viernes, 6 de julio de 2012

Palabras envenenadas (habladas)

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«La verdad no se nos escapará», escribe Gottfried Keller (1819-1890, autor de Enrique el Verde). «Y no se les está escapando a quienes comercian –me dice la Bibliotecaria–. Cada vez que escucho la radio o veo la televisión me entra tal desánimo que casi no tengo fuerza de apretar el mando para apagarla. Al ver o escuchar un programa de noticias o debate, resulta que quien lo presenta me está diciendo que tal marca de coches es la idónea para ir este verano de vacaciones o que lo puedo hacer en tales hoteles o que puedo tomarme un aperitivo con tal marca de vino acompañándola de un exquisito jamón. Y todo ello sin variar el tono de voz, sin habilitar un espacio específico que diga esto es publicidad».

«Resulta –continúa– que las masacres de Siria son iguales a las gotas de colonia; que el endeudamiento (de quien lo padece) es similar al traje de aquella modista; que los desalojos de viviendas se endulzan con estas galletas. No, no se les escapa la verdad. Confundimos las calles, las minas, las nubes. Si nos dicen que cobraremos un 10% menos, no sabemos exactamente a qué se refieren. Si nos quedamos sin trabajo, nadie es responsable. Si gritamos, ¿qué demonios decimos?».

«Ya –le contesto–. Solo nos levantará la poesía, cuando decida variar el rumbo que apuntaba Crémer (a los 95 años):

Y los poetas

olvidaron a sus muertos, convencidos

de que la música de Vivaldi, por ejemplo,

era más valiosa que mil muertos en la India

o que veinte millones de trabajadores parados

en la putrefacta Europa».

[El cuadro es de Théodore Cassariau, Una pequeña poetisa árabe. La inicial es un anuncio de pintura].

lunes, 2 de julio de 2012

Jara y piedra (semejanzas en flor)

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Paseamos por el sendero que lleva al antiguo lavadero. Bajo las encinas no es aplastante el agobiante calor de campo abierto. La jara ha abierto sus puertas y deja de ser una planta anodina para alegrar el paisaje con esa flor tan característica. «No me considero una persona lectora», le digo a la Bibliotecaria. «¡Cómo puedes decir eso! –me contesta–, ¡si has leído miles de libros!». «Todo lo que tú quieras, chica, pero es así. Cuando leo un libro no lo tomo como una obra acabada, redonda, con sentido en sí misma. Leo y me quedo con unas partes o con otras, un diálogo, unas frases, una descripción… sin sentir que todo va en el mismo paquete. Seguramente es lo mismo que me sucede con las personas». La hierba, con humedad suficiente, va cubriendo los muretes biselados en los que se restregaba la ropa.

*****************

Recorremos Salamanca. Las ménsulas sujetan los pilares que nacen a mitad de la pared exterior de la cilla, descargando el edificio de la pesadez de la piedra, en el huerto de los dominicos. Le digo a la Bibliotecaria que son jaras, coqueterías, adornos de lucidez, pesares, enseñanzas de maestros arquitectos que ponían allí su libertad. Al contrario de lo que me sucede con los libros, esta ciudad sí que la percibo como una obra única, acabada. Ella ríe, me mira sin disimular la sonrisa y dice que me alimento de ideas peregrinas. La invito (para algo estamos en mi ciudad).

miércoles, 27 de junio de 2012

Cocrear. (Pintando bisontes)

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Los hodiernos comunicadores lanzan, con cierta frecuencia, opiniones, conceptos o ideas, que suelen concretar en un término (o expresión), en el cual incluyen algunos propósitos (evidentes, en ciertos casos; ocultos, en otros). En el campo de la psicología, confundido con el de los llamados recursos humanos (por lo que no lo distinguimos siempre de los propósitos manipuladores), circula desde hace un tiempo el coaching, utilizado por muchos gabinetes para realizar cursos que cultivan la inteligencia emocional y la comunicación. Prometiendo un devenir más feliz a quienes asistan y practiquen. Así, hay empresas preocupadas por el bienestar y la salud de quienes trabajan en ellas y, en tiempos de bonanza, organizan encuentros antiestrés. Estamos, incluso, ante el Coaching Ontológico.

Europa cada vez crea menos. Por ello, es Estados Unidos el lugar donde se cocinan estas novedades. Toman realidades antiguas (de Asia o India en los últimos tiempos) y les ponen nombre nuevo. Pues bien, un término de moda es Cocrear. Es decir, desarrollar la capacidad de crear realidades propias en el mundo actual. Tienes que tener una intención. Ello atrae a lo que deseas. Así de fácil. Luego lo compartes (es decir, utilizas internet) y retienes la energía o sensación lograda. Si no te sale bien, es que no estás preparada/o para cambiar y lograr los deseo de tu alma. Suelta lastre. En ese caso, tal vez necesites alguien canalizador, trabajador de luz o investigador de la conciencia.

Estos términos están asociados a algún éxito editorial. Es lo que sucede con El secreto, de Rhonda Byrne (2007), en libro y película. Aunque, cada vez que juego a la lotería y no me toca, me pregunto si quienes habitaban Altamira tenían la misma fortuna que yo.

viernes, 22 de junio de 2012

La Diosa Razón

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A los cien años, más o menos, de la muerte de Marie-Thérèse Davoux (1766-1818), se acercó Iván A. Bunin al cementerio de Montmartre a visitar su tumba. Pero nadie de por allí guardaba memoria de ella ni tampoco aparecía evidencia alguna de su presencia inerte, en un primer recorrido por el recinto. Solo después de rebuscar con meticulosidad, dio con los restos de la sepultura. ¡Y eso que se trataba de la Diosa Razón!, pues con este nombre había sido elevada a los altares en la catedral de Notre-Dame la figurinista de la Ópera Marie-Thérèse el 10 de noviembre de 1793, cuando los ánimos de la exaltación revolucionaria estaban en su clímax y se había destronado a la anterior Virgen María. Jean-François Garneray realizó un retrato de ella con el título Madmesoille Maillard (que era su nombre apelativo).

Y casi a los cien años de esta visita al cementerio, apenas si recordamos a Iván Alexéievich Bunin (1870-1953), nada partidario de revoluciones, que escribiera un relato con el título «La diosa Razón», basándose en estos hechos. Relato que publicó en 1924, el mismo año que también lo hizo con la novela corta El amor de Mitia [reeditada en 2003, en Pre-Textos, con otros relatos], una vez que ya estaba afincado, con su esposa Vera Múromtseva en París. Antes había publicado novelas como Una aldea, con la que consiguió darse a conocer al público. Buena parte de ellas fueron editadas en español por Calpe, en acertadas traducciones de Tatiana Enco de Valero. Y después dio a la luz, por ejemplo, La vida de Arséniev (1930). Realizaciones que le hicieron merecedor del Premio Nóbel en 1933, primera vez que se le concedía a un escritor exiliado y ruso.

