfiere en la narración. Los hechos se suceden sin que para su comprensión tengamos que pasar por frases y frases paralelísticas. Puede darnos la sensación de que no tiene entidad su prosa, pero enseguida nos damos cuenta de que habitamos las praderas nevadas que pasea su protagonista, la traductora y escritora Nina Sergeievna, y nos solidarizamos con la percepción que va teniendo de las compañías que le han tocado en suerte en el retiro a un albergue finlandés durante el mes que le ha sido concedido por el gobierno soviético en 1949. Apaleamos con sus palabras. Sudamos con sus sueños (de muerte tiránica). Sutilezas.
Admiradora de Pushkin (“Y visitaremos los solitarios campos / los bosques, hasta hace poco frondosos, / y la orilla, para mí tan querida”), nos enseña que esa orilla es ni más ni menos que la felicidad.
¿Soy ahora su hermano? «¿Para qué, pues, acometo esta inmersión? Todo lo que vive necesita fraternidad, y yo también la busco. Escribo un libro para encontrar a mis hermanos, aunque sea en un porvenir desconocido». Pues sí.
[Salud. A la espera de que la Vida sumerja a quienes gobiernan la res publica].

jueves, 5 de abril de 2018

Eso (o Ello). Inger Christensen

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No sorprende -en todo caso, asombraría- que los versos de Vladimir Holan corrieran de boca en boca entre la población de Praga cuando la ocupación nazi o que sucediera algo semejante con los poemas de Sikelianós (musicados por Theodorakis) en la Grecia tiranizada o que en trincheras y barricadas mediterráneas se cantaran los tiempos de cerezas. Es el Sur. Sin embargo, sí que llama la atención que en Copenhague un libro de poemas constituyera un evento de una repercusión tal como lo fue la publicación de Eso (o Ello-Det- en 1969, de Inger Chistensen (1935-2009), autora de Alfabeto, que durante años sonó para el Premio Nobel, cuya impronta devino en fundamental en la literatura escandinava.
Hoy no resulta un texto asequible a primera vista. Requiere lentitud. Pero en su momento (después del mayo), en Dinamarca, sus palabras aparecieron en los muros de las ciudades como forma de protesta política; grupos de música rock cimentaron su éxito en las letras de canciones salidas de estas páginas; algunas expresiones coloquiales danesas nacieron de aquí; incluso -quién lo diría en nuestra tierra- hubo gobernantes que citaban versos en público. “Y salieron corriendo y gritaron Mirad mi corazón / Late como una frase debajo de la piel / Me gustaría tanto amar vuestra aflicción”.
Se concibe como un largo poema (de más de 200 páginas), aunque se divide en pequeños textos, nacido en la época en que el consumismo enseñaba sus garras por el Norte. “Dentro del primer consorcio hay un segundo, dentro del segundo hay un tercero, dentro del tercero un cuarto consorcio, etc. // En el consorcio n.º 1.423 hay un hombre calculando la esperanza de vida de un obrero // El hombre n.º 8.611 ha estado todo el tiempo desvariando sobre el derecho del individuo a su propia vida // Al final de todos los consorcios reunidos hay una dinastía financiera”.
Eso es un camino que nos lleva a un lugar que da sustento a todo. Es oscuro y es luminoso. Conduce a la razón y a lo inexplicable. Al miedo y a la valentía. Es matemática que celebra lo existente. Es una cosmogonía que se crea ante nuestros ojos mientras se balancea la capa de plancton que nos alimenta. “Hay manifiestos enfebrecidos / ofrendas de flores y vino // palomas revestidas de blanco en jaulas / vírgenes escondidas ocultas en ataúdes // anécdotas de caminantes / que van de embriaguez en embriaguez // hierba que vuelve verdes los cerebros / balbuceante belleza senil // en lo más hondo de la iniciativa política”.
[Salud. A la espera de que la Vida conceda eso a quienes gobiernan la res publica. La fotografía es de Michael Kellenter].

jueves, 29 de marzo de 2018

Constelaciones (Susanna Hislop. Catherina E. Koopman)

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Dicen ‒lo he oído en el programa Longitud de onda‒ que cada vez es menos negra la oscuridad de la noche en la atmósfera cercana; las luces recientes led realizan emisiones frías que inciden en ello en mayor medida que las anteriores y, al ser más económicas, aumentan en número. Genial. Por variar en las lecturas y tener entre las manos algo sugerente en texto e imágenes, cogí el otro día en la biblioteca un Atlas de las constelaciones, que cuenta con texto de Susanna Hislop e ilustraciones de Hannah Waldron.
Son numerosas y variadas las formas de interpretar las estrellas de los cielos. Cada civilización tiene las suyas, en las que refleja seres terrestres en la lejanía de la noche. A ello se suman las realizadas por la gente marinera cuando dejaron el cabotaje y se adentraron en las llanuras líquidas, y las que ha ido realizando la astronomía desde que comenzó a diseñar aparatos para observar más exhaustivamente. En total, una cantidad considerable de asterismos y constelaciones, creadas en buena medida por el capricho de quien mira. Según decía Berger (Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos), «aquellos que primero inventaron y más tarde nombraron las constelaciones fueron narradores. Las estrellas hilvanadas en esa línea [imaginaria] fueron como eventos que se suceden en una narración».
Partimos de aquel Math matik syntaxis de Ptolomeo, elaborado hacia el 150 a.n.e. (sobre observaciones de Hiparco de Nicea), en la que diseña 46 constelaciones pobladas por más de 1.000 estrellas, que recogen tradiciones occidentales desde Mesopotamia (libro que nos ha sido legado por la copia realizada en árabe, de ahí su nombre de Almagesto). A ello S. Hislop añade las más variadas leyendas y descubrimientos científicos, como la obra de Catherina Elisabetha Koopman (1647-1693), madre de los mapas lunares, que llegó a completar la obra de Johannes Hevelius (1611-1687), en cuyo estudio se quedó, y a cuya memoria corresponde el nombre del pequeño planeta 12625 Koopman, tan sencillo como aquella Leo minor que incluyo en Firmamentum Sobiescianum. (François Arago comentaba que fue «la primera mujer a la que no asustó afrontar las fatigas del cálculo y observación astronómicas»). Una delicia.
[Salud. A la espera de que la Vida ilumine el mapa de estrellas de quienes gobiernan la res publica].