erzas o de sus gracias. En ellos han nacido prosas y poemas. En ellos no se resiste la tentación de utilizar la cámara fotográfica. Pues bien, con cadenciosa frecuencia, cada otoño comprobamos que las riberas del Duero en Soria –río abajo desde el puente de entrada a la ciudad– constituyen una de estas manifestaciones de las deidades. No es necesario madrugar (si se está cerca) para visitarlo. El rocío se diluye bien entrada la mañana y conviene que el sol suba lo suficiente para iluminar la hierba y las telarañas suspendidas de los matorrales. Acceder desde arriba –la ciudad– a la arboleda o hacerlo desde la pasarela que viene de San Polo, es indiferente. Por los dos caminos nos sumiremos en una alameda amable de hojas temblonas, surcada por numerosas veredas que podemos pasear a placer, salpicado el suelo de hojas caídas. De tanto en tanto, hallaremos hileras de elegantes chopos negros, las ramas bien ceñidas al cuerpo. Caminando con la corriente, en la otra orilla, aparecerán los álamos de la ladera de San Saturio.
Las antiguas aceñas mantienen las cascadas, extendiendo el rumor del agua por todo el recorrido. Varios rincones permiten recogerse junto al cauce. En alguno de ellos podemos sentarnos en el embarcadero y allí, con los pies en un muelle balanceo, invocar al sexto sentido: a la izquierda queda el Urbión, en donde nace esta agua; a la derecha, los campos de Castilla y el océano.
¿Navegamos? Dos kilómetros de belleza amarilla para esta mañana de octubre.

[Sólo tendremos que tener la fortuna de que no circule por allí alguna de las ruidosas máquinas con las que el Ayuntamiento manda recoger las hojas.]


acamos a relucir el tema en la panadería, en la cola de la caja del supermercado, en la oficina de correos (situada en los bajos del ayuntamiento), en el parque y hasta tomando aperitivos en el bar (¡que ya son ganas!).



