«El tiempo termina por poner cada cosa en su sitio», decimos. «Poco a poco, siempre, arregla todas sus cuentas la historia», cantan Olga Manzano y Manuel Picón, y continúan: «Y, el tirano, aunque se vista con sus galas primorosas, / tiene un árbol que lo espera con un nudo y una soga». En fin, a la vista de estos y otros acontecimientos, podemos dudar del justiciero Tiempo, aunque ello suponga que nos lancemos en brazos del descontrolado Azar.

[Sobre lo escrito aquí, puede verse el artículo de Pedro Torres Curiel, «De la gloria al olvido: el caso Bunin», en la revista ovetense Clarín, n.º 99, mayo-junio 2012].

lunes, 18 de junio de 2012

Clubes: algo distinto a patadas

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Hace noventa años, Ramón Segarra Vaqué, en un pequeño artículo titulado Sport Pedantería, con cierto tono jocoso escribió: «La juventud de nuestra graciosa era todo lo resuelve con los pies […] La futura raza humana tendrá la cabeza muy chiquitita y las extremidades inferiores muy grandes… Y calzará herraduras». Se estaba extendiendo el footall y nacían clubes y aficiones.

Lo nuestro, sin embargo, no va de patadas a un objeto rodante. La Recolectora se arrellana cómodamente en las sillas de su casa redonda cada quince días y se dedica a comentar y discutir sobre el libro que en esos días tienen entre manos sus componentes. Esta temporada ‒de octubre a junio, como colegiales‒, por motivos inesperados, hemos dejado alguna sesión en blanco, pero aun así, palabra a palabra, hemos entrado en catorce historias a través de estos títulos:

El informe de Brodeck, de Philippe Claudel

Persépolis, de Marjane Satrapi

La pasión según G. H., de Clarice Lispector

Hacia la boda, de John Berger

El rey Lear, de William Shakespeare

Al morir Don Quijote, de Andrés Trapiello

La balada de Iza, de Magda Szabó

Adversarios admirables, de Olga Guirao

Cuentos de los días raros, de José María Merino

Bueno días, tristeza, de François Sagan

La muerte en Venecia, de Thomas Mann

Climas, de André Maurois

Memorias de un solterón, de Emilia Pardo Bazán

Y, según acostumbramos cada año, hemos gozado de un encuentro directo con gente que escribe; en este caso, con siete integrantes de la escuela de escritores de Burgos.

Para terminar cada sesión, al calor de las llamas del hogar (en invierno) y al frescor de la sombra del roble (en primavera), leemos en común en alto textos de Farugh Farrokhizad, Carlos Marzal, Wislawa Szymborska, Ortega y Gasset, Ernestina de Champourcin, Aníbal Núñez, Clarice Lispector, Ángel Crespo, Pirandello, María Victoria Atencia...

Después, un animado refrigerio en la cafetería de al lado.

miércoles, 13 de junio de 2012

Diálogos (imaginarios). Rellene usted...

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En 1894, conmemorando el Primero de Mayo –tan bisoño él, entonces−, Emilio Longoni (1859-1932) pintó un cuadro (de esos que hemos dado en llamar en pintura divisionismo) en el que podemos ensayar a taller de escritura. En su primitiva publicación, según vemos aquí, adjuntaba un diálogo:

Ella.- No tengo hambre. La langosta que nos comimos la cena de anoche todavía me pesa en el estómago.

Él.- Me gusta: chupa el jugo de carne, eso es todo. Se trata de un excelente solomillo de ternera y de la mejor.

Un poco complicado elegir palabras bellas, ¿no?

jueves, 7 de junio de 2012

Repetimos: Yo Quiero Bibliotecas Públicas

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Hace un tiempo –antes de conocer a la Bibliotecaria˗ encontré un pequeño libro en el mercadillo de los domingos de Salamanca, cuando éste se celebraba en la zona baja de la cuesta Tentenecio. Más bien es un folleto, titulado El Derecho y la Justicia, con textos de Pedro Dorado Montero, Guyau, Maeterlink, Tolstoy, etc. No tiene fecha (aunque podemos situarlo hacia 1934) y vio la luz en Valencia, por Biblioteca de Estudios. Presenta un curioso anagrama editorial, en el que se ve una figura femenina y una masculina ante un libro abierto, debajo de lo cual se lee: «Educación sexual. Ciencia. Arte. Cultura general».

Me gusta tener localizado el volumen en las estanterías de casa, no por alguna de las generalidades señaladas en lo que llevamos leído, sino por las singularidades que presenta en la parte posterior de la cubierta, en donde le hicieron dos estampaciones. La primera es un sello de pertenencia a Biblioteca Talleres Colectivos (es decir, que pertenecía a una empresa en la que había un espacio dedicado a biblioteca). La segunda es una leyenda (en tres líneas) que dice: «Respétame y trátame con cariño / pues soy el llamado a formar una / humanidad más justa». ¡Hace falta tener fe en la cultura para afirmar algo así!

Y hace falta tenerla para enfundarse una camiseta con el lema que nos muestra la aguerrida (y sugerente) pareja que encabeza nuestra anotación. Y eso que no nos lo muestran todo, pues, si se dieran la vuelta, leeríamos: «Las bibliotecas no son un gasto, son una inversión».

A la vista de lo que llevamos dicho, deberíamos preguntarnos qué parte de estos lemas no entiende la gente que nos dirige. Parece claro que, en esto de la cultura bibliotecaria, ha sufrido una involución.

lunes, 4 de junio de 2012

Cartonera, red

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Hace tiempo que le hablo de Cartonera a la Bibliotecaria, un proyecto editorial extendido en Hispanoamérica, que surge como alternativa al control de los mercados literarios por fuertes grupos neoliberales. Me gusta leer sus publicaciones y disfrutar de sus encuadernaciones, realizadas con materiales de deshecho, principalmente cartones. Pero, cuando tenemos la intención de ponernos manos a la obra, siempre surge algún tema o cuestión que desvía nuestra atención en otras direcciones. Así que hoy señalaremos aquí algunas notas esenciales de este singular movimiento.

Mucha gente, a la hora de querer publicar, se encuentra con una realidad: la producción, distribución y venta de mercancías culturales está sometida a la lógica neoliberal y no es fácil introducirse en ella (con cierta satisfacción). Por ello, principalmente en poesía, unos colectivos (denominados cartoneras) realizan libros artesanalmente, confeccionados a bajo coste, con cartones, hilos, grapas, pintura… tomados, por lo general, de la calle, haciendo después fotocopias. Su origen se sitúa en el final del siglo veinte, cuando Argentina queda sumida en la deflación y sus gentes tienen que subsistir de la solidaridad y la imaginación. Allí, en Buenos Aires, en 2003, Eloísa Cartonera inicia esta forma de producción, extendida después a México, Perú, Chile, Paraguay, Bolivia, Brasil, Ecuador, Colombia, Puerto Rico…

Estos libros, además de internet (en donde ya podemos ver archivos digitales como el de Atarraya), pueden hallarse en ciertas librerías y bibliotecas, pero lo interesante del asunto es que ha construido un movimiento, una red participativa de la que surgen muchas iniciativas creadoras, insertas en la cotidianidad de los lugares en donde viven quienes escriben.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Palabras de consuelo (sefardíes)

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La expulsión de los judíos de España (1492), originó una diáspora que, en el inicio de la segunda guerra mundial, contaba con tres focos principales: Los Balcanes, Turquía y América. La lengua judeo-española gozaba de excelente salud, contabilizándose en los últimos sesenta años −1870-1930− más de trescientos periódicos, los cuales eran leídos por una población estimada entre doscientos setenta mil y cuatrocientos cincuenta mil sefardíes. Igualmente, se iniciaba con fuerza la producción novelística escrita, a la que se sumaban la teatral y poética, ambas con facturas innovadoras en estética.

Pero llegó la debacle. Los campos de concentración y los progromos se llevaron por delante casi un noventa por ciento de integrantes de esta colectivo. El judeo-español, al igual que el yiddish, sufrieron una paralización difícil de superar. No obstante, en aquellos momentos de degradación, la lengua materna sirvió para que muchos se reconocieran y ayudaran. Sirvió, además, para proporcionales palabras de consuelo. La vesania de la gente carcelera llevaba a sortear las cucharadas extra de sopa para quien realizara algún acto que cayera en gracia a la raza superior; entre ello se encontraba el cantar canciones que, por el motivo que fuera, les gustasen. Es así que los sefardíes echaban mano del rico acervo cultural medieval del que disponían.

Entre las canciones de los tiempos de alambradas destacó la cantiga Arvoles yoran por luvyas, que se convirtió en una especie de himno consolador:

Arvoles yoran por luvyas

I muntanyas por ayres

Ansi yoran los mis ojos

Por ti, kerida amante

Torno i digo: ke va ser de mi?

En tierras ajenas yo me vo murir

Enfrente de mi ay un andjelo

Kon sus ojos me mira

Yorar kero i no puedo

Mi korason suspira

Torno i digo: ke va ser de mi?

En tierras ajenas yo me vo murir

(Los árboles lloran por la lluvia / y las montañas por los aires / así lloran mis ojos por ti, querida amada / vuelvo y me digo: ¿qué va a ser de mí? / en tierras ajenas me voy a morir / enfrente de mi ay un ángel / con sus ojos me mira / quiero llorar y no puedo / mi corazón suspira / vuelvo y me digo: ¿qué va a ser de mi? / en tierras ajenas me voy a morir).

¿Qué va a ser de mi?

viernes, 25 de mayo de 2012

Mirar atrás

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Ahora que las golondrinas llenan de sonidos las frescas mañanas soleadas, le hablo a la Bibliotecaria de la mala racha pasada en un año no muy lejano, durante fechas en que recuerdo nítidamente que estaban presentes esos bullicios. «Ya sabes –me dice−, mirar atrás, a cuando nos acosó la vida, puede servir para provocarnos una pasajera sonrisa o para atraparnos nuevamente en su red sombría». Y por si me entraran tentaciones de lo segundo, hablamos con algún detenimiento de la esposa de Lot, convertida en estatua de sal por volver la vista. ¿Se volvió con todo el cuerpo? ¿Cómo se llamaría? Puede que añorase a alguno de esos ángeles que se vestían al uso humano para acostarse con las hijas de los hombres. O puede que añorara a alguna de las de su mismo sexo (pues, según cuenta el Génesis, encontraban gusto en relacionarse con intimidad) en aquellas ciudades del Mar Muerto.

En estas pasamos la tarde la Bibliotecaria y yo. Riéndonos ante la suposición de que pudieran quedar esculpidas en material salobre aquellas personas en las que ahora pensamos (aunque solo fuera por breves instantes). «Y no eches el gesto en saco roto –continúa ella, con cierto orgullo y preocupación−. La ninfa Eurídice murió en Tracia, el día de su boda, a causa de una mordedura de serpiente. Se había casado con Orfeo, el que acompañó a los argonautas por el Mar Negro y adormeció al dragón que custodiaba el vellocino de oro con la lira que Apolo le regalara. Si hemos de hacer caso a Virgilio (en las Geórgicas), el músico divino no podía vivir sin su amada, así que echó mano de sus artes para convencer a Caronte de que lo dejara atravesar el Estigia, y a Perséfone y Hades (una vez descendido a los infiernos) para que la dejaran marchar. Lo hicieron con la condición de que él fuera delante de Eurídice y de que no se volviera a mirarla hasta que estuvieran al sol. Pero… Orfeo dudó, volvió la vista y… Eurídice regresó a los infiernos».

Sí, ya sé. Vivió apenado, y fiel a su amor, hasta morir asesinado por las sacerdotisas de Dionisio. Su lira fue transformada en constelación. Y −se dice− que las corrientes marinas arrastraron su cabeza hasta Lesbos (cantando y cantando), a la espera del día en que se reunió con ella.

¡Esta Bibliotecaria siempre me deja temblando!

domingo, 20 de mayo de 2012

Poesía pública

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Hace un tiempo, la Bibliotecaria me habló de su amiga Ana. En aquella ocasión lo hacía con esa manera tan suya de contar que parece que se adorna con las cualidades o vive las aventuras de otras personas, máxime si apuntan algún tipo de extravagancia. Yo la dejé que se extendiera a gusto; si bien pensé que dicha Ana tendría que ser alguien singular (ya que −¡eso, sí!− la Bibliotecaria no suele exagerar en lo que dice).

Hace unos días, le hablaba yo de los poemarios La alambrada de mi boca y Alfabeto de cicatrices (editadas por Baile del Sol); de las bitácoras El alma disponible y (la colectiva) Cultura indigente. «¡Pero si son de Ana!», me dijo, y entonces caí en aquella (para mí) intrigante mujer, de la que había imaginado cualidades y aventuras contadas. Efectivamente, Ana Pérez Cañamares, poeta y narradora a la que leo con cierta frecuencia, escribe allí atinadamente palabras públicas.

Hijo mío

Que soy libre, me dicen.

Pero si quisiera tener otro hijo

tendría que llevarlo al Banco de la esquina

porque suya es mi casa.

Mi niño llamaría padre al director

y madre a la cajera

aprendería a andar con una silla de oficinista

dormiría en un cajón del archivador

y yo solo sería un pariente lejano

que le sonreiría desde mi puesto en la cola.

Me pasaría de vez en cuando con la excusa de ampliar la hipoteca

solo para ver qué tal me lo crían

cómo le afecta el aire acondicionado

si sabe poner un fax

y si el director le regala un juego de sartenes

por su cumpleaños.

miércoles, 16 de mayo de 2012

No entiendo

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Me recuesto en la cabecera de la cama, y leo y observo una versión ilustrada de La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik –la publicada en Libros del Zorro Rojo, 2012, con dibujos de Santiago Caruso–, y se me encoge el cuerpo desde el estómago. Cierro el libro, coloco la cubierta boca abajo y lo llevo al aparador de la entrada para devolverlo mañana a la biblioteca. Me voy a intentar dormir. No entiendo. Por supuesto, me desvelo.

Como ya alguien habrá adivinado, estas páginas describen y pintan la obra de Erzébet Báthory (1560-1614), todopoderosa condesa protegida de los Habsburgo, que asesinó a 650 doncellas en el laberíntico castillo de Csejthe, azuzada por la hechicera Darvulia, con el fin de alejar la vejez. Ella y sus sirvientas, poseídas por instintos destructivos (incluidos los sexuales), utilizaban tenazas, atizadores rojos, ganchos, jaulas, cirios ardientes, cuchillos, agua helada, agujas… con el solo fin de atormentar hasta la muerte, de contemplar el sufrimiento, de regar de sangre sus blancos vestidos y su piel cincuentona. En un cuaderno anotaba el nombre y rasgos de sus víctimas. ¿Puede apreciarse belleza en un personaje semejante, tal como afirmaba Sartre: «El criminal no hace la belleza; / él mismo es la auténtica belleza»? ¿Es que no cuentan las muchachas?

Pizarnik (1936-1972) escribió en su diario: «¿Cuál es mi estilo? Creo que el del artículo de la condesa. Nunca después volvió a sucederme algo parecido». Sencillamente, le fascinaba el laberinto. Igual que le había sucedido a Valentine Penrose (1898-1978, otra admirable poeta. Tengo las flores más bellas / la quimera más bella / el espejo más bello / yo soy el agua que se canta), que logró reunir, antes de escribir su poema en prosa, una buena cantidad de documentos sobre el terrible erotismo de piedra, de nieve y de murallas de la condesa. Es tal la crueldad que muestran las palabras, líneas y colores de este libro que no me cabe en la cabeza, según dice el ilustrador, que sirvan para «exorcizar la enfermedad del mundo» o, según dice la escritora, para mostrar que «ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible».

Hoy prefiero no mirarme al espejo.

jueves, 10 de mayo de 2012

Olores que...

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La Bibliotecaria comparte el gusto de oler los libros con mayor número de personas del que yo creía que existiera con esta afición. Ahí está la bitácora que ya lo anuncia en el nombre –Olor a libro nuevo y café− y esa anotación de Letras y escenas, o la de No me digas que… [de donde tomamos la imagen de arriba], en las que numerosos comentarios hacen alusión a este ímpetu (por esta vez, llamémosle así). Mientras atravesamos el verde prado del Parral, alfombrado de margaritas y botones de oro, y nos despojamos de prendas superfluas, exponiendo al sol nuestra blanquecina piel, le hablo a la Bibliotecaria de las zahúrdas en las que se han impreso gran parte de los libros cuyo aroma ahora aspira con tanta delectación. Los efluvios del plomo de las linotipias y el de las tintas han quemado demasiados pulmones en los talleres de imprenta.

«Igual que las panaderías», le comento. Un obrero panadero argentino, Joaquín Hucha, escribió hace casi un siglo un folleto en el que denunciaba El trabajo nocturno y los males que acarrea (editado por Tierra y Libertad en Imprenta Germinal, 1915). En él, se describen escenas parecidas a las que narra un artículo del Boletín de Artes Gráficas (1937): «¡Qué pocos talleres han conocido la holgura! Y siempre la misma obsesión: imprimir libros al precio más económico. Cuando el impresor tenía capital, montaba su taller al dictado del mote “Imprimir muy barato”. Para ello bastaba con adquirir la maquinaria más moderna. El local, no importaba [...] Tampoco importaba el material auxiliar, no productivo. Pero cuando el impresor no tenía capital [...] entonces la pocilga tomaba matices dantescos: zaquizamíes absurdos en rezumantes sótanos, tenebrosas alcobas que hablaban clandestinidades incomprensibles [...] con un huir de la luz como si se temiesen sus radioactividades [...] Y quién sabe si, a la acción de los rayos luminosos, aquellos monstruosos cuerpos tipográficos no habrían muerto instantáneamente. Cabe pensar que sus mismos dueños, avergonzados al verlos, los habrían liquidado”.

Pan para el cuerpo y pan para el espíritu. En estas ocasiones, casi me alegro de mi alergia al papel impreso (en especial, el viejo). Y se me figura que mi achist es un guiño a las penalidades del pasado.

domingo, 6 de mayo de 2012

¡Pero si nunca he hecho un favor a nadie!

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Esto dicen que comentó Giovanni Pietro Carafa (1476-1559) cuando fue elegido Papa el 15 de mayo de 1555 -ya septuagenario- en una de esas rocambolescas carambolas que suceden en los cónclaves de la curia vaticana. Y a fe que así debía de ser. Pero el destino premia, con demasiada frecuencia, la insolencia. Su tío, cardenal, lo había elevado a obispo de Chieti en 1494. De aquella ciudad napolitana proviene el nombre de teatinos, clérigos no conventuales del Oratorio del Amor Divino, dedicados a la caridad, de cuya orden fue cofundador Giovanni Pietro. Cuando fueron llegando a Roma las oleadas reformistas luteranas (desde la década de 1520), Carafa mostró su desacuerdo, abogando porque fueran perseguidos quienes flirtearan con ellas. Así, siendo cardenal (1542), contribuyó al recrudecimiento de la Inquisición y apoquinó de su propio bolsillo las cadenas y grilletes que la situación requería.

Pero, sin duda, a quienes esto escribimos –amantes de las bibliotecas– nos interesa resaltar que el mentado Carafa, ya con el solio pontificio bajo el nombre de Pablo IV, fue reuniendo un elenco de autores e impresores que (en su opinión) no podían ser leídos por quienes pertenecieran al catolicismo, lo cual dio en convertirse, en 1957, en el Index auctorum et librorum, qui tanquam heretici… (que, dos años después, el Santo Oficio amplió). Y no se contentó con los herejes, sino que extendió el anatema a homosexuales, jugadores, meretrices y simoníacos; además de a judíos y conversos, decenas de los cuales terminaron en la hoguera, siendo otros confinados en un barrio allende el Tíber -bula Cum nimis absurdum-. El cercenamiento intelectual que supuso, contribuyó a que la industria tipográfica variase su centro de Roma a Amsterdam y Ginebra. Ya vemos la delgada línea que existe entre una fuente de información y una prueba acusatoria (tratándose de libros).

. Declaró, además, una guerra ruinosa a España (como napolitano), llevando las hambrunas a Roma. No es de extrañar que, a su muerte, estallara una explosión de júbilo en Roma, que se derribara su monumental estatua y se jugara a rodar con su cabeza (y que ya no pidieran en las tabernas una carafa de vino, sino una brocca). De los restos marmóreos se construyó su morada funeraria.

martes, 1 de mayo de 2012

La atracción de lo erróneo

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«Las sociedades actúan, en demasiadas ocasiones, como las personas», me dice la Bibliotecaria, «encuentran cierta satisfacción en dejarse atraer por el error, en no alejarse del camino -que tienen por seguro- que les mantiene en la ruta del dolor o la infelicidad». Y continúa hablándome de la consideración que se tiene a la mujer en distintas fases de la historia, a pesar de que se ha sabido de sobra que mujeres y hombres están en igualdad de potencialidades mentales. Es más, en la antigüedad clásica se creía que diosas y musas habían sido mujeres de carne y hueso. «Y fíjate −insiste− en lo que contribuyeron al desarrollo. Minerva, símbolo de sabiduría, inventó el olivo (aceite y paz), además de la música (flauta) y la danza; hizo lo propio con el cálculo (cifras); nos enseñó a tejer, hilar y bordar; y, en fin, ideó un tipo de escritura taquigráfica. ¡Y qué decir de Isis, Ceres o Aracne!». Y me comenta que hay pocos libros tan instructivos, en este sentido, como La ciudad de las damas, de Cristine de Pizan (1364-1430), poetisa veneciana, historiadora y moralista.

«Ya lo he leído», le digo, «y ciertamente que es un elenco envidiable de mujeres significativas». A menudo me pregunto por qué existe esa superioridad masculina desde antaño. ¿Tal vez por dedicarse a actividades opresoras como la guerra, lo cual les ha proporcionado −además− la facultad de escribir la Historia, borrando de ella a sus compañeras (como sostenía William Alexander)? Lo cierto es que ha habido suficientes hombres que han afirmado la igualdad. Ahí tenemos, por ejemplo, al cartesiano Poullain de la Barre (1647-1725) que, en 1673, afirma (apoyándose en Anatomía) que la mente no tiene sexo, por lo que las mujeres pueden desempeñar cualquier oficio o profesión de las acaparadas por los hombres. Y, sin embargo, incluso la filósofa natural –física, diríamos hoy− Margaret Cavendish (1627-1674) afirmará la blandura y frialdad de la inteligencia femenina para desarrollar pensamientos rigurosos; siendo, no obstante, una dama rompedora en ciencia y en convenciones sociales, con 14 libros escritos firmados con su nombre (algo incomprensible entonces).

Las musas son quienes inspiran nuestros pasos. Pero…

viernes, 27 de abril de 2012

Golondrinas (con Arcángel)

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Hoy me he encontrado con ellas por vez primera en este año. Atravesaba el río por el puente medieval Malatos, me he asomado al balcón del pretil y ¡helas ahí!, tan cercanas, sin chocarse, rozando el agua algo espumosa –en pleamar lluviosa−, elevándose, bajando, abriendo la cola de salteadas dovelas blancas, resbalando las gotas de lluvia en el lomo, sin sombras, mirándose en la corriente porque el júbilo tiene ojos verdes. Ahí he permanecido durante minutos, saludando su vuelo y su presencia, mientras sucedía el cambio: mi invierno ha terminado.

Estas aves –golondrinas parlanchinas− me resultan tan sugestivas y atrayentes como los textos de Carmen Conde (1907-1996), mujer tan de vuelo (He venido a quererte, a que me digas tus palabras de mar y de palmeras); especialmente el poema en prosa El arcángel, con el que estos días camino: Llegó a mi noche y la removió con sus alas espesas. Entonces quedó partida en dos: una suya y otra desvelada. Estos ojos por los que nunca cruzaron mejores pájaros, se abrieron para coger su figura; pero él no estaba fuera de la vigilia; así que los cerré –viéndole- en un resplandor que olía a hierba soleada. […] Si durante el día vivo sonámbula, si desacierto, si la violencia del desacomodo mío os hiere, sabed por quién es todo: yo vivo la noche sin sueño del diálogo con el Arcángel.

¿Qué es?

[La fotografía primera es de Monkiewicz]

lunes, 23 de abril de 2012

Escribir con imágenes

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Recordamos la angustia que nos producía, en la escuela, el tener que comprender eso que llamaban alegorías; por ejemplo, la Agricultura o la Industria, que eran unas señoras altivas de porte, vestidas con túnica (que dejaba al descubierto un brazo) y, al lado, un fajo de espigas o una rueda dentada. Pero si en mi pueblo iban al campo los hombres y la mujeres −no las señoras− que yo conocía, y aquéllas, cuando lo hacían en verano, se ponían unos manguitos que les cubrían hasta el último centímetro de los brazos. Y quienes hacían los utensilios y arreglos eran el herrero, el carpintero o el zapatero, sin más. ¡Cómo comprender aquello!

No nos habíamos enterado que ya Boecio había identificado a la Filosofía con una de estas señoras y que, en especial, desde el siglo XIII al XVIII, gran número de ideas abstractas –la razón, la teoría, la paz, la libertad, la invención, la economía, la ciencia, el arte, la fuerza, vicios, virtudes, etc.−, así como objetos animados o inanimados, fueron representados por imágenes, naciendo con ello un discurso propio y universal, la iconología (que tuvo en la obra de Cesare Ripa [1560-1622] su catecismo). Uno de los momentos más significativos es la inclusión del cuadro compositivo de Charles-Nicolas Cochin (1715-1790) en el frontispicio de la Enciclopédie de Diderot y D’Alembert (lo cual no sucedió en los primeros volúmenes, a partir de 1751, como suele creerse, sino que se grabó en 1776). Vemos allí, en lo alto, a la Verdad, iluminada, a quien desvelan la Razón y la Filosofía, la Imaginación va a adornarla; más abajo, reciben su luz la Teología, la Memoria y la Historia; la Geometría, con un rollo; la Física, con una bomba; la Astronomía, con corona de estrellas; la Óptica, Botánica, Química, Arte, Poesía, etc., todas ellas con sus símbolos; y, en la base, las artes aplicadas, representadas por hombres.

Cochin escribió en su Iconologie que es «bajo el velo de la alegoría como la moral ofrece a los hombres verdades consoladoras y útiles preceptos». Si bien decae la representación en figuras femeninas a finales del siglo XVIII, perdura no obstante en símbolos emblemáticos; así en el diseño hecho en 1902 para la medalla de los premios Noblel de física y química; la de Einstein, de 1921, presenta a la Naturaleza y la Ciencia, con la inscripción circular «Inventas vitam iuvat excoluisse per artes. Cuán bueno es que la vida del hombre sea enriquecida por las artes que ha inventado».

miércoles, 18 de abril de 2012

¿Interesa la verdad?

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La Bibliotecaria es una apasionada de Platón. ¡Qué le vamos a hacer! Siempre que le hablo de algún descubrimiento que he creído encontrar en Weber, Kant o Zambrano, me dice que eso ya está en los diálogos platónicos. Y el asunto es que –no sé si debido a mi maleable ignorancia− casi todas las veces me convence. Por ello, me he dicho: «Voy a hablarle de alguien cercano, de Aristóteles, para mostrarle que ideó planteamientos nuevos. Por ejemplo, cuando deja sentado que la ética es un complemento, por un lado, de nuestro impulso natural hacia lo óptimo –tò aristón− y, por otro, del conocimiento −gnôsis− que necesitamos para enterarnos de lo que debemos hacer», y termino, con cara de triunfo, «es lo que llamaba prudencia: capacidad de análisis de las circunstancias y ponderación de las consecuencias, lo cual se consigue con la deliberación».

A la Bibliotecaria no se le mueve ni un músculo de la cara. Vuelve el rostro y me suelta: «Es precisamente Aristóteles, en Ética a Nicómaco, quien dice “Debemos haber sido educados en cierto modo ya desde jóvenes, como afirma Platón, para podernos alegrar y dolernos como es debido, pues en eso consiste la buena educación”. Y esta frase de Platón se halla en Las Leyes. Y no solo eso −sentencia−; en el Parménides escribe: “Es hermoso y divino el ímpetu que te lanza a las razones de las cosas; pero ejercítate y adiéstrate en estos ejercicios que en apariencia no sirven para nada, y que el vulgo llama palabrería sutil, mientras eres aún joven; de lo contrario, la verdad se te escapará de entre las manos”».

Y, mirando el panorama, me digo: ¿le interesa a alguien público adiestrarse para que no se le escape la verdad?

[La fotografía es de Ramón Bataller Alberola].

viernes, 13 de abril de 2012

Deseos inalcanzables

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Con frecuencia formulamos deseos. Y la literatura, que es una cilla chismosa, recoge y reparte nuestras carencias, nuestras evasiones, nuestros anhelos. Albert Lange, en su Historia del materialismo (1866, ampliada después a dos tomos), que tradujo Vicente Colorado para la editorial Daniel Jorro (1903, felizmente disponible en internet), fue quien contribuyó definitivamente a la rehabilitación de La Mettrie (de quien hablamos hace unos días en esta bitácora). Lange dice de él que «no se conoce a La Mettrie ni una sola mala acción. Ni arrojó sus hijos al hospicio, como Rousseau; ni burló a dos prometidas, como Swift; ni fue simoníaco, como Bacon; ni falsificador de documentos, como Voltaire».

Pero, a lo que íbamos. Es precisamente Voltaire −desde la corte de Federico de Prusia− quien escribe de él: «Era el más loco de los hombres, pero era también el más ingenuo. Este hombre tan alegre que de todo se ríe −añade−, llora algunas veces como un niño, a solas conmigo, porque no quiere estar aquí».

Y esta postura infantil y este deseo de retorno –no de recuerdo−, que pudiera tomarse por debilidad, la hallamos con frecuencia en textos de hombres. Tanto es así que nos llama la atención cuando la leemos en obras de mujeres. De ahí que nos sorprende gratamente leer en el Diario (2010) de Hélène Berr (1921-1945, fallecida en el campo nazi de Bergen-Bersen), en la anotación de 12-XI-1943: «Quisiera que me acunasen como a un niño. Yo, que me ocupo de otros niños. Quisiera después tanta y tanta ternura». Aunque no sea grato pensar en lo que deparó el destino humano a esta mujer –gota de rocío− a la que no sirvieron de sortilegio sus palabras: «Toda mi vida se apagará de golpe. Con todo el infinito que siento dentro de mí».

sábado, 7 de abril de 2012

Mimosas (¿qué leer?)

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Flores de vuelo. Las mimosas curvan el espacio, empujando suavemente el aire, haciéndose un hueco sedeño en las yemas de las ramas. Una amiga extremeña –de los tiempos de las banderas– las tiene por su flor favorita, y se contenta con que demos un paseo por las alamedas plasentinas si nos encontramos en sus cumpleaños primaverales. Por esta forma de ser tan entera, y a falta de presentes alpestres, le regalo gladiolos blancos en los meses del otoño. Ella es capaz de cerrar los ojos y saber lo que hay debajo del flamear de las varas.

«¡Qué suerte tienes!», le digo a la Bibliotecaria, «¡tú sabes recomendar libros! Por lo general, tienes a flor de boca un título cuando alguien te pregunta por una lectura para el fin de semana o para las tardes ansiosas -de masaje con aceite de mimosa-. En cambio, yo me encojo cada vez que alguien me requiere para que nombre un libro de los que han dejado huella en mí. ¡Pero qué huella ni qué narices! ¿Es que los libros hacen esas cosas? Me miro y no veo ninguna señal en mi piel de Ovidio o de Hanna Arend. Ni creo que la tenga de Garcilaso o de Annete Rich».

La Bibliotecaria me mira (creo que un poco aburrida de mi cháchara) y me pasa página.

lunes, 2 de abril de 2012

Narcisos (¿dónde mirarnos?)

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Una de las flores más sorprendentes que crecen en el monte son los narcisos. «Mira», señala la Bibliotecaria. Y ahí están en el prado, salpicando de colorido amarillo el verde, el blanco y el morado de las plantas con que conviven en estos días de primavera. Casi olvidamos de mirar los robles, castaños y almendros de la zona. Y, cerrando los ojos, imaginamos el placer de tenderse entre sus coronas acampanadas, descendientes de las aguas del Cefiso, que corren a escasos metros, sorteando ruidosas el pulido granito.

«Ya ves –me dice la Bibliotecaria–, donde también abundan los narcisos es en las cortes». Y sonrío, abandonándome al esplendor del sol de la mañana, mientras me habla de La Mettrie (1709-1751), personaje singular, ateo, sarcástico, médico enemigo de los médicos, valiente, gastrónomo, brillante, filósofo –l’homme machine−, saludable, nombrado Lector de Cámara por Federico de Prusia. Después de publicar su Historia natural del alma…, tuvo que huir de París y recala, ayudado por su amigo Maupertuis, en la corte de Federico, en la que día a día, su protector comprueba –con desasosiego– cómo va aumentando el desenfreno de su pluma. Thiebault (en sus memorias) y Voltaire (en sus cartas) nos hablan con frecuencia de este hombre sin aprensión que hacía lo que le daba la gana: se tiraba en los divanes, se quitaba el cuello si hacía calor o lanzaba al suelo la peluca. Pero al rey… le caía en gracia.

«Si leyeras La sociología criminal de Azorín (1898), te enterarías de estas cosas», me espeta la Bibliotecaria (no sé si con afán pedagógico o como reconvención a mi aparente abandono). La Mattrie fue llamado un día al palacio de un conde enfermo. Llegó. Charló. Se sentó a la mesa. Comió y bebió sin medida y hasta se zampó entero el pastel común «repleto de pésimo tocino, de trozos de cerdo, de jengibre». Y, al día siguiente, murió de indigestión (al rechazar el emético que le prescribían los médicos, y empeñado en hacerse sangrías).

Narcisos.

miércoles, 28 de marzo de 2012

VI SALÓN DEL LIBRO INFANTIL Y JUVENIL DE BURGOS

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El 20 de marzo se inauguró la Sexta edición del Salón Infantil y Juvenil de Burgos que como en años anteriores se viene celebrando en el Salón de Exposiciones de la FEC en el CC Alcampo de nuestra ciudad.
El Salón concluirá el día 13 de abril, el motivo central este año son los diferentes ecosistemas y su mantenimiento y supervivencia en el tiempo, bajo el título "MUNDOS FRÁGILES": Ecosistemas e Indigenismos.
Información de primera mano la tenéis . aquí.
La autora del cartel de este año es Violeta Monreal.
Horario: De lunes a sábado de 18:00 a 21:00 horas.
Domingos y festivos cerrado.
Nos consta que mañana y tarde los visitantes a este salón son atendidos amablemente por bibliotecarios de Burgos procedentes de la Biblioteca Municipal de Burgos y de la Biblioteca Pública del Estado de la ciudad.
Existe un extenso programa de actividades dirigidas sobre todo al público infantil y juvenil, con la visita a la exposición en sí, la hora del cuento, certamen de relatos breves, encuentros con escritores, y los talleres del Museo del Libros Fadrique de Basilea.
como extensión en el Teatro Principal se abre otra exposición que se centra en los pueblos indígenas, apoyándose en "Las Leyes de Burgos" de 1512 cuyo V centenario va a ser también conmemorado en nuestra ciudad este año.
Sala de exposiciones del Teatro Principal. "Yndios. Las leyes de Burgos y la protección de los pueblos indígenas". Esta exposición, organizada por Amycos, nos acercará a los pueblos indígenas a través de una colección de fotografías realizadas por Luis Mena y Santiago Escribano.
Horario: De Martes a Sábado de 11.00 a 14.00 y de 17.00 a 21.00 horas.
Domingos de 11.00 a 14.00 horas y por la tarde cerrado.
Lunes cerrado todo el día.
Así que todavía estáis a tiempo de daros una vuelta o bien por el CC Alcampo o por el Teatro Principal de Burgos para disfrutar de todo lo que ofrece el Salón. ¡Que lo disfrutéis!



viernes, 23 de marzo de 2012

Pasaba por allí y ¡¡oh IREDES!! bibliotecarios enredados enredando

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Tal cual, yo que había estado esperando este acontecimiento con ganas y ánimo y me lo he tenido que encontrar así, sin quererlo, paseando, me tropecé con un montón de tuits y retuits y pasaba que estos picotazos de información procedían de gente que conocía de la red burgalesa, muchos eran de #Twittbu aunque para mi sorpresa han tuiteado muy poquito, debía ser porque el wifi en la sala no iba todo lo bien que se esperaba, otros porque se llevaron la tableta y eso de tuitear rápido con ella es complicado, otros porque simplemente han pasado de todo...
No ha sido mi caso, ahí al pie del cañón deL streaming hemos seguido todo el acontecimiento y encima nos hemos tropezado con la fachada.
No voy a repetir todo el programa porque sería redundante y pesado para cualquiera, sólo voy a destacar lo que me ha llamado la atención.
En el acto inaugural se ha hablado de las redes (como no) su capacidad de generar conocimiento e información, siendo utilizadas por sus miembros cada uno según sus necesidades y que predominantemente tiende a publicitar una marca para vender más de lo que sea, Burgos, su morcilla... eso me hizo pensar equivocadamente que en el transcurso de la jornada todo iba a tender hacia la empresa, la publicidad y como monetizar la red, pero no, no ha sido tan claro porque la continuación ha tendido más hacia el campo periodístico en la mesa redonda se trató el tema del cambio que las redes sociales han traído a la carrera periodística... en fin... hasta el punto de que los usuarios de las redes somos periodistas no titulados que ejercemos como tales, los periodistas que no están en la red son pájaros cojos y al final el mundo universal de la red es el periodismo... ah... claro unos que trabajan en la administración como bibliotecarios, flipan un rato porque al fin y al cabo ¿no pertenecemos todos al mundo de la documentación/información? se hablaba de profesionales en twitter hasta que el gran Risto Mejide (porque es muy alto y majo él) ha soltado aquello de "el que piense que twitter es una red profesional, tiene un problema" y a mí me ha emocionado, después de estar leyendo a tanto ingeniero social reivindicando su profesionalidad monopolística si se quiere que todo en la red vaya bien, que una saca sus propias conclusiones.
En las empresas como en cualquier otra organización "pongamos lo que conozco" UNA BIBLIOTECA O UNA RED DE BIBLIOTECAS" se debe fomentar la participación de todos los miembros en las redes para beneficio, participación y comunicación de la propia biblioteca.
Esa participación ha de ser Asertiva, Amable y Crítica con uno mismo, nunca dar de comer a los Trolls pero también nunca borrar un comentario no agradable si no aceptarlo con agrado que nos va a ayudar y sobre todo seguir a los que te siguen o seguir a quien creas que debes seguir pero seguir...
Después de comer una Profesora Mejicana de Universidad muy maja ella ha hablado de la Universidad 3.0, hablar de la Web 2.0 ya está desfasado y fuera de onda, cuál es el problema? que se está dejando escapar la iniciativa, la genialidad porque pensar que quien está mas arriba en el escalafón no es precisamente la gente más preparada para estas lides, eso me ha recordado tanto lo que pasa en las bibliotecas que casi lloro, ha dejado muy claro que hay que huir de dar el peñazo a la gente con presentaciones interminables porque aburren al más pintado, redes = a brevedad, así que no me voy a extender más, ya corto, de momento más de lo mismo del año pasado, sólo Risto que pone la nota de color.
Hecho en falta presencia de Documentalistas y Bibliotecarios.
Que se hable de otras redes sociales no sólo de Twitter y Facebook ¿qué pasa con pinterest? por ej.
A saber que nos ofrecerán mañana... SALUDOS BIBLIOTECARIOS!!!

martes, 20 de marzo de 2012

Violetas (¿dónde dormiremos?)

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El viernes me llevó la Bibliotecaria a verlas. «Mira, las violetas». Fui yo quien le enseñó el sitio hace unos años. Desde entonces, nos hemos acercado cada final de invierno a contemplarlas. Y resulta que ahora –¡qué delirios los míos en estos días!– se me había pasado. Están en el mismo lugar de siempre, en el arriate cubierto de hiedra rastrera que se encuentra en mitad del Parque de la Isla, ya cercano al río. Apenas hace un año que arreglaron todo el recinto. Trajeron tierra. Plantaron. Y… la mayoría de la vegetación de suelo se ha secado. Pasear por sus calles, deprime un poco. Apenas resisten unas plantas de temprano brezo y un par de matas de bolas de invierno. Pero ahí están las violetas, entre hojas bicolores, acompañadas de los diminutos verdes brotes de su compañera la hiedra. Seguramente no hay mucha gente que sepa de su existencia y ello les hace florecer.

«Hay algo que no va a volver», le digo a la Bibliotecaria. Después de 244 años de salir a la luz, impresa, deja de publicarse en papel la Enciclopedia Británica. El mundo digital –tan deletéreo, displicente y, aún, provocador– se lleva las certezas. Hasta las más firmes. La tibieza del espacio nube, que es al que acudimos cuando queremos consultar algo, ha engullido el cardo dorado, sin mostrar signos de haberse atragantado. (Lejos aquellos tiempos en que los feroces vikingos retrocedieron a la vista de Edimburgo ante un suelo que los llenaba de raspaduras). Ya no sabremos a dónde echar mano cuando se nos tronche una pata de la cama.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Volver a los diecisiete

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Discuto con la Bibliotecaria sobre el sentido de un libro −El destierro, de Julio Camba (1885-1962)− o, lo que es lo mismo en este caso, sobre el sentido del título de esta novela corta, que se publicó allá por el año 1907 en una colección paradigmática: El Cuento Semanal (creada por Eduardo Zamacois, nacido en Cuba en 1873 y muerto en Buenos Aires en 1973). Precisamente es en la ciudad bonaerense donde se desarrolla la acción de El destierro. Es un relato autobiográfico, desenfadado e ingenioso, de cuando Camba transitaba por los dieciséis y diecisiete años, viviendo en la laxitud de los días aventureros, en el deleite del presente.

Había llegado a Argentina −procedente de Galicia− a los trece años, de polizón. No pretendía enraizarse. Inquieto, su facilidad con la palabra le granjeó cierto prestigio en los ambientes sociales. Vivía según el dinero del que disponía, que, a veces, era ninguno, por lo que recalaba con cierta frecuencia en casa de Orsini, un hijo de emigrado italiano con cierta fortuna, al que su padre había dejado un amplio piso en el centro de Buenos Aires. Orsini, pensando que todo el mundo tiene el mismo derecho al banquete de la vida, abría generosamente las puertas del mismo a quienes profesaban ideas de emancipación, se hallaban perseguidos y no contaban con medios de subsistencia.

El adolescente Camba se integró gustoso en aquel carrusel. Alargó las noches. Participó en huelgas. Visitó comisarías. Redactó panfletos… Y, en 1902, se le aplicó la Ley de Residencia, por la que fue repatriado a España. Él termina su relato con estas palabras: «La ley de expulsión torció el destino de muchas vidas, con lo cual unas fueron ganando y otras perdiendo. ¡Qué importa! El hada Aventura puede no ser buena, pero siempre es bella y nosotros la amábamos. No habíamos vivido nunca en la realidad, y no era cosa de inquietarse por lo que de ella hubiésemos podido perder. Para soñar es igual cualquier rincón de la tierra, y para mirar al porvenir nada mejor que deshacer el pasado».

Y por ello, la discusión que mantengo con la Bibliotecaria: el Destierro de Camba, ¿había sucedido en esos años de vivir fuera o comenzó en ese momento?

viernes, 9 de marzo de 2012

Pasado, futuro y loto

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Quienes habitan en Libia, viven ahora momentos de incertidumbre. Época de procelas más que de bonanzas –diría el escritor de Monóvar−. ¿Acaso ya no saborean los frutos de loto? ¿O es que los toman en demasía? En tiempos de Ulises, cuando su barco llegó a las costas de Tripolitania, sus hospitalarios habitantes ofrecieron a los marineros que llegaron a tierra la planta que les servía de alimento: el loto. Comida ella, olvidaron sus días pasados y –así− desistieron de continuar el viaje. Se necesitó el coraje, la astucia y la fidelidad de Ulises para salir de allí, dirigiéndose a la isla de las Cabras y, posteriormente, a la de los Cíclopes.

Somerset Maughan escribe, en 1945, Los lotófagos. Inspirado en la isla de Capri. Precisamente en el cementerio de esta ciudad, un reloj de arena se ilustra con una leyenda (que pasa, también, por ser cita de Mazzini) que nos recuerda que «no existe la muerte, sino solo el olvido» −there is no death in this world, only forgetfulness−. (¿Será, tal vez, que andamos, ciegos como Homero y como Belisario, según gustaba escribir a Victor Hugo?).

Hay quienes dicen que la literatura sirve para conjurar el ensalmo del loto. Yo no lo sé. Mauricio Wiesenthal –cómo disfruto alguna de sus enciclopédicas obras−, que se declara «hijo del sueño» de Mayo del 68, inicia su Libro de requiens (2004) con la frase a la que aludimos en el párrafo anterior. Y lo termina diciendo «No hagamos preguntas. Pero escribí estás páginas para quitarme el sombrero delante de los condenados y para dejar coronas de flores a los pies de los muertos. Ellos no me necesitan, pero yo a ellos sí. Requien aeternan dona eis».

lunes, 5 de marzo de 2012

Centenario de una inmolación (Documentos)

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Buenos Aires, hace un siglo, era una ciudad de aluvión. Contaba con más de un millón de habitantes, llegados de Rusia, España, Italia… bien directamente o habiendo pasado por Uruguay, Estados Unidos, México o Brasil. Parte de esta inmigración llevaba consigo lo que hemos dado en llamar conciencia social. Sabían dónde residía su dignidad. Habitaban viviendas en alquiler y realquiler, con escasas condiciones higiénicas. Tenían, por lo general, trabajos precarios. Se asociaban para leer, dialogar, educarse en sexualidad, editar periódicos y folletos. Organizaban protestas y huelgas, pidiendo salarios suficientes, seguridad, ocho horas (o seis) de trabajo. Se solidarizaban unos sectores con otros. Y ahí sí que no. Las fuerzas vivas contaban con la policía y el ejército para proteger a los esquiroles, apresar a quienes descollaban y masacrar las manifestaciones en la vía pública.

Manuel Moscoso llega a Buenos Aires en 1911, con el fin de visitar a una pareja amiga conocida de Sao Paulo y Río de Janeiro. Él había nacido en Villa Cuevas de San Marcos (Málaga) y emigrado a Brasil, con su familia, hacia 1890. Allí se formó como linotipista y, siendo una profesión culta, dio en adquirir conciencia social (como anarquista; en casa fueron participando de su pensamiento y al nacer Aurora, su hermana pequeña, su madre ya no la bautizó). Gustaba de escribir en periódicos (A Terra Livre, O Amigo do Pobo, etc.) y leer. Decimos que viajó a Buenos Aires, donde decidió quedarse por un tiempo. Encontró trabajo en su profesión, se unió al grupo del periódico La Protesta y se instaló en casa de un joven matrimonio judío ruso, que tenía una niña. No tardaron en apasionarse Manuel y la mujer. Planearon escapar, pero ella le contó la situación al marido y, ante su reacción y el panorama que vislumbraba, ella se quitó la vida. A los pocos días, el 12 de marzo de 1912, Manuel hizo lo propio. Después de escribir la última carta a su cuñado Neno:

«Meu Caro Neno: Um fato terrível e doloroso impede que eu possa conservar por mais tempo a minha existência.
Não sei como julgarás o meu ato, passado o primeiro momento de dor e de surpresa. Não procedo como um desesperado ou incapaz de encarar a realidade das coisas, não. Estou calmo e sereno e a minha resolução é meditada e filha da convicção profunda de que não pode ser de outra maneira. Amei intensamente e fui correspondido do mesmo modo pela mulher que devia unir-se comigo brevemente e que de fato já era a minha companheira. Morreu em circunstâncias tão dolorosas e trágicas que eu não poderia esquecer [olvidar] nunca e que tornariam eternamente infeliz a minha vida. Disso estou certo. Há 9 dias que ela se matou. Tive, pois, tempo de refletir. Nela estavam todas as aspirações da minha vida. Era-me demasiado cara para poder viver sem ela!
A minha pobre mãe e minhas irmãs só terão d’ora avante o teu apoio. É uma carga demasiado pesada e agora já é definitiva...
Desculpa-me, meu bom irmão!
Adeus! Abraça por mim a Matilde e beija os teus filhinhos!»

[Viene la noticia de nuestra afición a leer libros que no están en los escaparates. Es el caso de Os companheiros (1988), de Edgar Rodrigues. El mural de los amantes es de Jorge Gay].